Año 1, núm. 12, julio de 2026
ISSN 3122-3583
entre-mes
Cuando el capital aprendió a sangrar: violencia, precariedad y muerte en el capitalismo contemporáneo
Hansel Gael López Angulo
El capitalismo contemporáneo no solo produce bienes, empleos o riqueza: también clasifica vidas según su vulnerabilidad. Desde la frontera, la precariedad y la violencia estructural, este texto pregunta si es posible reformar un sistema que ha incorporado el daño como parte de su funcionamiento.
Soñábamos con utopías y despertamos gritando
Roberto Bolaño
Introducción: explicando el capitalismo después de la inocencia
“¿Qué es el capitalismo?”, me pregunta mi hermano Iker. Es siete años menor que yo y nunca le han interesado mucho las finanzas. Me hace la pregunta con una curiosidad abierta, casi arriesgada, como si estuviera poniendo a prueba todo lo que creo entender. Intento darle una respuesta sencilla y clara, algo que no se enrede en jerga económica. Pero enseguida me doy cuenta de que cualquier definición supuestamente neutral conlleva cierta incomodidad. Intentar describir el capitalismo no es solo hablar de un sistema económico, sino enfrentarse a todo el caos que supone cómo hemos organizado nuestra vida: el trabajo, los deseos, los miedos y, cada vez más, incluso la muerte.
Podría decir que el capitalismo se reduce a la propiedad privada, el trabajo asalariado, los mercados y la acumulación de capital. No es incorrecto, pero es una definición limitada. Porque si te ciñes a los manuales, te pierdes todo lo demás: las zonas industriales abandonadas, las personas desaparecidas, las fronteras convertidas en experimentos brutales, la precariedad inherente al paisaje, la muerte convertida en un espectáculo mediático. Esa definición tampoco ayuda a responder la pregunta más compleja: ¿qué cambia cuando el capitalismo deja de ser solo un sistema para producir bienes y empieza a funcionar como un método para controlar quién sufre las consecuencias?
Lo que quiero decir es lo siguiente: el capitalismo actual no solo explota a los trabajadores, sino que los clasifica según su vulnerabilidad. Su poder no proviene únicamente del beneficio. Decide quién merece seguridad, quién termina en la inestabilidad o marginado, quién puede ser expulsado o desaparecer, y cuya ausencia apenas se percibe. En su fase más despiadada y neoliberal, el capital produce más que bienes; establece reglas desiguales para la vida y la muerte.
Desde esta perspectiva, la idea de Sayak Valencia sobre el capitalismo gore cobra un sentido brutal: un escenario donde cuerpos, fuerza, fronteras y muerte se integran en el ciclo de la obtención de beneficios materiales o simbólicos (1). Judith Butler añade que no todas las vidas se valoran igual, ni todas las muertes generan duelo público (2). Naomi Klein, por su parte, muestra cómo el desastre se transforma en una oportunidad para la política y los negocios: impulsando reformas, privatizaciones y apropiándose de bienes en tiempos de conmoción social (3).
La verdadera pregunta no es tan inocente como parece: ¿se puede realmente reformar el capitalismo si la violencia, la precariedad y la muerte son ahora sus herramientas para seguir creciendo y exhibiéndose? Hay que evitar dos trampas fáciles: por un lado, el optimismo superficial, aferrarse a la “innovación social” o el consumo con conciencia, como si se pudiera manipular una máquina impulsada por el lucro para que se preocupara por los demás. Por otro lado, está el pesimismo absoluto, ese que lleva a la rendición y hace que incluso la crítica suene a la sumisión. El camino más difícil se encuentra en el medio: imaginar un modelo económico diferente que defienda genuinamente la vida, enfatice la interdependencia, priorice el cuidado, fomente el compartir y aspire a una verdadera justicia social.
Capitalismo gore: la frontera como campo de pruebas económico
Sayak Valencia utiliza el término capitalismo gore para referirse a una versión del capitalismo donde la fuerza no es una excepción; se manifiesta en la forma en que la economía se comunica, en cómo funciona el poder, en cómo se mide el valor. Aquí, gore no se limita a la sangre; es la cruda realidad de una economía donde el daño causado a las personas deja huella en la sociedad. El cuerpo no es solo una fuente de trabajo. Puede ser un producto, una advertencia, un territorio castigado, un ejemplo público o simplemente desechado.
