Año 2, núm. 14, septiembre de 2026
ISSN 3122-3583
a fondo
Nuevos mástiles, mismas banderas
Matías Bianchi *
Las redes que hace quince años amplificaron causas hoy monetizan la atención, polarizan y vigilan. Frente a gobiernos represivos y plataformas que fragmentan, los movimientos latinoamericanos necesitan recuperar soberanía tecnológica, reconstruir puentes y volver a disputar poder democrático desde la comunidad.
Nota del autor: Hace quince años tuvimos una efervescencia de movimientos sociales en América Latina, los cuales lograron organizarse y multiplicar su voz gracias a un ambiente político tolerante y al uso de las redes sociales. Hoy son víctimas del disciplinamiento y la polarización que producen gobiernos represivos, una derecha global organizada y algoritmos mercantilistas. Este artículo invita a reconstruir el tejido regional: compartir recursos, desarmar los guetos y volver a disputar poder democrático a nivel regional.
La organización comunitaria y la movilización social son el pulmón que da vida a la democracia. Sin las manifestaciones en las calles, la organización en los barrios y la fuerza colectiva de los movimientos populares, las instituciones democráticas quedan reducidas a cáscaras burocráticas al servicio de la disputa entre élites. Las formas en que la fuerza popular se manifiesta, las herramientas que utiliza y las narrativas que construye cambian con el tiempo, pero el principio es inmutable.
Las plataformas dejaron de conectar comunidades y comenzaron a administrar enojo, aislamiento y desinformación.
Hace una década y media emergió una ola de movimientos por toda la región que vieron en las tecnologías digitales y las redes sociales una infraestructura inédita para organizarse, escalar sus voces, visibilizar causas y generar impacto político real. Fue un momento de efervescencia. Recordemos el #YoSoy132 en México, donde la juventud universitaria desafió la hegemonía mediática que blindaba al expresidente Enrique Peña Nieto; la gesta de #Yasunidos en Ecuador, que desde los colectivos ambientalistas puso contra las cuerdas las contradicciones extractivistas del gobierno progresista de Rafael Correa o las organizaciones feministas que se articularon alrededor de #NiUnaMenos para luchar contra la violencia de género, primero en Argentina y luego en toda la región. La tecnología parecía, entonces, una aliada natural para acortar distancias geográficas, sociales y políticas.
Eran experiencias muy diversas en su origen, pero profundamente conectadas en sus métodos y horizontes. Estaban sin buscarse, pero andaban para encontrarse. Fuimos muchas las personas que, desde la investigación o desde la política, intentamos mapear, entender, conectar y potenciar esas experiencias. El objetivo era facilitar que compartieran estrategias y tácticas, generaran acciones comunes y construyeran agendas transversales capaces de incidir a escala regional. Así sucedió. Surgieron redes, coaliciones y cumbres que permitieron construir narrativas, globalizar agenda, coordinar acciones conjuntas, influenciar gobiernos, cambiar leyes y poner nuevos temas en la agenda pública.
La era del desencanto
En la última década todo cambió. Aquellas condiciones de posibilidad que permitían la democratización del espacio público se volvieron en nuestra contra.
Por un lado, en la mayoría de los países de la región los gobiernos se volvieron más violentos y represivos. Se profesionalizaron en la represión, modernizaron sus aparatos de vigilancia legal e ilegal, criminalizaron la protesta y estrecharon los márgenes para la disidencia. El espacio cívico, que durante la década anterior se había expandido en las plazas y en las redes, comenzó a sufrir un sofocante proceso de clausura.
Al mismo tiempo, la arquitectura digital sobre la que nos organizamos cambió drásticamente. Lo que en su origen funcionó como un espacio público distribuido fue privatizado y reconfigurado para monetizar la atención. El poder digital corporativo impuso una lógica donde la mediación algorítmica dejó de conectar comunidades para dedicarse a enojarlas, manipularlas y polarizarlas. Las plataformas pasaron de ser catalizadoras de la inteligencia colectiva a convertirse en máquinas de incentivar el conflicto, la desinformación masiva y el aislamiento afectivo. Las que fueron herramientas de disidencia en las calles hoy operan desde el poder como instrumentos de disciplina. Se convirtieron en el panóptico del control social.
Responder a problemas regionales con luchas locales fragmentadas es una receta para la irrelevancia.
