Año 2, núm. 14, septiembre de 2026
ISSN 3122-3583
tendencia
La Marea Democrática: de la indignación cívica al litigio estratégico en derechos humanos Una reflexión desde Costa Rica
Víctor Rodríguez Rescia *
Cuando el insulto sustituye al argumento y las instituciones conservan el nombre pero pierden su propósito, la democracia comienza a erosionarse antes de colapsar. Desde Costa Rica surge una ruta para transformar la indignación dispersa en comunidad, evidencia y acción jurídica estratégica.
Una ciudadanía que se cree sola deja de disputar el poder y termina adaptándose a la crisis.
Hay épocas en las que una generación democrática recibe la responsabilidad de decidir qué país heredarán a quienes vienen después. Para Costa Rica —y me atrevo a decir que para gran parte de América Latina— esta es una de esas épocas. No porque nuestras democracias hayan colapsado formalmente, sino porque, como bien diagnostica un nuevo movimiento cívico en mi país, “toda democracia comienza a debilitarse mucho antes de dejar de llamarse democracia” (Centro Ágora Costa Rica, Manifiesto, Párrafo 1). Este debilitamiento es sutil, progresivo y se manifiesta en un malestar que recorre nuestras sociedades, un sentimiento que lo hemos habitado en la mesa familiar que evita la política para no terminar peleando.
La amenaza del declive democrático
Antes de que una democracia se quiebre o debilite, se le notan narrativas antidemocráticas y antiderechos humanos. El Manifiesto del Centro Ágora lo denomina: “La gramática del declive” (Centro Ágora Costa Rica, Manifiesto, Párrafo 4). Este fenómeno no es exclusivo de Costa Rica; es un patrón regional. Comienza cuando el insulto reemplaza al argumento, cuando el adversario político es resignificado como enemigo de la patria, cuando la crítica legítima es tildada de traición y la obediencia ciega se disfraza de nacionalismo. Las instituciones, aunque conservan sus nombres, se vacían de contenido semántico y de propósito. Las cifras alarmantes sobre desigualdad, violencia o corrupción dejan de ser objeto de debate público, porque se normaliza la ausencia de rendición de cuentas.
Este proceso erosivo se sostiene sobre una narrativa paralizante que el manifiesto llama “la mentira de la soledad” (Centro Ágora Costa Rica, Manifiesto, Párrafo 5). Es la idea, inoculada desde el poder y amplificada por la fragmentación de las redes sociales, de que nuestra preocupación es aislada, nuestra indignación es ingenua y nuestra capacidad de acción es nula si no se canaliza por medio de las estructuras partidarias tradicionales. Una ciudadanía que se percibe a sí misma como un archipiélago de individuos aislados es una ciudadanía que ya no disputa el poder, que se resigna y se adapta a la crisis hasta que, como advierte el manifiesto, “ya no queda nada a qué adaptarse” (Centro Ágora Costa Rica, Manifiesto, Párrafo 2).
Es precisamente en la ruptura de esta falacia donde reside el potencial de los movimientos sociales. Y es aquí donde el derecho internacional de los derechos humanos deja de ser un texto arcaico para convertirse en una herramienta de liberación.
El sistema interamericano como caja de resonancia de las causas populares
Para un movimiento social que defiende el medioambiente, como por ejemplo, un río de la contaminación, que lucha contra la discriminación racial en el acceso a la salud o que exige justicia por la violencia de género, el sistema interamericano de derechos humanos (SIDH) ofrece un horizonte estratégico que trasciende las fronteras y los ciclos políticos nacionales. Su papel no se limita a emitir sentencias condenatorias años después de ocurridos los hechos; su valor reside en su capacidad para actuar como un ecosistema de protección y amplificación.
En primer lugar, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) funciona como un verificador de estándares y un faro de visibilidad. Por medio de sus informes temáticos y de país, la CIDH documenta y legitima las denuncias de la sociedad civil, dándoles un peso que los gobiernos no pueden ignorar fácilmente. Cuando un movimiento de defensa del territorio indígena logra que la CIDH emita un informe sobre la falta de consulta previa en la región, su lucha local adquiere una dimensión internacional y sus argumentos ganan una autoridad normativa inestimable.
En segundo lugar, el mecanismo de medidas cautelares es una de las herramientas más potentes para la defensa de la vida y la integridad de las personas defensoras de derechos humanos. Cuando un líder comunitario es amenazado, solicitar y obtener medidas cautelares de la CIDH obliga al Estado a adoptar acciones concretas de protección, sacando al defensor del anonimato y elevando el costo político de cualquier agresión en su contra. Esto transforma la dinámica de poder en el terreno, ofreciendo un escudo, aunque a veces imperfecto, a quienes están en la primera línea de la lucha.
El litigio estratégico convierte una injusticia local en una causa capaz de modificar leyes y políticas públicas.
Finalmente, el litigio de un caso ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos (Corte IDH) —una instancia procesal posterior a la Comisión Interamericana— representa la oportunidad de buscar no solo justicia para las víctimas directas, sino de impulsar cambios estructurales. Una sentencia de la Corte IDH puede ordenar a un Estado a modificar su legislación interna, a crear políticas públicas para prevenir futuras violaciones, a capacitar a sus funcionarias y funcionarios y a realizar actos de reconocimiento de responsabilidad. De este modo, el dolor de una comunidad se convierte en una palanca para transformar las estructuras que perpetúan la injusticia, beneficiando a toda la sociedad.
Lecciones desde la trinchera jurídica: lo que el litigio enseña a los movimientos sociales
El acompañamiento jurídico y el litigio estratégico internacional no son meros servicios técnicos; son procesos pedagógicos que fortalecen a los movimientos sociales de maneras profundas y duraderas.
