Año 1, núm. 12, julio de 2026
ISSN 3122-3583
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La oportunidad que México aún no sabe aprovechar. Coparmex ante el nuevo reordenamiento económico global
Entrevista a Juan José Sierra Álvarez, presidente de Coparmex *
Nuestro país ocupa una posición privilegiada ante la reconfiguración de las cadenas globales, pero la oportunidad no se convertirá automáticamente en inversión, empleo y desarrollo. El presidente de Coparmex advierte que el país necesita recuperar la certeza jurídica, fortalecer la seguridad, garantizar energía suficiente y apostar por la innovación y el diálogo social.
Juan José Sierra Álvarez (JJSA) asumió la presidencia de la Confederación Patronal de la República Mexicana (Coparmex) en uno de los momentos más complejos para el sector privado mexicano: el fin del largo consenso neoliberal, el reordenamiento de las cadenas globales de producción y la presión que el gobierno de Donald Trump ejerce sobre el comercio norteamericano. Su posición lo ubica en la intersección entre la visión empresarial y la negociación con el Estado.
En entrevista para El Diluvio, Sierra Álvarez responde a siete preguntas sobre el cambio de paradigma económico, el potencial de la relocalización, los límites del Estado de derecho y los pilares de lo que el sector privado organizado considera el nuevo modelo de desarrollo.
La competencia internacional ya no se define únicamente por los costos, sino por la capacidad de los países para generar confianza, estabilidad y condiciones duraderas para la inversión.
Pregunta (P): Durante décadas, el consenso económico giró alrededor de la apertura comercial, la globalización y la integración de mercados. Hoy observamos guerras comerciales, aranceles, subsidios industriales y una creciente fragmentación de la economía mundial. ¿Cómo percibe el sector empresarial mexicano este cambio de paradigma?
JJSA: Estamos viviendo una reconfiguración profunda de la economía global. La apertura comercial sigue siendo un motor de crecimiento, pero convive con una mayor competencia geopolítica, estrategias de seguridad económica y políticas industriales impulsadas por los Estados. Para México, este cambio representa riesgos y oportunidades. Las y los empresarios observamos con atención la fragmentación de los mercados y el aumento de barreras comerciales, pero también vemos una oportunidad histórica derivada de la relocalización de cadenas productivas. Nuestra posición geográfica, la integración con América del Norte y la red de tratados comerciales nos colocan en una posición privilegiada que tenemos que aprovechar.
Sin embargo, para aprovechar esta coyuntura, necesitamos fortalecer nuestras condiciones internas: seguridad, energía suficiente, infraestructura moderna, capital humano y certeza jurídica.
La competencia internacional ya no se define únicamente por costos, sino por la capacidad de generar confianza y estabilidad para la inversión. Y ahí está nuestro principal desafío: aunque de acuerdo con la Secretaría de Economía el 84 % de las empresas mexicanas califica el Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC) como positivo, el país acumula 19 meses consecutivos de inversión fija bruta productiva en terreno negativo, según el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi). La oportunidad existe; lo que aún debemos consolidar son las condiciones internas para capitalizarla.
(P): La revolución digital está transformando la producción, el comercio y la competencia económica en prácticamente todos los sectores. ¿Cuáles son los principales desafíos y las oportunidades que plantea esta transformación para las empresas mexicanas?
JJSA: La evolución digital representa una de las mayores oportunidades de crecimiento para las empresas mexicanas en décadas. La inteligencia artificial, la automatización, el análisis de datos y las nuevas plataformas digitales están modificando la forma de producir, vender y competir.
La revolución digital puede impulsar a México… o ensanchar todavía más sus brechas.
El principal reto consiste en evitar que esta revolución tecnológica amplíe las brechas existentes. Muchas micro, pequeñas y medianas empresas (MiPyMEs), que son el corazón de la economía mexicana, aún enfrentan dificultades para acceder a herramientas digitales, capacitación especializada y financiamiento para innovar. Se suma el desafío de subir en la cadena de valor el pasar del ensamble al diseño y a la integración de software, datos y trazabilidad en la producción, una capacidad que además resulta cada vez más indispensable para cumplir las reglas de origen del T-MEC.
