Año 2, núm. 14, septiembre de 2026
ISSN 3122-3583
a fondo
Los movimientos sociales como vínculos
Luis F. Fernández *
Uno se seca cuando no escribe. Las palabras brotan con más dificultad cuando la pluma no está aceitada, por lo que agradezco profundamente a Mauricio Merino y a todo el equipo de El Diluvio por desempolvar estas reflexiones que llevo tanto tiempo queriendo compartir.
Tengo cuatro reflexiones que compartir sobre los movimientos sociales. Son cuatro ideas que han evolucionado poco a poco a lo largo de 20 años de trabajar con colectivos, organizaciones, militantes de partidos, empresarios, funcionarios y personas que, de alguna u otra forma, quieren organizarse para influir en la resolución de problemas comunes. Problemas en los que perciben —o percibimos— que existe la posibilidad de que si intervenimos podemos contribuir a su solución.
I.
La primera reflexión es que a pesar de que los movimientos sociales enfrentan costos altos de participación, organización y sostenibilidad en el tiempo, son grandes instrumentos para el cambio social porque dependen del involucramiento de individuos, grupos u organizaciones. Operan alternadamente con otros instrumentos de poder —algunos regresivos— como la violencia, el dinero o las propias estructuras normativas y de representación existentes. Si resumimos las tres fuentes de poder como violencia, dinero o personas, la primera caracteriza a los grupos criminales, paramilitares o guerrillas que buscan con la fuerza —y/o las armas— influir en lo público; la segunda caracteriza a los empresarios o al poder económico del Estado —y su capacidad institucional— que se utiliza para conseguir algún cambio político o social; y la tercera caracteriza a los movimientos sociales.(1)
Cada instrumento de poder enfrenta costos distintos, pero me concentro en los costos de los movimientos sociales. Las personas, grupos u organizaciones enfrentan costos directos e indirectos de participar e involucrarse en un movimiento social, a pesar de compartir una visión, una identidad o convicciones. Los costos directos son los que recaen sobre las personas: el tiempo, el esfuerzo, la carga mental de sostener atención sobre un problema complejo. La confianza y la identidad compartida los hacen soportables, pero no los eliminan. El tiempo, en particular, es el costo más complejo, porque compite con el trabajo y con los cuidados. Los costos indirectos dependen de condiciones externas, información, organización, acceso a recursos financieros, capacidad de movilización o articulación, vinculación con tomadores de decisión; y requieren conocimiento, formación, metodologías, relaciones, infraestructura física e institucional, redes profesionales y políticas amplias.
Ahora bien, a pesar de los costos, los movimientos sociales son grandes instrumentos para el cambio social precisamente porque dependen de las personas y no de la violencia ni del dinero; dependen de un conjunto de valores que generan una identidad colectiva compartida para resolver un problema público estructural. Ya sea por coyunturas específicas —como sucedió con el movimiento por la independencia judicial frente a la reforma de 2024 o las movilizaciones de 2019 previas al estallido social en Chile por el aumento de la tarifa del Metro— o por un trabajo permanente de articulación de redes de confianza y de trabajo en agendas comunes —como el Movimiento Nacional de Personas Recicladoras de Base, Constituyentes Mx o el Frente Nacional por las 40 horas—, los movimientos sociales se activan y es la suma de individuos, grupos u organizaciones la que reduce cada costo indirecto de involucrarse de manera temporal. Cada parte involucrada provee información, capacidad organizativa, conocimiento especializado, métodos y alianzas; amplía, así, la infraestructura compartida por un movimiento; y aumenta su probabilidad de incidencia. En palabras de Marshall Ganz, convierten los recursos compartidos y disponibles en poder para el cambio social.
Sin embargo, es importante reconocer que las coyunturas son temporales y los movimientos sociales se agotan o cambian de prioridades. Lo que perdura es la confianza y las redes o, dicho de otra forma, el tejido social construido entre sus integrantes, así como el reconocimiento y la legitimidad que haya logrado el movimiento por sus batallas —aunque haya habido victorias o derrotas—. Si existe confianza y credibilidad, la organización se sostiene en el tiempo y puede activarse ante nuevas coyunturas. Esto me lleva a la segunda idea.
