Año 2, núm. 14, septiembre de 2026
ISSN 3122-3583
a fondo
La larga tarea de aparecer…
Jesús Francisco Ruiz Salgado *
Nombrarse afromexicano puede tardar una vida cuando la escuela, los censos y la historia borran a un pueblo. Desde la costa de Chiapas, la identidad deja de ser una experiencia solitaria y se vuelve organización, memoria y exigencia de futuro.
“Hay pueblos que luchan por conquistar derechos.
Nosotros primero tuvimos que demostrar que existíamos.”
Anónimo
La primera vez que escuché lo que significaba la palabra afromexicano ya tenía 24 años.
No recuerdo quién lo explicó primero en Cuajinicuilapa, Guerrero. Lo que sí recuerdo es el silencio que vino después. Como si alguien hubiera abierto una puerta que siempre había estado frente a mí y, sin embargo, nadie me hubiera enseñado a cruzarla.
Esa palabra llegó tarde. No porque hubiera nacido tarde.
Llegó tarde porque durante muchos años México decidió que personas como yo no necesitábamos un nombre, una historia o un lugar en la memoria nacional.
Crecí en Acapetahua, un municipio de la costa del Pacífico de Chiapas donde la negritud siempre estuvo presente. Estaba en los rostros de mis abuelas, en las manos de los pescadores que regresaban al atardecer, en las mujeres que sostenían a sus familias con una fuerza silenciosa, en la música, en la comida, en las fiestas del pueblo y en la manera en que aprendimos a mirar el mar.
La negritud estaba en todas partes. Menos en los libros de historia.
En la escuela aprendimos sobre la Independencia, la Revolución y el mestizaje. Aprendimos que México era indígena, europeo y mestizo. Aprendimos los nombres de héroes nacionales, pero nunca escuchamos hablar de Gaspar Yanga ni de las miles de personas africanas que llegaron a estas tierras esclavizadas y cuyos descendientes ayudaron a construir este país.
Nunca nos dijeron que Chiapas también era afro, negro, prieto, moreno, costeño.
Durante mucho tiempo pensé que aquella ausencia era normal.
Después comprendí que tenía un nombre.
La invisibilidad también es violencia: quien no aparece en los censos difícilmente aparece en las políticas públicas.
Se llamaba racismo.
No solamente el racismo que insulta o discrimina. También el que borra. El que decide quién merece aparecer en los libros y quién no. El que convierte pueblos enteros en una nota al pie de la historia nacional. Cuando descubrí que era afromexicano no encontré solamente una identidad.
Encontré una responsabilidad.
Comprendí que si yo había tardado tantos años en nombrarme era porque miles de niñas y niños seguían creciendo exactamente igual. Sin palabras para explicar aquello que habían sido desde siempre.
No descubrí que era afromexicano.
Descubrí que el Estado había hecho un gran trabajo para que nunca lo supiera. Y entendí que la invisibilidad también es una forma de violencia. Porque cuando un pueblo no aparece en los libros, tampoco aparece en los presupuestos.
Cuando no aparece en los censos, tampoco aparece en las políticas públicas.
Cuando no aparece en la historia, parece que tampoco tiene derecho al futuro.
Fue entonces cuando comprendí que descubrir mi identidad no podía quedarse en una experiencia personal.
Había que organizarnos. Porque la identidad, cuando se vive en soledad, corre el riesgo de convertirse en nostalgia.
Pero cuando una comunidad decide nombrarse, compartir su memoria y defender sus derechos, esa identidad se convierte en una fuerza capaz de transformar la historia.
Ahí comenzó mi larga tarea de aparecer.
No aparecer yo.
La tarea no es aparecer como individuo, sino como pueblo con memoria, derechos y futuro.
Aparecer como pueblo.
Aparecer en las escuelas donde durante décadas nadie pronunció la palabra afromexicano, aparecer en las universidades, en las instituciones públicas, en los medios de comunicación, en los censos, en las leyes. Pero, sobre todo, aparecer frente a nosotros mismos.
Porque durante demasiado tiempo aprendimos a sobrevivir sin nombrarnos.
Y eso también deja heridas.
Organizar al pueblo afromexicano en Chiapas significa caminar contra siglos de silencio.
Significa recorrer comunidades como El Herrado, Las Palmas, Las Garzas, Las Lauras y muchas veces sin presupuesto donde muchas personas todavía dudan cuando se les pregunta si son afromexicanas porque crecieron escuchando que ser negro, prieto, mareño era un insulto y nunca una identidad.
