Año 1, núm. 12, julio de 2026
ISSN 3122-3583
entre-mes
El grito del gol y el clamor de un río
Paz territorial y desarrollo urbano en Monterrey
Olivia Hidalgo Domínguez *
En pleno Mundial de Futbol 2026, Monterrey debate algo más que infraestructura: si el Río Santa Catarina puede sobrevivir al desarrollo urbano. La autora sostiene que esta controversia revela cómo una sociedad decide su futuro, protege sus bienes comunes y construye paz territorial.
El Mundial, el río y la controversia
En pleno Mundial de Futbol 2026, con Monterrey como sede de algunos de sus encuentros más importantes, una controversia crece silenciosamente fuera de los estadios. Lo que para algunos representa una oportunidad para impulsar el desarrollo urbano, mejorar la movilidad y fortalecer la competitividad económica de la ciudad, para otros constituye una amenaza a uno de los ecosistemas más importantes del norte del país: el Río Santa Catarina.
La discusión ha trascendido los límites de Nuevo León. Organizaciones ambientalistas, personas especialistas, académicas y ciudadanía han expresado su preocupación ante diversos proyectos vinculados con la infraestructura urbana que podrían afectar el equilibrio ecológico del río. Al mismo tiempo, autoridades y sectores empresariales sostienen que una ciudad moderna requiere de obras capaces de responder a las demandas de crecimiento y a las y los miles de visitantes que acompañan la celebración de la Copa Mundial de Futbol.
No obstante, esta controversia rebasa la discusión sobre una obra específica. En realidad, pone sobre la mesa una pregunta que hoy enfrentan numerosas ciudades mexicanas: ¿cómo impulsar el desarrollo sin comprometer los territorios que hacen posible la vida?
La pregunta no es menor. Durante décadas, gran parte del crecimiento urbano en México se construyó bajo la idea de que los ríos, bosques, humedales y espacios naturales podían ser transformados para atender las necesidades de expansión y desarrollo de las ciudades. Con frecuencia, las promesas de progreso, inversión y modernidad justificaron intervenciones cuyos costos ambientales solo han sido visibles con el pasar de los años.
Por ello, lo que hoy ocurre en la llamada sultana del norte no constituye un hecho aislado. El debate sobre el Río Santa Catarina forma parte de una discusión más amplia sobre la manera en que entendemos el desarrollo, el valor que otorgamos a nuestros bienes comunes y la responsabilidad que tenemos frente a las generaciones futuras.
Más allá del Mundial de Futbol 2026, el caso nos obliga a reflexionar sobre una cuestión fundamental: si el progreso puede seguir construyéndose a costa de los ecosistemas o si ha llegado el momento de imaginar formas de desarrollo capaces de convivir con ellos, porque si no lo hacemos pereceremos juntos.
El debate sobre el Río Santa Catarina no enfrenta simplemente desarrollo contra conservación: revela quién decide sobre el territorio y quién asume los costos del progreso.
Cuando el desarrollo ocupa el territorio
Durante décadas, gran parte de las ciudades mexicanas crecieron bajo una lógica que consideraba a la naturaleza como un elemento subordinado a las necesidades de la expansión urbana. Ríos, humedales, bosques y áreas verdes fueron transformados para dar paso a vialidades, complejos habitacionales, zonas comerciales y proyectos considerados indispensables para el progreso económico.
Este modelo permitió importantes procesos de urbanización y crecimiento, pero también generó consecuencias que hoy resultan cada vez más visibles: pérdida de ecosistemas, inundaciones, aumento de las temperaturas urbanas, reducción de zonas de infiltración de agua y una mayor vulnerabilidad frente a fenómenos climáticos extremos.
La experiencia reciente demuestra que los conflictos ambientales contemporáneos rara vez pueden reducirse a una confrontación entre quienes están a favor y quienes están en contra del desarrollo. En realidad, expresan tensiones más profundas relacionadas con las prioridades colectivas, los límites del crecimiento urbano y el valor que una sociedad otorga a sus bienes comunes.
El territorio no es únicamente un espacio físico susceptible de ser transformado. Es memoria, identidad, biodiversidad, patrimonio colectivo y condición de posibilidad para la vida. En él convergen procesos ecológicos, relaciones sociales y dinámicas culturales que sostienen la existencia cotidiana de las comunidades.
Por ello, las decisiones que afectan estos espacios trascienden el ámbito técnico. También poseen una dimensión ética y política. Cuando una sociedad decide intervenir un río, un bosque o una zona natural protegida, no solamente modifica el paisaje, también redefine la relación que mantiene con el entorno que la sostiene.