Tomemos como ejemplo Tijuana y el extremo norte de México. Esa frontera no es un rincón olvidado del capital global, sino una de sus zonas de pruebas más activas. Fábricas, migración, crimen organizado, represión armada, trabajos informales, explotación laboral, compradores transfronterizos, comercio ilegal: todo converge allí. La globalización no se siente abstracta; es una red de personas que se mueven, trabajan, esperan, desaparecen o son moldeadas por diferentes tipos de fuerzas, de cerca.
El capital actual no solo explota cuerpos: decide cuáles merecen seguridad y cuáles pueden volverse desechables.
Las maquiladoras son el ejemplo claro. Muestran el extraño doble crecimiento neoliberal: la producción se integra, pero la sociedad permanece dividida. Estos lugares son cruciales para las cadenas de suministro mundiales, pero siguen estancados con bajos salarios, precariedad laboral y ciudades fragmentadas. La economía formal necesita mano de obra flexible; el mercado negro se hace cargo de los trabajadores más desgastados; el gobierno oscila entre la negligencia y la represión. La frontera se convierte en un lugar donde el capital legal e ilegal no siempre chocan; a veces, se mezclan o se encubren mutuamente.
La migración no hace sino acentuar esta situación. Para el capital moderno, el migrante es una figura de doble filo: necesario para el trabajo, desconfiado o marginado como ciudadano; recibidos como mano de obra, desechables cuando se alzan; vistos como una amenaza, ignorados como una existencia frágil. El cuerpo del migrante se sitúa en el centro de una contradicción: un mundo que permite que los bienes y el dinero fluyan libremente, pero cierra la puerta a cualquiera que huya de la pobreza, la violencia o el colapso ambiental.
En definitiva, lo que demuestra el capitalismo gore es que la maquinaria financiera actual no solo funciona con acuerdos y mercados, sino también con miedo, expulsando a la gente de sus tierras, atrapándola en deudas, obligándola a desplazarse y controlando quién desaparece. La crudeza de la situación no es un hecho aislado; está profundamente arraigada en su funcionamiento. Cuando se habla de “competitividad”, “atracción de inversiones” o “eficiencia”, conviene preguntarse: ¿quién sostiene este sistema, quién paga las consecuencias y qué tipo de sufrimiento queda fuera de los registros oficiales?
Vida precaria: ¿quién está protegido y quién queda atrás?
Judith Butler desvela la idea fundamental: toda vida es frágil porque depende de los demás: de las instituciones, del cuidado, del apoyo material, de algún tipo de reconocimiento. Nadie existe por sí solo, a pesar de esa obstinada fantasía liberal del individuo solitario, hecho a sí mismo, con control absoluto de su destino. El mercado se alimenta de ese mito, pero la vida humana real no se construye así. Estar vivo implica depender de alguien o de algo.
Sin embargo, la vulnerabilidad no se distribuye por igual. Algunas personas caen protegidas, resguardadas; otras son olvidadas. Algunas muertes provocan duelo público, estatuas y discursos; otras se ahogan en estadísticas, sepultadas en tumbas anónimas o desaparecen tras la burocracia y el silencio. La reflexión de Butler, al trasladarla al ámbito económico, resulta inquietante: ¿de quiénes son las vidas que realmente importan? ¿Qué cuerpos reciben atención, qué muertes generan una indignación genuina y cuáles se quedan en meras cifras o como “daños colaterales”?
En México, la crisis de las desapariciones evidencia esta brecha. Es más que un dolor personal: cuando alguien desaparece, se convierte en una exposición política radical. Los desaparecidos son apartados de la vista pública, pero también quedan en un limbo extraño: medio perdidos, medio buscados, enredados en papeleo, burocracia y un sistema judicial que rara vez funciona. Las familias y las madres buscadoras terminan realizando un trabajo que debería corresponder al Estado: buscar cuerpos, reconstruir historias, mantener viva la memoria, exigir que alguien preste atención. Desde la perspectiva de Butler, este caos se convierte en una lucha por el reconocimiento. Las víctimas pierden su seguridad y, a menudo, el derecho a contar su propia historia. Sus nombres corren el riesgo de quedar reducidos a un expediente o una acusación. Preguntas como “¿Qué estaban haciendo?” se convierten en herramientas que despojan de dignidad, culpan a la víctima, adormecen la ira y justifican el abandono. Generalmente, antes de que alguien sea descartado, su valor ya se ha erosionado mucho antes: primero en la opinión pública, luego en los documentos.
