Año 1, núm. 10, mayo de 2026
ISSN 3122-3583
voces
Adicción por diseño: lo que las redes sociales le hacen al cerebro de tus hijos
Entrevista de Sandra Nieves * a Mercedes y Maite Llamas, fundadoras del Centro Restart
Mercedes y Maite Llamas, fundadoras del Centro Restart, hablan sin eufemismos de lo que las plataformas digitales le están haciendo al cerebro de los niños, por qué el límite de trece años es un negocio y no una decisión científica, y qué pueden hacer las familias mientras el mundo debate cómo regular lo que ya causó daño.
Mercedes Llamas Palomar es criminóloga, conferencista y especialista en infancias y adolescencias en situación de víctimas o agresores, con veinte años de trayectoria. Su hermana Maite Llamas es psicóloga clínica especializada en salud mental y conducta. Juntas fundaron Centro Restart, la primera clínica en México especializada en la prevención y tratamiento de la adicción a pantallas y la dependencia digital en niños, adolescentes y adultos. En esta conversación, sostenida en el marco del número 10 de El Diluvio, hablan de lo que ven en consulta, de los mecanismos neurológicos detrás del enganche digital, del vacío legislativo y de lo que las familias pueden hacer mientras el mundo debate cómo regular a las plataformas.
El 79% de los niños mexicanos menores de once años ya utilizan redes sociales. La pornografía no la buscan: los encuentra. La edad promedio del primer contacto en México es entre los seis y los ocho años.
P: ¿Qué vieron en la comunidad mexicana que las llevó a fundar Centro Restart? ¿Cuál es el vacío que este proyecto viene a llenar?
Maite Llamas: Restart empieza con dos casos que me marcaron profundamente. Estaba tratando a dos adolescentes con exactamente la misma sintomatología clínica: una había sido víctima de abuso sexual desde los ocho hasta los catorce años. La otra, con un perfil socioeconómico completamente distinto, llegó con el mismo cuadro. Cuando profundizamos, descubrimos que esta segunda adolescente no había vivido abuso sexual de contacto, sino de no contacto: había estado consumiendo pornografía desde muy corta edad y su cerebro había almacenado esas imágenes como si las hubiera vivido, generando una memoria traumática equivalente. Ese fue el momento en que dijimos: el tema de pantallas y pornografía está muy grave. Y aunado a eso, yo veía en mis pacientes niveles altísimos de ansiedad, depresión, trastornos de conducta alimentaria, todos relacionados con el tiempo frente a pantallas, con el cortisol elevado, con los videojuegos, con la violencia en redes sociales. Tenía que hacerse algo.
Mercedes Llamas: Yo llevo veinte años trabajando con infancias y adolescencias en situación de víctimas o agresores. En una investigación que hicimos hace unos seis o siete años sobre niños sicarios, encontramos que en la mayoría de los casos el primer contacto con la delincuencia organizada había sido a través de redes sociales y videojuegos. Eso fue determinante. Nos pusimos a investigar qué había en México y en el mundo, y nos dimos cuenta de que no existía un modelo especializado ni un centro dedicado específicamente a este problema. Por eso decidimos crearlo. Y en cuanto al vacío que venimos a llenar: es enorme. Nuestro crecimiento ha sido exponencial porque la necesidad existe. Todo el mundo trae un teléfono en la mano, independientemente de la edad o clase social, pero nunca hubo una crianza digital positiva. A todos nos enseñaron cómo cruzar la calle, cómo manejar. Nadie nos enseñó cómo educar en el mundo digital.
P: Mencionan la pornografía y el contacto temprano con contenido violento. ¿A qué edad están llegando a ese contenido los niños mexicanos?
Maite Llamas: Con redes sociales, el primer contacto ocurre alrededor de los ocho años. Pero con pornografía la situación es distinta y más grave: la pornografía encuentra a los niños. Los niños no la buscan. La edad promedio del primer contacto en México es entre los seis y los ocho años. Ese contacto se almacena como memoria traumática porque el cerebro no está preparado para procesarlo, y lo que vemos después es que muchos niños, al crecer, repiten lo que vieron: abusan de sus primas, sus hermanas, sus cercanos, porque están actuando desde esa memoria. Y eso es solo el tema de la pornografía. En redes sociales también estamos viendo contenido de una violencia extrema. Cuando ocurrió el asesinato de Charlie Kirk, el video circuló en Instagram sin ningún filtro. Mis pacientes llegaban a consulta contándome que lo habían visto con total claridad.