La confianza también puede movilizar agendas antiderechos. La diferencia no está en la capacidad de organizarse, sino en la causa que orienta la acción colectiva.
II.
La segunda reflexión es que todo movimiento social se construye por relaciones de confianza, pero es fundamental entender que la confianza es moralmente neutra, es decir, que cualquier movimiento la utiliza, incluidos los movimientos antiderechos, porque es una capacidad de movilización y no una virtud. Pero lo que las personas confían no es neutro. Nadie se suma a una lucha por confiar en abstracto; se suma porque confía en que esa lucha es legítima. Lo que mueve la balanza, entonces, son las agendas. Por agendas me refiero al conjunto de ideas, procesos y acciones que impulsamos para resolver un problema público, es decir, las formas en las que garantizamos y priorizamos la protección y el ejercicio de nuestros derechos. Diferencio un movimiento social, que busca la reivindicación de uno o varios derechos, de un movimiento político que busca posiciones de poder para impulsar una agenda.
La confianza se construye en relaciones uno a uno, persona por persona. Se construye al compartir un problema o un dolor común que identificamos y que encarna una injusticia que queremos cambiar. Al identificar un derecho violentado o un derecho no satisfecho y compartirlo creamos, en colectivo y con mucha visión y organización, formas para visibilizarlo, compartirlo con otras personas y hacer lo imposible por que este problema sea sujeto de atención pública. Las estrategias para lograrlo varían, pero todas implican organización, movilización de recursos y capacidades, procesamiento de información, comunicación, articulación en redes, vinculación con actores institucionales o cambios normativos. Cada estrategia, cada acción desplegada reafirma la confianza en el grupo que la ejecuta y contagia la confianza y la convicción con las personas, grupos u organizaciones que comparten o empatizan con ese problema o dolor común.
Pongo un ejemplo cercano para varias personas lectoras de esta revista: el de las trabajadoras del hogar. En México hay alrededor de 2.2 millones de personas trabajadoras del hogar (Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo, primer trimestre de 2025), de las cuales nueve de cada 10 son mujeres. Se han organizado despacio y desde abajo. Marcelina Bautista, que llegó a la Ciudad de México desde Oaxaca a los 14 años para emplearse en una casa ajena, fundó el Centro de Apoyo y Capacitación para Empleadas del Hogar (CACEH) en el año 2000 y 15 años después, en 2015, más de cien trabajadoras constituyeron el primer sindicato nacional de trabajadoras del hogar en más de siete décadas. En diciembre de 2018, la Segunda Sala de la Suprema Corte les dio la razón por unanimidad: excluirlas del régimen obligatorio del Seguro Social era discriminación indirecta por razón de género. Vinieron después el programa piloto del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS), la ratificación del Convenio 189 de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) en 2020 y la reforma de noviembre de 2022 que hizo obligatoria su afiliación. Ganaron todo lo que se puede ganar en un tribunal y en un Congreso. Y sin embargo, hoy apenas el 1.8 % de las trabajadoras del hogar mexicanas está afiliado al Seguro Social, y la cifra viene cayendo desde 2023. Claramente, Marcelina no quita ni quitará el dedo del renglón y seguirán luchando para lograr la cobertura universal.
Marcelina ha compartido su historia con cada trabajadora del hogar que ha invitado a sumarse a la lucha, ya sea el sindicato, ya sea CACEH, ya sea por la batalla para la ratificación del Convenio 189 y ahora por la seguridad social. Comparte la misma visión y convicción con las trabajadoras del hogar, con organizaciones, con medios de comunicación y hasta con los tres últimos presidentes de la república con quienes le ha tocado interactuar. Las personas que se han sumado al movimiento confían en que la lucha es legítima. La confianza y, por supuesto, su convicción han sido su mayor capacidad de movilización a lo largo de estos años.
Ganar en tribunales y congresos no basta: apenas 1.8 % de las trabajadoras del hogar está afiliado al Seguro Social. Los derechos también deben materializarse en la vida cotidiana.
III.
