Año 1, núm. 11, junio de 2026
ISSN 3122-3583
a fondo
A vueltas con el futuro de la socialdemocracia
Jesús Rodríguez Zepeda *
La socialdemocracia ya no se pregunta solo por su futuro: debe explicar si aún tiene presente. Asediada por la ultraderecha, el nacional-populismo y sus propios mantras agotados, la izquierda democrática enfrenta una disyuntiva brutal: renovarse o volverse nostalgia.
Una simple búsqueda en internet de las palabras “el futuro de la socialdemocracia” despliega una larga lista de textos escritos sobre el tema. Entre “el futuro de la socialdemocracia” y la “socialdemocracia del futuro” caben muchas variaciones terminológicas de lo que es, en realidad, una única pregunta que se hace con cada vez más preocupación: ¿tiene futuro la socialdemocracia?
La socialdemocracia no está amenazada por el fantasma revolucionario del siglo XX, sino por el populismo que desmonta la democracia en nombre del pueblo.
De suponer que lo tiene, nos inclinamos a agregar otra cuestión: ¿qué tan sombrío es?, pues puede sospecharse que esta proliferación de dudas futuristas proviene de, y por lo general nos ayuda a sublimar, una preocupación rabiosamente actual: ¿qué presente tiene la socialdemocracia? Y es en esto que las cosas distan mucho de suscitar optimismo.
Llama la atención, diremos al margen, la tentación constante de responder a la pregunta sobre ese futuro con la reiteración ritual de ciertos mantras. Basta con un solo ejemplo: Cristina Narbona, presidenta actual del Partido Socialista Obrero Español (PSOE), ha escrito que tal futuro depende de “recuperar su compromiso con la igualdad” y separarse, para ello, “de toda coincidencia con los postulados del neoliberalismo” sobre desregulación económica, reducción de la acción pública y reducción de impuestos a los grandes capitales y fortunas.(1) Un mantra, puede decirse, porque a este enfático listado de las nuevas prohibiciones para las y los socialdemócratas no se le acompaña de la necesaria precisión y claridad sobre los deberes realistas y pragmáticos para reconducirla y hacerla estable en el tiempo y atractiva para la ciudadanía, sobre todo en lo que toca a su relación con la nueva fase tecnoeconómica del capitalismo a la que de manera nebulosa se sigue llamando neoliberalismo.
Si algo se puede reconocer a la malograda “tercera vía socialdemócrata” de los años noventa es la inclinación que tuvo a tomar nota de las lecciones que el neoliberalismo de los ochenta le había impuesto y a reconsiderar los contenidos asentados, pero envejecidos de su ideal de igualdad y justicia social. ¿Dónde está ahora esa disposición de las izquierdas democráticas a aprender de las nuevas realidades geopolíticas y económicas? Cuando ya ni siquiera el neoliberalismo es lo que solía ser, la socialdemocracia corre el riesgo de agotar gran parte de su fuerza discursiva en apelaciones a un mundo pretrumpiano que difícilmente volverá.
Hablar de la crisis de los proyectos socialdemócratas tampoco es una novedad. Es solo un ejercicio de realismo descriptivo. Mientras estas líneas son escritas, Keir Starmer, el primer ministro laborista de la Gran Bretaña, batalla con los miembros de su propio partido para permanecer en el liderazgo del mismo y, por ende, en el del gobierno, después de haber perdido gran parte de los apoyos electorales y de la confianza social que le permitieron hace dos años protagonizar una avalancha electoral que reinstaló al laborismo como clara mayoría parlamentaria. Pero esta batalla es solo una escaramuza si se le compara con lo que muy probablemente será el enfrentamiento con un nacional-populista Partido de la Reforma que, tras ocupar de forma depredadora el espacio político del conservadurismo, se dirige, si no lo evita un despertar social poderoso, a tomar el Parlamento de Westminster.
