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El hombre que derrotó a Orbán
Paulo Hidalgo *
Tras 16 años de hegemonía política, Viktor Orbán fue derrotado en las elecciones legislativas de Hungría por Péter Magyar, un líder reformista que promete desmontar el sistema institucional construido por el populismo iliberal. La victoria abre una nueva etapa democrática, pero también revela la profundidad del legado político que el nuevo gobierno deberá enfrentar.
Orbán no gobernó solo: construyó un sistema. Tribunal Constitucional, ley electoral y medios de comunicación fueron rediseñados durante más de una década para consolidar el poder del Fidesz.
Durante 16 años, Viktor Orbán fue algo más que un primer ministro incómodo para Bruselas: fue una demostración. Ganaba elecciones, capturaba instituciones, disciplinaba a la prensa, ignoraba las advertencias de la Unión Europea y seguía en pie. Para quienes creían que la democracia liberal era el único horizonte posible, Orbán era la prueba de que ese horizonte podía achicarse desde adentro, con paciencia, con método y con las mismas urnas que supuestamente lo impedían.
El resultado de las elecciones legislativas húngaras de abril de 2026 rompió ese relato. Péter Magyar, líder del partido Tisza (Respeto y Libertad), derrotó al Fidesz y puso fin a una hegemonía que muchos habían dejado de discutir porque parecía no tener fin. No llegó desde la izquierda; llegó desde una centro-derecha reformista que habló de instituciones, de anticorrupción y de recuperar algo que Orbán había ido vaciando año tras año: la confianza de los sectores medios urbanos en que el Estado podía funcionar para ellos.
La crisis económica —inflación elevada, deterioro del forint y pérdida de bienestar de la clase media— abrió la grieta política que permitió la irrupción de Péter Magyar.
Para entender la magnitud de lo ocurrido hay que recordar qué construyó Orbán en esos 16 años. No fue solo un gobierno conservador. Fue un sistema. Capturó el Tribunal Constitucional; remodeló la ley electoral a medida del Fidesz; concentró los medios de comunicación en manos de empresarios afines y edificó una narrativa de identidad nacional permanentemente asediada —por Bruselas, por las y los migrantes, por Soros, por quien hiciera falta— que le permitió mantener encendido el combustible del resentimiento sin importar lo que ocurriera con la economía.
Y la economía terminó ocurriendo. Orbán prometió soberanía y construyó dependencia: de los fondos europeos que negoció en privado mientras los insultaba en público, de la energía rusa que lo ató a Moscú incluso después de que los tanques cruzaran la frontera ucraniana. Prometió prosperidad y entregó una de las inflaciones más altas de Europa, un forint (unidad monetaria oficial de Hungría) en caída libre y una clase media que veía cómo su nivel de vida se deterioraba mientras la narrativa oficial hablaba de victoria. Esa distancia entre el discurso y la realidad cotidiana es la grieta por donde entró Magyar.
La derrota electoral no desmonta automáticamente el régimen construido: reconstruir las instituciones democráticas puede tomar más tiempo del que tardó en erosionarse.
Pero la señal más relevante de esta elección no está en la derrota de Orbán sino en lo que viene después. Magyar ganó y heredó un Estado que su antecesor rediseñó durante mñas de una década y media. El sistema judicial no cambia de lealtades con un resultado electoral. Los medios concentrados no se redistribuyen por decreto. Las reglas electorales que el Fidesz cosió a su medida seguirán vigentes mientras no haya mayoría para cambiarlas. Reconstruir lo que el populismo iliberal erosiona toma mucho más tiempo del que tomó construirlo. Esa asimetría no es un detalle menor: es el verdadero legado de Orbán, más duradero que cualquier política concreta que haya impulsado.
Magyar llega además con una coalición que es ancha, pero frágil. La unió el rechazo a Orbán más que un programa compartido, lo que es suficiente para ganar y puede no ser suficiente para gobernar. Sostener esa alianza mientras desmonta 16 años de ingeniería institucional, sin perder a un electorado que querrá resultados rápidos en una economía deteriorada, es quizás el desafío político más exigente que puede enfrentar un gobierno democrático en Europa hoy.
Y está el Fidesz. Un partido que controló el Estado durante tres lustros, que tiene recursos, cuadros, redes territoriales y una base leal, no desaparece con una derrota. Se reorganiza, espera y trabaja. La democracia húngara no está a salvo porque Magyar ganó. Está, en el mejor de los casos, comenzando un proceso largo y sin garantías de recuperación institucional.
Lo que esta elección demostró es más específico y más valioso que un cambio de era: que los regímenes iliberales tienen fecha de vencimiento. Que la corrupción enquistada, la dependencia disfrazada de soberanía y el miedo como único argumento terminan por agotar incluso a los electorados más leales. Orbán duró 16 años. No duró para siempre. Magyar tendrá que demostrar ahora que sabe qué hacer con eso.
* Doctor en Sociología y Ciencias Políticas por la Universidad Complutense de Madrid. Profesor de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales de la Universidad de Talca, sede Santiago, e imparte el Diplomado en Política y Gobierno en la Universidad Alberto Hurtado (Chile).































