Año 2, núm. 14, septiembre de 2026
ISSN 3122-3583
voces
“Los movimientos populares siempre están activos, aunque no se vean”: Jorge Alonso
Entrevista a Jorge Alonso, antropólogo, profesor-investigador emérito del CIESAS y miembro de la Academia Mexicana de Ciencias
Mauricio Merino y Jorge Javier Romero
Los movimientos de mayor calado no siempre son los más visibles. Entre autonomía, zapatismo, tecnofeudalismo, crimen organizado y generación Z, esta conversación recorre medio siglo de luchas para mirar aquello que germina lejos de las cámaras y construye vida desde abajo.
A las capas subalternas se les permite opinar y votar, pero las decisiones de fondo siguen vetadas.
Pocos han observado los movimientos sociales de México con la paciencia y la hondura de Jorge Alonso. Profesor-investigador emérito del CIESAS, miembro de la Academia Mexicana de Ciencias, con una cátedra y un premio que llevan su nombre en la Universidad de Guadalajara, el Doc Alonso —como lo llaman quienes lo conocen— recibió a El Diluvio para una conversación larga sobre lo que mueve, hoy, a los de abajo. Lo entrevistaron Mauricio Merino (MM) y Jorge Javier Romero (JJR); sus respuestas (JA) recorren medio siglo de organización popular, del movimiento urbano al zapatismo, y llegan hasta la generación que, dice, “perdió el miedo”.
JA: Quisiera comenzar con algo que parecerá teórico, pero que me ha ayudado a ordenar lo que he analizado durante años. Hay algo previo que hace que la gente se enfade, se harte: es lo que llamo el thimós, el enojo. De ahí se desatan rupturas transversales, en distintas capas de la dominación —la diácope, el corte—, y con ellas una liberación de la supeditación: el aposyndeo, el desacople respecto de las lógicas del capital y del Estado. Al producir algo distinto a esa lógica, por pequeño que sea, empieza una construcción nueva, la demiurgia, sostenida por una búsqueda incesante, la eureva. No es un proceso etapista, de un paso y luego otro, sino integral y complejo, envuelto por la autarquía: esa autonomía horizontal y solidaria. Se expresa en dos niveles: hay diácopes silentes, que tienen que ver con lo cotidiano, casi personal; y diácopes estridentes, esos acontecimientos reveladores que condensan experiencias previas en movilizaciones de mayor potencia. Y hay algo que llamo democinesis: el movimiento de eso que los zapatistas llaman abajo y a la izquierda, una búsqueda constante de lo común que incluye el respeto a la madre tierra. Lo decisivo no está en los esquematismos, sino en escudriñar dónde se va aplicando todo esto.
JJR: Estoy emocionado de conversar contigo después de tantos años. No sé si Mauricio sabe que compartimos, en mi muy tierna juventud y en tu madurez, una militancia en el Partido Socialista de los Trabajadores (PST). Quiero retomar un argumento de aquel libro tuyo, El enmascaramiento de los movimientos sociales, sobre cómo la representación de los movimientos se transformaba a través del clientelismo y las redes del PST. Hace poco, Brian Palmer-Rubin publicó un texto que dialoga con esa idea: la competencia electoral se amplió, los sectores populares pesan en las urnas y hay programas redistributivos, pero las políticas económicas siguen respondiendo a las elites. Los pobres votan, se organizan y reciben beneficios, pero rara vez influyen en las decisiones de fondo. Palmer-Rubin lo llama la trampa del patronazgo: las organizaciones necesitan recursos y los buscan en el Estado y los partidos; y esa dependencia las vuelve gestoras de beneficios discrecionales en lugar de fuerzas que presionan por políticas generales. ¿Qué reflexión tienes, medio siglo después de aquel texto?
JA: A las capas subalternas se les da el derecho de opinar, pero no de decidir. Todo lo que tenga que ver con decisiones está vetado. Se dice que hay mucha democracia porque opinan, votan y participan, pero las cuestiones electorales llevan su propia dinámica —tú las has estudiado a fondo— y los intereses reales de la gente no acaban de expresarse: son cooptados. Quisiera hacer un recorrido, porque en los movimientos hay avances y también problemas. En los años setenta y ochenta surgieron en México movimientos emergentes en muchas capas de la población, movimientos de los de abajo. El emblemático fue el estudiantil del 68: un movimiento generador, aunque lo aplastaran. Otro fue el movimiento urbano popular, diverso e intenso, que se renovó con los sismos del 85 en la capital. Encontraron articulación en diversas coordinadoras, pero los partidos se fueron apropiando de sus dirigentes, los atrajeron, los burocratizaron y eso contribuyó al decaimiento.