Aquí es donde Butler y Valencia coinciden: lo que Valencia llama capitalismo gore se alimenta de quienes ya viven al margen de la sociedad. Necesita vidas desgastadas, fáciles de convertir en producto, amenaza, espectáculo o simplemente desechos. No todos los cuerpos quedan expuestos al daño de la misma manera. Si una muerte no pretende impactar a nadie, la historia se reescribe primero, haciendo que parezca que esa vida simplemente importaba menos. Comunidades enteras se dejan pudrir solo después de que alguien las redefine como peligrosas, marginadas, sin sentido o destinadas al fracaso.
Lo que llamamos precariedad no se trata solo de dinero. Es político y profundamente simbólico. Un trabajador sin red de seguridad, una mujer que sufre violencia constante, un migrante detenido, un niño atrapado por el narcotráfico, un pueblo envenenado por un megaproyecto, alguien endeudado hasta el punto de no poder salir: todas estas historias no son simples casos aislados. Son síntomas de una economía que descarga el riesgo y el peligro sobre los mismos grupos una y otra vez.
Klein y la máquina de lucro del desastre
Añadimos otra capa: Naomi Klein muestra cómo el capitalismo actual no solo lidia con los desastres, sino que se nutre de ellos. En La doctrina del shock, afirma que el neoliberalismo ha aprovechado los momentos de caos —golpes de estado, guerras, terremotos, colapso económico— como el momento perfecto para imponer reformas que serían mucho más difíciles de llevar a cabo en tiempos normales (3).
Pensemos en Nueva Orleans después del huracán Katrina. La tormenta fue una pesadilla en sí misma, pero lo que siguió fue una batalla por la reconstrucción, la privatización y el diseño urbano. Con tanta destrucción, políticos y empresarios vieron una “oportunidad” ideal para transformar Nueva Orleans y adaptarla al mercado. La tragedia se convirtió en una especie de laboratorio de pruebas para todo lo que el neoliberalismo pretendía experimentar.
La frontera muestra que economía formal, mercado ilegal, migración y violencia no siempre son mundos separados.
Esto deja algo más claro: los desastres no afectan a todos por igual. Un huracán es solo un fenómeno meteorológico; lo que viene después es política. Si ya vives al límite, eso es lo que te empuja al abismo. Quién puede salir a tiempo, quién tiene seguro, quién recibe ayuda, quién queda excluido para siempre: son las desigualdades las que quedan al descubierto y, con demasiada frecuencia, se agravan aún más.
Klein explica que el “shock” no es solo psicológico. Se trata de dinero y poder. Cuando una sociedad se tambalea, no puede reaccionar con la misma eficacia, y en la confusión, el capital puede apropiarse de tierras, bienes públicos, derechos laborales, servicios esenciales; cosas que importaban ayer pueden desaparecer sin dejar rastro. La catástrofe lo acelera todo: lo que antes parecía impensable de repente se convierte en realidad.
Las deficiencias de la economía convencional
El modelo económico convencional ha sido eficaz para elaborar ecuaciones, analizar estadísticas y ajustar decisiones partiendo de la premisa de que todos actúan racionalmente. Pero su verdadero fracaso radica en confundir el funcionamiento de los mercados con la convivencia real. Actúa como si producir más bienes fuera sinónimo de vivir bien, como si el desarrollo ilimitado justificara cualquier coste, como si la eficiencia fuera una virtud, incluso cuando socava los lazos reales que dan sentido a la vida.
Durante años, la mayoría de las teorías económicas restaron importancia a la desigualdad, considerándola un problema menor que se solucionaría más adelante. La idea era: primero, aumentar la riqueza, y luego, quizás, repartirla. ¿Qué hemos conseguido? La riqueza se concentra cada vez en menos manos. Los derechos laborales se ven mermados. La deuda crece. Los jóvenes se enfrentan a empleos precarios o emigran bajo presión. Los problemas ambientales se acumulan. Los vecinos desconfían cada vez más.
El capitalismo prometió progreso, pero muchos solo terminaron con ansiedad. Se hablaba de libertad, pero la dependencia se infiltró donde menos se la podía ver. Se hablaba de eficiencia, pero en algunos lugares, la vida simplemente dejó de importar.
No interpreten esto como una lucha contra los mercados ni contra la idea misma del intercambio, los incentivos o las nuevas ideas. Eso es una falacia que nadie defiende realmente. El verdadero problema surge cuando la lógica del mercado lo eclipsa todo lo demás: cuando las personas dejan de importar por sí mismas y se convierten en meras piezas de un engranaje. La educación se trata simplemente como un negocio. La atención médica se reduce a quién puede pagarla. La vivienda se convierte en una simple línea en un estado financiero. Los empleos son solo un costo que recortar. El mundo natural es solo materia prima. Incluso la seguridad es algo que se compra si uno puede permitírselo.