Mercedes Llamas: El 79% de los niños mexicanos menores de once años ya utilizan redes sociales. Para entender qué tipo de contenido les llega, cuando empezamos con Restart, mi hermana y yo descargamos Snapchat. Ella se registró como una niña de trece años; yo, como un niño de trece. No interactuamos con nada para no contaminar el algoritmo y simplemente vimos qué nos enviaba. A ella le llegó una semana entera de belleza tóxica: baja de peso, críticas al físico, estándares imposibles. A mí me llegó pornografía y violencia. Ellos no van a buscar ese contenido. El contenido va a buscarlos a ellos.
P: La restricción de edad de trece años en redes sociales claramente no está funcionando. ¿Por qué se fijó en trece y no en una edad más alta?
Mercedes Llamas: El límite de trece años no nació de ningún estudio sobre desarrollo infantil. En Estados Unidos se determinó que a esa edad los niños podían dar su consentimiento para compartir datos personales con el permiso de sus padres. Eso fue todo. No hubo evidencia científica de por qué a los trece. Hoy ya contamos con toda esa evidencia y apunta claramente a los dieciséis años. Australia lo prohibió desde el 10 de diciembre del año pasado para menores de dieciséis. Francia, España y Grecia ya van por el mismo camino. Y nosotras acabamos de impulsar y fundamentar una iniciativa que pasó al Congreso de la Ciudad de México para prohibir el uso de redes sociales a menores de dieciséis.
Maite Llamas: Y hay un por qué muy concreto detrás de la edad de trece que nadie dice en voz alta: es un negocio. En marketing existe un principio básico: si capturas a un cliente desde menor edad, ese cliente te dura para toda la vida. Instagram, YouTube, TikTok son negocios que están lucrando con nuestros hijos mediante lo que se conoce como tecnología de la adicción. Tienen neurocientíficos, químicos, especialistas en comportamiento humano trabajando específicamente para identificar qué hace la dopamina y cómo maximizarla. Un reel de Instagram muestra algo nuevo cada veinte o treinta segundos, generando liberaciones de dopamina de una magnitud que ninguna actividad cotidiana puede igualar. Marián Rojas Estapé lo explica muy bien: una barra de chocolate te da el cien por ciento de dopamina. Un video de TikTok te da quinientos. ¿Cómo compite con eso un niño de doce años? No puede.
Mercedes Llamas: Y ya quedó demostrado con dolo. Hace pocas semanas se dictó un fallo contra Meta en Estados Unidos porque se comprobó que reunieron deliberadamente a científicos, educadores y psicólogos que estudian la mente humana para diseñar sus plataformas con el objetivo explícito de hacerlas más adictivas.
P: ¿Qué daños concretos produce esto en el cerebro en desarrollo?
Maite Llamas: Cuando un bebé nace, la corteza prefrontal —la región encargada de la atención, la resolución de problemas, el control de impulsos y la concentración— se activa y desarrolla con luz, movimiento y sonido. El problema es que una pantalla también es luz, movimiento y sonido, pero en una intensidad que el cerebro no puede distinguir de hiperestimulación. El cerebro del niño que crece con pantallas regresa a un estado de activación primaria, como cuando era bebé, y la corteza prefrontal no avanza en su desarrollo. De ahí los retrasos que estamos documentando: la Academia Española de Pediatría ha evidenciado que niños que antes caminaban al año ahora lo hacen a los dos, que antes hablaban al año y medio ahora lo hacen a los dos y medio. Estamos hablando de involución.
