Año 1, núm. 12, julio de 2026
ISSN 3122-3583
a fondo
El proyecto económico que la socialdemocracia ya no se atreve a nombrar
Paulo Hidalgo *
La socialdemocracia perdió fuerza no solo por errores electorales, sino porque dejó de ofrecer un proyecto económico concreto. Sin modelo productivo, fiscal y distributivo, la izquierda democrática se queda reducida a una retórica incapaz de reconstruir confianza popular.
Hay una pregunta incómoda que la socialdemocracia evita responder desde hace al menos dos décadas: ¿cuál es, hoy, su proyecto económico? No la consigna ni la marca, sino el modelo. El esquema concreto de quién paga, quién recibe, qué se produce y bajo qué reglas. Cuando se le pide precisión, la respuesta suele ser una colección de buenas intenciones —crecimiento inclusivo, transición justa, fiscalidad progresiva— enunciadas en un tono que ya no convence ni a sus propios votantes.
La socialdemocracia no perdió a sus votantes por traición popular, sino por falta de una oferta material convincente.
El problema no es la retórica. El problema es que la socialdemocracia perdió, en algún punto entre los años noventa y la crisis de 2008, la pieza central de su edificio doctrinario: la idea de que el Estado podía organizar la economía en función de un horizonte distributivo y no meramente compensatorio. La tercera vía prometió modernizar esa idea y terminó archivándola. Lo que quedó fue una administración prolija del modelo neoliberal con algunos paliativos sociales, suficientes para distinguirse de la derecha en campaña, insuficientes para alterar la matriz que generaba el malestar.
El resultado está a la vista. Los partidos socialdemócratas llevan veinte años perdiendo elecciones que en otra época hubieran ganado caminando, y los electorados populares que constituían su base histórica se desplazan a la derecha radical sin culpa ni nostalgia. No es una traición del pueblo a la izquierda; es la constatación de que la izquierda ya no tenía nada concreto que ofrecerle en términos materiales. El obrero industrial alemán, el minero británico, el empleado público francés —todos descubrieron, antes que sus dirigentes, que el partido que decía representarlos había firmado los tratados que precarizaron su trabajo.
Conviene aquí recordar una distinción que el sociólogo danés Gøsta Esping-Andersen formuló hace más de tres décadas y que sigue siendo el mapa más útil para entender de qué hablamos cuando hablamos de socialdemocracia. En Los tres mundos del Estado del bienestar,(1) Esping-Andersen distinguió tres familias de capitalismo desarrollado: el modelo liberal —Estados Unidos, Reino Unido—, donde el bienestar se compra en el mercado y el Estado solo asiste a los más pobres; el modelo conservador o corporativista —Alemania, Francia, Italia—, donde los derechos sociales dependen del puesto de trabajo y se transmiten por la familia y el modelo socialdemócrata —Suecia, Dinamarca, Noruega, Finlandia—, donde el Estado garantiza derechos universales financiados con impuestos altos y donde el trabajo se considera tan importante como el empleo asalariado.
La pregunta obligada es cuál de esos tres mundos ha resistido mejor las décadas de globalización financiera, automatización y envejecimiento poblacional. La respuesta empírica, sostenida por economistas como Lane Kenworthy en Social Democratic Capitalism(2) y por los informes anuales del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), es bastante clara: el modelo escandinavo sigue siendo el que combina, con menos pérdidas, crecimiento económico, baja desigualdad y alta movilidad social. Dinamarca, Suecia, Noruega y Finlandia ocupan año tras año los primeros lugares en los índices de desarrollo humano y de felicidad, mientras mantienen economías abiertas, competitivas e integradas al comercio mundial.
El argumento del escandinavo Kenworthy es sencillo y por eso mismo provocador: lejos de ser un lujo que el capitalismo no puede pagar, un Estado social fuerte vuelve al capitalismo más productivo y estable. Los servicios públicos universales —salud, educación, cuidado infantil, formación profesional— liberan a las personas para que trabajen, se reinventen, asuman riesgos y migren entre empleos sin caer en la pobreza. Lo que en la jerga sueca se llama flexiseguridad —combinar mercados laborales flexibles con seguros generosos de desempleo y reentrenamiento— es exactamente lo contrario de la precariedad que la tercera vía importó del modelo liberal.
