Año 1, núm. 11, junio de 2026
ISSN 3122-3583
voces
Las ideas detrás del trono: el trumpismo como ideología
Entrevista a Ángel Jaramillo
Redacción El Diluvio
El trumpismo no se explica solo por Donald Trump. Detrás del líder hay intelectuales, filósofos, empresarios y think tanks que han construido, con rigor y con propósito, un andamiaje ideológico capaz de articular el nacionalismo cristiano, la crítica a la burocracia estatal, el asalto a la razón ilustrada y una nueva concepción del Poder Ejecutivo. Ignorar esa dimensión intelectual, tratar al trumpismo como puro instinto o como mera demagogia, es un error analítico que tiene consecuencias políticas.
El trumpismo debe tomarse en serio no porque Trump sea un filósofo, sino porque detrás de él hay intelectuales que sí piensan el poder.
Así lo sostiene Ángel Jaramillo Torres, filósofo político egresado de El Colegio de México y de la New School for Social Research, con estudios en la Universidad de Múnich y una larga trayectoria docente e investigadora en universidades de México y Estados Unidos, incluida la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Especialista en filosofía política y en el pensamiento de Leo Strauss —sobre quien escribió su tesis doctoral—, Jaramillo Torres es autor, junto con Marc Benjamin Sable, de los dos volúmenes de Trump and Political Philosophy (Palgrave, 2019) y de Leo Strauss on Nietzsche’s Thrasymachean-Dionysian Socrates (2019). Su libro más reciente, Donald Trump y la rebelión en la granja, es el objeto de esta conversación.
Mauricio Merino (MM) y Jorge Javier Romero (JJR), fundador y director de El Diluvio, respectivamente, conversaron con Jaramillo Torres sobre los intelectuales políticos que alimentan al trumpismo, la genealogía filosófica de figuras como Peter Thiel y la Escuela de Claremont, el concepto de ilustración oscura de Curtis Yarvin, la teología política del nacionalismo cristiano y la pregunta que atraviesa todo el análisis: ¿tiene la democracia liberal capacidad de resistencia frente a esta nueva andanada de ideologías totalizantes?
MM: Ángel, tu libro propone que el trumpismo sí constituye una ideología con sustento filosófico propio. ¿Por dónde empezamos?
AJT: Trump no tiene una filosofía política en sentido estricto; es difícil pensar que así sea. Pero mi libro investiga quiénes son los intelectuales políticos que están detrás de él. El intelectual político, en mi concepción, es quien participa desde fuera del gobierno, pero cercano al poder: trae consigo visiones del mundo, filosofías políticas, ideologías que en distintos momentos históricos han sido preponderantes. Creo que este es uno de esos momentos. Lo que sí existe son afinidades selectivas entre la biografía de Trump, algunas ideas que ha cultivado a lo largo de su vida, y el pensamiento de estos intelectuales —gente muy preparada, en general: profesores universitarios, miembros de think tanks, figuras de los medios, empresarios como Peter Thiel—. Por eso debemos tomar en serio al trumpismo, aunque no necesariamente a Trump.
JJR: La coalición de Trump es muy amplia: va desde el conservadurismo republicano tradicional hasta expresiones mucho más nuevas en el pensamiento político de derecha. ¿Cuál crees que es el núcleo ideológico básico de MAGA?
AJT: No podemos entender a MAGA si no entendemos el nacionalismo cristiano. Hay un elemento teológico que está detrás y que es parte del movimiento. MAGA no escapa a lo que yo llamo el espíritu de los tiempos: el regreso de Dios, el regreso de la religión, el regreso de la teología política. Lo vemos en Putin, en Israel, en los movimientos islámicos radicales, en el chavismo. Y Trump no escapa a esto. MAGA es, hasta este punto, un movimiento religioso. Ese componente teológico se articula con una nueva concepción del poder: el ejecutivo debe tener preeminencia sobre los otros poderes. Es un asalto al principio republicano de la división de poderes. Y luego está la idea schmittiana de que el poder solo existe cuando divide a la sociedad entre amigos y enemigos. Carl Schmitt, no hay que olvidarlo, fue fundamentalmente un teólogo político.
