Año 1, núm. 12, julio de 2026
ISSN 3122-3583
a fondo
¿Después del neoliberalismo? Los nuevos paradigmas en la economía
Carlos Heredia Zubieta *
El keynesianismo y el neoliberalismo marcaron buena parte de la economía de los siglos XX y XXI. Pero el mundo actual parece haber desbordado ambos paradigmas: entre multipolaridad, autoritarismos y nuevas élites globales, la pregunta decisiva es qué reglas organizarán la economía por venir.
El neoliberalismo no solo fue un programa económico: fue una forma de entender el mundo, el Estado y los límites de la intervención pública.
I
La historia del pensamiento económico en los siglos XX y XXI registra dos paradigmas principales: el keynesianismo y el neoliberalismo. El primero, nacido en los años 1930, preconiza un papel muy activo del Estado mediante las políticas fiscal y monetaria, en busca de la estabilización y del pleno empleo. El segundo, en boga desde la década de los años 1970, enfatiza las expectativas racionales, de modo que los mercados se autocorrigen para llegar al equilibrio en la medida en que el Estado no introduzca distorsiones.
Para Platón, los paradigmas son los modelos divinos a partir de los cuales están hechas las cosas terrestres. A su vez, Thomas Kuhn, en su celebrada obra La estructura de las revoluciones científicas (1962), definió la palabra paradigma como una estructura lógica o conceptual que sirve como una forma de entender el mundo. Es una estructura coherente para analizar y resolver problemas dentro de un campo del conocimiento, en este caso la economía.
Una de las frases citadas con mayor frecuencia del economista británico John Maynard Keynes se encuentra en Teoría general del empleo, el interés y el dinero (1936):
Las ideas de economistas y filósofos políticos, tanto cuando aciertan como cuando se equivocan, tienen más poder del que se suele creer. De hecho, el mundo se rige por poco más. Los hombres prácticos, que se creen completamente ajenos a cualquier influencia intelectual, suelen ser esclavos de algún economista ya fallecido.
La Teoría general revolucionó al pensamiento económico, proveyendo una justificación intelectual para los déficits gubernamentales y el gasto en generación de empleos. Keynes está entre los creadores del “sistema monetario de Bretton Woods”, cuyas columnas vertebrales son el Banco Internacional de Reconstrucción y Fomento (Banco Mundial) y el Fondo Monetario Internacional (FMI). Este sistema rigió durante ocho décadas las relaciones monetarias internacionales, incluyendo la selección del dólar como moneda de reserva global, los tipos de cambio, los flujos de capital y los ajustes de la balanza de pagos.
Keynes impulsó la combinación del análisis macroeconómico con el análisis microeconómico neoclásico, dando como resultado lo que se llamó la síntesis neoclásica, que dominó las políticas económicas en el periodo de la segunda posguerra.
Más allá del famoso señalamiento de Keynes, queda claro que las y los economistas también reaccionan a los impulsos del poder político. Así, este paradigma responde a una mentalidad de grupo (mindset), un cuerpo de ideas, métodos y supuestos teóricos sostenidos y validados por las economías industrializadas avanzadas. En 1976 nació el Grupo de los Siete (G7), que incluye a Estados Unidos, Japón, Alemania, Reino Unido, Francia, Italia y Canadá. Este grupo genera posiciones coordinadas en temas globales como la economía, el comercio, la seguridad, el cambio climático, y más recientemente, la tecnología y otros retos geopolíticos.
No obstante, al inicio de los años 1970 el keynesianismo enfrentó desafíos significativos como la estanflación (mezcla de elevada inflación y alto desempleo), los choques petroleros y la caída del sistema de Bretton Woods. Como reacción empieza a ganar impulso el neoliberalismo, cuyo sustrato se encontraba al menos parcialmente en el laissez-faire, es decir, la teoría de que en mercados libres y competitivos, la búsqueda del interés personal de cada individuo resultará en el beneficio de la sociedad en su conjunto.
Con el ascenso del neoliberalismo se extendió a partir de 1980 la instrumentación de los programas de ajuste estructural, un conjunto de reformas económicas como la austeridad fiscal, la contracción monetaria, los ajustes del tipo de cambio, la liberalización comercial, la privatización de empresas del Estado y la apertura a la inversión privada y extranjera, como parte de la condicionalidad para otorgar préstamos del Banco Mundial o el FMI.