Por ello debemos impulsar una estrategia nacional que permita democratizar el acceso a la tecnología. La inteligencia artificial debe verse como una herramienta para elevar la productividad, mejorar procesos y generar nuevas oportunidades de negocio. Los países que desarrollen talento y aceleren la adopción tecnológica tendrán ventajas competitivas significativas.
(P): La transición tecnológica ha incrementado la importancia estratégica de la energía, el agua y los minerales críticos como el litio y las tierras raras. ¿Está México preparado para competir en esta nueva geopolítica de los recursos estratégicos?
JJSA: México posee ventajas importantes, pero todavía enfrenta desafíos relevantes: contamos con recursos naturales, ubicación estratégica y una amplia capacidad industrial; sin embargo, para competir exitosamente, necesitamos garantizar energía suficiente, confiable y competitiva, así como una gestión eficiente y sostenible del agua.
Hoy, de hecho, la capacidad de generación y transmisión eléctrica es una de las principales restricciones para instalar nuevas plantas, justo cuando la relocalización de cadenas productivas multiplica la demanda industrial; en el norte manufacturero se suma la presión sobre el agua. Y en el caso del litio, la incertidumbre sobre su esquema de explotación llega precisamente cuando el mundo compite por asegurar su suministro.
La disponibilidad de estos recursos será determinante para atraer inversión en sectores de alto valor agregado. Debemos crear condiciones regulatorias claras, impulsar infraestructura y generar certidumbre para quienes desean invertir. La nueva economía global exigirá combinar sostenibilidad, innovación y competitividad. México tiene la posibilidad de convertirse en un actor relevante, siempre que adoptemos una visión de largo plazo.
México debe dejar de ensamblar tecnología y comenzar a diseñarla.
(P): Durante muchos años el debate económico se concentró en inflación, estabilidad macroeconómica y apertura comercial. Hoy existe una renovada atención a la calidad de las instituciones, el Estado de derecho y la certidumbre jurídica. ¿Qué tan importantes son estos factores para el desarrollo económico de México?
JJSA: Son fundamentales. Ningún país puede aspirar a un crecimiento sostenido sin instituciones sólidas y sin confianza en el cumplimiento de las reglas. Además, la inversión requiere previsibilidad. Cuando existe certeza jurídica, las empresas pueden planear proyectos de largo plazo, generar empleo e incrementar su capacidad productiva. Cuando esa confianza se debilita, las decisiones de inversión se posponen o se trasladan hacia otros destinos.
Por otra parte, desde Coparmex hemos insistido en que el Estado de derecho es una condición indispensable para el crecimiento económico, la competitividad y el bienestar social. No es un asunto exclusivamente jurídico: es el factor que convierte una oportunidad, como la que hoy abre el reacomodo de las cadenas globales, en inversión real, empleo formal y crecimiento. La fortaleza institucional es uno de los activos más importantes que puede tener una nación y es un aspecto que México tiene que cuidar para garantizar más y mejores inversiones.
(P): México lleva décadas enfrentando problemas persistentes de productividad y crecimiento. Desde la perspectiva empresarial, ¿cuáles son los principales obstáculos que impiden que la economía mexicana crezca de manera más dinámica y sostenida?
JJSA: Existen varios factores que se han acumulado durante años. La inseguridad, la informalidad, la baja inversión productiva, las brechas educativas, la insuficiente infraestructura y los desafíos regulatorios afectan directamente la productividad. A ello se suma la necesidad de fortalecer el acceso al financiamiento para las MiPyMEs, que constituyen el corazón de nuestra economía. También debemos incrementar la participación de las empresas mexicanas en cadenas globales de valor y acelerar la adopción tecnológica.
