Año 2, núm. 13, agosto de 2026
ISSN 3122-3583
tendencia
Tres apuntes sobre globalización, migración y etnicidad
Asmara González Rojas *
La globalización prometió fronteras flexibles, ciudadanía cosmopolita y oportunidades compartidas. Terminó produciendo muros, enclaves de privilegio y nuevas formas de desigualdad que viajan con el dinero, la etnicidad y el pasaporte.
Este texto propone tres reflexiones que suelen pasar inadvertidas respecto de los fenómenos migratorios, englobados hoy en las muy diversas formas que adopta la movilidad humana: migración, refugio, desplazamientos internos. La primera alude a la migración en el marco de la “modernidad desbordada” a la que se refería Appadurai —y otros científicos sociales—, para mencionar a la velocidad de la globalización en los albores del siglo XXI. La segunda, a las antípodas entre la migración económica o por necesidad y la migración de privilegio o por estilo de vida. Y la tercera, a los vínculos entre etnicidad y migración.
Estas notas analizan procesos de ida y vuelta, transnacionales, multisituados, enmarcados primero en el auge del capitalismo que llegó a un clímax con la caída del muro de Berlín en 1989 y las olas posteriores de integración de la Unión Europea y la formación de bloques de cooperación multilateral en la cuenca Asia-Pacífico, en América del Norte, en Centroamérica, en el Mercosur, etcétera.
El mundo se conectó, pero no se igualó: los flujos globales también transportan racismo, colonialidad y exclusión.
Todo ese espíritu acarreó una idea de integración y cooperación comercial, tecnológica, educativa, de cohesión social y desde luego de apertura financiera, de redefinición de fronteras y de movilidad territorial de las personas y de cosmopolitismo: la “aldea global” a la que se refirió McLuhan, precursor de esas ideas sobre el alcance mediático de las tecnologías de la comunicación como puentes para acercarnos entre humanos, que más tarde se desdoblarían en las tesis del “cosmopolitismo nacional”, el homo videns, o la “sociedad red” sugerida por Manuel Castells, entre muchas otras ilusiones frustradas de la integración global.
Esas tendencias advirtieron también, en su momento, la crisis de los Estados nacionales y, a la vez, el debilitamiento de las súper potencias, para dar paso a la creación de Estados multiculturales, pluriétnicos —algunos de facto y algunos solo en sus marcos constitucionales— e imaginaron gobiernos supranacionales capaces de quebrar fronteras. Pero aquellas ideas que leí hace alrededor de 25 años, no fraguaron. Hoy, por el contrario, la crisis del neoliberalismo y la vuelta de los discursos de extrema derecha anclados en la defensa del nacionalismo a ultranza están revirtiendo los sueños de una globalización que prometió ser justa e igualitaria en sus múltiples dimensiones. De aquí mis tres apuntes.
Primer apunte: globalización y sus consecuencias
Comienzo por recordar el marco teórico que construyó el antropólogo Arjun Appadurai(1) para explicar la globalización mediante flujos culturales globales, caracterizados por ese autor como “paisajes globales” en tanto constituyen dimensiones fluidas e irregulares. Él habló de cinco paisajes: el étnico (movilidad humana); el mediático (medios de comunicación para crear y conectar imaginarios culturales); el tecnológico (interacciones por medio de la tecnología); el financiero y el ideológico.
Dentro de ese marco, la migración y los avances tecnológicos juegan un papel central en los procesos de dislocación y desterritorialización, que implican un movimiento: un traslado cultural entre contextos de origen y su instalación en nuevos territorios. Esta fluidez, en términos migratorios, invariablemente cambia el “paisaje” de los Estados y sus sociedades, con aportaciones económicas y socioculturales que en ocasiones reproducen formas de poder coloniales (colonialidad del poder o colonialismo interno), desigualdades, racismo y xenofobia en los contextos de países de destino o receptores de esa migración.
Por otro lado, esos flujos globales y migratorios de diversos tipos, junto con los aires de integraciones regionales de los noventa, pusieron en jaque la idea del Estado-nación ante la evidencia y el reconocimiento de ciudades cada vez más pluriétnicas y multiculturales, como París, Londres, Vancouver, Nueva York o Berlín, en la mayoría de los casos con migraciones sur-norte (países pobres a países de renta alta), donde se identificaron con nitidez los flujos migratorios venidos desde sus excolonias. Esta movilidad desbordada trajo consigo diversos paisajes étnicos que poco a poco fueron generando incertidumbre e inestabilidad en los países receptores, hasta que las crisis económicas propiciaron la vuelta de un discurso abiertamente antiinmigrante. En todos esos casos, los paisajes ya habían cambiado, pero el siglo XXI revirtió la forma de vivirlos.