El caso británico no es relevante únicamente por exhibir los avatares de una de las izquierdas reformistas más longevas y productivas del mundo, sino porque ilustra, como síntoma de un cambio de época, el proceso político que corroe el suelo nutricio de los proyectos igualitarios de vocación democrática. Del paisaje escandinavo, que llegó a convertirse en una suerte de reserva moral de nuestros ideales socialdemócratas (“siempre nos quedará Estocolmo”, podríamos haber dicho con dramatismo cinematográfico) no están llegando buenas noticias. Si bien en Noruega se mantiene un gobierno de esta filiación, los socialdemócratas daneses han podido mantenerse en el gobierno solo gracias a una coalición con sus históricos adversarios de la derecha, como una vía para enfrentar el avance de partidos como el ultraderechista Demócratas Daneses.
Repetir igualdad y justicia social ya no basta: la izquierda democrática necesita volver a leer el mundo que dice querer transformar.
Fuera de allí, lo que se ve en la franja más igualitaria de Europa es el declive socialdemócrata: el Partido Socialdemócrata Sueco fue derrotado en 2022 y el país es gobernado por una coalición de centroderecha, apoyada parlamentariamente por la ultraderecha de los Demócratas Suecos. En Finlandia, la situación es casi idéntica: gobierna un tripartido de derecha en el que tiene presencia la ultraderecha del Partido de los Finlandeses. Aquel invisible, aunque poderoso “cerco sanitario” que, inventado en las democracias parlamentarias europeas, ponía límites a las alianzas pragmáticas con los partidos de ultraderecha, ha reducido sensiblemente sus márgenes.
En Alemania, justamente donde nació la denominación de socialdemocracia para caracterizar a los proyectos de izquierda parlamentaria y democrática —y donde se explicitó el civilizatorio deslinde de esa izquierda con el socialismo revolucionario, que en su origen en el siglo XIX paradójicamente también se llamó socialdemócrata—, el partido que la representa ha entrado al gobierno en posición de minoría. Un gobierno de coalición dirigido por la llamada Unión, formada por la Unión Demócrata Cristiana de Alemania (CDU) y la Unión Social Cristiana (CSU), gobierna con el apoyo del Partido Socialdemócrata Alemán (SPD), que en las elecciones parlamentarias de 2025 obtuvo su peor resultado histórico: 16.4 % de la votación, frente al avance de la ultraderechista Alternativa para Alemania (AfD), que alcanzó un también histórico 20.8 %.
Hacia el occidente, en Francia, las cosas no parecen ser más promisorias: si bien el Nuevo Frente Popular —la coalición de izquierdas en la que el Partido Socialista se sienta con La Francia Insumisa y el Partido Comunista Francés— alcanzó en 2024 la mayoría en el parlamento, el Poder Ejecutivo sigue en manos de la derecha republicana de Emmanuel Macron, cuyo gobierno depende, paradójicamente, de la Agrupación Nacional (antes Frente Nacional), heredera del movimiento de ultraderecha de la familia Le Pen.
En España, que es un referente político desde hace décadas para América Latina, el gobierno del PSOE enfrenta una ofensiva de acoso y derribo que aúna al conservador Partido Popular (PP) con el ultraderechista VOX. La coalición de gobierno de las derechas españolas, lejos ya de la idea del cerco sanitario, ha avanzado en distintos gobiernos autonómicos y hace previsible que, ceteris paribus, obtengan una victoria parlamentaria en las elecciones del verano de 2027. Puede decirse que el Ejecutivo socialista de Pedro Sánchez es el gobierno socialdemócrata que, aún bajo el vendaval derechista que lo asuela, mejor ha sabido construir un discurso alternativo y progresista a la nueva hegemonía trumpista. En asuntos tan delicados y controversiales como la condena a la violencia israelí contra la población palestina o los presupuestos dedicados al gasto militar, ha mantenido un discurso de vigencia de la legalidad internacional, de respeto a los derechos humanos y de la prioridad del gasto social. En Portugal, para completar el mapa de la península ibérica, las denominaciones pueden confundir: si bien la mayoría parlamentaria que formó el gobierno actual reposa en el Partido Socialdemócrata, este no es de izquierda sino de centroderecha; aunque, por otra parte, en las elecciones presidenciales de febrero de este año, el socialista António José Seguro ganó ampliamente al ultraderechista partido Chega, haciéndolo con el apoyo incluso de líderes políticos conservadores.