México tiene enormes fortalezas. El reto consiste en eliminar los obstáculos que limitan su potencial. Si logramos generar confianza, fortalecer la inversión y elevar la productividad, podremos alcanzar tasas de crecimiento mucho mayores a las observadas en las últimas décadas.
El nearshoring no será incluyente si deja fuera a las MiPyMEs y al sur del país.
(P): La desigualdad se ha convertido en una de las grandes preocupaciones económicas y políticas de nuestro tiempo. ¿Qué papel puede desempeñar el sector empresarial en la construcción de una economía más próspera y al mismo tiempo más incluyente?
JJSA: Las empresas son una de las herramientas más poderosas para generar movilidad social. El mejor programa social es el empleo formal, pues este representa una oportunidad de desarrollo para una familia y una comunidad.
El sector empresarial tiene la responsabilidad de generar valor económico, pero también valor social. Esto implica impulsar empleos dignos para hombres y mujeres, capacitación permanente, inclusión, innovación y oportunidades de crecimiento para más personas. Un reto concreto del momento es que el derrame de la relocalización no se concentre en unos cuantos estados del norte y el Bajío. Las empresas podemos ser motor de inclusión integrando a las MiPyMEs locales como proveedoras de las grandes plantas que se instalan en el país, incluso en subsectores emergentes de rápido crecimiento como juguetería, joyería, tubería plástica y estructuras metálicas; además, llevando inversión también al sur y sureste del país. Una economía más incluyente es también una economía más productiva, más estable y más competitiva.
(P): Durante décadas se habló de un consenso económico relativamente estable. Hoy conviven propuestas muy distintas: mayor intervención estatal, nuevas políticas industriales, regulaciones ambientales, nacionalismo económico y mercados globales. ¿Qué elementos debería contener un nuevo paradigma económico capaz de generar crecimiento, innovación y cohesión social?
JJSA: El nuevo paradigma debe partir de una premisa fundamental: el crecimiento económico y el desarrollo social son objetivos complementarios, van de la mano y no debemos separarlos.
Necesitamos mercados abiertos y competitivos, pero también instituciones sólidas. Requerimos innovación tecnológica, pero acompañada de formación de talento. Necesitamos inversión privada y políticas públicas eficaces. Debemos impulsar la sostenibilidad ambiental sin perder competitividad.
El Estado de derecho es el factor que puede convertir la relocalización de las cadenas productivas en inversión real, empleo formal y crecimiento económico.
El diálogo social debe convertirse en uno de los pilares del nuevo modelo de desarrollo. Cuando gobierno, empresas y trabajadores construyen acuerdos, es posible impulsar reformas que fortalezcan la productividad, la competitividad y el empleo formal. La experiencia compartida recientemente por Coparmex en la Conferencia Internacional del Trabajo de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) confirma que el diálogo social es una herramienta eficaz para construir confianza, generar estabilidad y alcanzar acuerdos de largo plazo.
Desde nuestra perspectiva, un modelo exitoso debe apoyarse en cinco pilares: Estado de derecho, seguridad, energía suficiente y competitiva, fortalecimiento de las MiPyMEs y una economía abierta al mundo que promueva innovación e integración regional.
La visión que Sierra Álvarez expone en estas páginas no es ajena al debate que recorre este número de El Diluvio: hay un consenso roto y no existe todavía un paradigma sólido que lo sustituya.
Lo que el presidente de Coparmex aporta es la lectura del sector privado organizado: el neoliberalismo ya no es suficiente como hoja de ruta, pero el remedio no es el repliegue estatal ni el proteccionismo, sino la recuperación de las condiciones básicas que hacen posible la inversión —seguridad, energía, Estado de derecho— y un diálogo social capaz de convertir la coyuntura del nearshoring en desarrollo incluyente.
La pregunta que deja abierta la conversación es si esas condiciones pueden construirse en un país que lleva 19 meses de inversión productiva en terreno negativo.
* Redacción El Diluvio.






