El problema no es la ausencia de valores, sino la renuncia a nombrar un modelo económico concreto.
Ahora bien, sería un error idealizar el caso nórdico. Tiene virtudes evidentes y límites igualmente evidentes. Entre las virtudes: niveles de desigualdad bajos sin sacrificar dinamismo, instituciones públicas con alta legitimidad, sindicatos fuertes que negocian en condiciones de igualdad con el empresariado y un consenso social transversal sobre la legitimidad del impuesto. Entre los límites: economías relativamente pequeñas, sociedades históricamente homogéneas y una creciente tensión en torno a la inmigración que ha llevado a los partidos socialdemócratas escandinavos —el caso danés es el más visible— a adoptar políticas migratorias restrictivas para conservar su base obrera. La socialdemocracia escandinava ha pagado, en otras palabras, el precio de combinar generosidad social con cierre étnico, un compromiso que difícilmente puede exportarse sin más a sociedades multiculturales como las francesas, alemanas o latinoamericanas.
Tampoco conviene olvidar lo que el propio Esping-Andersen señaló en Fundamentos sociales de las economías postindustriales:(3) los tres modelos fueron diseñados para una sociedad de varones cabeza de familia con empleo estable y todos están en aprietos frente al envejecimiento, la baja natalidad, la fragmentación familiar y la disolución del empleo industrial. El modelo escandinavo se adaptó mejor porque invirtió temprano en cuidado infantil y permisos parentales, lo que sostuvo la natalidad y la participación femenina en el mercado laboral. Los modelos conservadores del sur de Europa, en cambio, descargaron sobre la familia —y específicamente sobre las mujeres— el coste de los cuidados y hoy enfrentan un colapso demográfico.
¿Qué quedaría, entonces, de un proyecto económico socialdemócrata que mereciera ese nombre? La respuesta exige aceptar primero una incomodidad teórica: no se puede construir socialdemocracia sobre el supuesto de que el capitalismo financiero global es un dato natural al que solo cabe acomodarse. Si el capital se mueve sin fricciones, si las empresas tributan donde más conviene, si los Estados compiten entre sí por bajar impuestos al gran capital, entonces la promesa redistributiva es estructuralmente imposible. Y una socialdemocracia que no redistribuye no es socialdemocracia: es centro político con vocación gerencial.
El primer pilar de un proyecto económico recuperable sería, por lo tanto, fiscal y no asistencial. El economista francés Thomas Piketty lo ha planteado con insistencia en El capital en el siglo XXI(4) y en Capital e ideología(5): sin un impuesto progresivo serio sobre las grandes fortunas y sin coordinación internacional para cerrar los paraísos fiscales, cualquier proyecto redistributivo se desangra antes de empezar. Su colega Gabriel Zucman, en La riqueza oculta de las naciones(6), calculó que cerca del 8 % de la riqueza financiera mundial se encuentra en paraísos fiscales, fuera del alcance de cualquier ministro de hacienda. Recuperar esa base imponible no es un sueño tecnócrata: es la condición material de cualquier promesa socialdemócrata.
El segundo pilar es industrial. Durante décadas, el liberalismo convirtió la palabra política industrial en sinónimo de atraso y la socialdemocracia aceptó esa traducción casi sin debate. La economista italoestadounidense Mariana Mazzucato ha dedicado su obra a desmontar ese prejuicio. En El Estado emprendedor(7) recordó algo que el sentido común olvida: las grandes innovaciones del siglo XX —el internet, el GPS, los componentes del iPhone, gran parte de la biotecnología— fueron financiadas con dinero público antes de generar utilidades privadas. Hoy, mientras Estados Unidos y China subsidian sectores estratégicos sin pudor doctrinal alguno, la autocensura europea y latinoamericana parece un acto de masoquismo. Una socialdemocracia contemporánea tendría que reconstruir capacidades productivas, dirigir el crédito público hacia sectores estratégicos y abandonar la ficción de que el mercado, por sí solo, asignará la inversión donde haga falta. La transición ecológica, si se la toma en serio, exige exactamente eso. No es ambientalismo: es planificación.