Por eso la economía necesita retomar una pregunta que ha sido relegada: ¿para qué sirve la economía? Si la respuesta es simplemente “acumular más capital, aumentar la productividad o abrir mercados”, entonces el capitalismo extractivo y despiadado no es un error, sino el desenlace natural. Pero si el objetivo de la economía es mantener a la gente con vida, asegurar que todos tengan lo que necesitan, reducir la brecha de vulnerabilidad y brindar verdadera dignidad, entonces el modelo actual no solo está fallando, sino que tampoco se puede justificar política ni éticamente.
¿Hay otra alternativa?
Pero aquí radica un verdadero desafío: el capitalismo tiene una habilidad asombrosa para silenciar a sus críticos. La protesta se convierte en moda. El feminismo se transforma en una marca. Las ideas ecologistas se convierten en un eslogan de alguna campaña. La diversidad es solo otro argumento publicitario. Incluso la lucha termina siendo ignorada. El sistema no solo elimina las alternativas; las consume, las revende y sigue funcionando.
Por lo tanto, es inútil imaginar un “mundo diferente” si eso se queda solo en un eslogan. Si las nuevas visiones nunca se convierten en normas, presupuestos, derechos o pasos reales hacia una distribución equitativa de los recursos, no son más que fantasías. Sin embargo, cambiar el sistema sin imaginación —simplemente reorganizando las mismas piezas— tampoco cambiará mucho. Los cambios reales requieren ambas cosas: esperanza en algo mejor y planes concretos para implementarlo.
No todas las ideas son rechazadas. Pero nada es definitivo. Ahí radica el dilema donde debe existir la crítica honesta. El capitalismo moderno puede usar un lenguaje progresista todo el día mientras se aferra a su vieja maquinaria. Puede promover la “inclusión” y funcionar mediante la explotación. Puede celebrar la diversidad mientras las personas por las que dice preocuparse luchan por una estabilidad básica. Puede predicar el bienestar mientras sacrifica la atención, el descanso e incluso la tranquilidad.
Imaginar otra economía exige poner en el centro la vida, la interdependencia, los cuidados y la justicia social.
Por lo tanto, el cambio no puede basarse en cambios culturales superficiales ni en reformas blandas. Debe abordar los fundamentos del poder económico, incluso si eso implica debatir sobre la propiedad, los impuestos, el empleo, la atención, la deuda, la tierra, la protección social, las regulaciones industriales, los bancos o cómo tomamos decisiones económicas en conjunto. Cualquier otra cosa es solo una fachada moral para una maquinaria que nunca cambia realmente.
Repensando lo esencial: una economía de interdependencia
Ante el capitalismo depredador y la inestabilidad social, volver a los modelos de desarrollo tradicionales o soñar con comunidades “puras” ajenas al mercado no es suficiente. La respuesta debe partir de una realidad más profunda: la economía no es un motor aislado, sino una red de conexiones que construimos para garantizar la supervivencia de las personas.
Un modelo económico basado en la interdependencia comenzaría con al menos cinco prioridades.
- Primero: La vida es el eje central de la economía. Las políticas no deben medirse únicamente por su crecimiento económico, sino por su capacidad de reducir vulnerabilidades concretas: hambre, enfermedad, deuda, desempleo, marginación, contaminación, peligro y falta de atención o apoyo. Si la economía crece mientras la vida de las personas empeora, eso es un fracaso, no un éxito.
- Segundo: El trabajo de cuidados —las tareas básicas que permiten que todo lo demás funcione— no puede permanecer invisible, ser un trabajo exclusivo de mujeres o algo que se gestione en privado. Todo sistema se basa en cuidados visibles y ocultos: alimentación, crianza de los hijos, sanación, apoyo, limpieza, compañía, todo el trabajo diario que nos mantiene en marcha. Merece sistemas públicos, una distribución más equitativa del tiempo, derechos sólidos y un valor que trascienda los márgenes de beneficio.
- Tercero: La redistribución no es caridad; es lo que hace que la libertad sea real. Nadie es libre si la supervivencia implica luchar constantemente. Cuando la riqueza se acumula en pocas manos, se convierte en mera influencia política. Compartir los ingresos, los bienes, las oportunidades y los recursos no debilita la democracia; la mantiene viva.
