Año 1, núm. 10, mayo de 2026
ISSN 3122-3583
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El método contra la coyuntura: la certidumbre de la estadística oficial en la era del dato
Entrevista de Mauricio Merino a la Dra. Graciela Márquez Colín *
En una era saturada de datos instantáneos, algoritmos y desinformación digital, el método estadístico se ha convertido en una forma de resistencia institucional. Para Graciela Márquez Colín, presidenta del Inegi, la confianza pública no se construye con velocidad ni con tendencias virales, sino con rigor metodológico, transparencia y una defensa permanente de la verdad verificable.
La veracidad de la información estadística no depende de la voluntad política, sino de la solidez metodológica. Para Graciela Márquez Colín, el valor de los datos radica en su capacidad de construir un marco de referencia verificable y seguro en medio de la fragmentación digital.
El dato público no puede depender de la coyuntura ni de la intuición: su legitimidad nace del método.
Hay una aduana invisible que todo dato público debe cruzar antes de integrarse al debate técnico de un país: la validación metodológica. Cuando un indicador es emitido por el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi), la discusión social deja de centrarse en la legitimidad de la cifra para trasladarse a la interpretación de su significado. Ese consenso no es fortuito; es el resultado de un andamiaje institucional que procesa la realidad por medio de reglas claras, muestras probabilísticas y calendarios inamovibles.
Mientras las redes producen sondeos instantáneos, el Inegi sigue tocando puertas: 37 millones de viviendas sostienen la arquitectura estadística del país.
A diferencia de las encuestas espontáneas cuyos participantes e intenciones se desconocen, la estadística oficial explicita sí se trata de un censo, de una encuesta probabilística o de un modelo aleatorio que detalla con precisión matemática el tamaño de la muestra y el universo de estudio, bajo estándares internacionales definidos por organismos como la Organización de las Naciones Unidas (ONU), el Fondo Monetario Internacional (FMI) y la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE).
Esta rigidez metodológica se alimenta de la generación directa de información en campo. El Inegi no recopila datos preexistentes en la red; sus encuestadoras y encuestadores “tocan” las puertas de las 37 millones de viviendas y las 5.4 millones de unidades económicas censadas en el país. Esta infraestructura operativa descansa sobre una reserva de confianza pública que se traduce en altas tasas de respuesta: las personas informantes atienden los cuestionarios bajo la certeza jurídica de que sus datos individuales se mantendrán bajo estricta confidencialidad y solo se difundirán en formatos tabulados agregados para fines estadísticos.
La mayor amenaza para la estadística pública no es solo el hackeo informático, sino la pérdida de confianza ciudadana en el valor de sus propios datos.
Para mitigar esta amenaza, el organismo aplica estrategias tecnológicas continuas que operan de manera ininterrumpida. Toda la información recopilada se encripta de forma obligatoria durante su transmisión desde los puntos geográficos de captura hasta los servidores centrales. Asimismo, la institución ejecuta ejercicios de “hackeo ético” internos, simulando ataques a sus propios operativos para identificar ventanas de vulnerabilidad y fortalecer los mecanismos de captación. Márquez enfatiza que la seguridad informática es una disciplina de monitoreo constante, donde los equipos técnicos deben actualizar su entrenamiento de manera permanente frente al avance de las amenazas digitales.
El segundo riesgo estructural es la brecha digital, manifestada tanto en las disparidades de acceso a la infraestructura tecnológica como en la falta de autoconciencia sobre el valor y cuidado de los datos personales en la vida cotidiana. La introducción de dispositivos electrónicos para recabar información sensible en zonas con conectividad limitada o entre poblaciones de adultos mayores requiere que el personal de campo dedique tiempo adicional a enseñar el uso de las pantallas o a subsanar problemas de legibilidad visual. El reto nacional no estriba únicamente en la disponibilidad física de los dispositivos, sino en garantizar el tiempo, el acceso equitativo y la responsabilidad en el uso analítico de la información.
El control de calidad de estos procesos descansa en la supervisión rigurosa del personal. Cada operativo estadístico incluye una etapa de capacitación inicial y esquemas de recapacitación semanal. La estructura directiva realiza un monitoreo diario del rendimiento de las y los encuestadores en lo individual, evaluando variables de productividad y detectando anomalías estadísticas como la ausencia de cuestionarios cerrados o la entrega atípica de metas completas en plazos reducidos que sugieran un llenado simulado. Como candado final de verificación, el diseño técnico estipula que toda vivienda entrevistada queda sujeta a un proceso potencial de revisita para verificar que el cuestionario se haya levantado con apego estricto a la verdad metodológica.
El dato que llega: ciudadanización de la información estadística
La solidez metodológica del Inegi no resuelve por sí sola el problema más persistente de la estadística pública: la distancia entre el dato producido y la o el ciudadano que podría usarlo. Márquez identifica este desafío como el más difícil que enfrenta la institución, precisamente porque no tiene solución técnica sino pedagógica. El instituto opera en un rango de personas usuarias que va desde investigadoras o investigadores que solicitan acceso directo al código para extraer información en bruto, hasta niñas y niños de seis años; para este segundo extremo se desarrollaron las plataformas Conoce México y Datos en Acción, orientada esta última a bachillerato y primeros años de licenciatura, con herramientas para levantar encuestas en la propia comunidad.
El denominador común de estos esfuerzos es una premisa que Márquez enuncia con precisión estadística: la persona promedio en México cursó hasta tercer año de secundaria. Esa es la vara con la que el instituto mide la accesibilidad de su comunicación. No se trata de simplificar el dato, sino de traducirlo: explicar por qué importa saber que el 75 % de las personas cuidadoras en el país son mujeres, que una proporción significativa declara no estar preparada para esa tarea y que su incorporación al mercado laboral formal ocurre, cuando sucede, a salarios más bajos. La inteligencia artificial aparece también en este plano, como herramienta de producción de visualizaciones y lenguaje ciudadano que permite escalar ese esfuerzo de traducción a los muchos públicos del instituto.
Como ejemplo de esa apuesta, Márquez mencionó al cierre de la conversación la publicación de 33 datos sobre México articulados en torno al Mundial de fútbol: usar el lenguaje estadístico que el deporte ya habla para introducir información sobre quiénes somos y cómo vivimos a audiencias que, de otro modo, no buscarían una base de datos. La confianza pública en la institución, parece sugerir, también se construye fuera del debate técnico.
* Presidenta del Inegi






