MM: Pones mucho énfasis en Peter Thiel. ¿Por qué es la figura central? Dices que tiene dos grandes influencias: René Girard y Leo Strauss. Cuéntanos.
MAGA no es solo una consigna electoral: articula nacionalismo cristiano, división amigo-enemigo y asalto a la división de poderes.
AJT: Porque no habría J.D. Vance sin Peter Thiel. Se conocieron en Yale cuando Thiel ya era un empresario reconocido y Vance apenas salía de la universidad. Thiel lo reclutó, primero para un hedge fund, luego lo proyectó hacia la política. Vance es, en buena medida, una hechura de Thiel. El hecho de que sea vicepresidente nos habla muy claramente de esa influencia, pero más allá de eso, Thiel es alguien que además de ser un empresario extraordinariamente exitoso es un intelectual serio, un pensador que se interesa en las ideas de manera profunda. Conoció a René Girard en Stanford —donde estudió derecho y filosofía— y sus ideas sobre el surgimiento del cristianismo lo marcaron profundamente. Eso es lo que después desarrolla el propio Thiel cuando habla del anticristo como movimiento espiritual e ideológico que busca frenar el desarrollo tecnológico —y que identifica, entre otras cosas, en la preocupación ambiental y en la ciencia climática. La otra gran influencia es Leo Strauss, que está presente en todo mi libro, sobre todo en la parte dedicada a la Escuela de Claremont.
MM: ¿Y cómo llega Strauss al trumpismo? ¿Qué es la Escuela de Claremont?
AJT: Yo hice mi tesis doctoral sobre Leo Strauss y Nietzsche. Mi libro es, en cierta forma, una denuncia de un extravío de los straussianos que apoyan a Trump. Yo soy straussiano y critico a Trump. Para mí, Strauss era fundamentalmente un filósofo que buscaba defender la filosofía ante los ataques de la sociedad. El extravío principal de sus herederos trumpistas es que piensan que la vida política es más importante que la vida filosófica. Strauss pensaba exactamente lo contrario. Eso nos lleva a la Escuela de Claremont. Harry Jaffa, discípulo de Strauss, la fundó con la idea de que Estados Unidos no puede entenderse sin los fundamentos de la república —el derecho natural, la igualdad proclamada en la Declaración de Independencia—. Sus herederos en Claremont fueron los primeros en promover a Trump desde una perspectiva filosófica, no solo política. Varios de ellos son hoy funcionarios de alto nivel de la administración Trump. Michael Anton, por ejemplo, escribió la Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos a fines del año pasado. En mis libros de 2019 participaron varios de estos intelectuales trumpistas y antitrumpistas: yo los concebí como un espacio de diálogo. Varios de quienes entonces escribían a favor de Trump son hoy funcionarios de alto nivel.
MM: Hablas también de Curtis Yarvin y el concepto de “ilustración oscura”. ¿Qué es eso?
AJT: La ilustración oscura es la idea de que existe no solo una ilustración “clara” —Kant, la razón, el progreso—, sino también una ilustración “oscura” que critica esa claridad y propone, en su lugar, el despliegue de la sinrazón. El valor fundamental de la ilustración oscura, como yo lo leo, es el cinismo. Yarvin argumenta que la democracia liberal es una Matrix: nos cuentan el cuento de la igualdad y la libertad, pero en realidad quienes gobiernan son la burocracia de Washington, el Congreso vendido a esa burocracia, las universidades y los medios. Su propuesta es radical: eliminar la ciudadanía como concepto, eliminar la república y reemplazar al gobierno por un CEO que administre el Estado como una corporación —y a las y los ciudadanos como inversionistas que compran acciones en esa empresa. Eso implica, claro, que no haya elecciones, ni división de poderes, ni idea de ciudadanía. Es el libertarismo llevado a sus últimas consecuencias.
JJR: Esta idea del componente teológico del trumpismo, la redención nacional, la guerra cultural, los enemigos internos… ¿cómo se concilia con el proyecto político pragmático? ¿No hay una contradicción entre ambos?