El caso del río que nos ocupa refleja precisamente esta tensión. Lo que para algunos representa una oportunidad de modernización e infraestructura, para otros constituye una intervención con posibles consecuencias ambientales difíciles de revertir. Más allá de las posiciones encontradas, el tema revela la necesidad de construir mecanismos capaces de armonizar las necesidades del desarrollo urbano con la protección de los ecosistemas que hacen posible la vida colectiva.
Las preguntas de fondo son sencillas, aunque sus respuestas no lo sean: ¿cómo construir ciudades más prósperas sin comprometer los territorios de los que depende su futuro? ¿Cómo impulsar el crecimiento económico sin debilitar los sistemas naturales que garantizan agua, biodiversidad y equilibrio ambiental? En una época marcada por el cambio climático y la creciente presión sobre los recursos naturales, estas preguntas han dejado de ser opcionales.
Sin embargo, estos conflictos no son únicamente ambientales. También expresan desacuerdos sobre quién decide, quién participa en las decisiones públicas y quién asume los costos de un determinado modelo de desarrollo. Por ello, el debate puede analizarse también desde una perspectiva menos frecuente en la discusión pública: la construcción de paz territorial.
La paz territorial no exige ausencia de conflicto, sino diálogo, transparencia y participación informada para construir acuerdos legítimos y duraderos.
Paz territorial en Monterrey
Con frecuencia, la paz se ha asociado exclusivamente con la ausencia de violencia o conflicto; aun así, diversos estudios han demostrado que se trata de un fenómeno mucho más complejo. Johan Galtung, uno de los principales referentes de los estudios para la paz, distinguió entre paz negativa, entendida como ausencia de violencia directa, y paz positiva, que implica la existencia de condiciones de justicia, inclusión, participación y bienestar para las personas y las comunidades.
Desde esta perspectiva, los conflictos relacionados con el territorio también forman parte de la construcción de paz. La manera en que una sociedad toma decisiones sobre sus bienes comunes, distribuye los beneficios del desarrollo y protege los recursos que sostienen la vida influye directamente en la calidad de sus relaciones sociales y en la legitimidad de sus instituciones.
En este contexto cobra relevancia el concepto de paz territorial. Esta noción reconoce que la paz no depende únicamente de la ausencia de enfrentamientos, sino también de la capacidad de construir relaciones equilibradas entre comunidades, instituciones y territorios. Los conflictos pueden surgir cuando determinados grupos perciben que sus necesidades, intereses o formas de vida son ignorados en los procesos de toma de decisiones.
Bajo esta mirada, el caso del Río Santa Catarina trasciende el ámbito ambiental. Lo que se encuentra en discusión no es únicamente la intervención de un ecosistema, sino la manera en que una comunidad participa en la definición de su propio futuro. La movilización de especialistas, organizaciones ambientalistas y ciudadanía refleja una preocupación legítima por los efectos que determinadas decisiones pueden generar sobre el territorio y sobre las generaciones que lo habitarán en las próximas décadas.
La paz territorial no exige la ausencia de desacuerdos. Por el contrario, reconoce que el conflicto forma parte de toda sociedad democrática. Lo relevante es la forma en que esos desacuerdos son gestionados. Cuando las decisiones públicas se construyen mediante el diálogo, la transparencia y la participación informada de la ciudadanía, se fortalecen las condiciones para una convivencia más justa y sostenible. Cuando predominan la opacidad, la exclusión o la imposición, los conflictos tienden a profundizarse y a debilitar la confianza social.
En este sentido, la controversia sobre este río que atraviesa la ciudad de Monterrey ofrece una oportunidad para reflexionar sobre el tipo de desarrollo que deseamos construir. El desafío no consiste en elegir entre crecimiento económico o conservación ambiental, sino en encontrar formas de convivencia que reconozcan la importancia de los ecosistemas, garanticen la participación social y permitan alcanzar acuerdos legítimos y duraderos.
La paz territorial comienza precisamente ahí: en la capacidad de una sociedad para dialogar sobre su futuro sin excluir a quienes habitan, cuidan y dependen de los territorios que hacen posible la vida.
Los ríos tienen memoria: cuando una ciudad ocupa o altera sus cauces, tarde o temprano el agua recuerda el territorio que le pertenece.
Los ríos tienen memoria
Las controversias como la que hoy se desarrolla en torno al Río Santa Catarina probablemente seguirán formando parte de la vida pública de nuestras ciudades. Los argumentos cambiarán de nombre, pero no de fondo. Unas veces se hablará de desarrollo, otras de movilidad, competitividad, inversión o progreso. Empero, detrás de cada uno de estos discursos permanecerá una pregunta esencial: ¿hasta dónde estamos dispuestos a transformar la naturaleza en nombre del crecimiento urbano?