- Cuarto: La justicia implica mirar el mapa. No todos los lugares soportan los mismos costos del desarrollo. Algunas regiones se convierten en zonas de sacrificio para el medio ambiente, sufren violencia, son explotadas con mano de obra barata o se transforman en barreras armadas. Una nueva dirección económica debe preguntarse quién paga y quién se beneficia.
- Quinto: Defender la vida implica retirar ciertos bienes del mercado. La salud, la educación, el agua, la vivienda, la seguridad, la atención médica, el medio ambiente: estos no pueden depender de quién tenga el dinero. Si todo está en venta, quienes no pueden pagar quedan excluidos. Y cualquier sociedad que priva a las personas de lo básico para vivir no solo es ineficiente, sino que se enfrenta a una crisis aún más profunda.
Conclusión: cambiar sin fingir inocencia
¿Podemos realmente transformar el funcionamiento del capitalismo actual? Claro que sí, pero no si pretendemos que el sistema desarrolla conciencia y cambia por culpa. El capitalismo no se vuelve mágicamente más humano. No se retira de los mercados rentables, ni siquiera cuando generan miseria. No dejará de dañar a personas o lugares solo porque sea lo correcto. El cambio solo se produce si construimos fuerzas reales —grupos, instituciones, incluso narrativas y políticas— que cuestionen la razón de ser de la economía.
Valencia nos invita a observar lo que la economía convencional ignora: las ganancias no surgen de la nada. Se acumulan a costa de personas y lugares vulnerables que siempre han estado expuestos. Butler señala que ninguna vida está completamente sola, y cualquier política que ignore nuestras debilidades compartidas simplemente deja a las personas abandonadas a su suerte. Klein demuestra que incluso el desastre no se trata solo de sufrimiento, sino que también ofrece oportunidades a quienes saben sacar provecho del caos.
Si sumamos todo esto, resulta innegable: el capitalismo actual no se limita a gestionar los mercados. Se trata de controlar el dolor, el miedo, el abandono e incluso quién tiene una oportunidad justa de sobrevivir.
Aún no estamos perdidos, pero nada se solucionará solo si nos limitamos a la inercia. Imaginar una economía diferente implica abandonar la comodidad de simplemente señalar las deficiencias morales; implica involucrarse directamente en las luchas reales y complejas sobre cómo funcionan las cosas. Implica impulsar un sistema donde la vida no sea solo un efecto secundario del crecimiento, sino su razón de ser. Implica negarse a aceptar que la lucha constante sea parte del paisaje, que el daño sea inevitable o que la muerte sea un espectáculo para el disfrute de otros. Implica denunciar la “eficiencia” sin justicia por lo que realmente es: crueldad disfrazada.
Cuando Iker me preguntó una vez qué era el capitalismo, quizás debería haber omitido la respuesta técnica. En realidad, es simplemente el sistema que organiza el mundo tal como lo encontramos, pero eso no significa que estemos condenados a repetir los mismos patrones eternamente. Claro, su influencia parece omnipresente, sobre todo cuando llega a límites que ni siquiera consideramos posibles. Pero ningún sistema dura para siempre. El verdadero trabajo no consiste en prometer un paraíso, sino en asegurarnos de que el infierno no se convierta en la norma.
Cambiar nuestra forma de pensar sobre la economía implica recuperar una idea simple pero radical: ningún sistema merece ser llamado racional si necesita sacrificar personas para seguir funcionando. Si nos enfrentamos a un capitalismo que ha aprendido a lucrarse a costa de explotar a personas y lugares, la solución no es solo curar la herida de forma más eficiente, sino construir finalmente una economía que no necesite que nadie se desangre.
* Estudiante de Economía en la Universidad de Guadalajara, con interés en macroeconomía, política monetaria y teoría institucional. Su trayectoria combina análisis cuantitativo, pensamiento crítico, divulgación económica y participación en proyectos académicos y culturales.
Referencias
- Valencia, S. (2010). Capitalismo gore. Editorial Melusina.
- Butler, J. (2006). Vida precaria: El poder del duelo y la violencia (F. Rodríguez, Trad.). Paidós. (Obra original publicada en 2004).
- Klein, N. (2007). La doctrina del shock: El auge del capitalismo del desastre (I. Fuentes García, A. Santos Mosquera y R. Diéguez Diéguez, Trads.). Paidós.






























