Año 2, núm. 13, agosto de 2026
ISSN 3122-3583
entre-mes
Descalificar, capturar, silenciar: el manual del poder autoritario
Mario Campos *
“Esta guerra no se libra en la realidad, Alexander, se libra en la cabeza de la gente… no se mide por ciudades tomadas, sino por cerebros conquistados.”
— Giuliano da Empoli, El mago del Kremlin
Hemos visto cómo la llegada del ecosistema de información del mundo digital, los cambios culturales y tecnológicos de las últimas décadas han facilitado la producción de contenido que desafía la noción de distinguir lo verdadero de lo falso. No obstante, esas variables no explican cómo ese contenido ha llegado a la vida pública.
Confieso que en este punto me encuentro ante el dilema de plantear si los procesos políticos que voy a describir explican la pérdida de confianza en las instituciones democráticas, o si fue primero la pérdida de confianza en las instituciones democráticas lo que provocó estos procesos políticos. Es una variante del debate entre qué fue primero: el huevo o la gallina.
Ante la falta de una explicación que me parezca contundente para afirmar alguna de las dos cosas diré que, en todo caso, se trata de dos fenómenos que se retroalimentan. La desconfianza provoca un empobrecimiento de la vida pública; y el empobrecimiento —marcado, entre otras cosas, por la información falsa— acelera la desconfianza en las instituciones. Es la serpiente que se muerde la cola.
Dicho lo anterior, trataré de explicar cuáles son los procesos políticos que explican por qué la mentira hoy tiene un lugar en la mesa de honor en la política en buena parte del mundo.
¿Quién podrá defendernos?
La amenaza a la verdad como protagonista de la vida pública tiene muchas explicaciones, pero me parece que la más efectiva es la que vincula este tema con la crisis de la democracia.
Durante décadas —y al menos para una buena parte del mundo que se asumía como democrática— la política consistía en una serie de reglas del juego que se suponían como condición mínima para el funcionamiento del sistema. Hoy esas reglas, en el mejor de los casos, están en entredicho, y en el peor, ya han sido derrumbadas y desplazadas por unas nuevas.
La primera, y quizá más importante, es que el poder político no debería estar concentrado en una sola rama del gobierno y mucho menos en una sola persona. Esta premisa llevó durante siglos a la construcción de un sistema en el que múltiples jugadores desempeñaban un papel en la vida pública, desde otros poderes formales constituidos, hasta actores no gubernamentales como las universidades, las Organizaciones de la Sociedad Civil (OSC), los medios de comunicación, entre otros.
Esta distribución del poder partía de la premisa de que la legitimidad para participar en lo público no era un monopolio del poder gubernamental, pues esos otros actores tenían un rol muy importante que jugar. En buena medida, porque estas instituciones no solo eran generadoras de conocimiento relevante, sino que ese conocimiento era utilizado para la evaluación de las acciones del desempeño en la vida pública.
En otras palabras, se reconocía, primero, que había un valor en la verdad, y dos, que la verdad era un bien custodiado por ese conjunto de actores. Y que, por tanto, aquellos actores que se desempeñaban en la vida pública estaban sujetos a un escrutinio y a una eventual rendición de cuentas sobre sus actos.
Si un político cometía un abuso o faltaba a la verdad, el resto de los actores podía llamarlo a cuentas. Ya fuera desde el periodismo, con su cotidiano ejercicio de verificación de hechos; desde la academia, con la generación de información que acotara los límites de la imaginación del discurso político; o desde el trabajo de observación de las OSC.
De tal suerte que la definición de lo verdadero no era una facultad única de quien detenta el poder político.
Pues bien, en los últimos años y en diversas partes del mundo, han llegado al gobierno políticos que no solo han concentrado significativamente el poder a partir de la captura o golpeteo a los otros poderes formales, sino que han emprendido cruzadas contra aquellas instituciones con la legitimidad suficiente para cuestionar la visión que buscan imponer.