La tercera reflexión es que, frente a la polarización y a la disputa de narrativas políticas, los movimientos sociales se han vuelto el objeto de deseo de los movimientos políticos, ya que son la reserva de confianza colectiva a la que acuden cuando necesitan articularse rápido. Los movimientos sociales y políticos luchan, cada día más, por imponer y confrontar sus propias agendas; pelean por públicos dispuestos a articularse, comunicar e influir de forma más efectiva en las agendas que los convocan. La disputa de los extremos sin diálogo impone la estridencia contra la sensatez, en la que la atención, la confrontación y el reflector le ganan a la reflexión, a la evidencia y al diálogo. La inmediatez se impone cada día más a cualquier construcción de largo plazo en los movimientos políticos, no así en los movimientos sociales. Discutimos en tantos espacios, incluido El Diluvio, las ventajas, formas y razones de la izquierda o la derecha, sin que estas categorías capturen los matices que la realidad nos impone; y estos adjetivos, que al agregarle el prefijo ultra nos llevan a una profunda polarización con salidas fáciles a problemas estructurales que llevan a nuestras sociedades a revivir prácticas fascistas y autoritarias en ambos espectros ideológicos.
Ante este escenario, los movimientos políticos están convocando cada día más a movimientos sociales para lograr construir confianza colectiva y conseguir una articulación más acelerada para las batallas electorales y culturales. Como ejemplo, del 21 al 23 de agosto se celebra en Montevideo el tercer Congreso Panamericano de legisladores progresistas; y del 18 al 22, los 10 años de la Red de Innovación Política de América Latina (RINP).(2) Estarán en ambos eventos más de 150 parlamentarios, expresidentes y ministros de 15 países del continente, y 76 organizaciones sociales reunidas durante tres días para producir una agenda común. La RINP nació en 2016 con la intención de articular movimientos emergentes en América Latina que pudieran inspirar nuevas formas de hacer política. El Congreso Panamericano nació apenas en 2024 con una reunión en Colombia y sesionó en México en 2025 como un mecanismo de organización frente a redes transnacionales de la derecha y la ultraderecha como el Foro de Madrid, la CPAC o la Red Atlas, mientras que espacios como el Foro de São Paulo y el Grupo de Puebla perdían fuerza. El momento histórico me llama la atención: ambos espectros ideológicos convocan a construir redes de confianza en formas de articulación muy similares en las que lo único que las distingue es la agenda.
Y con esto regreso a mi reflexión anterior: ¿qué agendas (ese conjunto de ideas, procesos y acciones para resolver un problema público) queremos impulsar? Si lo que confiamos no es neutro, ¿cómo articularnos con aquellos movimientos sociales y políticos que entienden que la desigualdad es estructural, que la democracia es un conjunto de valores de convivencia y no solo un mecanismo de acceso al poder, y que requerimos leyes e instituciones estables que garanticen —con rutinas, procesos y mecanismos amables de atención— a cada persona el ejercicio pleno de sus derechos básicos (de todos los derechos: civiles, políticos, sociales, económicos, culturales y ambientales)? Confiar en agendas no significa confiar en personas, sino en ideales que pueden articularse a través de esos movimientos sociales y políticos. Nos toca identificarlos.
El antídoto contra el autoritarismo no es menos Estado, sino una sociedad organizada que conquista y exige garantías para ejercer sus derechos.
IV.
La cuarta reflexión es que al dimensionar cómo y para qué nos organizamos, las posibilidades de cambio se materializan. Me explico: los costos de participar en un movimiento social son altos ante un rédito incierto. Fijar la visión de largo plazo, la utopía, nos permite avanzar con acciones específicas. Repito esto último, lo que nos permite avanzar en la dirección de los ideales es la acción; sin ella, sin llevar a la práctica las ideas, todo queda en teoría.
La democracia en América, de Alexis de Tocqueville, ha regresado constantemente a mis reflexiones en los últimos años y más en los últimos meses. Pienso constantemente en la democracia cotidiana, en esas instituciones y redes de valores que llevan a las personas a asociarse en su localidad, a veces para resolver algún problema común y en otras para organizar la vida común: los mercados, las calles, la gestión de la basura, los espacios de ocio compartido, las escuelas, la producción de comida, la movilidad, la resolución de conflictos, los espacios de atención a la salud, entre muchas actividades más. Hay una pregunta que ronda a las organizaciones de la región y más a las que nos dedicamos a temas de participación ciudadana y fortalecimiento democrático: ¿cómo lograr que las democracias —en contraposición a los autoritarismos— den resultados para el bienestar de las personas en ese cotidiano?
