Año 2, núm. 14, septiembre de 2026
ISSN 3122-3583
a fondo
De la invisibilidad a los derechos, la historia de un movimiento que transformó el trabajo del hogar en México
Marcelina Bautista *
El trabajo del hogar sostiene la vida, pero durante décadas quedó fuera de la protección laboral. Una organización nacida de experiencias compartidas conquistó leyes, seguridad social y reconocimiento internacional; ahora enfrenta la batalla decisiva: lograr que esos derechos crucen la puerta de cada casa.
Hay historias que comienzan mucho antes de que una ley cambie. Comienzan cuando alguien se atreve a decir que aquello que durante décadas se consideró normal ya no puede seguir siendo aceptado. La historia de cómo un grupo de trabajadoras convirtió una realidad de discriminación y ausencia de derechos en una agenda de derechos laborales, de cuidados y de justicia social, es decir, la historia del movimiento de defensa de los derechos de las personas trabajadoras del hogar en México es una de esas historias.
Durante mucho tiempo, el trabajo del hogar permaneció fuera del reconocimiento institucional y social. Millones de mujeres realizaban tareas indispensables para la vida cotidiana: limpiar; cocinar; cuidar niñas, niños, personas mayores, personas enfermas y personas con discapacidad, entre otras, sosteniendo en gran medida el funcionamiento de otros hogares y de la economía. Sin embargo, ese trabajo no era reconocido con la misma dignidad de otros. La relación laboral se confundía con una relación de confianza, de ayuda o incluso de supuesto afecto; y bajo esa idea se normalizaban jornadas extensas, bajos salarios, falta de seguridad social, ausencia de contratos, despidos injustificados y diversas formas de discriminación. Cambiar esta realidad no ocurrió de un día para otro.
Lo que se repite en millones de vidas no es un destino personal, sino un problema estructural.
El comienzo de una historia colectiva
En 1988 ocurrió un acontecimiento fundamental: personas trabajadoras del hogar de 11 países nos reunimos para compartir experiencias, condiciones de trabajo y marcos legales de nuestros países.
Para México, aquel encuentro significó descubrir dos cosas al mismo tiempo: que no estábamos solas y que nuestras condiciones no eran casos aislados, sino parte de una realidad compartida. Llegamos sin una estructura organizativa sólida ni un marco legal que nos protegiera plenamente, pero con algo decisivo, nuestras propias experiencias. Al escucharnos, entendimos que lo que parecía un problema individual era en realidad un patrón común. Esa comprensión fue clave: lo que se repite en millones de vidas no es un destino personal, sino un problema estructural.
De la experiencia a la organización
A partir de ese proceso, en el año 2000 fundé el Centro Nacional para la Capacitación Profesional y Liderazgo de las Empleadas del Hogar (CACEH, caceh.org.mx). No comenzamos con grandes recursos, sino con la necesidad urgente de organizarnos y transformar las condiciones del trabajo del hogar en México.
El contexto era complejo: machismo, clasismo y la idea arraigada de que este trabajo era de segunda categoría. El reto no era solo dialogar con instituciones y empleadores, sino lograr que nosotras mismas nos reconociéramos como trabajadoras sujetas de derechos.
CACEH nació para formar liderazgos, fortalecer la organización y abrir espacios de participación. Ese proceso fue lento, pero permitió construir una base fundamental para lo que vendría después.
Cuando las personas trabajadoras del hogar llegamos a la escena internacional
En 2010 y 2011, las trabajadoras del hogar participamos en la Conferencia Internacional del Trabajo de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), en Ginebra, Suiza, para la construcción de un convenio internacional que reconociera nuestro trabajo como trabajo digno.
No llegamos como beneficiarias de ayuda, sino como trabajadoras organizadas. Nuestra participación contribuyó a la creación del Convenio 189 de la OIT sobre trabajo decente para las trabajadoras y los trabajadores domésticos.
Este proceso también fortaleció la organización internacional del movimiento, dando origen a la Federación Internacional de Trabajadoras del Hogar y a una agenda común para la ratificación del Convenio en distintos países; mientras que en México, este impulso abrió el camino para llevar el tema al Congreso y fortalecer la incidencia política, siempre desde la organización de las propias trabajadoras.
La transformación de la ley
En 2019, México aprobó una reforma histórica a la Ley Federal del Trabajo que incorporó de manera más clara el reconocimiento del trabajo del hogar, especialmente en el Capítulo XIII. Este cambio no fue solo jurídico, sino que significó el reconocimiento de que el trabajo del hogar es trabajo y de que quienes lo realizan son personas trabajadoras con derechos.
A partir de ahí, el reto dejó de ser únicamente el reconocimiento legal y pasó a ser su implementación efectiva.
El afecto no sustituye el contrato y la buena voluntad no reemplaza el salario ni la seguridad social.