Este proceso puede ser leído en el marco de todo lo escrito en los últimos años sobre el populismo y como una expresión del discurso antiélites que le acompaña de manera esencial. El populismo por definición —da igual si es de derecha o de izquierda— busca atribuirse el monopolio de la representación popular y para eso regatea cualquier validez a la representatividad que tienen otros actores, desde la oposición y sus partidos políticos hasta las élites académicas que forman parte del espacio público.
El fenómeno mediante el cual un actor político monopoliza la vida pública pasa por desgastar cualquier contrapeso, sea en el plano de atribuciones formales —jueces, congresos, organismos autónomos, etcétera— o en el plano de la narrativa. Por ello es común que todo proceso de concentración de poder golpee a quienes generan conocimiento. Si el propósito es imponer los datos oficiales a como dé lugar, es necesario eliminar a otros generadores de información que pudieran ser usados para cuestionar el relato gubernamental.
Por ello, en gobiernos como los de Estados Unidos, México, El Salvador, Nicaragua, entre otros, es común ver estrategias políticas que coinciden en las siguientes acciones:
- Descalificación del periodismo
- Ataque a las OSC
- Captura o eliminación de organismos autónomos generadores de información
- Ataque a las universidades y centros de investigación
- Construcción de un relato dominante
Vamos por partes.
- Descalificación del periodismo
Los medios de comunicación le resultan incómodos al poder. Al menos cuando hacen bien su trabajo. La explicación es sencilla: en su papel de mediadores entre el poder político y la población, los periodistas no deben solo reproducir ni amplificar acríticamente los dichos ni las acciones de los gobernantes, sino contrastar su palabra contra los hechos verificables.
Si Donald Trump dice que el envío de la Guardia Nacional a Washington provocó una baja en la criminalidad y una reactivación de la vida en las calles, las y los periodistas tienen que acudir a los negocios y confirmar si es verdad, o si —como en realidad ocurrió— las reservaciones en los restaurantes se cayeron desde que lanzó el patrullaje militar.
Si un presidente como López Obrador asegura que con su llegada se acabó la corrupción, toca a la prensa verificar con diversas fuentes si eso es real o si se trata solo de una puesta en escena que quiere ser percibida como verdad a fuerza de repetición.
El periodismo por eso no gusta a quienes gobiernan, en especial si tienen la pretensión de que su palabra sea la única. De ahí que sistemáticamente buena parte de los gobiernos del mundo, en especial en los últimos tiempos, hayan emprendido acciones para debilitar el papel de los medios y de los periodistas.
Como referente, dentro de los muchos que pudieran compartirse, destaco una publicación de Reporteros Sin Fronteras (RSF) que en julio de 2025 publicó un reporte a propósito de los primeros seis meses de Donald Trump en el poder. En él, que puede ser consultado en línea (1), registra siete formas de presión a los medios que se han presentado en diversas partes del mundo que enfrentan gobiernos autoritarios y que se replicaron en el arranque de la segunda administración de Trump.
Los siete son: el uso de los recursos legales contra la prensa, lo que llama “guerra jurídica”, junto con presiones económicas; la colocación de personas afines en cargos directivos de medios de comunicación privados; el desmantelamiento de los medios públicos independientes; violencia contra periodistas que cubren protestas; prohibición de palabras o frases indeseables; acusaciones infundadas contra los medios; y, finalmente, campañas de desprestigio contra periodistas.
El catálogo de acciones descritas por RSF está basado en casos concretos del gobierno de Estados Unidos, pero estoy seguro de que más de un lector habrá pensado en ejemplos cercanos en lugares como México, El Salvador, Venezuela, Turquía, China o Rusia. Con distintas modalidades y acentos, hay una pulsión generalizada en contra de la prensa. Es normal si pensamos que frente a los fabricantes de “verdades” a modo, un periodismo independiente es criptonita.
Ya veremos hacia el final del libro, al hablar de los esfuerzos que se están haciendo en defensa de la verdad, que hay ejercicios como los verificadores de información que buscan justamente desafiar la construcción de realidades políticas que existen solo en el discurso de los poderosos.