Significa hablar con jóvenes que, como yo hace algunos años, jamás habían escuchado que también forman parte de un pueblo con derechos colectivos.
Pero organizarse también significa enfrentar el miedo.
En Chiapas el miedo tiene muchas formas. A veces se llama violencia. A veces abandono. A veces indiferencia institucional.
Y muchas veces se parece tanto al silencio que aprendemos a confundirlo con normalidad.
Levantar la voz sigue teniendo un costo.
Quienes defendemos derechos humanos en Chiapas y México sabemos que hablar puede incomodar.
Que exigir justicia y denunciar puede cerrar puertas. Que nombrar el racismo implica cuestionar una historia oficial que durante siglos prefirió ignorarnos.
Yo también he sentido ese miedo.
Lo he sentido antes de entrar a reuniones donde la palabra afromexicano todavía parece extraña.
Lo he sentido cuando insistimos en que Chiapas también es un territorio afro y que nuestra historia no comenzó cuando el Estado decidió reconocernos en el 2025 o en las acciones afirmativas, donde muchas veces prefieren no nombrarnos.
Pero he aprendido algo más fuerte que el miedo. La comunidad. Porque nadie sostiene una lucha durante tantos años por sí solo.
Si hoy puedo escribir estas palabras es porque otras personas comenzaron este camino mucho antes que yo.
Pienso en Mano Amiga de la Costa Chica.
Mucho antes de que hablar del pueblo afromexicano se volviera parte de la conversación pública en Chiapas, esta organización ya caminaba junto a mujeres, juventudes e infancias, construyendo dignidad desde las comunidades. Ellas entendieron que la transformación comienza escuchando, acompañando y sembrando esperanza en los lugares donde históricamente solo había llegado el abandono.
Y cuando pienso en Mano Amiga pienso inevitablemente en Mijane Jiménez.
No me gusta llamarla únicamente lideresa. Esa palabra se queda corta.
Para mí ha sido una maestra de vida. Una mujer negra que me enseñó que los sueños colectivos siempre son más grandes que los proyectos individuales.
Mijane nunca soñó solamente con Guerrero y en su sueño de la diáspora también está Chiapas.
Me enseñó que nuestras luchas no terminan donde empiezan las fronteras entre estados o países y que la solidaridad también puede convertirse en una forma de hacer justicia. Muchas de las semillas que hoy florecen en nuestras comunidades fueron sembradas por personas que decidieron compartir su experiencia sin esperar nada a cambio.
Gracias a ellas entendí que estar también significa abrir camino para que otras aparezcan después.
A veces llego a Acapetahua y camino despacio.
Me gusta pensar que las calles siguen siendo las mismas, aunque yo ya no las mire igual, en ellas todavía vive el niño que fui.
Ese niño que corría entre el mar, los manglares y las calles de tierra sin saber que también estaba caminando sobre una historia que el país había decidido olvidar.
Si pudiera encontrarme con él, no le hablaría primero de congresos, ni de reconocimientos, ni de las Naciones Unidas.
Nombrarse sin miedo no es vanidad: es un acto de justicia frente a siglos de silencio.
Le hablaría de las personas.
Le hablaría de mis padres.
De mi ma’ Simona y de mi padre Francisco, que hicieron de la dignidad una forma de vivir mucho antes de que yo entendiera el significado de esa palabra. Ellos me enseñan que el trabajo honesto desde la cocina tradicional, la solidaridad y el amor por la comunidad son una manera de hacer justicia todos los días. Cuando el mundo parecía pequeño, ellos hicieron enorme mi esperanza. Fueron el primer refugio desde donde aprendí que uno puede caminar con la frente en alto incluso cuando otros intentan convencerte de bajar la mirada.
Después le hablaría de Mijane Jiménez. Mi maestra de vida.
Una mujer negra que me enseñó que los sueños colectivos siempre son más grandes que las personas que los sueñan. Ella nunca imaginó un futuro únicamente para Guerrero. Gracias a su generosidad entendí que las fronteras desaparecen cuando la solidaridad decide cruzarlas.
Le hablaría de Mano Amiga de la Costa Chica, que sembró organización donde durante mucho tiempo solo había abandono, y que me enseñó que transformar una comunidad empieza escuchando a las niñas, a los niños, a las mujeres y a quienes históricamente nunca fueron escuchados.