La seguridad social: del reconocimiento a la práctica
Uno de los avances más importantes fue la incorporación de las personas trabajadoras del hogar a la seguridad social obligatoria, a partir de que la Suprema Corte de Justicia de la Nación ordenó eliminar las barreras que impedían su acceso; ello abrió el camino para su incorporación obligatoria al sistema a partir de un día de trabajo.
Posteriormente, se avanzó también en el establecimiento de un salario mínimo para este sector de manera específica, apareciendo por primera vez dentro de la tabla de salarios. Estos cambios representan conquistas importantes, pero su valor real depende de su cumplimiento en la vida cotidiana, por ejemplo, llevar a cabo la firma de contratos, con salarios dignos, prestaciones y acceso efectivo a la protección social.
La pandemia y la persistencia de la desigualdad
La pandemia evidenció con claridad la vulnerabilidad histórica del sector. Más de 300 000 trabajadoras perdieron su empleo o sus ingresos de manera inmediata, mostrando que la falta de protección efectiva sigue siendo un problema estructural.
Al mismo tiempo, la crisis también mostró la fortaleza de nuestro movimiento, que continuó organizándose y acompañando a las trabajadoras en condiciones adversas.
Una película y un cambio en la mirada social
La película Roma, de Alfonso Cuarón, contribuyó a abrir una conversación pública sobre el trabajo del hogar y las desigualdades que lo atraviesan. Aunque el cine no sustituye a la organización ni la lucha política, sí ayudó a que muchas personas miraran una realidad que durante años había permanecido fuera del centro de la atención social.
¿Qué hemos logrado?
Hoy México cuenta con un marco legal más sólido para la protección de las personas trabajadoras del hogar. Existe un capítulo específico en la Ley Federal del Trabajo que incorporó todos los derechos para las personas trabajadoras del hogar, que incluyó un salario mínimo, vacaciones de 12 días a partir de un año de trabajo, así como la prima vacacional del 25 %, descanso de tres horas durante la jornada de trabajo de planta, jornada de ocho horas, días de descanso dominical y festivos, aguinaldo de al menos 15 días de pago en efectivo pagando a más tardar el 20 de diciembre, horas extras, entre otros.
Se ratificó el Convenio 189 de la OIT
Se avanzó en la incorporación a la seguridad social, y existe una generación de trabajadoras organizadas que ha demostrado que sus derechos no son concesiones, sino obligaciones del Estado y de la sociedad. Sin embargo, el desafío actual no es menor: es lograr que estos avances se cumplan de manera efectiva. El gran reto, el desafío principal, es cambiar la cultura del trabajo del hogar, porque ya no es solo legal, sino cultural, y por eso es tan necesario transformar la forma en que se entiende la relación laboral en los hogares.
El trabajo del hogar no es un favor, una ayuda ni una extensión de la familia; es una relación laboral que debe regirse por derechos y obligaciones. El afecto o la confianza no sustituyen el contrato ni la buena voluntad sustituye la seguridad social, el contrato y el salario remunerador. La ley debe estar por encima de la costumbre.
Una invitación a quienes emplean
El cambio no depende únicamente de las trabajadoras. Las personas empleadoras tienen un papel central en la construcción de una nueva cultura laboral. Registrar a una trabajadora en el Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS), firmar un contrato, respetar jornadas, pagar salarios justos y garantizar prestaciones no es solo cumplir la ley; es reconocer la dignidad del trabajo que sostiene la vida cotidiana.
El trabajo del hogar permite que la vida funcione con el cuidado, la limpieza, la organización, y sostiene múltiples formas de cuidado dentro de la sociedad. Por ello, su reconocimiento no es un tema marginal, sino una discusión sobre el modelo de cuidado y de sociedad que queremos construir; y la institución donde se erige es el hogar.
Las trabajadoras del hogar no piden caridad ni favores; exigen derechos y justicia.
De 11 países a un movimiento internacional
Aquel encuentro de 1988 fue el inicio de un proceso que transformó experiencias aisladas en un movimiento internacional. De la organización surgieron liderazgos; de los liderazgos, alianzas; y de las alianzas, cambios legales e institucionales. Pero también aprendimos algo fundamental: que ninguna conquista es definitiva sin organización social que la sostenga, y la cadena colectiva surgió con el papel fundamental y los liderazgos de las propias trabajadoras del hogar para sostener un movimiento, con todo lo que para cada una representa. Por eso la historia todavía se está escribiendo.
La historia del movimiento de trabajadoras del hogar en México no está cerrada
Comenzó con el encuentro de experiencias, se fortaleció con la organización, avanzó hacia la incidencia internacional y se consolidó en cambios legales. Hoy enfrenta su etapa más importante: lograr que esos derechos se conviertan en práctica cotidiana.
Durante años se dijo que este trabajo no era un trabajo. Hoy sabemos que sí lo es. Se dijo que no era posible organizarse. Hoy existe un movimiento nacional e internacional. Se dijo que no había derechos. Hoy están reconocidos en las leyes y en convenios. El desafío ahora es hacerlos realidad en cada hogar.