- Ataque a las OSC
Un segundo campo de asalto en los procesos de erosión democrática pasa por la descalificación de las OSC. Bajo el penoso argumento de que carecen de legitimidad, pues no fueron validadas a través del voto popular, se pretende descalificar su intervención en la vida pública. El propósito es evitar su aportación al debate a través de una desacreditación sistemática.
En ese sentido, y al igual que como ocurre con la prensa, hemos visto un ataque constante que busca debilitar su voz. Entre las acciones más comunes se cuentan: descalificaciones a partir de los supuestos vínculos políticos de la institución o de sus integrantes; acusaciones que buscan encuadrarlas como agentes de potencias extranjeras.
Este conjunto de acciones está orientado a dañar o eliminar el marco legal en el que operan; a construir un clima de opinión hostil; y, en casos extremos, a sembrar las condiciones que permitan la acción represiva directa contra sus integrantes; siempre con el espíritu de expulsarlas de la vida pública para que dejen de ser un contrapeso a las versiones oficiales de la realidad.
- Captura o eliminación de organismos autónomos generadores de información
Bajo la misma premisa, diversos Estados a lo largo del tiempo construyeron instituciones que son generadoras o gestoras de información, que constituyen reservas de verdad y que son un desafío para gobiernos autoritarios. De ahí que una medida que acompaña a las dos anteriores es la captura, reducción o eliminación de los organismos autónomos.
Los ejemplos abundan. En México, durante los últimos años de la administración del presidente Andrés Manuel López Obrador y los primeros meses de la presidenta Claudia Sheinbaum, desapareció el instituto autónomo encargado de garantizar el acceso a la información pública federal.
En Estados Unidos, en 2025, Donald Trump cesó al director del Bureau of Labor Statistics (BLS), toda vez que la institución que encabezaba compartió datos que contravenían el relato oficial sobre el buen rumbo de la economía; esta misma práctica se extendió a diversos campos como la protección del medio ambiente o la regulación de temas sanitarios.
En Turquía, desde 2019, el gobierno ha cambiado en al menos cuatro ocasiones al encargado del registro de las estadísticas estatales; en El Salvador de Nayib Bukele, fue disuelta en 2023 la agencia de estadística nacional, lo que provocó expresiones de condena por parte de organizaciones internacionales.
Los argumentos pueden variar en forma de país en país, pero suelen coincidir al menos en términos generales. Bajo el amparo de la austeridad, o críticas sobre supuesta duplicidad de funciones, se suelen eliminar muchas de esas instituciones; cuando no funciona ese argumento, es frecuente escuchar descalificaciones sobre supuestas agendas ideológicas que estarían detrás de su actuación; por supuesto, las investigaciones y acusaciones en contra de sus directivos suele ser otra práctica común; finalmente, cuando la reducción o la eliminación no es posible, siempre funcionará la táctica de quitarles recursos o la captura mediante la designación de cuadros políticos afines.
- Ataque a las universidades y centros de investigación
Finalmente, en la disputa por el control de la narrativa es claro que el asalto a la academia y las instituciones de investigación juega un rol protagónico. En Venezuela y Nicaragua hay registro del ataque a universidades públicas y privadas que eran vistas como amenazas; en Estados Unidos la presión para tener el control de la vida interna de universidades privadas ha sido uno de los frentes de batalla de los primeros meses de la segunda temporada de la era Trump; en México, la salida de académicos de universidades públicas, como el Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE), ha estado acompañada de presiones —vía recortes presupuestales o nombramientos de personas afines al régimen—, de tal suerte que hay un efecto inhibitorio del pensamiento crítico.
Es comprensible este proceso si entendemos que los centros académicos gozan de prestigio y son, por definición, espacios de generación de conocimiento. Su capacidad técnica y la legitimidad social con la que cuentan, las convierte de inmediato en una amenaza para actores políticos que buscan monopolizar la definición de la verdad.
Sin académicos con voz propia es mucho más sencillo instalar un relato único de los acontecimientos. De ahí que la acción sistemática en su contra —como se ha visto antes en China, India, Turquía, etcétera— sea una de las piezas centrales de la estrategia de captura de los definidores de la “verdad”.