Los programas de ajuste estructural se vieron reforzados por el llamado Consenso de Washington, término acuñado en 1989 por el economista británico John Williamson, para describir un conjunto de políticas preconizadas por el Tesoro estadounidense para los países en desarrollo que enfrentaban crisis de deuda e inestabilidad económica. Estas políticas buscaban reemplazar al modelo previo liderado por el Estado y caracterizado por la industrialización por la vía de la sustitución de importaciones.
De acuerdo con sus críticos, el ascenso del neoliberalismo trajo consigo el reforzamiento del capital financiero y un dramático incremento en la desigualdad global, como resultado de políticas que favorecían a los Estados poderosos que controlan a las instituciones financieras internacionales.
El ascenso de China y la concentración global de riqueza revelan dos paradojas que el paradigma neoliberal no logra resolver.
II
A partir del surgimiento del neoliberalismo se hizo más evidente el contraste entre dos tipos de capitalismo: el anglosajón, promovido por Ronald Reagan y Margaret Thatcher, que ponía énfasis en los mercados libres, la desregulación y la primacía de los accionistas; y el capitalismo renano, originario de la cuenca del río Rhin en Alemania, que buscaba mayor equidad y era menos disruptivo socialmente.
Las expresiones políticas correspondientes a estos modelos de capitalismo fueron los tories en el Reino Unido y los republicanos en Estados Unidos, y la socialdemocracia en algunos países de Europa continental y de América Latina.
Adicionalmente, en los años ochenta surge en Asia un nuevo tipo de capitalismo, que hasta ese momento solo había florecido en Japón. Surgen los tigres asiáticos como Hong Kong, Macao, Singapur y Taiwán, todas ellas economías de tamaño relativamente pequeño en comparación con las del G7, que instrumentaron políticas pragmáticas como un Estado fuerte impulsor del desarrollo nacional, que fija objetivos nacionales y los respalda vía la banca de desarrollo, con una burocracia muy preparada y eficiente; el crecimiento sustentado en la innovación y la calidad; la instrumentación de una política industrial que incluye la protección selectiva, la promoción de exportaciones y la coordinación con los grandes conglomerados (chaebol en Corea y keiretsu en Japón), y finalmente, elementos de la cultura como el respeto, la disciplina, la lealtad, la educación, todos ellos valores influenciados por el confucianismo.
Con todo, faltaba aún lo más importante: la irrupción de la República Popular China, cuyo sector manufacturero se convirtió en ‘la fábrica del mundo’.
He aquí una primera paradoja del neoliberalismo: en una era donde la intervención del Estado nacional se considera una herejía, el país con el mayor crecimiento económico sostenido es gobernado por el Partido Comunista, que es hegemónico en la economía, la política y la vida pública.
El profesor Branko Milanović, de la Universidad de la Ciudad de Nueva York (CUNY), sostiene que el ascenso de Asia constituye la más grande redistribución del ingreso global desde la Revolución Industrial. De acuerdo con sus análisis, hace 30 años, la suma de China e India representaba 6 % de la producción a escala mundial; hoy China representa el 22 % e India el 9 % para un total combinado de 31 % entre ambos. Está en curso un cambio en el centro de gravedad de la política y la economía globales.
Una segunda paradoja del neoliberalismo es que, habiéndose convertido en una vía para el enriquecimiento de las economías avanzadas de Occidente, tuvo como efecto la creación de una nueva élite global, en detrimento de sus clases medias. Así, el neoliberalismo generó condiciones que aceleraron su propio declive, pues la extrema concentración de la riqueza dio pie al descontento y la turbulencia política, lo que aprovecharon numerosos líderes políticos que en la retórica tomaron distancia del credo neoliberal y se movieron hacia el autoritarismo político.
Aunque en su retórica estos políticos reivindican a las clases trabajadoras, en los hechos el modelo autoritario acrecienta el poder de las oligarquías militares, financieras y tecnológicas.
En la sección tercera y final de este texto analizaremos el posneoliberalismo y la medida en que puede o no afirmarse que constituye un nuevo paradigma.
Después del neoliberalismo no aparece todavía un nuevo consenso, sino una economía política atravesada por incertidumbre y disputa.
III
El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer.
Y en ese claroscuro surgen los monstruos
Antonio Gramsci, 1929.