El camino recorrido desde 1988 hasta hoy muestra algo fundamental: cuando quienes viven una injusticia se organizan, pueden transformar lo que parecía inamovible El movimiento comenzó haciendo visible lo invisible; hoy el reto es más profundo: lograr que el trabajo del hogar sea plenamente reconocido, respetado y garantizado en la vida cotidiana, porque defender los derechos de las trabajadoras del hogar no es un asunto sectorial, es defender el derecho de toda la sociedad a vivir en un mundo donde ningún trabajo esencial para la vida vuelva a ser ignorado.
¿Y si fuera nuestro propio trabajo?
Hay una pregunta que quisiera hacer especialmente a quienes emplean a una persona trabajadora del hogar.
No como una acusación, sino como una invitación a ponerse por un momento en el lugar de la otra persona. ¿Qué pasaría si en la empresa donde trabajamos nos dijeran que no tenemos derecho a seguridad social? ¿Qué sentiríamos si nuestro empleador decidiera no pagar nuestras vacaciones, nuestro aguinaldo o nuestras prestaciones porque considera que no le alcanza o porque piensa que ya nos está haciendo un favor al darnos trabajo? ¿Qué pasaría si al llegar el día de pago nos dijeran: “No tengo para pagarte todo, te pago luego”?
¿Aceptaríamos que una parte de nuestro salario fuera sustituida por comida, por un lugar donde sentarnos o por la posibilidad de utilizar las instalaciones de la empresa? ¿Qué sentiríamos si después de años de trabajo nos dijeran simplemente: “ya no vengas mañana”, sin reconocer nuestro tiempo trabajado ni pagar lo que legalmente nos corresponde?
Probablemente nos parecería injusto. Y lo sería. Entonces, ¿por qué durante tanto tiempo hemos considerado normal que eso suceda en los hogares? Esta pregunta se encuentra en el centro de nuestra lucha. Porque las personas trabajadoras del hogar no estamos pidiendo privilegios, estamos pidiendo que los derechos que cualquier persona espera encontrar en un trabajo también existan cuando ese trabajo se realiza dentro de una casa.
La Ley Federal del Trabajo ya reconoce estos derechos. Las personas trabajadoras del hogar tienen derecho a vacaciones, prima vacacional, días de descanso, aguinaldo y acceso obligatorio a la seguridad social desde que trabajan un día. También existen obligaciones específicas para quienes las emplean y reglas para los casos de despido y terminación de la relación laboral.
Por eso, el reto que tenemos ahora no es solamente conseguir nuevas leyes; es lograr que las leyes entren en cada hogar, que cada empleador se haga una pregunta sencilla: “si yo fuera quien realiza este trabajo, ¿aceptaría las condiciones que estoy ofreciendo?”.
Si la respuesta es no, entonces tenemos una oportunidad para cambiar: cambiar la forma de contratar, cambiar la forma de pagar, cambiar la forma de relacionarnos, cambiar la manera de entender el cuidado, cambiar la cultura. Porque una nueva cultura del trabajo del hogar no se construye solamente desde el gobierno, desde las organizaciones o desde las leyes; también se construye en millones de hogares. Y cada empleador puede decidir de qué lado de la historia quiere estar. Puede seguir reproduciendo una relación basada en la desigualdad y la costumbre, o puede convertirse en parte de una nueva generación de empleadores que entiende que reconocer derechos no disminuye la dignidad de quien contrata. La dignidad de una sociedad se demuestra precisamente en la manera en que trata a quienes realizan los trabajos que hacen posible la vida.
Después de casi cuatro décadas de organización, hemos aprendido algo fundamental: las trabajadoras del hogar no queremos que nos miren desde arriba; queremos que nos miren como trabajadoras. No queremos caridad; queremos derechos. No queremos favores; queremos justicia. Y no queremos que la sociedad solamente reconozca nuestro trabajo cuando lo necesita; queremos que lo valore todos los días. Porque cuando una trabajadora del hogar tiene seguridad social, salario digno, descanso, vacaciones, prestaciones y respeto, no solamente gana ella; gana su familia, gana quien la emplea, gana la economía, gana el sistema de cuidados y gana toda la sociedad.
Ese es el cambio cultural que todavía tenemos pendiente
Después de todo lo que hemos recorrido, sabemos que el cambio cultural es posible, porque si algo nos enseñó este movimiento desde aquel primer encuentro de 1988 es que lo que parece imposible cuando una mujer está sola puede convertirse en realidad cuando las trabajadoras se organizan, construyen alianzas y deciden transformar su propia historia.
La historia todavía no termina
Ahora nos toca construir la siguiente etapa: una nueva cultura en el trabajo del hogar donde ninguna persona tenga que dejar sus derechos en la puerta de una casa.
* Fundadora y directora del Centro Nacional para la Capacitación Profesional y Liderazgo de las Empleadas del Hogar (CACEH).



























