Año 2, núm. 13, agosto de 2026
ISSN 3122-3583
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Prisioneros del cambio climático: la crisis humana detrás de la migración forzada
Conversación de Sandra Nieves con Iván Aguilar
El hambre no siempre empuja a migrar: cuando se vuelve extrema, también encierra. Miles de familias centroamericanas quedan atrapadas entre cosechas perdidas, Estados sin recursos y un clima que destruye incluso la posibilidad de huir.
Para esta edición de El Diluvio abordamos uno de los fenómenos más complejos y apremiantes de nuestra era: la migración. Lejos de las frías estadísticas y los discursos políticos polarizados, buscamos entender las causas profundas que obligan a miles de personas a salir sus hogares. Para ello, conversamos con Iván Aguilar, coordinador del Programa Humanitario de Oxfam, una organización internacional con presencia en 62 países.
La inseguridad alimentaria moderada dispara la migración; la severa la reduce porque las familias ya no pueden pagar la salida.
En América Latina, Oxfam trabaja en naciones como México, Guatemala, Honduras, El Salvador, Costa Rica, Colombia, Perú, Bolivia y Brasil. Su labor abarca desde la prevención y construcción de resiliencia comunitaria hasta la respuesta y recuperación frente al impacto de desastres naturales. Iván Aguilar nos ofreció una perspectiva cruda y profundamente humana sobre cómo el impacto ambiental y la desigualdad económica se han convertido en los nuevos motores del desplazamiento forzado.
La erosión de la vida: cuando el desastre es constante
Históricamente, la migración se explicaba por factores económicos y la búsqueda de oportunidades en las grandes urbes. Hoy, a la deuda histórica en la cobertura de servicios básicos se suma un actor implacable: el cambio climático.
Aguilar explica que los modelos económicos actuales son incapaces de satisfacer las necesidades primarias de las comunidades en Centroamérica. Sobre este esquema de vulnerabilidad, los desastres naturales son cada vez más graves y recurrentes. “Tenemos una sequía que afecta a los medios de vida rurales, es decir, se pierden cultivos, los hogares entran en un problema alimentario, tienen que deshacerse de activos como herramientas, semillas, etc., y no están en condiciones de reponerse del todo”, detalla.
Al poco tiempo, un nuevo desastre golpea a la misma región, generando una erosión constante de los medios de vida porque los gobiernos carecen de la capacidad para brindar protección social efectiva. Esta merma en las capacidades económicas es lo que está impulsando a miles de hogares, cada vez con mayor participación de mujeres, a buscar un futuro en Estados Unidos y Canadá. Eventos como la erupción del volcán de Fuego en Guatemala, en 2018, o los huracanes Eta e Iota, en 2020, han sido detonantes directos de importantes olas migratorias.
Los prisioneros del cambio climático
Uno de los hallazgos más impactantes surge de la relación directa entre la inseguridad alimentaria y la movilidad humana. Oxfam identificó que los hogares con seguridad alimentaria garantizada (aquellos que cubren las 2 100 kilocalorías diarias por persona) no migran. Cuando la inseguridad alimentaria es leve o moderada, la migración experimenta un pico importante; sin embargo, cuando la crisis llega a su punto máximo y la inseguridad alimentaria es severa, la migración cae drásticamente. ¿La razón? Las familias se quedan sin recursos incluso para intentar escapar. Pagar a un traficante de personas o “coyote” para llegar a Estados Unidos cuesta entre 10,000 y 15,000 USD, una cifra inalcanzable para quienes sufren hambre extrema.
Las caravanas no nacen de un incentivo humanitario, sino de comunidades donde permanecer dejó de ser viable.
“No migran todas las personas que quisieran migrar”, sentencia Aguilar. “Y ahí es donde nos surgía una frase en ese momento: que los que ya están en esa situación de precariedad exacerbada son los prisioneros del cambio climático“. Estas personas quedan atrapadas en sus comunidades, sin opciones de salida, dependientes de un clima cada vez más hostil.
Esta desesperación extrema fue precisamente el motor detrás de las caravanas migrantes. Las caravanas representaron una caminata desesperada de personas sin recursos que dependían de la solidaridad en la ruta, huyendo de lugares donde ya no quedaba nada.
El estigma y los reclamos hacia la ayuda humanitaria
Ante estas oleadas de personas migrantes desesperadas, organizaciones como Oxfam han enfrentado duras críticas, incluso por parte de donantes, acusándolos de “incentivar” la migración al instalar puntos de asistencia humanitaria en la ruta.
Aguilar responde a estos señalamientos apelando al sentido común y a la empatía humana. Recordando su estancia en Paso Canoas, en Costa Rica, donde cruzaban hasta 4 000 personas diarias provenientes del peligroso tapón del Darién, Aguilar desestimaba las críticas con un ejemplo claro: “¿Tú agarrarías a tus dos hijos y saldrías de tu casa, que es cómoda, porque te van a dar un kit de higiene en Paso Canoas y para dormir bajo la lluvia en una tienda de campaña? ¡Nadie!”. Nadie emprende un viaje de miles de kilómetros exponiendo a menores de edad a los peligros del crimen organizado, por una recompensa humanitaria mínima; lo hacen por absoluta desesperación.
Desigualdad estructural y la deuda del norte global
El problema de fondo es estructural y profundamente desigual. Mientras que en los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) el presupuesto público ronda el 34 % del producto interno bruto, en Centroamérica el promedio es del 17 %, y en países como Guatemala u Honduras es apenas del 12 %. Con presupuestos tan bajos, los Estados no pueden garantizar ni siquiera la educación o salud primaria, mucho menos hacer frente a las contingencias climáticas.
Quienes menos contribuyeron al calentamiento global soportan sus peores efectos con Estados incapaces de protegerlos.
A esta falta de presupuesto local se suma una injusticia global. Los países del sur global contribuyen muy poco a las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero, pero sufren las peores consecuencias del desbalance climático. “El éxito de los países del norte global, de países industrializados, es a costa de este desbalance que están ocasionando en el clima”, advierte Aguilar.
El modelo económico actual permite una acumulación desproporcionada de la riqueza. Aguilar reflexiona sobre cómo figuras como Elon Musk poseen más riqueza que el 46 % de toda la población mundial combinada, mientras millones de personas no alcanzan a tener un dólar al día para superar la pobreza. Sin sistemas fiscales progresivos y sin una redistribución inteligente y civilizada de los recursos es imposible llevar protección social a las comunidades afectadas.
Un futuro incierto y un llamado a la acción
Con la amenaza inminente de un fenómeno de “El Niño” que podría registrar anomalías de temperatura sin precedentes, el panorama para los próximos cinco a diez años es poco alentador. Si no hay transformaciones estructurales en la inversión pública y si los países desarrollados no asumen su responsabilidad de compensar el desastre climático, veremos un aumento en la migración. Y como advierte Aguilar: “migrar no es malo, pero migrar en condiciones de precariedad y de inseguridad extrema… no es algo deseable, para nada”.
A pesar de este complejo escenario, el coordinador de Oxfam deja un mensaje crucial para la audiencia de El Diluvio. Nos recuerda que, como ciudadanas y ciudadanos tenemos la obligación de no caer en la desinformación ni en discursos de odio y antiderechos que promueven el individualismo.
Para Aguilar, la indiferencia y el desencanto democrático son peligrosos, pues abren la puerta a mujeres y hombres líderes autoritarios. La única manera de promover cambios reales es involucrarse: “Identificar esos discursos que nos alejan de lo que construye comunidad y construye sentido es la base para avanzar. De lo contrario, no tenemos posibilidad de cambio”, concluye.




