Vale la pena recordar algunas de las discusiones de los autores que marcaron a una generación completa(2) en torno a esos procesos globales que, necesariamente, desafiaron la conformación social de los Estados de destino. Por ejemplo, Ulrich Beck(3) escribió sobre la “sociedad del riesgo”, la precarización del trabajo en los países ricos y la caída del Estado de Bienestar a consecuencia del neoliberalismo. Una de sus preguntas centrales era cómo mantener la cohesión social frente a la globalización de los mercados, como si ambas cosas se negaran mutuamente. Frente al neoliberalismo de los ochenta —que ya empezaba a producir estragos socioeconómicos incluso entre sus principales beneficiarios—, surgieron ideas renovadas de la socialdemocracia y la famosa “tercera vía”.
Anthony Giddens escribió, tan temprano como en 1998, que “la derecha, tiene su colección de chicos malos: un Estado fuerte, los relativistas culturales, los pobres, los inmigrantes y los criminales”(4, p. 48). Afirmaba que estar en la izquierda era estar preocupado por reducir la desigualdad —por lograr la justicia social— y en ese sentido la tercera vía era inequívocamente de izquierdas.
A la par de los pros y los contras del mundo que quiso ser globalizado, cuando ya se discutía la pertinencia de seguir hablando de izquierdas y derechas, Giddens citaba a Norberto Bobbio, quien argumentaba que “la izquierda busca disminuir la desigualdad. No es que la derecha no lo busque, pero concretamente, por ejemplo, frente a la inmigración el contraste entre izquierda y derecha se expresa en la extensión en que deba otorgarse a los inmigrantes derechos básicos de ciudadanía y protección material”.(4)
Por otra parte, Giddens escribió algo que podría decirse igual en nuestro tiempo, explicando cómo entre los temas centrales de la extrema derecha, ya estaban presentes el proteccionismo económico, el aislacionismo nacional y una política inflexible en inmigración. Ese autor hacía alusión a Pat Buchanan —quien voceaba “America first”, antecedente de “Make America Great Again”— y Samuel Huntington escribía, “if you want to be part of the American Dream, you have to dream in English”. Hoy está de vuelta esa derecha conservadora reafirmando sus discursos y tratando de revertir los mismos procesos de globalización que hizo suyos hace cuatro décadas.
No todas las personas migran desde la carencia: algunas llegan con una “mochila invisible” de privilegios que transforma territorios ajenos.
Ese debate, como un péndulo, una y otra vez plagado de contradicciones: sesenta años después de la descolonización de África y cuarenta después de aquel apogeo de los “paisajes globales”, hemos vuelto a la reivindicación furibunda y excluyente de las identidades nacionales, mientras celebramos que, en el Mundial de futbol recién concluido, buena parte de los mejores jugadores de las selecciones europeas —Francia, Inglaterra y Alemania— son afrodescendientes o euroasiáticos (por no decir turcos).
“Cosmopolitismo y multiculturalismo se fusionan en el tema de la inmigración. Una perspectiva cosmopolita es condición necesaria para una sociedad multicultural en un orden globalizador”. El nacionalismo cosmopolita es la única forma de identidad nacional compatible con ese orden, escribió Giddens.
Empero, esa imagen de la “democracia cosmopolita”: gobiernos regionales conviviendo con organizaciones globales; empresas transnacionales reguladas por instituciones nacionales; bloques comerciales internacionales y multilateralismo capaz de garantizar, a un tiempo, paz, derechos y redistribución económica, parecen hoy pertenecer a un pasado imposible de recuperar, mientras los paisajes descritos por Appadurai y los enclaves étnicos se van encerrando entre las redes electrónicas que los aíslan.