En 1979 se creó la Coordinadora Nacional Plan de Ayala, con organizaciones campesinas e indígenas de Guerrero, Chiapas y Michoacán, bajo la bandera agrarista de Zapata y contra el caciquismo rural. Surgió también el Frente Nacional Contra la Represión, impulsado por Rosario Ibarra de Piedra —madre de quien hoy preside la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH)—, que reunió la defensa de derechos humanos, presos políticos y desaparecidos. En 1980 se conformó la Coordinadora Nacional del Movimiento Urbano Popular (CONAMUP) y en 1983, ante la carestía y el deterioro del salario, el Frente Nacional de Defensa del Salario. Aquellas coordinadoras fueron un logro organizativo, pero se desgastaron, subsumidas por las lógicas burocráticas de los partidos. La única que ha permanecido con fuerza es la que tú has estudiado, Jorge: la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE), surgida en 1979, que no solo pelea por la democracia interna del magisterio, sino que se ha ligado a muchas otras luchas, y por eso ha sido tan vilipendiada.
MM: Hablabas de los avances y también de los problemas. ¿Dónde está hoy lo nuevo?
JA: Ante la crisis del calentamiento global han aparecido movimientos de jóvenes que defienden el planeta; la crisis climática y sanitaria, junto con las enseñanzas de los pueblos originarios, han impulsado una conciencia de respeto a la naturaleza que no existía en los primeros movimientos. Hay uno que ha adquirido nuevas modalidades: no el del feminismo, sino el de las mujeres, mucho más amplio. Todos los movimientos tienen hoy el dinamismo de las mujeres y eso crea alternativas originales y poderosas. Se encuentran modalidades organizativas de talante autonómico, que propician deliberaciones y decisiones colectivas desde abajo, junto a tendencias anticapitalistas, antipatriarcales y en favor de la madre tierra. Y hay algo aún más novedoso: muchos movimientos ya no solo resisten, construyen: levantan escuelas, radios, cooperativas, guardias comunitarias, tramas de cuidados: infraestructura de la vida. Eso desplaza el eje de demandarle todo al Estado hacia hacer mundo desde abajo. Fíjate lo que ha hecho la 4T (Cuarta Transformación): es enemiga de cualquier movilización. Su lógica es “yo te doy tu beca a ti, como individuo, pero no me vengas en conjunto”. Antes el Estado cooptaba; ahora, paradójicamente, esa lógica ha empujado a los movimientos a organizarse de manera más autónoma.
Los movimientos no solo resisten; levantan escuelas, radios, cooperativas, cuidados e infraestructura para la vida.
MM: ¿Te llama la atención la generación Z?
JA: Mucho. Su desafío es pasar de la brillantez del símbolo y la logística digital al anclaje organizativo, para que las revueltas no queden disponibles para la cooptación o el reemplazo por elites —justo lo que decía Jorge—. En Asia ha habido protestas juveniles enormes que terminaron usurpadas por otros; pero a mediados de 2026, en India, irrumpió un movimiento de esta generación que asumió el nombre despectivo con el que el gobierno quiso denigrarlo: las cucarachas. Les habían dicho que estudiaran, que se endeudaran para estudiar y luego encontrarían empleo; se endeudaron, se graduaron y no hay empleos. El movimiento logró la renuncia del encargado de Educación. Han comprendido que la sátira es el mejor mecanismo para poner en jaque a un gobierno que parecía inamovible, y han demostrado que la cultura puede ser arma pedagógica y vehículo de resistencia.
JJR: Muchos critican que los movimientos estallan y decaen, que son suplantados.
JA: Es que se fijan en la intensidad y la masividad, pero los movimientos populares siempre están activos, aunque no se vean a simple vista: existen en la cotidianidad de sus búsquedas y prácticas, sin pedirle permiso a nadie para existir. Los de mayor calado no son necesariamente los más masivos, sino los que estiran los tiempos y espacios de la movilización desde lo cotidiano y lo creativo, lo que no se acomoda a los moldes de la dominación. El ecofeminista Yayo Herrero lo dice bien: ante el calentamiento global ya no se fía de las alianzas incómodas con los de arriba y defiende lo que hacen los de abajo. Y hay que recordar que los fracasos no son definitivos, como tampoco los logros: todo es reversible.
El zapatismo es hoy el ejemplo más interesante, porque es dinámico y cambiante. Rompió sus pirámides internas —se dio cuenta de que una estructura piramidal hacía que mandaran las capas elitistas—, mantuvo los caracoles, pero le devolvió la dinámica a las comunidades para discutir y proponer. Acaban de pasar por un semillero muy activo y ahora tienen otro a través de las artes. No buscan una salida jerárquica ni la vieja lógica leninista de dirección verticalista, sino el engarzamiento de los diversos, que aprenden entre sí. Las novedades no las vamos a encontrar en los libros ni en los congresos, sino en el contacto directo con los movimientos.
MM: Doc, hay dos actores que me inquietan, de arriba y de abajo, cada vez más potentes. Uno es la globalidad electrónica, el tecnofeudalismo que Varoufakis describe, controlado por un puñado de empresas; Musk le dice a The Economist que en diez años todo lo gobernará la inteligencia artificial, y Bill Gates augura que sobrarán profesores y médicos. Lo cierto ya hoy es que las redes marcan el paso y por ellas se hablan los jóvenes, imantando el resto de las agendas. El otro, más regional, es el crimen organizado: no está separado del conjunto social; está en las familias, en las empresas, por todos lados, y es otra forma de control de la movilización popular. ¿Qué hay frente a esos dos enemigos?
