Año 1, núm. 12, julio de 2026
ISSN 3122-3583
voces
El capitalismo sin disfraces: Trump, la desigualdad y el paradigma que México no ha resuelto
Conversación de Jorge Javier Romero con Rolando Cordera
Rolando Cordera no ofrece un programa cerrado, sino un diagnóstico sin concesiones: el neoliberalismo fracasó, Trump exhibe un capitalismo de poder y México arrastra tres desafíos irresueltos para construir desarrollo: inversión productiva, sindicalismo libre y formación cívica.
Rolando Cordera Campos lleva más de seis décadas estudiando la economía política de México y América Latina desde una perspectiva crítica que nunca renegó del desarrollismo ni de la centralidad del Estado. Fue diputado federal cuando estalló la crisis de la deuda en 1982, uno de los momentos que más definió el giro neoliberal en México. Coautor (con Carlos Tello) de La disputa por la nación (1981), el libro que tempranamente diagnosticó la tensión entre dos proyectos de país, es investigador del Instituto de Investigaciones Económicas de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y una de las voces más consistentes en el debate sobre temas como la desigualdad, los salarios y el desarrollo social.
En esta conversación con El Diluvio, Cordera reflexiona sobre el agotamiento del paradigma neoliberal, el neomercantilismo de Donald Trump como nueva forma de capitalismo de cuates y los tres desafíos irresueltos que México arrastrará en las próximas décadas.
El Estado mínimo sin intervención económica siempre fue una fantasía del neoliberalismo radical.
Jorge Javier Romero (JJR): Has visto pasar varios paradigmas económicos dominantes: el desarrollismo, la crisis de los años ochenta, el arribo del neoliberalismo, la globalización y ahora este momento de incertidumbre. ¿Estamos ante el fin de un paradigma o simplemente ante una corrección del modelo?
Rolando Cordera (RC): Es difícil de precisar. Los paradigmas en economía los inventamos los economistas, pero se los apropian los dirigentes políticos de distintas orientaciones y la historia termina produciendo una amalgama con una tendencia dominante. En los años treinta del siglo XX el capitalismo de mercado no desapareció, pero tuvo que integrar a un actor que no tenía previsto: el Estado. Así se fue configurando el paradigma keynesiano. Algunos sostenemos que ese paradigma podría haber durado mucho más, porque una economía capitalista contemporánea sin presencia activa, responsable y en momentos protagónica del Estado es simplemente inconcebible. Lo que estamos viendo ahora es el retejido de esa relación entre economía, política, Estado y mercado, que siempre estuvo presente y nunca pudo no estar. El Estado mínimo sin intervención económica siempre fue una fantasía del neoliberalismo radical.
JJR: No obstante, ese regreso de las capacidades estatales está ocurriendo de una manera inesperada: bajo la forma del neomercantilismo de Trump. No es precisamente el Estado redistributivo que uno imaginaría.
RC: Exacto. Lo que Trump nos está planteando es un neomercantilismo donde la idea del libre comercio queda exhibida como lo que siempre fue: una construcción política, no una ley natural. Trump reivindica sin ambages que la política y la economía se definen y administran desde perspectivas de poder —y un poder que convive abiertamente con los plutócratas—. Es como un capitalismo al desnudo. Se echan por la borda décadas de construcción de la relación Estado-mercado y toda la idea del agente racional que maximiza y ajusta la economía mediante la libertad de mercado parece abandonada por la gran potencia que más la promovió. El resto del mundo intenta acomodarse: primero para sobrevivir la andanada trumpista y luego para encontrar algún desempeño económico que ofrezca, aunque sea desigualmente, horizontes de inclusión.
JJR: Antes de que llegara esta andanada, parecía abrirse paso en el debate la idea de que el neoliberalismo había fracasado, sobre todo en la distribución, y que era necesario reconstruir instituciones que compensaran las inequidades del mercado. ¿Ese proceso tenía consistencia?
RC: Era muy desigual y deshilvanado. No estaban claros ni los objetivos ni los medios. Se puede plantear, como lo hacen Piketty y otros, un nuevo esquema fiscal global que enfrente la desigualdad creciente que trajo el retraimiento del Estado. Pero el problema sigue siendo institucional y de poder. Los actores cuya correlación determinó el régimen socialdemócrata ya no están presentes de la misma manera. Falta, para empezar, uno que fue al final muy importante: la alternativa del comunismo, no como modelo deseable, sino como amenaza y contrapeso. Eso se desvaneció y, con ello, una parte de la presión que obligaba al capitalismo a ofrecer bienestar.
México no resolverá su desigualdad sin inversión productiva, organización social vinculada al trabajo y ciudadanía formada políticamente.
JJR: ¿Y Europa como bastión institucional?
RC: Está atacada desde la ultraderecha y desde la resistencia a la inmigración en sus propias sociedades. Y además está Putin. Rusia hoy no es la Unión Soviética en construcción: es un país económicamente débil que practica un crony capitalism muy parecido al que Trump está imponiendo en el otro lado del planeta. Lo que Rusia y el trumpismo comparten es un capitalismo de amigos, de plutócratas, que no representa ninguna alternativa al desorden que diagnosticamos. La crisis de 2008 fue el primer aviso serio de todo esto. Recuerdo que la reina Isabel fue a una reunión de economistas en la London School of Economics y les preguntó simplemente: “¿y ustedes dónde estaban?” La respuesta fue insatisfactoria. Esa crisis, sin habernos llevado a la catástrofe del 29-32, marcó el principio del fin de una configuración que, como observó Branko Milanović en Capitalism Alone, por primera vez ponía un solo modo de producción en todo el globo. ¿Qué significa eso? Todavía no lo sabemos del todo.
