Año 2, núm. 14, septiembre de 2026
ISSN 3122-3583
a fondo
Hablando de movimientos, no es la tierra la que falla
Nhora Lucía Álvarez Borrás *
El terremoto del Chocó dejó al descubierto una fractura más antigua: pobreza, racismo, violencia e impunidad en un territorio que el Estado mira tarde. Frente al abandono, madres, juventudes y organizaciones reparan la grieta con memoria, arte y comunidad.
Escribo estas líneas el mismo día en que la tierra tembló bajo nuestros pies. Esta mañana, un fuerte terremoto con epicentro en el Chocó sacudió a medio país; en Quibdó se derrumbaron casas y edificios, hay personas atrapadas bajo los escombros y familias en la calle. Desde temprano no hay luz, la conectividad es nula y ha sido casi imposible comunicarnos con nuestras colegas en el territorio. Llevamos el día entero pegadas a las noticias, con el alma en un hilo. Y mientras las cámaras del país se concentran en Cali y en Medellín, sobre Quibdó volvió a caer el silencio.
Porque lo que hoy quedó a la vista no es solo una falla geológica: es la misma falla sistemática que atraviesa la vida del Chocó; un departamento donde más de un tercio de la gente vive en pobreza extrema, en casas que “se caen con soplarlas” y donde el Estado llega tarde a todo, para proteger a una niña de la guerra y para levantar a un pueblo de entre los escombros. El terremoto no inventó ese abandono; apenas lo hizo visible y lo va a profundizar, porque cada golpe que cae sobre un pueblo ya golpeado no se suma, se multiplica.
El desastre no inventó el abandono del Chocó: lo volvió visible y amenaza con profundizarlo.
Hoy solo puedo pensar en todas las personas que en estos quince años de trabajo en la Fundación Círculo de Estudios he conocido en el Chocó; miles de caras, miles de historias que hoy estallan en mí. Las enseñanzas que este territorio me ha dejado son invaluables y algunas ninguna disciplina alcanza a nombrarlas. Por ejemplo: que acompañar no es asistir desde afuera, no es diagnosticar ni observar, sino sentarse al lado, sostener la mirada y quedarse; batallar hombro a hombro por las luchas que se quieren alcanzar, sin desfallecer; celebrar los triunfos y enfrentar juntas las desgracias y los desafíos.
Eso es lo que en Círculo de Estudios hemos hecho siempre, porque somos un grupo de personas que no se acostumbra al horror. En un país que se adaptó a contar a sus muertos como cifras, nosotras y nosotros insistimos en contar sus historias, buscar la justicia, construir la verdad y tejer comunidad para transformar el presente y el futuro. Así hemos acompañado a miles de mujeres víctimas de violencia sexual y a madres y cuidadoras de niños, niñas y jóvenes asesinados; hemos trabajado para mantener a la niñez fuera del conflicto y para que un talento se convierta en un camino distinto al que la guerra tiene reservado, para disputarle terreno a la inequidad y hacer de la afrocolombianidad no una desventaja, sino una fuerza.
Este mismo territorio que hoy sacudió el temblor se lo han disputado los grupos armados durante años, con las formas más violentas de controlar a la población: han confinado barrios enteros, han asesinado a 1 296 niños, niñas y jóvenes desde 2015, han torturado, desplazado y violado a mujeres. Y lo han hecho amparados en la más impune de todas las justicias, la del silencio, la de la invisibilización de un país entero para el que estas vidas, valiosas, únicas, irrecuperables, no alcanzan siquiera a merecer el luto.
Hoy, este desastre me trajo el recuerdo de la primera vez que oí cantar a Keila; ese día supe que no la olvidaría jamás. Ella tendría diez años quizás, pero su voz no era la de una niña: era honda, madura, combinaba el dolor y la esperanza en una misma nota. Ese día, como casi todos los días, llovía en Quibdó. Recuerdo el agua golpeando fuertemente el techo de zinc y su voz abriéndose paso por encima. He cambiado su nombre para cuidarla incluso ahora que ya no está con nosotros.
Ella cantaba, bailaba, participó en uno de los espectáculos de música y danza que montamos en el programa Pueblos en Movimiento, se llamó “Yesier y la tela blanca”. Estos procesos artísticos que nos han permitido mantener a cientos de niños y niñas lejos del conflicto armado, prevenir el reclutamiento y abrir la posibilidad de que un talento se convierta en un camino distinto al que la guerra tiene reservado. En un territorio donde los grupos armados se disputan cada cuadra, ese escenario fue para Keila, literalmente, un lugar en donde pudo seguir viva. La vimos crecer sobre las tablas durante seis años, aprendiéndose los pasos, los versos, el gesto exacto de quien empieza a descubrir que tiene algo propio que ofrecerle al mundo.
Cuando las víctimas son afrodescendientes, pobres y periféricas, el racismo también decide cuánto puede esperar la justicia.
Un día fue captada por un integrante de una agrupación armada, en la modalidad más sofisticada de uso de las menores de edad, la que consiste en la instrumentalización de las relaciones afectivas. Ese fue el momento en que su vida cambió por completo, porque fue imposible evitarlo. Con Keila lo intentamos todo: la cambiamos de barrio varias veces, la vinculamos a cuantas actividades pudimos, la sostuvimos con todas nuestras manos, aunque el suelo ya se agrietaba bajo ella, porque el poder de los actores armados ha hecho temblar al Chocó a lo largo de la historia: las economías ilegales, las redes de violencia, el control desproporcionado que ejercen sobre la sociedad civil, la impunidad que blinda sus acciones y el aumento sostenido de los homicidios contra la niñez y la juventud.