Como quedó mencionado, el 1 de julio de 2024 se celebró el 80 aniversario de las instituciones de Bretton Woods. Su legado es presa de una contradicción: los sistemas económicos están más integrados que nunca, pero esta integración no ha impedido el conflicto. Por el contrario, el planeta sufre hoy en día más guerras y más pérdidas de vidas humanas que en cualquier otro momento de la segunda posguerra.
Al mismo tiempo, está en curso un proceso por el cual una oligarquía tecnológica gravita de manera definitoria sobre las grandes decisiones económicas a nivel global. La toma de posesión de Donald Trump como presidente número 47 de Estados Unidos, el 20 de enero de 2025, tuvo como invitados de honor en la primera fila a titanes corporativos globales como Amazon, Apple, Facebook (Meta), Google, Microsoft, Tesla, entre otros. En este sentido, cinco días antes, en su discurso de despedida el 15 de enero de 2025, el presidente Joseph Biden advirtió:
Hoy en día, en Estados Unidos se está gestando una oligarquía de extrema riqueza, poder e influencia que amenaza literalmente toda nuestra democracia, nuestros derechos y libertades fundamentales, y la igualdad de oportunidades para que todos puedan progresar…las consecuencias serán peligrosas si ese abuso de poder queda impune.
Trump 2.0 se ha caracterizado por el uso de la oficina presidencial como vehículo para favorecer sus negocios personales y familiares, sin ver en ello el menor conflicto de interés. Ello no responde a una ideología política específica, sino a un nuevo tipo de globalización construido sobre la base del poder militar, tecnológico y financiero. Esta expansión del poder transaccional estadounidense se describe como la “hegemonía depredadora”. Washington afirma —por ahora— su dominio al sur del río Bravo, pero Canadá y Europa buscan su autonomía estratégica.
En este sentido, más que limitarnos a analizar si están en gestación nuevos paradigmas en la economía, quizá debamos preguntarnos por el devenir de la economía política. Mientras que la primera se restringe a la oferta y la demanda en los mercados, así como la asignación de recursos, la segunda estudia la interacción entre la política y la economía, es decir, al poder, a las instituciones, al gobierno, a la ley y a la sociedad.
El componente internacional del neoliberalismo ha sido rechazado, no solo por Trump, sino incluso por la Unión Europea, y están tomando su lugar las políticas mercantilistas en un contexto de coerción económica, apunta Milanovic. Sin embargo, dentro de Estados Unidos el componente nacional del neoliberalismo continúa vigente: impuestos muy bajos para los ricos, impuestos menores para el capital que para el trabajo, desregulación, privatización y un sistema de seguridad social privatizado.
¿Qué sigue entonces después del neoliberalismo nacional? Hay que decirlo: es un error atisbar el futuro con las mismas categorías ideológicas y geopolíticas que van de salida. En los siglos XIX y XX prevaleció la weltanschauung (cosmovisión) del Atlántico norte. A partir del año 2000 se repitió una y otra vez que el XXI sería el siglo asiático. Ya estamos allí. Para la mayor parte de la humanidad, el presente es asiático. En 2050, tres de las cinco mayores economías mundiales serán asiáticas: China, India e Indonesia.
No se inspiran ni en el capitalismo renano ni en el anglosajón; pueden extraer pautas de estos, pero están construyendo una estrategia que busca la estabilidad de largo plazo, el desarrollo incluyente y la armonía social por encima de la maximización de beneficios para los grandes accionistas en el capitalismo estadounidense.
La geopolítica estudia la dinámica espacial del poder. Hoy no tenemos un mundo unipolar, sino una multiplicidad de regímenes económicos y políticos que interactúan sin reglas compartidas a nivel universal, ni instituciones que ejerzan una gobernanza global. El futuro pertenecerá a las sociedades que desplieguen la tecnología para el bien público, cuenten con trabajadores jóvenes y calificados e inviertan en la adaptación climática, afirma el profesor Parag Khanna.
Algo similar puede decirse del pensamiento económico, que no seguirá una trayectoria lineal. El periodo actual no se caracteriza por un credo único ni una ideología universal, sino por múltiples maneras de entender el mundo. Nuestra curiosidad intelectual deberá abordar las conexiones entre poderes locales y regionales para saber dónde estamos parados.






