JJR: Hablemos de México. La desigualdad y la pobreza son los temas que has estudiado toda tu vida. ¿Cuál es el diagnóstico hoy?
RC: La concentración de la riqueza y la supervivencia de la pobreza extrema no las creó el neoliberalismo: las hemos ido arrastrando desde mucho antes. En México tuvimos una época de crecimiento con tasas que hoy se nos antojan fantásticas y ese crecimiento se dio sobre la base de una profunda desigualdad. El castigo a los salarios no empezó con el neoliberalismo. Hay estudios que muestran caídas brutales del salario real desde los años cuarenta, con una recuperación parcial en los cincuenta y sesenta que se revirtió con la crisis de los setenta y se vino abajo definitivamente con la crisis de la deuda. Hoy tenemos un país donde más de la mitad de la economía es informal, donde la pobreza ya no es solo rural —se trasladó a las ciudades y está presente en toda la geografía— y donde el empleo que se genera no es empleo de calidad. Y no hay inversión productiva de largo plazo. Eso es un problema político, no técnico: es un problema de decisiones del Estado.
JJR: ¿Cuál es la responsabilidad de este gobierno en particular?
RC: Llegamos a la paradoja cruel de que el partido de izquierda que por primera vez gobierna este país se desentiende de la relación fundamental entre Estado y capital. No regula o regula mal, no invierte, no genera certidumbres de largo plazo. Hay quien gana, claro: algunos contratistas, algunos empresarios que viven de los contratos estatales. Pero una relación productiva y promisoria entre Estado y capital no la tenemos. El gobierno se reúne con los grandes empresarios, anuncia proyectos, y al día siguiente descubre que no hay compromiso real de inversión privada. Lo que ocurre es reproducción simple: mantenimiento del capital existente, no crecimiento sostenido y mucho menos crecimiento socialmente significativo.
El desarrollo que México necesita debe combinar crecimiento económico y bienestar social de manera durable.
JJR: Si tuvieras que señalar los tres grandes desafíos de la economía mexicana en las próximas décadas, ¿cuáles serían?
RC: El primero —y es un consenso que creo que se está formando—: sin crecimiento no hay mejoramiento social y sin inversión no hay crecimiento. No podemos inventar un crecimiento sin inversión. Esa es la condición de partida y no la hemos resuelto.
El segundo es que no tenemos claro cuál sería el contexto de actores que permitiría una creciente organización social vinculada a lo productivo. Y ahí el tema central, que atraviesa toda la historia de los últimos ochenta años en México, es la falta de libertad sindical. Si hubiera sindicatos libres que exigieran salarios, condiciones laborales y seguridad social reales, tendríamos la organización social que pudiera reconducir el modelo de desarrollo. Sin eso, difícilmente.
El tercero, que quizás debería encabezar la lista, es la formación cívica y política. La dejamos al mercado de los votos, a las fuerzas políticas y esas fuerzas se dedicaron a reproducir mecanismos de control clientelista en lugar de formar ciudadanos. Ahí hay una responsabilidad enorme de las universidades. Tenemos un cuerpo universitario de millones —profesores, estudiantes, trabajadores— y no actuamos en función de esa masa en los procesos que deberían ser esenciales: la formación política y cívica que este país necesita con urgencia.
JJR: ¿Y cómo resumirías el tipo de desarrollo que México necesita?
RC: Me quedo con las ideas fuerza, con lo clásico. Necesitamos un desarrollo que combine de manera durable crecimiento económico y bienestar social. Eso solo se logra en un país como este con grandes estrategias de redistribución de los recursos públicos y de los frutos del crecimiento. Este produce bienes que tienen que redistribuirse, pero no se va a redistribuir con cargo al mercado libre. El desprecio de esta combinatoria de crecimiento con equidad no nos llevó muy lejos. Son ideas de fuerza, no modelos matemáticos: ideas movilizadoras que dan lugar a compromisos sociales efectivos, creíbles, durables. La Cepal (Comisión Económica para América Latina y el Caribe) los formuló, Celso Furtado los llamó “la fantasía organizada”. Hay que recuperarlos. Lo que hicimos fue echarlos a un lado, irresponsablemente, al calor de crisis muy agresivas. Es hora de poner los pies sobre la tierra.
Rolando Cordera no ofrece en esta conversación un programa, sino un diagnóstico sin concesiones: el neoliberalismo fracasó; Trump lo ha desnudado sin ofrecer alternativa; México arrastra una desigualdad que precede al modelo que hoy se critica y las instituciones que podrían articular un nuevo contrato social —los sindicatos, las universidades, los partidos— llevan décadas dedicadas a otra cosa. Lo que queda después de la conversación no es pesimismo, sino algo más incómodo: la certeza de que los instrumentos para salir del atolladero existen y las ideas están formuladas desde hace décadas. El problema no es de diagnóstico, sino de voluntad política y de actores capaces de encarnarla. En eso, Cordera es inamovible: sin crecimiento, sin inversión y sin ciudadanía formada no hay desarrollo posible. El resto es, como siempre, política.






