Estas cuatro acciones —ataque a medios, OSC, instituciones gubernamentales y universidades— solo adquieren sentido cuando se entiende que su sometimiento resulta estratégico para que pueda prosperar la idea de que es el actor político el que con su palabra puede definir lo verdadero y lo falso.
- Construcción de un relato dominante
¿Que los políticos suelen mentir? Vaya revelación. ¿Que quieren eliminar otras fuentes de información para poder inventar a gusto? Pues tampoco parece ser un hallazgo sorprendente, ¿cierto? Sin embargo, hay algo de nuevo en todo esto y tiene que ver con una diferencia entre la vieja y conocida práctica de la mentira y la dura y pura fabricación de una nueva realidad a partir de la palabra.
La mentira tiene la gracia de reconocer que hay una realidad distinta, pero sencillamente decide dejarla de lado. De tal suerte que cuando el político solía mentir no es que ignorara que era falso, sino que decidía manipular, encubrir, distorsionar o hacer cualquier truco disponible para que la cosa sonara mejor de lo que realmente era.
La mentira parte de reconocer que existe la verdad.
En cambio, el fenómeno que hoy estamos enfrentando va mucho más allá. No se trata ya de falsear una cifra por aquí y otra por allá; se trata, directamente, de construir otra realidad a partir de la palabra, aunque esta poco o nada tenga que ver con una realidad objetiva.
Es la mentira con esteroides.
Para entender cómo llegamos a este punto, vale la pena leer a Christian Salmon, que explica cómo la capacidad de contar historias dejó de ser solo una herramienta de comunicación para convertirse en un reemplazo de la propia realidad que describe.
Según este autor francés, para entender este fenómeno hay que remitirnos al campo de la publicidad y el marketing, un territorio en el que el relato sobre los atributos intangibles se volvió más importante que la realidad material de los propios productos (2, p. 58).
Una bolsa Hermès Birkin, por ejemplo, puede ir de los 10,000 a los 500,000 dólares sin que su precio tenga relación directa con los materiales con los que está elaborada. Su valor tiene que ver con cuestiones intangibles como la exclusividad o el presunto estatus que puede otorgar a quien la posee; un Rolls-Royce Droptail, específicamente la versión La Rose Noire, del cual solo se habían hecho cuatro unidades, puede alcanzar los 30 millones de dólares, una cifra tan alta para un vehículo que, en sentido estricto —no me linchen los fans de los autos—, puede cumplir exactamente la misma función que un Toyota de 15,000 dólares.
Los precios de una gran cantidad de bienes y servicios poco tienen que ver con sus costos de producción, y mucho se explican por los intangibles asociados a su marca; de tal suerte que compramos ropa o accesorios por la forma en que nos hacen sentir, o la manera en que creemos que somos percibidos, más allá de las cualidades del producto en sí.
Esto lo atribuye Salmon a que “el objetivo del marketing narrativo ya no es simplemente convencer al consumidor de que compre un producto, sino sumergirlo en un universo narrativo, meterlo en un universo creíble […]. Ya no se trata de seducir o de convencer, sino de producir un efecto de creencia”.
Pues bien, la noción de que el relato pesa tanto como el producto llegó hace tiempo también a la esfera de la vida pública.
La premisa es que hoy la política parece que tiene cada vez menos que ver con una realidad objetiva, y más con la capacidad de seducción del relato del personaje que lo emite.
¿O de qué otra manera se puede entender, por ejemplo, que un multimillonario como Donald Trump tenga el respaldo de millones de obreros o trabajadores del campo, que encuentran en él a un confiable representante de sus intereses? ¿Cómo puede ser que un actor político como Andrés Manuel López Obrador pudiera anunciar una y otra vez que ya se resolvería el abasto de medicamentos en el país sin que hubiera costos electorales, a pesar de la evidente mentira?
La explicación tiene que ver con lo que el doctor Claudio Flores resume en dos frases inspiradas en la lectura de Salmon: porque hoy los cuentos pesan más que las cuentas, y los relatos valen más que los datos.
Porque en el momento en el que el relato se convirtió en el protagonista de la vida política, lo importante ya no es transformar la realidad, sino la percepción de la misma a través de las palabras. Dicho así suena exagerado, lo sé. ¿Cómo es que la narración puede reemplazar la experiencia directa de la gente? Suena absurdo… salvo que no lo es.