La primera lección es la importancia de la prueba. El derecho internacional exige evidencia. Para demostrar la contaminación de un río, no basta la indignación; se necesitan informes periciales, muestras de agua, testimonios sistematizados, estudios de impacto en la salud. Este rigor obliga a los movimientos a pasar de la queja a la documentación, a convertirse en “Guardianes del Río” que no solo denuncian, sino que monitorean, documentan y construyen un caso sólido. Esta capacidad de generar conocimiento verificable es un activo político invaluable.
La segunda lección es la construcción de una narrativa estratégica. Un caso ante el SIDH no es solo una disputa legal; es una batalla por el relato. El escrito de petición inicial, los testimonios en audiencia, los alegatos finales son oportunidades para contar la historia de la comunidad desde su propia voz, para enmarcar el problema en el lenguaje universal de los derechos humanos y para disputar la narrativa oficial del Estado. El litigio enseña a los movimientos a articular sus demandas de una manera que resuene en el ámbito global, transformando una lucha local en un símbolo de una causa universal.
La tercera lección es la paciencia estratégica y la resiliencia. Los procesos internacionales son largos y complejos. Esto obliga a los movimientos a pensar más allá de la inmediatez y a desarrollar una visión de largo plazo. La lucha por una sentencia puede durar una década, exigiendo una organización sostenible, relevos generacionales y una convicción que no dependa de victorias rápidas.
Finalmente, el litigio enseña a navegar y derrotar las defensas procesales del Estado. Los Estados demandados casi invariablemente presentan objeciones preliminares, como la falta de agotamiento de los recursos internos o el argumento de la “cuarta instancia” (sosteniendo que el sistema internacional no puede revisar las decisiones de las cortes nacionales). Superar estas barreras requiere una estrategia jurídica sofisticada: demostrar que los recursos internos no eran efectivos, que hubo un retardo injustificado en la justicia local o que el proceso judicial nacional careció de las garantías del debido proceso. Aprender a anticipar y desmantelar estos argumentos dota a los movimientos y a sus abogados de una capacidad táctica fundamental, que les permite mantener el foco en el fondo de la violación de derechos.
Centro Ágora Costa Rica: un ecosistema para la acción cívica
Frente al diagnóstico de la erosión democrática, en Costa Rica está naciendo una propuesta que busca materializar estas ideas: el Centro Ágora Costa Rica. No es un partido político ni una ONG tradicional, sino que se define como “un punto de encuentro. Un ecosistema ciudadano que organiza la indignación dispersa en acción concreta, con seguimiento y con cuentas que se pueden revisar”. Su filosofía se resume en un lema poderoso: “Nadie avanza solo”.
El derecho internacional sirve cuando deja de ser un fin y se pone al servicio de la dignidad humana.
El modelo de Ágora se basa en tres pilares: Construir comunidad, para combatir el aislamiento y romper la mentira de la soledad; Generar conocimiento para la acción, para combatir la desinformación con pensamiento crítico e Impulsar acción estratégica, para canalizar la energía ciudadana en proyectos concretos (Centro Ágora Costa Rica, La Propuesta, Párrafo 2).
Su propuesta más radical es su llamado a la participación: “No queremos tu dinero. Queremos tu tiempo”. En un mundo donde todo se monetiza, Ágora apela al compromiso, al talento y a la convicción como los verdaderos motores del cambio social. Invita a profesionales de la abogacía, la sociología, la comunicación y otras áreas a poner sus habilidades al servicio de una causa común, y a la ciudadanía en general a involucrarse por medio del voluntariado y la participación en comités de acción.
Este enfoque se complementa con una promesa de “transparencia radical” que incluye cuentas claras, medición de impacto e independencia absoluta de partidos políticos y gobiernos (Centro Ágora Costa Rica, La Propuesta, “Nuestra Promesa”). Su primera causa, “Marea Democrática”, busca precisamente recuperar el espacio público para la conversación, organizando encuentros culturales y de diálogo como primer paso para reconstruir el tejido social (Centro Ágora Costa Rica, PITCH).
Una invitación a construir ágoras regionales
La experiencia del Centro Ágora Costa Rica, aunque incipiente, ofrece una hoja de ruta inspiradora para otras latitudes de nuestra América. La crisis de representación, la polarización y el debilitamiento institucional no son fenómenos exclusivos de un país. La necesidad de reencontrarnos, de organizarnos fuera de las estructuras tradicionales y de convertir la preocupación en acción es una urgencia compartida.
La invitación, por tanto, no es a copiar un modelo, sino a adaptar un principio. Cada país, cada comunidad, debe encontrar su propia forma de construir su “Ágora”, su punto de encuentro para la defensa de la democracia y los derechos humanos. Se trata de reconocer que, como afirma el manifiesto, “el poder real nunca estuvo arriba. Nunca dejó de ser de la ciudadanía” (Centro Ágora Costa Rica, Manifiesto, Párrafo 6).
El camino que conecta la indignación de una persona frente a una injusticia con una sentencia transformadora de una corte internacional es largo y arduo, pero es transitable. Requiere organización, estrategia, conocimiento y, principalmente, la convicción de que no estamos solos. Requiere que los movimientos sociales y las y los juristas trabajemos de la mano, que aprendamos a hablar un lenguaje común y que entendamos el derecho no como un fin en sí mismo, sino como lo que siempre debió ser: una herramienta al servicio de la dignidad humana.
La historia de Costa Rica y de América Latina nos enseña que los grandes cambios siempre nacieron de la ciudadanía organizada. Este es uno de esos momentos. Es tiempo de dejar de esperar y empezar a construir. Es tiempo de recordar la verdad más importante de todas: nadie avanza solo.
* Presidente del Instituto Interamericano de Responsabilidad Social y Derechos Humanos (IIRESODH).



