Mercedes Llamas: Es la primera vez en la historia de la humanidad que los nacidos entre 1996 y el año 2000 van a tener, en promedio, un coeficiente intelectual menor que el de sus padres. Menos materia blanca, menos atención, menos concentración, menos creatividad. Y si no se está desarrollando la corteza prefrontal, cuando llegan a la adolescencia ocurre algo muy específico: la corteza prefrontal y la amígdala —la región del cerebro que gestiona las emociones intensas— necesitan conectarse para que el adolescente pueda regular sus reacciones. Esa conexión se produce a través de sustancia blanca. Sin pantallas que la reduzcan, la amígdala le dice al adolescente “cierra la puerta porque estás muy enojado” y la corteza prefrontal responde “cálmate, no es para tanto”. Con pantallas excesivas, esa conversación entre regiones simplemente no puede ocurrir. No es rebeldía, no es mala crianza: cerebralmente, no tienen los recursos para regularse.
Un reel de TikTok genera quinientos por ciento de dopamina. Una barra de chocolate, el cien por ciento. ¿Cómo compite con eso un niño de doce años? No puede.
P: ¿Qué tiene que ver todo esto con el juego libre?
Maite Llamas: Todo. Jonathan Haidt lo desarrolla ampliamente en La generación ansiosa: el juego libre no es entretenimiento, es el laboratorio donde los niños ensayan la vida adulta. En el juego libre surge el próximo abogado —el que negocia con sus compañeros quién tiene razón—, el próximo matemático —el que cuenta cuántos niños hay para repartir equipos—, el próximo mediador. También surge la creatividad. Los hijos de mi hermana, por ejemplo, tienen cajas pintadas por toda la casa porque cuando no hay pantalla, el niño busca qué hacer y lo inventa. Eso es exactamente lo que les estamos arrebatando.
Mercedes Llamas: Un niño mexicano tiene actualmente 48 horas menos de juego libre al mes que lo que tuvimos nosotras. Son 48 horas menos de ensayar para la vida adulta. Si a nosotras la vida adulta ya nos ha dado sus cachetadas y nosotras sí ensayamos, imaginemos a los niños que llegan a ella sin ese entrenamiento. Y lo que estamos reemplazando el juego libre es exactamente lo contrario: en lugar de gestionar emociones incómodas en tiempo real con otros niños, las pantallas las evitan. Les enseñamos que cuando algo es difícil, hay una pantalla para distrae. Nosotros lo llamamos el chupón digital: el mismo recurso de siempre para callar una emoción que el niño necesita aprender a procesar.
Mercedes Llamas: Un niño mexicano tiene actualmente 48 horas menos de juego libre al mes que lo que tuvimos nosotras. Son 48 horas menos de ensayar para la vida adulta. Si a nosotras la vida adulta ya nos ha dado sus cachetadas y nosotras sí ensayamos, imaginemos a los niños que llegan a ella sin ese entrenamiento. Y lo que estamos reemplazando el juego libre es exactamente lo contrario: en lugar de gestionar emociones incómodas en tiempo real con otros niños, las pantallas las evitan. Les enseñamos que cuando algo es difícil, hay una pantalla para distrae. Nosotros lo llamamos el chupón digital: el mismo recurso de siempre para callar una emoción que el niño necesita aprender a procesar.
P: ¿Qué consecuencias tiene ese uso del chupón digital?
Maite Llamas: Tenemos un caso que me impactó profundamente y que hemos visto replicado en variantes. Una niña que desde muy pequeña lloraba y le daban la pantalla. Cualquier emoción incómoda, pantalla. Su cerebro nunca aprendió a tolerar el malestar. Cuando su mamá, después de vernos en un reel, le quitó todas las pantallas de golpe, la niña generó un síndrome de abstinencia severo. Y como nunca había desarrollado la capacidad de gestionar emociones incómodas, su cerebro las bloqueaba: cada vez que sentía enojo, miedo o frustración, se desmayaba. Tenía que ir a la escuela, adaptarse, funcionar, y no podía porque nadie le había enseñado que el enojo es necesario, que el aburrimiento tiene un propósito, que la incomodidad es parte de crecer.
P: Mencionan el caso de un niño que llegó a la consulta identificándose como Therian. ¿Cómo entra la inteligencia artificial en todo esto?