Porque lo importante es construir un mundo del que las audiencias se puedan sentir parte. “El storytelling es por lo tanto una operación más compleja de lo que se podría creer a primera vista: no se trata solo de ‘contar historias’ […] sino también de compartir un conjunto de creencias capaces de suscitar la adhesión o de orientar los flujos de emociones; en resumen, de crear un mito colectivo constrictivo” (2, p. 119).
Cuento una anécdota que ilustra este fenómeno. Al principio de su sexenio, el presidente Andrés Manuel López Obrador lanzó una cruzada contra el robo de combustible —llamado huachicol en México—, que provocó un desabasto de gasolina como consecuencia de las medidas para hacerle frente. En una nota de televisión de la época, un reportero se acercó a una persona que llevaba horas en la fila para poder cargar gasolina. Cuando le preguntaron por su opinión sobre esa medida que le había afectado personalmente, el entrevistado respondió que valía la pena la espera, porque estaban peleando contra los ladrones del combustible.
Más allá de la evidente selección de esa respuesta como pieza de propaganda del noticiero, la declaración sirve para ilustrar cómo funciona el mecanismo de narración, de tal suerte que no es que negara las horas de espera, sino que las dotaba de sentido. En palabras de Salmon, “Es […] como aquel estado en el que ‘una persona es lo bastante afortunada para vivir dentro de una historia'” (2, p. 14).
Y eso es justamente el poder del storytelling en el campo de la comunicación política.
Otros autores han abordado este fenómeno, aunque con otras palabras. Es el caso de Harry G. Frankfurt, que usa el término en inglés bullshit y que algunos traductores han convertido en charlatanería a la hora de traducirlo al español.
¿A qué se refieren? Frankfurt plantea que al menos algunos actores políticos han asumido que no es necesario que su relato esté basado en la realidad, sino que lo fundamental es construir una realidad propia a partir de la narración.
“Mi postura era que los bullshitters, manipuladores o charlatanes, aunque se presentan como personas que simplemente se limitan a transmitir información, en realidad se dedican a una cosa muy distinta. Más bien, y fundamentalmente, son impostores y farsantes que, cuando hablan, solo pretenden manipular las opiniones y las actitudes de las personas que les escuchan. Así pues, principalmente, su máxima preocupación consiste en que lo que dicen logre el objetivo de manipular a su audiencia. En consecuencia, el hecho de que lo que digan sea verdadero o falso les resulta más bien indiferente” (3, p. 33).
De tal suerte, que si el relato resulta atractivo para las audiencias, puede ser tan potente que es capaz de emanciparse de incomodidades, como los datos verificables… y, simple y sencillamente, de la molesta realidad.
Esto lo explica Tom Phillips cuando afirma que “la falsedad posee una ventaja intrínseca sobre la verdad, simplemente porque no está atenazada por el tedioso yugo de la realidad. ‘Lo que aflige a la verdad es que esta es esencialmente incómoda, y con frecuencia aburrida’ —escribió Mencken—. La mente humana busca algo más divertido y más amable” (4, p. 105).
En esta nueva dimensión lo importante no es la veracidad —que sea cierto—, sino la verosimilitud —es decir, que sea creíble—, condición que está determinada no por los hechos sino por la consistencia del propio relato. “Es como si decidiera que no tiene sentido intentar ser fiel a los hechos […] y, en vez de eso, ha de intentar ser fiel a sí mismo” (3, p. 29).
Lo resume perfectamente Giuliano da Empoli en su magnífica novela El mago del Kremlin: “No hay límites para la creatividad de un poder dispuesto a actuar con la determinación necesaria, siempre que respete las reglas fundamentales de cada construcción narrativa. El límite no viene marcado por el respeto a la verdad, sino por el respeto a la ficción” (5, p. 132).
Esto constituye un punto de ruptura con la idea de que la realidad es el marco en que debe insertarse el relato político. Para estos personajes, que se apoyan en los elementos antes descritos —ecosistema de información, cambio cultural y tecnológico—, la verdad ya no es una camisa de fuerza.