Por ello, esta controversia ambiental debe obligarnos a reflexionar con mayor profundidad. No se trata únicamente de una discusión local vinculada al Mundial de Futbol 2026. Lo que está en juego es la manera en que entendemos nuestra relación con los territorios que sostienen la vida y cómo actuamos.
Enrique Leff advierte que la crisis ambiental que hoy enfrentamos es también un síntoma de la crisis civilizatoria. Durante mucho tiempo, el desarrollo se construyó bajo la idea de que la naturaleza era un elemento externo al ser humano y que podía transformarse indefinidamente para satisfacer las necesidades del crecimiento económico. Han sido los conflictos socioambientales contemporáneos lo que se han encargado de mostrar que los límites ecológicos también son límites para la vida social y para la viabilidad de nuestras ciudades.
La experiencia mexicana demuestra que las consecuencias de intervenir ecosistemas estratégicos rara vez permanecen confinadas solo al ámbito ambiental. Con frecuencia terminan afectando la seguridad, el patrimonio, la salud e incluso la vida de miles de personas.
En septiembre de 2021, el desbordamiento del río Tula, en Hidalgo, provocó inundaciones que afectaron amplias zonas urbanas y ocasionó una tragedia en el Hospital General de Zona núm. 5, del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS), donde fallecieron pacientes que dependían de oxígeno para sobrevivir. Años después, el episodio continúa siendo recordado como uno de los desastres más dolorosos asociados a la vulnerabilidad hídrica de una ciudad.
Más recientemente, en octubre de 2025, el río Cazones, en Veracruz, volvió a mostrar la fragilidad de los asentamientos humanos frente a fenómenos hidrometeorológicos extremos. Las lluvias provocaron inundaciones que afectaron miles de viviendas y obligaron a numerosas familias a abandonar temporalmente sus hogares.
De manera similar, el Río de los Remedios, en el Estado de México, ha sido escenario recurrente de inundaciones y afectaciones urbanas que recuerdan los riesgos de ocupar espacios históricamente vinculados al agua. Aunque cada caso posee características propias, todos evidencian una realidad común: cuando los ecosistemas son alterados sin considerar plenamente sus funciones naturales, las consecuencias terminan alcanzando a las comunidades.
Los ríos tienen memoria, era una frase que repetía mi abuela con mucha frecuencia, al referirse a la autorización de complejos habitacionales y hoteleros en Punta Diamante en Acapulco, y efectivamente, el agua ha buscado recuperar su territorio. Durante años podemos creer que un cauce ha sido dominado, reducido o transformado. Podemos construir sobre él, modificarlo o incorporarlo a nuestros proyectos de desarrollo, pero tarde o temprano el agua recuerda el espacio que históricamente le perteneció.
Quizá la pregunta más importante no sea si se construye o no un estadio. La pregunta es qué ocurre cuando una sociedad comienza a creer que puede sustituir un ecosistema por concreto sin consecuencias. La naturaleza no negocia con decretos ni discursos. Simplemente responde a las decisiones que tomamos.
El caso de este río que se ubica en el corazón de la sultana del norte nos recuerda que la construcción de paz también implica aprender a convivir con los territorios que sostienen la vida. Ignorar esta realidad puede resultar costoso. Comprenderla, en cambio, puede ayudarnos a construir ciudades más seguras, más justas y más sostenibles para las generaciones futuras.
La ciudadanía y el territorio
Hay decisiones que definen una época. No porque se construya una obra o se inaugure un proyecto, sino porque revelan qué valores prevalecen cuando el poder económico y político se enfrenta al interés colectivo.
Lo que ocurre aquí trasciende cualquier discusión técnica. Es una disputa entre dos formas de entender el futuro: una que considera a la naturaleza un obstáculo que debe ser removido y otra que la reconoce como la condición indispensable para la vida.
La historia está llena de sociedades que creyeron poder dominar sus ríos, sus bosques y sus montañas sin consecuencias. Ninguna ha logrado escapar indefinidamente a los límites que intentó ignorar.
La pregunta que deja este conflicto es sencilla y brutal: cuando las próximas generaciones pregunten qué hicimos para proteger aquello que sostenía la vida, ¿podremos responder algo más que guardamos silencio? ¿Podremos responder que preferimos las vías del metro y la promesa de un estadio mientras la algarabía de las tribunas ahogaba el clamor del Santa Catarina y de los cientos de ríos que hoy agonizan en México bajo el peso de nuestra indiferencia?
* Presidenta de la Comisión de Paz de la Colectiva 50+1 Guerrero.
Perfil en ORCID: https://orcid.org/0009-0009-9514-9126






