Keila, como tantos otros jóvenes que cruzaron una frontera invisible, que no quisieron vincularse o que simplemente desobedecieron alguna “regla”, no tuvo alternativa. La muerte se imponía sobre sus cortas vidas. A Keila la mató un sicario mientras dormía. La justicia aún no esclarece por qué, pero para nosotras la conclusión es dolorosamente clara, de la relación que los grupos armados imponen sobre las niñas, niños y jóvenes nunca se sale. Los obligan a entrar a la fuerza en un vínculo inquebrantable del que solo la muerte los separa. Keila fue asesinada en 2019 y todavía no hay una sentencia, como en el 80 % de estos homicidios, sepultados en una impunidad casi absoluta. A muchos, además, se les están venciendo los términos: no por falta de pruebas, sino por la inacción de un Estado que deja morir los expedientes igual que dejó morir a esas casi 1 300 niñas, niños y jóvenes.
Detrás de cada uno de estos casos hay una madre. Hemos acompañado a más de trescientas de ellas a llorar a sus hijos, a escuchar sus historias de vida, sus legados. Las hemos oído hablar también de la culpa, esa que arrastra el dolor. Hemos marchado a su lado, representamos sus casos ante la justicia y hemos sido testigos de su fortaleza cuando se sientan en una audiencia a plantarles cara a los asesinos de sus hijos. Con ellas hemos denunciado las injusticias: la victimización secundaria, la falta de solidaridad, la estigmatización.
De ellas hemos aprendido a mirar el mundo de otro modo, captando su asombrosa capacidad de adaptarse a lo inadaptable y la necesidad, tantas veces desatendida, de ser acompañadas en el dolor más grande que existe, que es el de perder a un hijo o una hija y que nadie más que ellas lo llore. Porque la indolencia frente a esas casi 1 300 vidas jóvenes se ha vuelto costumbre, paisaje, cifra de fin de año. Pasan los años y las madres siguen buscando de dónde sacar fuerzas para no desfallecer. Y hoy, mientras la tierra misma se sacude bajo Quibdó, vuelven a hacerlo: son ellas, las que ya sobrevivieron a lo peor, las primeras en pararse entre los escombros a preguntar por las y los demás.
Y, sin embargo, casi nadie mira hacia esos escombros. Conviene decirlo con todas sus letras: si estas muertes no son un escándalo nacional es, en buena parte, porque las víctimas son afrodescendientes, pobres, de la periferia de la periferia. El racismo en Colombia no siempre grita; muchas veces calcula. Calcula que estas vidas pueden esperar, que estos casos pueden vencerse en los términos que estos territorios pueden gobernarse a punta de miedo mientras el país mira hacia otro lado. Las agrupaciones armadas se han ensañado con la juventud del Chocó con la aquiescencia de un Estado indolente ante las necesidades de las comunidades negras, como si en Colombia hubiera ciudadanas y ciudadanos de menor valor. Ciudadanía a la que no vale la pena defender, proteger ni ofrecerle la oportunidad de una vida mejor.
La organización, la memoria y la dignidad son el material con el que la comunidad repara la grieta.
Y, sin embargo, seguimos. Seguimos porque las madres siguen y porque cada audiencia perdida, cada término vencido, cada expediente que duerme es una forma de decirle a la próxima niña que su vida no importa; y a eso nos negamos.
Documentar se vuelve entonces un acto de amor y de resistencia: escribir el nombre que otros quieren borrar, guardar la fecha, reconstruir la historia, para que dentro de diez años alguien pueda decir todavía que existieron, que soñaron, que quisieron vivir.
Y no seguimos solas. De tanto dolor y de tantos años caminando al lado de la gente ha ido naciendo un movimiento. Las madres y cuidadoras que enterraron a sus hijas e hijos se organizaron en la Red de Madres y Cuidadoras. Las y los jóvenes de Pueblos en Movimiento siguen haciendo danza y teatro donde la guerra quiso sembrar miedo; de ese mismo semillero surgió Maunífica Band, un colectivo feminista que convirtió la música en resistencia. Con las gestoras psicosociales hemos creado el Observatorio de Derechos Humanos Mi Vida. Y las mujeres del programa Derecho de Vozs, sobrevivientes de la violencia de género, hoy le ponen palabra y denuncia a lo que durante años se calló. Eso, y no un edificio ni un proyecto ni un informe es lo que hemos construido: una comunidad que se niega a que la borren.
Eso es lo que el Chocó tiene para enseñarle a la región: que la dignidad no es un discurso, sino una práctica cotidiana y terca, y que sostener la vida en medio de la muerte es la forma más radical de resistencia que conozco.
Por eso titulé estas líneas como las titulé. Hoy la tierra falló, pero la tierra no entiende de racismo ni de olvido. Los que fallan son otros, los que decidieron que hay vidas que pueden esperar, expedientes que pueden dormir, pueblos que se pueden gobernar a punta de miedo. Esa es la falla que ningún sismógrafo mide: la que dejó a Keila sin justicia y al Chocó sin Estado. A esa grieta la reparamos nosotras, todos los días, con el único material que no se agrieta: la organización, la memoria y la dignidad. Porque mientras haya una madre de pie entre los escombros preguntando por los demás, hay un pueblo entero que se niega a fallarles a los suyos. Y eso, en el Chocó, es un movimiento.
10 de agosto de 2026.
* Fundación Círculo de Estudios Culturales y Políticos, Quibdó, Chocó.



























