Año 2, núm. 14, septiembre de 2026
ISSN 3122-3583
a fondo
Los movimientos sociales no nacen de la indignación
Paulo Hidalgo *
La indignación no basta para explicar una revuelta. Las sociedades se movilizan cuando organización, recursos, oportunidades políticas y formas de protesta aprendidas convergen en un momento preciso. Releer a Charles Tilly permite mirar más allá del estallido emocional y entender la mecánica real de la acción colectiva.
En abril de 1834, los tejedores de Lyon tomaron las calles y levantaron barricadas después de que una ley prohibiera sus asociaciones de oficio. No fue una explosión repentina de rabia acumulada; fue una secuencia con forma reconocible —primero peticiones, luego mítines, después la ocupación del espacio público— que los trabajadores europeos venían ensayando y perfeccionando desde hacía décadas. Charles Tilly pasó buena parte de su vida académica mirando episodios como ese y de ahí sacó una idea que sigue resultando incómoda: la protesta tiene gramática. No es desahogo, es lenguaje aprendido.
La protesta tiene gramática: no es un desahogo espontáneo, sino un lenguaje aprendido, heredado y adaptado a cada época.
Esa idea contradice el sentido común con el que hoy se explican los movimientos sociales, sobre todo en un país que, como Chile, atravesó un estallido. La lectura dominante es emocional: la gente se hastía, el malestar se acumula, un incidente menor hace estallar todo. Es una narrativa cómoda porque no exige mucho —basta con señalar la indignación como causa suficiente—, pero es también perezosa porque no explica por qué la indignación, que es casi una constante antropológica en cualquier sociedad desigual, solo cristaliza en movilización en momentos específicos, con formas específicas, y no en cualquier otro.
Tilly dedicó su obra a estudiar cómo la acción colectiva se organiza en torno a campañas sostenidas en el tiempo, a repertorios de formas de acción políticamente disponibles y a despliegues públicos de valía, unidad, número y compromiso. Llamó a esto último WUNC —por sus siglas en inglés: worthiness, unity, numbers, commitment—, un acrónimo que sonará árido pero que describe algo muy simple: la gente no protesta con cualquier forma disponible en cualquier momento; protesta con el repertorio que su época y su cultura política le enseñaron a reconocer como legítimo y eficaz. Un cabildo abierto en el Chile de 2019 no fue un invento espontáneo del estallido; fue una forma heredada, resignificada, que ya estaba ahí, en el repertorio cultural chileno, esperando ser reactivada.
La indignación es casi constante en las sociedades desiguales; lo excepcional es que encuentre organización, recursos y una oportunidad política para transformarse en movilización.
Ese es el aporte que casi nadie discute cuando cita a Tilly de pasada, como nombre de autoridad, sin haberlo leído en serio. Su trabajo estableció un estilo de investigación construido sobre series históricas amplísimas —siglos de motines, rebeliones y movilizaciones catalogados uno por uno— que permitió entender las lógicas políticas detrás de la protesta y no solo su superficie. No teorizó desde el sillón. Contó motines, rastreó cómo cambiaban las formas de reclamo con la industrialización y la formación del Estado moderno. Su hallazgo de fondo —que el repertorio de acción colectiva europeo se transformó radicalmente entre fines del siglo XVIII y mediados del XIX, pasando de formas locales y directas (el motín de subsistencias, el linchamiento ritual, la toma de tierras) a formas nacionales y organizadas (la manifestación, la huelga, la campaña electoral)— no es una curiosidad de archivo. Es la explicación de por qué la protesta contemporánea se parece más a una campaña de comunicación que a un motín: heredó el repertorio moderno, no el premoderno.
Lo que vuelve indispensable releer a Tilly hoy no es la nostalgia académica, es el diagnóstico político. Si la protesta es lenguaje y no desahogo, entonces la pregunta relevante frente a cualquier ciclo de movilización no es cuánto sufrimiento lo produjo, sino qué estructura de oportunidad política lo habilitó, qué actores tenían los recursos organizativos para sostenerlo y qué repertorio estaba culturalmente disponible en ese momento preciso. Esta pregunta —incómoda para la derecha, que prefiere leer la protesta como desborde criminal e incómoda también para cierta izquierda, que prefiere leerla como pura justicia emergiendo del pueblo— es la que Tilly obliga a formular.
Los Estados modernos no se construyeron a pesar de la protesta, sino en tensión con ella: reprimiendo, negociando e incorporando demandas sociales.
Hay algo más en su legado que rara vez se menciona: su insistencia en que la política contenciosa y la formación del Estado son la misma historia contada desde ángulos distintos. Los Estados modernos no se construyeron a pesar de la protesta, sino en diálogo forzado con ella, extrayendo recursos, reprimiendo, negociando e incorporando reclamos al aparato institucional. Esto importa porque la capacidad estatal suele discutirse como si fuera un dato técnico, separado de la conflictividad social, cuando en realidad es en buena medida su producto histórico. Los Estados que hoy financian bienestar amplio no llegaron ahí por generosidad de sus élites, sino porque movimientos organizados, con repertorios sofisticados y sostenidos en el tiempo, se lo arrancaron.
Nada de esto convierte a Tilly en profeta de causas particulares. Murió en 2008, sin haber visto la Primavera Árabe, sin el 15M español, sin Occupy Wall Street, sin el estallido chileno. Pero el marco que dejó sigue siendo la herramienta más precisa disponible para no confundir la superficie emocional de un ciclo de protesta con su mecánica real. Cincuenta años mirando motines, huelgas y revoluciones le enseñaron algo que la coyuntura chilena todavía no termina de asimilar: las sociedades no explotan porque estén hartas; explotan cuando alguien —con organización, recursos y un repertorio disponible— decide que ha llegado el momento de usarlo.
* Doctor en Sociología por la Universidad Complutense de Madrid. Actualmente es profesor de la Universidad de Talca, campus Santiago.




