Segundo apunte: Las antípodas de la movilidad humana
El término “migrantes de privilegio” se le atribuye a la politóloga estadounidense Sheila Croucher, quien englobó bajo esta categoría lo siguiente: la migración internacional de retirados, trabajadores cualificados, inversores y estudiantes, cuya motivación principal es mejorar su calidad de vida. En su estudio pionero destaca que el análisis de la migración suele centrarse en la marginalidad e inequidad de la migración sur-norte, mientras que el de la migración privilegiada norte-sur evidencia la desigualdad de la estructura global.(5)
En efecto, hay dos tipos de migraciones diametralmente opuestas que visibilizan las ventajas y desventajas de individuos o grupos en los países receptores de esta migración. Un ejemplo contundente son los enclaves de jubilados estadounidenses y canadienses en la Ribera de Chapala, San Miguel de Allende, Los Cabos o Mazatlán, por nombrar algunos casos en México, tal como sucede en lugares idílicos de Centroamérica y Sudamérica, como en Costa Rica o Ecuador. Guardadas las distancias, algo similar sucede en el sur de Francia, Italia y España donde se observan puntos estratégicos de migración de personas jubiladas provenientes del norte de Alemania, Reino Unido y otros países europeos; a raíz de la pandemia y las crisis económicas han generado otro tipo de movilidad, a las que deben sumarse los llamados “nómadas digitales” cuyos ingresos los inscriben entre las personas migrantes de privilegio.
Este tipo de migración ha generado amplios debates respecto a los beneficios que realmente pueden generar en las localidades de acogida, pues si bien promueven desarrollo económico (como sostienen Aikin y González Rojas)(6) también incrementan las desigualdades sociales entre las y los habitantes locales que cuidan de esta nueva población y que, en ocasiones, acaba expulsándolos de sus propios territorios mediante la gentrificación, para convertirlos en pueblos con “residentes foráneos”.
Los estudios recientes prueban, por ejemplo, que las personas jubiladas difícilmente se integran a las costumbres o adoptan el idioma de los lugares a los que llegan y que, en muchas ocasiones, sucede lo contrario: son las y los habitantes locales originales quienes acaban mimetizándose con la cultura de las personas migrantes y adoptando su idioma. Y aunque hay evidencia de que algunas de esas personas migrantes intentan ser buenas huéspedes y se vuelven defensores de las culturas que los acogen, lo cierto es que esas dinámicas están regidas inevitablemente por el poder económico de quienes llegan.
Junto a esos flujos de migración de privilegio que ya no pasan desapercibidos (véanse, por ejemplo, las noticias de Barcelona o de barrios como la Condesa, en Ciudad de México), ocurren las caravanas de migrantes que huyen de situaciones de pobreza o de violencia desde Centroamérica y Sudamérica y que buscan llegar a Estados Unidos.
Ese contraste brutal ha sido descrito plásticamente con la imagen de la “mochila invisible” que, de acuerdo con la investigadora Peggy McIntosh, simboliza el privilegio de ciertos individuos o de grupos como un “paquete invisible de activos no ganados” sino heredados, que se otorga a los individuos que poseen identidades privilegiadas, refiriéndose a hombres blancos en contraposición con mujeres y hombres negros en Estados Unidos, mientras que para el caso de las y los migrantes centroamericanos en tránsito la metáfora de la mochila se vuelve una realidad literal, pues quienes dejan sus países de origen de manera forzada cargan una mochila sobre sus hombros con sus pertenencias básicas y en ella, metafóricamente, van también sus desigualdades socioeconómicas, políticas, jurídicas, de estatus migratorio y culturales. Encima de la mochila por lo general enrollan una cobija, que será su lecho para descansar en el camino hacia el otro lado de la frontera cruzando ríos, mares, canales, selvas y muros.(5)
Mientras el capital atraviesa fronteras con libertad, la movilidad humana sigue jerarquizada por origen, clase y color de piel.
Tercer apunte: etnicidad y movilidad; nuevas formas de resignificarse
Por último, vale la pena advertir una dimensión negada o invisibilizada que se deriva de esa movilización de los paisajes culturales en los países receptores: la potencia que cobra la etnicidad manifiesta mediante las identidades lingüísticas, culturales y raciales que, inexorablemente, acaban conviviendo con las que identifican a las sociedades a las que llegan. Esa presencia nueva, denostada, marginada o negada es, sin embargo, inocultable.