Maite Llamas: Es un ejemplo perfecto del problema del pensamiento crítico. Cualquier niño en algún momento dice “me encantaría ser un perro” o “quisiera volar”. Eso es imaginación normal, sana. Pero este niño no se lo preguntó a sí mismo ni a sus padres: se lo preguntó a ChatGPT. Y ChatGPT le respondió que eso no era imaginación, que existe un movimiento que se llama Therian y que él pertenece a él. El niño llegó a consulta convencido, sin pensamiento crítico, de que era un perro porque una inteligencia artificial se lo confirmó. El problema no es la identidad que eligió: el problema es que no tuvo la oportunidad de cuestionárselo, de dudar, de construir ese pensamiento por sí mismo.
Mercedes Llamas: Y para desarrollar pensamiento crítico se necesita silencio. Necesitas estar contigo mismo, cuestionarte, sentarte con una duda y analizarla. Eso es incompatible con un cerebro que está en modo consumo constante. Hay una diferencia enorme entre “me cuestiono algo y lo analizo” y “veo, veo, veo y voy por lo que el algoritmo me manda”.
P: ¿En qué momento la tecnología, que nació como promesa de conexión y conocimiento, se convierte en patología?
Maite Llamas: En el momento en que deja de humanizar. Hace poco me contaba un amigo de una tarjeta que puedes poner en el centro de una mesa: graba toda la conversación y después te genera un mapa mental con los puntos clave. ¿Qué le estás diciendo a tu hijo con eso? “No necesitas poner atención porque la máquina lo va a hacer mejor. No necesitas escuchar porque la IA te va a decir qué contestar.” Y eso se convierte en un ciclo: cuando el adolescente deja de pensar por sí mismo, es más fácil de manipular, más fácil de venderle, más fácil de enganchar. Que conste que sigue siendo un negocio.
Mercedes Llamas: El momento de inflexión fue cuando la atención humana se convirtió en la materia prima del negocio. Actualmente, los adultos tenemos un periodo atencional de entre seis y ocho segundos. En 1950, ese periodo era de cuarenta y cinco minutos. No es una decadencia moral ni una falla personal: es el resultado directo de haber construido toda una industria cuyo modelo de negocio depende de fragmentar nuestra atención permanentemente.
P: ¿Cómo construimos lo que podríamos llamar un hogar digital seguro?
Mercedes Llamas: Me gusta plantear una pregunta a los papás: ¿dejarías la puerta de tu casa abierta en la noche para que entraran personas que no puedes ver a hablarle al oído a tu hijo? Ningún padre lo haría. Pero si ese niño tiene un dispositivo con acceso irrestricto a internet, está viviendo exactamente eso. El caso de Ana María, la hija de Ximena Céspedes, es muy ilustrativo: la mayor parte de las violencias que ella vivió ocurrieron entre las dos y las tres de la mañana, a sus diecisiete años, a través de su teléfono. Si un niño no ha desarrollado su corteza prefrontal durante los años en que debe hacerlo, no va a tener los recursos para hacer frente a lo que le presenta ese dispositivo a las dos de la mañana. Filtramos el agua que tomamos, lavamos las verduras que comemos. Nadie está filtrando lo que llega al cerebro de sus hijos. Si a una niña le metes belleza tóxica todo el día, va a desarrollar trastornos alimentarios. Si a un niño le metes violencia sistemática, tiene un factor de riesgo enorme para normalizarla. Tenemos el caso reciente de una madre que descubrió a los diecisiete años de su hijo que él había estado consumiendo contenido de la machósfera desde los doce. Ella le había dado una educación completamente distinta en casa. Pero de los doce a los diecisiete —años absolutamente clave para la construcción del autoconcepto, la identidad, el sentido de pertenencia— él había estado recibiendo un mensaje opuesto, silencioso y constante.
Los límites son una forma de amor, no de castigo. Y a los papás que sienten que ya se equivocaron: nadie nos enseñó a ser padres en este mundo digital. Ahora que lo saben, pueden empezar.
P: ¿Qué puede hacer un padre o madre que está leyendo esto y siente que ya llegó tarde?
