Año 2, núm. 13, agosto de 2026
ISSN 3122-3583
voces
La migración sur-sur en México: entre el privilegio, la burocracia y la discriminación
Conversación de Mauricio Merino con Carlos Andrés Cárdenas*
Migrar a México desde otro país latinoamericano puede significar hablar el mismo idioma y, aun así, vivir como sospechoso. La burocracia cotidiana y la xenofobia revelan que la hermandad regional termina donde empieza el pasaporte.
Una CURP o una tarjeta de transporte pueden separar la integración de la exclusión más básica.
Dejar el lugar donde nacimos nos atraviesa de una forma u otra. Quien empaca su vida en una maleta, ya sea huyendo del hambre o persiguiendo un sueño, se enfrenta de golpe al reto de convertirse en “el extranjero” y buscar empatía en una tierra ajena. Vernos reflejados en esa travesía y entender que cualquiera de nosotras o nosotros podría ser quien busca un nuevo comienzo es el primer paso para dimensionar el verdadero impacto de la movilidad humana.
Para explorar este rostro más humano, Mauricio Merino conversó con Carlos Andrés Cárdenas, quien vive la migración desde dos frentes: como investigador del fenómeno y como colombiano radicado en México. Con su testimonio, Cárdenas nos muestra el espejo de la migración sur-sur revelando cómo, incluso cuando se migra por relaciones personales y desde el privilegio académico, el camino está marcado por la burocracia deshumanizante, los estigmas y una profunda discriminación entre pueblos hermanos.
El privilegio de migrar por amor y academia
A diferencia de quienes se ven obligados a caminar atravesando selvas y fronteras por pura supervivencia, la historia de Carlos en México, iniciada en 2022, partió de una decisión personal y sentimental: “El motivo principal para venirme de Colombia a México fue que establecí una relación con una persona”, relata Cárdenas, reconociendo que su experiencia en Guadalajara hubiera sido completamente distinta sin esta red de apoyo local.
Desde su posición como investigador, Carlos es sumamente consciente de lo que él llama su “isla de privilegio”. Sabe que su integración ha sido facilitada por su nivel educativo y sus motivos de viaje, pero advierte que para entender este privilegio es necesario mirar a quienes carecen de él. “Me doy cuenta que tener una CURP (Clave Única de Registro de Población, documento mexicano oficial de identificación ciudadana), que es una cosa muy simple, es toda una lucha para muchas personas y eso implica la posibilidad de tener un trabajo”, explica, subrayando que contar con un número de seguridad social o un RFC (Registro Federal de Contribuyentes) marca la diferencia entre conseguir un empleo formal o terminar en la calle.
El privilegio académico amortigua la experiencia migratoria, pero no elimina el estigma asociado a una nacionalidad.
Burocracia de desgaste y la pesadilla en los aeropuertos
Incluso habitando ese privilegio, el sistema mexicano impone barreras agotadoras. Cárdenas compartió la experiencia de cómo un trámite tan cotidiano como obtener una tarjeta bancaria para el transporte público en Jalisco se convirtió en un calvario burocrático por el simple hecho de no ser mexicano. Tuvo que acudir a la Comisión Estatal de Derechos Humanos y presionar en redes sociales gubernamentales para obtener un plástico que a un local le entregan en cinco minutos: “Una madre cabeza de familia, con dos hijos, que no tenga INE, la van a poner a dar vueltas en círculos”, reflexiona, señalando cómo estos pequeños obstáculos pueden significar que una familia se quede sin recursos para comer ese día.
Sin embargo, para Carlos, la peor experiencia que puede vivir una persona migrante en México ocurre desde el primer instante: con las inadmisiones en los aeropuertos. Cárdenas advierte que las y los ciudadanos colombianos pueden ser retenidos hasta tres o cuatro días en lugares como el aeropuerto de la Ciudad de México o Cancún, encerrados en cuartos sin comida, hacinados y sin asistencia consular. Describe estas estaciones migratorias como “experiencias deshumanizantes” y verdaderos campos de concentración, recordando las tragedias y muertes que ya han ocurrido bajo custodia del Estado.
El estigma del pasaporte y la xenofobia latinoamericana
La discriminación no se limita a las instituciones; permea profundamente en el tejido social. Carlos lamenta que sobre las y los colombianos siga pesando un imaginario colectivo que los asocia automáticamente con el narcotráfico, la prostitución o la delincuencia. Señala que es común recibir comentarios en tono de burla sobre Pablo Escobar o las drogas, además de que el estigma escala a niveles institucionales. Recordó que, a principios de año, el gobernador de Jalisco sugirió revisar particularmente los antecedentes de las personas colombianas en el estado, tras un hecho delictivo aislado, criminalizando de tajo a toda una nacionalidad.
Más alarmante aún es el análisis que Cárdenas hace sobre la migración sur-sur, revelando una dolorosa paradoja: las personas latinoamericanas se discriminan entre sí. Ejemplificó cómo en Colombia se acuñó el término peyorativo “veneco” para rechazar a las y los venezolanos o cómo en Perú y Chile la narrativa mediática y política criminalizó ferozmente a personas haitianas, venezolanas y colombianas.
Carlos ironiza: “si nosotros mismos discriminamos, entonces, como diría el ‘Chapulín Colorado’, ¿quién podrá defendernos?”.
América Latina denuncia la discriminación del Norte mientras reproduce fronteras simbólicas entre sus propios pueblos.
México, el “hermano mayor” que exige visas
Históricamente, México construyó un enorme soft power (poder blando) en el sur del continente gracias a su música, cine y televisión durante las décadas de los 70, 80 y 90. Sin embargo, Cárdenas advierte que las actuales políticas exteriores están erosionando esa imagen de nación hermana y receptiva. Cuando México exige visas a ciudadanas o ciudadanos de Perú o Venezuela —lo que obliga, por ejemplo, a un peruano a viajar hasta Bogotá y gastar cientos de dólares para tramitar un permiso—, hace que migrar de forma regular sea una tarea titánica.
La raíz del éxodo y la responsabilidad histórica
Carlos advierte que, en el fondo, el motor principal que expulsa a miles de personas de sus hogares tiene un nombre claro: la desigualdad estructural. Si existiera un reparto verdaderamente equitativo de los ingresos, las comunidades tendrían la posibilidad real de desarrollar sus planes de vida en sus propios países. Bajo esas condiciones, la migración dejaría de ser un sufrimiento obligatorio para convertirse en lo que debería ser: una experiencia de vida completamente voluntaria y placentera.
Frente a esta crisis regional compartida, el papel de nuestro país es ineludible. México posee un potencial enorme para consolidarse como el gran representante de Latinoamérica ante el mundo.
* Abogado, docente virtual en Derecho Laboral, doctorando en Políticas Públicas y Desarrollo, Universidad de Guadalajara.




