La pregunta en realidad es más directa, con un concepto incrustado en la conversación pública: ¿cómo logramos democracias para bien vivir?(3) Cuando pienso en el concepto, no puedo evitar pensar en la proveeduría de bienes y servicios públicos, en la capacidad del Estado de proveerlos a nivel local y de garantizar una cobertura social mínima de condiciones que permitan a las personas vivir o, al menos, no preocuparse por sostener la vida misma. Aquí Tocqueville describía como una pesadilla un poder inmenso y tutelar (entendido más como paternal) que se hace cargo de todo hasta quitarle a los ciudadanos la molestia de pensar y la pena de vivir. Retomo otro aprendizaje de largas conversaciones con Mauricio Merino: el Estado somos nosotras, las personas. Y los derechos que nadie se organiza para ejercer y exigir no se materializan; que solo esté registrado el 1.8 % de las trabajadoras del hogar a la seguridad social lo demuestra. El antídoto contra el autoritarismo y la concentración excesiva del poder no es menos Estado, sino un Estado cuyas garantías se conquistan y se exigen sin descanso desde la organización social.
Para eso se organizan los movimientos sociales, para eso nos organizamos: para lograr una vida digna en todos los aspectos de nuestra vida; de lo individual a lo colectivo y de lo local a lo nacional son los mismos ideales hermanados. Es ahí donde entendemos que los movimientos sociales son vínculos. Es el vínculo con las compañeras que defienden un parque público de su privatización, con las personas recicladoras de base que piden equipamiento mínimo para hacer su trabajo en condiciones seguras, con las víctimas de delitos que exigen la atención de Ministerios Públicos que las acompañen en cualquier proceso de búsqueda de justicia; con las vagoneras del Metro de la Ciudad de México que piden su reconocimiento para ganarse la vida de manera digna en una ciudad que las ha excluido estructuralmente; y con tantas personas más con quienes empatizamos en ese cotidiano en el que organizarse no es una actividad adicional sino la forma misma de la vida. Justo ahí, en ese cotidiano y por esa acción colectiva, es donde se producen los cambios sociales.
Cierro. Los movimientos sociales son caros, temporales y frágiles, y dependen de que alguien decida que vale la pena pagar el costo de organizarse cuando el resultado es incierto. Pero son el único instrumento de poder que no necesita violencia ni dinero y por eso el único capaz de fortalecer nuestras democracias en lugar de capturarlas. En el largo plazo, lo que sostiene a los movimientos es la confianza construida y la conexión con una agenda que orienta la acción. Lo que nos toca no es sostener movimientos por el gusto de estar en lucha permanente, sino decidir con qué agendas queremos articularnos y qué estamos dispuestos a hacer en la escala cotidiana en la que efectivamente vivimos.
* Director Ejecutivo de Práctica: Laboratorio para la Democracia.
Notas y referencias
(1) Kenneth Boulding propuso una tipología parecida en Three Faces of Power (Newbury Park: Sage, 1989), donde distingue el poder de amenaza, el económico y el integrador (el palo, la zanahoria y el abrazo). Mi lectura difiere en el tercer término, donde lo retomo como organización.
(2) Del 17 al 23 de agosto de 2026 suceden en paralelo cuatro encuentros del progresismo en América Latina: el Congreso Panamericano de Parlamentarias y Parlamentarios, los 10 años de la Red de Innovación Política de América Latina, el Foro Progresista de Partidos Políticos y el 3er Encuentro de Mujeres Políticas. Los objetivos son diversos, pero el encuentro y la articulación servirán para la construcción de confianza y la definición de agendas comunes del progresismo latinoamericano. Más información: panamericancongress.org y redinnovacionpolitica.org.
(3) Uso bien vivir en lugar de buen vivir, a sabiendas de su origen andino, incorporado en las constituciones de Ecuador en 2008 y de Bolivia en 2009. Lo entiendo como un concepto que nace como crítica al desarrollismo occidental, pero me interesa traerlo a la mesa para preguntarnos qué nos falta reorganizar como Estados en la vida cotidiana para bien vivir.



