Le hablaría de Constituyentes MX, Luis Álvarez, Alex Dey, Patricia Rentería y Marciano quienes me recordaron que la democracia solamente tiene sentido cuando todas las luchas caben dentro de ella. Ahí confirmé que defender los derechos del pueblo afromexicano no era una causa aislada, sino una parte indispensable de la construcción de un México verdaderamente plural.
Le hablaría de la Profa. Asunción, Marilú, Cristina, Monse, Verónica, Mari Nataren, Doña Argelia, Deyma, de la Abuela María, de la Abuela Elena, de mis compas de la diáspora y Flore May.
Cuando digo sus nombres no estoy haciendo una lista.
Estoy nombrando una generación.
Una generación de mujeres que decidió quedarse en sus territorios para transformarlos desde la esperanza. Ellas me recuerdan todos los días que ninguna lucha se sostiene únicamente con valentía; también necesita afecto, amistad y comunidad.
Le hablaría de Renato Muñoz Osses y de Mercedes, quienes, desde Water Is Life, cruzaron un océano para demostrar que la solidaridad puede viajar miles de kilómetros cuando encuentra una causa justa. Gracias a ese encuentro, comunidades isleñas de Chiapas comenzaron a tener acceso a agua digna. No solamente llegó infraestructura. Llegó la certeza de que incluso los lugares más olvidados también merecen ser vistos.
Y entonces le diría algo que tardé muchos años en comprender.
Nunca caminaste solo. Cada paso que has dado está hecho de muchas manos.
De las de tus padres.
De las de quienes confían en ti.
De las de las comunidades que te recibieron.
De las niñas y los niños que te enseñaron que la esperanza siempre encuentra la manera de florecer.
De quienes decidieron compartir contigo su historia para que tú pudieras ayudar a contarla a través de un podcast o un documental.
Después caminaríamos juntos hasta la Barra de Zacapulco. Nos sentaríamos a mirar el Pacífico.
Ese mismo mar que durante siglos fue testigo de dolor, resistencia, memoria y vida.
Y dejaríamos que el sonido de las olas terminara la conversación. Porque hay historias que el mar nunca dejó de contar, aunque el país tardara demasiado tiempo en escucharlas. Entonces comprendería que la larga tarea de aparecer nunca fue solamente ser vistos.
Es aprender a nombrarnos sin miedo.
Es organizarnos para cuidar la vida.
Es descubrir que nuestra historia no comenzó el día en que México decidió reconocernos. Nuestra historia siempre estuvo aquí.
En nuestras abuelas.
En nuestras madres.
En nuestros padres.
En nuestras comunidades.
En la alegría que sobrevivió incluso al olvido.
Porque aparecer nunca fue un acto de vanidad.
Fue un acto de justicia.
Y mientras exista una sola niña o un solo niño afromexicano que todavía no encuentre su historia en un libro de texto, seguiremos organizándonos, seguiremos levantando la voz y seguiremos apareciendo.
No para ocupar un lugar nuevo en la historia de México.
Sino para recordar, una y otra vez, que nunca estuvimos ausentes.
Solo hubo quienes decidieron no mirarnos.
Y, aun así, aquí seguimos.
Con la misma dignidad de nuestros ancestros.
Con la misma fuerza de nuestras comunidades.
Y con la certeza de que las generaciones que vienen ya no tendrán que dedicar toda una vida a luchar por un reconocimiento.
Ellas heredarán algo mucho más poderoso. La libertad de nombrarse afromexicanas desde el principio y entonces, quizá por primera vez, aparecer dejará de ser una tarea.
Simplemente será una forma de vivir con dignidad.
* Activista afromexicano originario de Acapetahua, Chiapas; defensor de derechos humanos e integrante de una generación que decidió convertir la memoria en organización y la identidad en una herramienta para construir justicia.
Enlaces de organizaciones mencionadas
Ubuntu Chiapas: https://www.instagram.com/colectivo_afromexicano_chiapas/
Mano Amiga de la Costa Chica: https://manoamigadelacostachica.org.mx/
Constituyentes MX: https://www.constituyentes.mx/
Colochxs (podcast): https://open.spotify.com/show/1esNTyWsL78mJz0OwmyrCe
Water Is Life: https://waterislife.org/



