En 2019, un libro coordinado por Santiago Bastos titulado La etnicidad recreada: desigualdad, diferencia y movilidad en la América Latina global, nos permitió discutir en los seminarios que dieron lugar a esa publicación cómo los grupos indígenas, las y los migrantes centroamericanos o las personas descendientes de japoneses nacidos en América Latina —conocidos como nikkei— no solo le habían conferido una seña de origen a la migración, sino que habían marcado también a las sociedades donde se iban instalando con una carga nueva de desigualdad y discriminación: “la movilidad es uno de los factores que está haciendo surgir o resignificar etiquetas étnicas con las cuales se nombran situaciones de desigualdad que se basan o se refuerzan en la diferencia entre grupos”, escribió Bastos.(7)
Por etiquetas étnicas se entiende, por ejemplo, la vestimenta, el arte, el idioma, como sello de construcción e identidad de la “otredad”. Rasgos identitarios inequívocos que, sacados de sus paisajes originarios, generan nuevas formas de desigualdad hacia esos grupos y, al mismo tiempo, producen prácticas de orgullo y “autoafirmación” entre ellos. Los grupos señalados y minusvalorados por su identidad —latinos, sudacas, chicanos, indios, negros— se defienden de la exclusión y la marginación afirmando su pertenencia a la comunidad que los protege.
En este sentido, la malograda globalización ha creado comunidades transnacionales, gracias a las nuevas tecnologías de la comunicación en las que se sigue reproduciendo la desigualdad y la diferencia —como ya citaba con las imágenes de las selecciones europeas de futbol y el asombro con su composición racial—, pero al mismo tiempo les ha obsequiado a esas comunidades nuevas formas de solidaridad para acercarse, cuidarse y resignificarse en su búsqueda de respeto y del derecho a la diferencia.
En suma, puede decirse que los gobiernos que hoy niegan categóricamente la importancia de la migración y que la desdeñan como una amenaza para sus economías y su cohesión social, fueron los mismos que la propiciaron para extender sus ámbitos de influencia.
El mayor flujo de movilidad humana en el mundo no responde sino a esa dinámica de globalización malograda y desigual, que hoy parece estar en franca retirada. Con todo, los paisajes sociales cambiaron inexorablemente y la migración se volvió, a pesar de todo, parte de la vida cotidiana de las ciudades receptoras. Y a la vez, se convirtió en otra forma de desigualdad global no solo entre personas migrantes de privilegio y personas migrantes “de mochila”, sino entre la migración negada del sur al norte y la migración invasiva del norte al sur.
Al avanzar hacia el segundo tercio del siglo XXI, vivimos un doble desafío: la clausura de las fronteras y la fragmentación social y cultural pues, a pesar de todo, las identidades de las personas migrantes siguen vigentes entre los países que incumplieron su promesa de abrazarlas.
* Profesora investigadora; directora de la revista Carta Economica Regional de la Universidad de Guadalajara y editora de El Diluvio.
Referencias
(1) Appadurai, A. (2001). La modernidad desbordada: Dimensiones culturales de la globalización. Fondo de Cultura Económica Argentina.
(2) Nota aclaratoria: la autora se refiere a Sartori, Umberto Eco, Anthony Giddens, Ulrich Beck, García Canclini, Sygmunt Bauman, Manuel Castells, Octavio Ianni, David Held y Samuel Huntington, entre otros.
(3) Beck, U. (1999). La sociedad del riesgo: Hacia una nueva modernidad. Paidós Ibérica.
(4) Giddens, A. (1998). La tercera vía: La renovación de la socialdemocracia. Taurus.
(5) González Rojas, A. (2025). No somos iguales: Migración de privilegio y migración forzada. En A. Sahuí, J. Rodríguez Zepeda y T. González Luna (Coords.), El privilegio: Teoría y estudios antidiscriminatorios. Fontamara; UACAM; RINDIS.
(6) González Rojas, A., & Aikin Araluce, O. (2022). Estadounidenses en la Ribera de Chapala: Perfiles, patrones migratorios e impactos en el entorno. En O. Aikin Araluce, A. González Arias y A. González Rojas (Coords.), Diversidad migratoria en Guadalajara y Chapala: Historias de arribo, asentamiento y procesos de transformación. ITESO.
(7) Bastos Amigo, S. (2019). La etnicidad recreada: Desigualdad, diferencia y movilidad en la América Latina global. Publicaciones de la Casa Chata; CIESAS.




