AJT: Isaiah Berlin habló con mucha claridad de la contrailustración: los grandes filósofos no necesariamente proponen mayor racionalidad. Hay pensadores que tienen razones filosóficas serias para decir que el mundo necesita más irracionalidad, que está demasiado racionalizado. Nietzsche es el caso más claro. Y creo que eso es lo que ocurre aquí. El ataque a la burocracia, por ejemplo, tiene ese trasfondo: Max Weber advertía que la racionalización extrema podía convertirse en una jaula de hierro. Lo que los trumpistas dicen, desde la Escuela de Claremont, es que el crecimiento de la burocracia en Washington ha minado la expresión original de la república, que son las comunidades pequeñas. Hay una nostalgia de lo comunitario en todo esto. Cuando Trump se comporta de manera irracional, ellos lo celebran. Mientras más irracional sea, mejor: un Trump irracional destruye lo que hay que destruir. La irracionalidad es parte del proyecto.
La democracia liberal enfrenta una derecha que ya no solo quiere ganar elecciones, sino redefinir los fundamentos del régimen.
JJR: Es común que cualquier liderazgo disruptivo sea calificado de populista, pero tú te preocupas por distinguir fenómenos distintos. ¿Qué pierde el análisis político cuando el concepto de populismo se convierte en un cajón de sastre?
AJT: Hay que distinguir. Yo sí creo que Trump es un populista, pero con todas las especificidades que hemos estado hablando. En lo fundamental, yo veo dos tipos de populismo: uno de derecha y uno de izquierda. Y hay un dato que me parece muy revelador: 1999 es el año en que llegan al poder Vladimir Putin, en Rusia, y Hugo Chávez, en Venezuela. El mismo año. Putin, creo, es un factor fundamental para el crecimiento de la derecha radical en Europa: tiene toda una estrategia para promover esos movimientos, como lo vimos en Hungría y Alemania. Y Chávez hace lo mismo en América Latina con el populismo de izquierda. El populismo de derecha retoma ideas fascistas; el populismo de izquierda retoma cierto marxismo, pero más bien es una especie de teología de la liberación. Es el regreso, por la parte de atrás, del fascismo histórico y del marxismo histórico.
MM: ¿Qué implica todo esto para América Latina? ¿Qué quiere realmente el trumpismo en nuestra región?
AJT: Venezuela es ilustrativo. Mucha gente pensó que con Trump llegaría la democracia a Venezuela. Yo, habiendo leído todo esto, les dije que no: no va a promover a María Corina Machado, va a hacer un pacto con los chavistas. Al trumpismo no le interesa la democracia como valor; tiene un proyecto antidemocrático positivo, no solo negativo. Lo que quieren en Venezuela es un CEO que pueda explotar los recursos geopolíticos del país de la manera más efectiva. Y el chavismo les conviene porque es antidemocrático. Creo que eso también lo quieren hacer en Cuba y en México.
MM: Para cerrar: ¿tiene la democracia liberal capacidad de resistencia frente a esta andanada de ideologías totalizantes?
AJT: En el caso de Estados Unidos, sí creo que sí. La república estadounidense es muy vigorosa todavía. El trumpismo está intentando asaltarla, con cierto éxito, pero las instituciones republicanas siguen siendo fuertes. Lo que me preocupa es que, si el Partido Republicano pierde las elecciones de noviembre, quieran hacer fraude electoral. Eso sí podría llevar a una gran crisis, pero hasta ahora no han podido transformar de manera radical el sistema político estadounidense, que sigue siendo una república democrática y liberal. Y si Estados Unidos se mantiene como tal, son buenas noticias para la democracia liberal en otras partes del mundo, incluyendo México.
Una genealogía incómoda
El valor del trabajo de Jaramillo Torres no reside únicamente en el mapa intelectual que traza —de Strauss a Jaffa, de Jaffa a Claremont, de Claremont a Thiel, de Thiel a Vance—, sino en la advertencia que subyace a ese mapa: las ideologías totalizantes no llegan siempre con botas y uniformes. A veces llegan con libros, con think tanks, con blogs y con capital de riesgo. Y cuando llegan así, disfrazadas de filosofía y eficiencia, son más difíciles de detectar y más peligrosas de combatir. La democracia liberal, concluye, tiene aún capacidad de resistencia, pero esa resistencia requiere, antes que nada, tomarse en serio al adversario.






