También cometimos errores no forzados. Muchas causas —especialmente aquellas articuladas en torno a las identidades— se replegaron sobre sí mismas. Donde había que construir puentes se impuso una deriva esencialista en la que la pureza primó sobre la vocación transformadora e inclusiva. Como advierte Rita Segato, asistimos a una guetificación de la política: comunidades que se hablan a sí mismas. Al atomizarse en demandas cerradas y autorreferenciales, las causas perdieron su potencia pedagógica y emancipadora universal. La imposibilidad de traducir una bandera propia en una más amplia dinamitó la capacidad de construir un “nosotros”, un proyecto de mayorías.
El balance de este repliegue es desalentador. Nos encontramos con una ciudadanía enojada con la política, deprimida y atomizada. Frente al avance global de la extrema derecha antiderechos, los gobiernos de la región no se hablan entre sí y las instituciones multilaterales lucen impotentes para responder a dinámicas transnacionales. Mientras tanto, las derechas internacionales cooperan en redes globales con recursos económicos, espacios de construcción colectiva y estrategias comunicacionales y políticas compartidas.
Nuevos mástiles, mismas banderas
Frente a este panorama, la resignación está prohibida. La crisis no es destino. Necesitamos volver a intentar la articulación regional —y por qué no global—, aprendiendo de los límites de aquella experiencia y diseñando estrategias para este nuevo contexto.
Los problemas que enfrentamos en América Latina —el cambio climático, la entrega de nuestros recursos, la precarización laboral impulsada por plataformas, el crimen organizado, la pérdida de soberanía tecnológica, la mezquindad de nuestras élites, la violencia de género— ignoran las fronteras nacionales. Responder a desafíos globales y regionales con respuestas locales fragmentadas es una receta para la irrelevancia.
Pensar a los movimientos latinoamericanos como un tejido exige trascender la solidaridad simbólica de las declaraciones conjuntas o las campañas en redes. Como bien lo aprendió la derecha internacional, requiere construir y compartir recursos, estrategias, herramientas y narrativas.
La tecnología abre posibilidades, pero el verdadero motor democrático sigue siendo la comunidad organizada.
Una agenda necesaria es resistir a las herramientas diseñadas por el capitalismo de plataformas. Urge disputar la soberanía tecnológica creando y adoptando bienes comunes digitales —plataformas de código abierto, protocolos descentralizados, redes seguras— independientes del control corporativo y de la lógica algorítmica comercial. Hoy la herramienta es también enemiga. Y en paralelo hay que recuperar viejas prácticas analógicas: volver a encontrarse, compartir, jugar y construir. Lo viejo funciona.
Hay que desarticular, además, la guetificación. La verdadera innovación democrática pasa por entender que las luchas feministas, ambientalistas, de trabajadores precarizados, indígenas y por los derechos digitales son facetas de una misma disputa contra el dominio del mercado sobre la vida y los recursos. Necesitamos volver a aprender a tejer puentes, a negociar diferencias y a construir visiones de futuro compartidas.
Una de las grandes lecciones de la última década es que la movilización en las calles sin músculo político ni propuesta institucional se diluye o es cooptada por la reacción conservadora. Los movimientos deben salir del rol escandalizado y frustrado para volver a disputar poder: ganar espacios en el diseño de las políticas públicas, en los marcos regulatorios y en los procesos electorales.
Es momento de salir del diagnóstico y volver a construir en el territorio. Si algo nos enseñó una década de innovación democrática en la región es que las tecnologías son vectores de posibilidad, pero el verdadero motor sigue siendo la comunidad organizada. Es hora de romper la inercia de los algoritmos que nos dividen y de los guetos que nos aíslan. Debemos recuperar una mirada regional, desde y para el sur, con la certidumbre de que, frente a los gobiernos y sus redes globales antiderechos, el tejido colectivo es nuestro único suelo firme para construir una América Latina justa, diversa y profundamente democrática.
Lo dijo José Hernández hace siglo y medio en “El gaucho Martín Fierro”, el poema fundacional de la literatura argentina: “Los hermanos sean unidos, porque ésa (sic) es la ley primera; tengan unión verdadera en cualquier tiempo que sea, porque si entre ellos pelean los devoran los de ajuera (sic)”.
* Director de Asuntos del Sur. Doctor en Ciencia Política por Sciences Po, París. Autor de Estado o Algoritmo: poder digital, captura estatal y la reconstrucción del pacto democrático (Vértice de Ideas, 2026).




