Maite Llamas: Que no cunda el pánico, porque tenemos algo muy poderoso a favor: la neuroplasticidad. El cerebro es plástico, se reconstruye. Antes de los doce o trece años, esa reconstrucción es muy rápida. No quiten las pantallas de golpe después de los trece porque eso puede generar un síndrome de abstinencia real, con síntomas clínicos severos. Pero antes de esa edad, el cerebro puede recuperar el terreno perdido si se hace bien. Lo que nosotros trabajamos en Centro Restart se llama dependencia adaptativa: hay una diferencia entre una relación con la tecnología que te sirve como herramienta y una relación que rige tu vida. Los adultos necesitamos la primera; los niños menores de trece, idealmente, ninguna. La Asociación Española de Pediatría ha establecido los parámetros basados en evidencia: cero tiempo de pantallas de cero a seis años; máximo una hora diaria de siete a doce, incluyendo el uso escolar; máximo dos horas de trece en adelante. Y esa hora, si es pornografía o violencia, hace el mismo daño que cinco. El tiempo importa, pero el contenido también.
P: ¿Cómo detecta un adulto que tiene una dependencia desadaptativa a las pantallas?
Maite Llamas: Hacemos una evaluación rápida de cinco puntos. Cada afirmación con la que te identifiques es un indicador: primero, lo último y lo primero que hago en el día es ver la pantalla. Segundo, cada vez que voy al baño, voy con el teléfono. Tercero, me muevo de un cuarto a otro dentro de mi casa con el celular en la mano. Cuarto, como y desayuno con la pantalla activa. Quinto, si salgo de casa y olvido el teléfono, regreso por él. Si tienes tres o más de estos puntos, hay una dependencia desadaptativa que atender. No es un diagnóstico clínico, pero es una señal clara.
P: ¿Qué puede hacer una familia concretamente mientras llegan las políticas públicas?
Mercedes Llamas: Trabajamos en tres niveles: individual, familiar y comunitario. En lo individual: antes de preguntarle algo a ChatGPT, pregúntate a ti. Desarrolla el hábito de ir hacia adentro antes de ir hacia la pantalla. En lo familiar, nosotros proponemos un contrato digital familiar: establece tiempos y lugares de uso. Hay espacios donde está demostrado que no deben entrar las pantallas —las habitaciones de los adolescentes, la mesa del comedor, la cama—. Si el teléfono está en tu buró, es lo primero y lo último que ves, te condiciona el sueño profundo y el sueño REM, y te expone constantemente a emisiones electromagnéticas. Establece también momentos offline deliberados: el sábado por la mañana vamos al parque, sin teléfonos. No tiene que ser caro ni elaborado. El juego libre no cuesta nada.
En lo comunitario: habla con los padres de los amigos de tus hijos. Jonathan Haidt lo dice muy bien en La generación ansiosa: estas tienen que ser soluciones colectivas, no individuales. No sirve de nada que en tu casa no haya pantallas si en la casa del amigo están cinco horas jugando videojuegos violentos. Nosotras trabajamos con una asociación llamada Movimiento No Es Momento, que articula mamás núcleo en distintos estados de México para llegar a acuerdos entre comunidades escolares. Funciona. La gente está empezando a escuchar.
P: ¿Qué mensaje les dejan a los padres que los están leyendo?
Maite Llamas: Primero: empatía con sus hijos. Ellos son nativos digitales; nosotros somos migrantes. Nacieron en esto. No es su culpa. Y segundo: los límites son una forma de amor, no de castigo. Decirle no a la pantalla a tu hijo de ocho años no es maltrato; es protección.
Mercedes Llamas: Y a los papás que sienten que ya se equivocaron: nadie nos enseñó a ser padres, y nadie nos enseñó a serlo en este mundo digital en particular. Ahora que lo saben, pueden empezar. El cerebro de sus hijos tiene una capacidad de recuperación enorme si actúan antes de los trece años. Recibí hace poco a un papá que me dijo “mi hijo ya tiene once años, que haga de su vida lo que pueda”. Y sentí que me moría, porque el cerebro masculino termina de desarrollarse entre los 25 y los 27 años. El femenino, entre los 21 y los 25. Hay mucho tiempo por delante y mucho que todavía se puede construir. No suelten la toalla.
* Periodista y editora digital de El Diluvio.
Bibliografía recomendada por las entrevistadas:
Haidt, Jonathan. La generación ansiosa. Deusto, 2024.
- Rojas Estapé, Marián. Recupera tu mente, reconquista tu vida. Espasa, 2023.
- Villena, Alejandro. ¿Por qué no?
Centro Restart:
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