Sin Estado social, política industrial y fiscalidad progresiva, la socialdemocracia difícilmente podrá contener el avance de la derecha radical.
El tercer pilar es laboral y aquí la socialdemocracia tiene la deuda mayor. La fragmentación del trabajo, el auge de las plataformas, la informalidad estructural en América Latina y la precariedad creciente en Europa no se resuelven con discursos sobre dignidad. Guy Standing acuñó en El precariado(8) el término que mejor describe a esta nueva clase social: trabajadores sin contrato estable, sin identidad profesional, sin seguridad de ingresos, sin protecciones —una masa que crece en todas las economías desarrolladas y que ya no encuentra hogar político en los partidos del trabajo organizado. La salida, sugiere Standing, combina tres elementos: regulación efectiva de las plataformas, sindicalización facilitada por ley y derechos portables —seguro de salud, pensión, capacitación— que viajen con la persona y no con el empleo. Algunos añaden un ingreso básico no como sustituto del trabajo decente, sino como piso para negociar mejores empleos.
¿Es viable este programa? La pregunta correcta es otra: ¿es viable la socialdemocracia sin él? La evidencia de los últimos veinte años sugiere que no. Los partidos que abrazaron la tercera vía —el Partido Socialdemócrata de Alemania, los Laboristas de la era de Tony Blair, el Partido Socialista francés— hoy oscilan entre el 15 y el 20 % del voto en países donde alguna vez gobernaron con mayorías holgadas. Lo que falta no es demanda electoral. Lo que falta es voluntad dirigencial.
Y aquí está, quizá, el problema más profundo. La socialdemocracia contemporánea está conducida en gran medida por cuadros formados en la lógica de la gestión, con trayectorias en consultoras, organismos internacionales y centros de pensamiento que respiran el aire ideológico del consenso liberal. Pedirle que recupere un horizonte transformador es pedirle que reniegue de su propia biografía intelectual. Algunos lo hacen; la mayoría prefiere seguir perdiendo elecciones con elegancia antes que ganar con incomodidad.
Mientras tanto, el espacio que la socialdemocracia desocupó no quedó vacío. Lo ocupó una derecha radical que ofrece, en clave reaccionaria y excluyente, las protecciones materiales que la izquierda renunció a prometer. El nacionalismo económico de Donald Trump, Giorgia Meloni o Marine Le Pen es una caricatura del Estado social que la socialdemocracia abandonó, pero a votantes desesperados las caricaturas a veces les bastan. El politólogo búlgaro Ivan Krastev ha insistido en este punto:(9) el voto a la derecha radical no es siempre un voto ideológico; muchas veces es un voto de protección frustrada.
En el siglo XX, la socialdemocracia tuvo la lucidez de comprender que el mercado sin Estado producía desigualdad y que el Estado sin mercado producía burocracia. Hoy se diría que ha olvidado ambos términos de esa ecuación y se limita a administrar lo que otros decidieron. Quizá su tarea más urgente no sea convencer al electorado de que vuelva, sino convencerse a sí misma de que aún tiene algo que ofrecer. De momento, los hechos sugieren lo contrario.
* Politólogo, especialista en políticas públicas, sistema político chileno y latinoamericano. Profesor de la Universidad de Talca, campus Santiago.
Referencias
- Esping-Andersen, G. (1990). Los tres mundos del Estado del bienestar. Edicions Alfons el Magnànim.
- Kenworthy, L. (2020). Social Democratic Capitalism. Oxford University Press.
- Esping-Andersen, G. (1999). Fundamentos sociales de las economías postindustriales. Ariel.
- Piketty, T. (2013). El capital en el siglo XXI. Fondo de Cultura Económica.
- Piketty, T. (2019). Capital e ideología. Deusto.
- Zucman, G. (2014). La riqueza oculta de las naciones. Pasado y Presente.
- Mazzucato, M. (2013). El Estado emprendedor. RBA Libros.
- Standing, G. (2011). El precariado. Pasado y Presente.
- Krastev, I. (2017). After Europe. University of Pennsylvania Press.




