JA: El primer análisis de los chalecos amarillos en Francia fue que dependían de las redes y, al no controlarlas, las redes mismas los destruyeron; su fracaso estuvo en su manera de organizarse. Con el crimen organizado pasa algo más complejo: no viene de fuera, se incrusta en las comunidades y forma parte de ellas, muchas veces conectado con funcionarios; cuando se le pide al Estado que cuide la vida, se desentiende y lo deja avanzar. Eso le resta potencia a los movimientos autónomos. Pero Raúl Zibechi, que ha estudiado esto en América Latina, dice algo clave: hay que esquivar la guerra. El zapatismo lo está haciendo desde el común: la tierra es de todos, quien quiera puede trabajarla sin apropiársela; y a los que antes llamaba hermanos partidistas ahora los ve como parte y dialoga con ellos. Su libro Cómo esquivar la guerra trae muchos ejemplos de cómo se está haciendo en la región.
Perder el miedo no basta; el siguiente desafío es desactivar el odio que las redes inoculan y amplifican.
JJR: Me da vueltas en la cabeza el gran ausente de nuestro tiempo: el movimiento obrero, el de los trabajadores urbanos organizados, que fue fundamental para construir los estados de bienestar en Europa y cuyo declive fue decisivo para el avance del neoliberalismo. Hoy hay un enorme vacío en la organización de los trabajadores, ligado a la descentralización del trabajo, al trabajo remoto y a la pérdida de espacios comunes apenas suplantados por las redes. Y muchos movimientos que viven en lo cotidiano acaban con agendas particularistas, poco eficaces para cambiar el modelo. ¿Qué impacto ha tenido ese desmantelamiento?
JA: La urbanización y la dispersión de los trabajadores, el hacerles creer que son pequeños empresarios, la pérdida de la conexión que antes tenían… y, como decía Mauricio, la lógica que imponen no solo lo financiero, sino también los grandes medios y la inteligencia artificial. Pero fíjate: la propuesta zapatista es interesante porque tiene muchos jóvenes que no repiten; innovan y dialogan con experiencias de Europa y de México. Es una semilla que todavía no se masifica, pero el sindicalismo tampoco nació con las grandes organizaciones: nació pian pianito. Algo así está pasando. Hay que tener los ojos abiertos a lo que parece que no existe, pero está ahí.
JJR: Veo con preocupación cómo buena parte de América Latina se desliza hacia la derecha: lo de Colombia, Ecuador, el riesgo en Brasil. Y hay también una derecha de abajo: pienso en las iglesias, en el pentecostalismo, en comunidades de ayuda mutua financiadas por una filantropía que quiere controlar, en escuelas privadas que dan becas y van creando comunidades de pensamiento. La veo cada vez más poderosa.
JA: Los movimientos de extrema derecha se han instalado en los gobiernos de América Latina y Europa. Su auge no es un accidente electoral ni un paréntesis; es una de las manifestaciones de una crisis profunda —económica, ecológica, geopolítica, democrática—, y ha conformado una auténtica internacional reaccionaria cuyo polo hoy se personifica en Trump. Todo esto tiene que ver con el control de los grandes medios, de las cinco grandes agencias mundiales y de las redes sociales, que marcan el paso. Pero las ofensivas autoritarias pueden frustrarse cuando los movimientos sociales, sindicales, feministas, ecologistas y antifascistas construyen movilizaciones convergentes y alternativas creíbles; no son eternas. Uno pensaba que Orbán se quedaría para siempre y no fue así. Hay gente pensando y haciendo en otra dirección.
JJR: Me gusta que haya algo de optimismo en tu mirada. Creo que esa es una enseñanza de toda tu obra, Doc: la resistencia en los movimientos sociales, en las comunidades de base, que subsiste como alternativa frente a las grandes corrientes reaccionarias.
MM: A esta generación le hemos insistido en que el mundo se acaba: el agua, las violencias, todo. Tienen una mirada que parte de que su vida nunca será mejor que la de quienes los trajeron al mundo, y de que será violenta. Hay miedo por todos lados: el Estado siempre trabajó con el miedo, pero ahora se ha extendido a las empresas y al narco. Me encanta tu perspectiva de ir sembrando. ¿Eso nos ayuda a quitarnos el miedo? Porque con miedo nada se moviliza.
JA: El análisis de la generación Z es justamente ese: dijeron “perdimos el miedo, y aquí estamos”. Ya demostraron que hay manera de perderlo. Ahora lo que falta es encontrar la manera de desactivar el odio, porque esas redes, junto con el miedo, inoculan el odio para dar fuerza a los grupos que mandan. Muchas gracias por invitarme.



























