Año 2, núm. 14, septiembre de 2026
ISSN 3122-3583
editorial
Desde abajo y desde adentro
Mauricio Merino
Cuando el poder pretende convertir todas las causas en una sola obediencia, los movimientos nacidos del agravio y la solidaridad sostienen la democracia desde abajo y desde adentro. Esta edición recorre luchas que transforman el dolor compartido en organización, derechos y resistencia.
En la luminosa y entrañable entrevista que nos concedió Jorge Alonso para esta edición de El Diluvio, el “Doc Alonso” —como le decimos desde hace años— dijo que los movimientos sociales que ha estudiado y apoyado toda la vida surgen “desde abajo y a la izquierda”. Marcó así el lugar desde donde los mira y la raíz de los que se han sostenido a lo largo del tiempo, con autonomía.
El primer signo de identidad de un movimiento no es su estructura ni su liderazgo: es el dolor compartido que logra convertirse en una causa común.
Hay otros que respaldan causas más cercanas a eso que llamamos “derecha”, pero esos suelen venir desde arriba para salvaguardar el statu quo. En ambos casos, la gente se moviliza porque algún grupo de poder le niega o le arrebata algo, porque la amenazan, porque la someten a una injusticia, porque alguien le causa un dolor colectivo. Según la afortunada frase de Octavio Paz, los movimientos sociales están hechos de brazos entrelazados.
“Desde abajo y desde adentro” fue la consigna que atestigüé al principio de los años ochenta, en Tabasco, cuando el gobierno de Enrique González Pedrero puso en marcha el proyecto de los centros integradores de desarrollo que buscó —con éxito— promover la organización de las comunidades rurales de la entidad por medio de lo que, años después, se conocería como el “presupuesto participativo” y de la formación de comités encargados de cuidar obras, servicios y programas sociales. Significaba lo opuesto a “desde arriba y desde afuera”: de cualquiera que estuviera arriba o de cualquiera que pretendiera imponerse por fuera. Hay una larga historia derivada de ese episodio que acabaría marcando a todo el país.
A diferencia de las movilizaciones promovidas desde el poder —o desde los liderazgos que buscan poder—, los verdaderos movimientos sociales nacen de la solidaridad y la resistencia ante los agravios que padecen personas que se reconocen recíprocamente y que se niegan a la resignación o al sometimiento. El primer signo de identidad de cada uno es el dolor compartido. Quienes deciden organizarse en un movimiento comparten la indignación y la voluntad de enfrentar y cambiar lo que les está haciendo daño. Por eso, no hay movimientos sociales auténticos sin causas comunes y estas, las causas, no se explican sino por un abuso cometido por alguien: detrás de cada uno hay siempre una injusticia cometida por uno o algunos, en contra de muchos.
Los movimientos sociales son los hilos con los que se tejen las democracias; por eso todo autoritarismo intenta capturarlos, dividirlos o silenciarlos.
A veces han surgido por un chispazo que produce un incendio que se sofoca con rapidez y en ocasiones por agravios que se han ido arraigando con el paso del tiempo. Algunos han prosperado y triunfado y muchos otros se han apagado. Hay movimientos que se han corrompido o han sido capturados por líderes traicioneros y hay otros que han perdurado y se mantienen vigentes por generaciones porque, tristemente, las causas que los hicieron nacer también se han extendido a lo largo del tiempo. Hay remedos de movimientos creados de manera ficticia, con dinero y prebendas y hay gobiernos, partidos y empresas que los prohijan para proteger su interés propio. Y también hay fronteras, liderazgos y celos que separan movimientos legítimos que compiten por la atención sobre sus causas de origen. Con todo, los movimientos sociales han sido los hilos con los que se han tejido las democracias.
Los regímenes autoritarios de todo cuño comparten, entre otras características, la necedad de querer subsumir todos los movimientos en uno solo, dirigido desde la cúpula del Estado. Quienes se resisten, son estigmatizados, amedrentados, excluidos o reprimidos: o te sumas o te sumes, piensan, porque quien no está conmigo está contra mí. Esa lógica autoritaria se ha ido extendiendo cada vez más por el mundo de nuestros días —como sucedió en el pasado no tan remoto— y, de ahí, la necesidad de subrayar la importancia de los movimientos sociales en las páginas de El Diluvio.
Quienes escriben o nos hablan para esta edición los han estudiado, promovido y vivido en carne propia, desde distintos lugares de América Latina. Gracias a la colaboración de Luis Fernando Fernández (quien también aporta su propia mirada a este número) hemos reunido a varias de las voces que han dedicado buena parte de su vida a la resistencia, la organización y la exigencia de derechos que les han sido negados o vulnerados, junto a muchas otras personas afines que comparten el mismo dolor. No nos resulta extraño, pues esta revista nació desde Nosotrxs, la organización que ha promovido, desde hace más de una década, la defensa de derechos colectivos sistemáticamente vulnerados.
Cuando una organización deja de responder a su causa y comienza a servir al poder, el movimiento se convierte en aparato y la autonomía, en clientelismo.
Aquí revisamos los movimientos de los pueblos originarios de México que han resistido por siglos y, a la vez, el testimonio sobre la crueldad que se comete en contra de quienes tienen derecho a un tratamiento médico que les es negado de facto, pasando por el esfuerzo constante de los grupos más discriminados e invisibilizados de México: el de las personas trabajadoras del hogar y el de las y los afrodescendientes. La dura y estimulante experiencia internacional de los recicladores de Brasil (conocidos en México como pepenadores), las comunidades violentadas de Colombia (que además han padecido un terremoto sin precedentes en la región del Chocó), el litigio estratégico para la defensa de causas imperativas desde Costa Rica o el uso de los medios de nuestra era digital para la resistencia social y, a la vez, la nostalgia de las nuevas generaciones por el movimiento estudiantil del 68 o la decadencia y la corrupción del movimiento magisterial. Estas páginas sirven para recordar que nadie puede negar la existencia de esas causas, entre muchas otras, y nadie podría subsumirlas en una estructura clientelar dirigida como aparato político desde el gobierno.
Los testimonios escritos en primera persona del plural —así como se escriben los movimientos sociales— conviven en esta edición con la lectura de algunas y algunos de los mejores expertos de nuestra región. Ya mencioné al “Doc Alonso”, que participa aquí junto con Alberto Olvera, Matías Bianchi, Paulo Hidalgo y Jorge Javier Romero, nuestro director, para ofrecernos una visión de conjunto —crítica, informada y directa— sobre la situación en la que se encuentran esos hilados y telares de la democracia amenazada de nuestra región.
Desde El Diluvio nos hemos comprometido con la democracia y con la igualdad a partes iguales y seguiremos abriendo nuestros espacios para darle voz y visibilidad a esos grupos que, en defensa de sus causas sociales, nos defienden a todas y todos y, paradójicamente, respaldan la construcción del Estado social y democrático de derechos que se nos ha ido escurriendo entre las manos. Esos movimientos, sus causas y sus voceros tendrán siempre e invariablemente un espacio disponible entre nuestras páginas.



