Esta preocupante situación de la socialdemocracia en Europa no es, sin embargo, tan preocupante como la de América Latina. El único gobierno que puede ser reconocido, con cierta propiedad conceptual, como socialdemócrata es el del Frente Amplio de Yamandú Orsi, en Uruguay, instalado en el poder en 2024. La otra identidad socialdemócrata más o menos clara, la de la presidencia de Gabriel Boric en Chile, se vino abajo ante el ascenso en 2026 del ultraderechista Partido Republicano de José Antonio Kast a la presidencia. Más allá de los rasgos distintivos positivos propios de sus políticas públicas y enfoques sociales, uno de los rasgos genuinamente socialdemócratas de estos presidentes fue su rechazo explícito de la dictadura de Nicolás Maduro en Venezuela, cosa que no caracterizó a otros liderazgos de izquierda en la región.
El problema de la socialdemocracia no es solo electoral; es civilizatorio: cómo defender igualdad sin renunciar a la democracia constitucional.
Más difícil es encuadrar como socialdemócrata al Partido de los Trabajadores (PT) de Luiz Inácio Lula da Silva, nuevamente en el gobierno a partir de 2023, sobre todo por el fuerte contenido populista que ha caracterizado a su trayectoria histórica y su fuerte pugna con el Partido de la Socialdemocracia Brasileña (PSDB); si bien la moderación y el realismo político de la segunda gestión del presidente Lula lo podrían acercar a esta denominación.
En este punto, cabe hacer una acotación sobre el peso del populismo en la construcción de una alternativa socialdemócrata en América Latina. Cuando he discutido esta temática, suelo traer a colación un argumento de Fernando H. Cardoso sobre el futuro de la socialdemocracia en nuestra región. En 1992, tres años antes de ganar la presidencia de Brasil —que ejercería de 1995 a 2003—, Cardoso escribía que el enemigo con el que la construcción de una genuina socialdemocracia en América Latina debía contender no era solo la izquierda bolchevique incapaz de renunciar a su imaginario político de corte revolucionario, sino el nacional-populismo, que en nuestra región podía ser incluso más riesgoso para esta construcción.(2) La previsión fue acertada y conceptualmente precisa.
Desde luego, no hay manera racionalmente aceptable de que regímenes como el chavismo venezolano o el castrismo cubano sean acercados a la figura de un socialismo democrático, pues se trata a todas luces de dictaduras político-militares escudadas por un discurso revolucionario cada vez más trasnochado. Sin embargo, entre las tentaciones clasificatorias del presente —como la que por ejemplo se presentó en la Movilización Global Progresista, convocada por el presidente del gobierno español Pedro Sánchez y el presidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva y celebrada en Barcelona en abril de 2026—, gobiernos de claro corte nacional-populista como los de Colombia y México aparecen como firmantes del reclamo de democracia e igualdad de los líderes allí reunidos.
En efecto, los valores de la democracia y la igualdad pueden tener diversas formulaciones y numerosas plasmaciones, pero difícilmente podrán ser entendidos como socialdemócratas cuando son sostenidos, incluso como coartada discursiva para su desmontaje, por gobiernos que se han instalado en una ruta de desmontaje de un modelo de genuina democracia constitucional. Alguno ha podido hacerlo más que el otro, pero la diferencia reside solo en el monto de poder disponible.
La previsión de Cardoso ha sido tan visionaria que explica no solo lo que ha sucedido con los proyectos de izquierda en América Latina, sino con el futuro de la socialdemocracia a escala global. No es, en efecto, el bolchevismo revolucionario —si tal especie es algo más que un fantasma— lo que asuela a la socialdemocracia en el mundo, sino el populismo, en sus variadas formas de expresarse, el que está marcando sus límites históricos y amenazando al proyecto civilizatorio de construir sociedades igualitarias que se sientan cómodas con la democracia constitucional.
* Profesor de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM).
Referencias
(1) Narbona, C. “La socialdemocracia del futuro”. Temas para el debate, núm. 300, pp. 46-47.
(2) Cardoso, F. H. (1992). “Desafíos de la socialdemocracia en América Latina”. Leviatán: Revista de pensamiento socialista. Fundación Pablo Iglesias, Madrid, núm. 48, pp. 65-66.






