Es la era de la posverdad.
El término llegó a su mayoría de edad en noviembre de 2016, cuando fue incluido como la palabra del año por el Diccionario Oxford. En su definición fue descrito como “aquello que se relaciona con, o denota, circunstancias en las que los hechos objetivos son menos influyentes a la hora de conformar la opinión pública que las apelaciones a la emoción y a las creencias personales” (6).
Con un elemento clave, cuando hablamos de posverdad no nos referimos a errores, confusiones o malentendidos productos del azar, sino en el hecho de desvirtuar los hechos a partir de una agenda política detrás. El sentido no es solo desafiar la realidad, sino desafiarla, como enfatiza McIntyre, “como un mecanismo para favorecer la dominación política”.
Se trata de una manipulación del relato para hacer creer algo a alguien con un interés específico. En general, para construir una narrativa que obligue a quienes la escuchan a tomar partido. “La posverdad equivale a una forma de supremacía ideológica, a través de la cual sus practicantes intentan obligar a alguien a creer en algo, tanto si hay evidencia a favor de esa creencia como si no […] son un intento deliberado de hacer que la gente reaccione a la propia desinformación […]. La cuestión importante no es comunicar información, sino hacernos ‘escoger un equipo'” (7, p. 151).
El esquema se repite en todo el mundo. En México, el expresidente López Obrador llamaba a esta realidad paralela los “otros datos”, como una forma de reconocer que podrían existir cifras, incluso oficiales, en un sentido, pero lo importante era la narración que él era capaz de colocar en la conversación.
Los ejemplos de este modelo se encuentran hasta en debates presidenciales, como en el que participara Donald Trump para decir que inmigrantes se estaban comiendo a las mascotas —los perros y gatos— de una comunidad en Ohio (8).
Y con esa misma facilidad que se advierte de la amenaza migrante que ataca a sus familias porque no tienen para comer, se puede afirmar después que las viviendas en Estados Unidos son caras porque las tienen acaparadas los mismos migrantes que, antes se dijo, no tenían ni recursos (9).
No importa en esta lógica que una afirmación pueda ser opuesta a otra en el mismo relato. Ni siquiera debe tener congruencia interna. Lo que sí resulta clave es que el discurso sea capaz de conectar con sus audiencias y que constituya un mundo narrativo en el que sus seguidores se puedan sentir identificados. Se trata de crear universos en los que puedan vivir las bases de creyentes.
Si bien no todos los relatos son igual de atractivos ni tienen la misma capacidad de persuasión, es posible identificar algunos rasgos que hacen que funcionen como suplantación de la realidad. Estos son:
- Alta emocionalidad
- Relato simplificado
- Construcción de personajes
- Discursos identitarios
- Redundancia
Vamos a detenernos en cada uno de ellos.
* Periodista
Referencias
(1) Reporteros Sin Fronteras (RSF) (2025). Six months of Trump’s war on the press: importing and exporting authoritarian tendencies. Disponible en: https://rsf.org/es/six-months-trump-s-war-press-importing-and-exporting-authoritarian-tendencies
(2) Salmon, Christian. Storytelling: la máquina de fabricar historias y formatear las mentes, pp. 14, 58, 119.
(3) Frankfurt, Harry G. On Bullshit, pp. 29, 33.
(4) Phillips, Tom. Verdad: una breve historia de la charlatanería, p. 105.
(5) da Empoli, Giuliano. El mago del Kremlin, p. 132.
(6) Oxford Dictionaries (2016). Word of the Year 2016: Post-Truth. Oxford University Press. Disponible en: https://languages.oup.com/word-of-the-year/2016/
(7) McIntyre, Lee. Posverdad, p. 151.
(8) BBC. Disponible en: https://www.bbc.com/news/articles/c77l28myezko
(9) Yahoo Noticias. Disponible en: https://es-us.noticias.yahoo.com/vicepresidente-jd-vance-culpa-migrantes163719707.html




























