Año 2, núm. 13, agosto de 2026
ISSN 3122-3583
voces
Jorge Durand: "No hay proceso migratorio inevitable"
Redacción El Diluvio
La frontera pudo cerrarse, pero la contradicción permanece: Estados Unidos persigue a quienes necesita para sostener su economía, mientras México contiene flujos ajenos y se resiste a reconocerse como país de destino.
El Diluvio (ED) conversó con Jorge Durand, experto en estudios migratorios y antropológicos, codirector desde 1987 del Mexican Migration Project junto con Douglas Massey. Durand es investigador emérito en México, miembro de la Academia Mexicana de Ciencias y ha recibido el Premio Malinowski, uno de los reconocimientos más importantes en antropología aplicada. En esta conversación, moderada por los editores Asmara González Rojas y Jesús Caudillo, Durand analiza el cierre de la frontera bajo la administración Trump, la creciente legalización de la migración mexicana, la migración de privilegio y las paradojas de la percepción pública sobre cuántos extranjeros viven realmente en México.
La migración no desapareció: cambió de cauce. Mientras se criminaliza a millones, cerca de medio millón de mexicanas y mexicanos cruza legalmente cada año para trabajar en Estados Unidos.
(ED): ¿Qué está pasando con la migración en México y en la región? ¿Qué ha cambiado y qué se sigue sin entender en el debate público?
JD: Creo que estamos viviendo un fenómeno totalmente inédito. Durante siglo y medio la frontera siempre fue, si no abierta, porosa: se podía cruzar de un lado y regresar del otro, como pasa entre países fronterizos, donde hay presión de un lado y el flujo se mueve hacia allá, y hay presión del otro y regresa. Hoy vivimos lo que se identifica como una frontera cerrada. Trump prometió cerrar la frontera el primer día de su gobierno, y las estadísticas confirman que lo logró.
Cumplió su objetivo por haber hecho una campaña antiinmigrante muy fuerte, y no solo por haber criminalizado legalmente a las personas migrantes, sino por una definición que va mucho más allá. Antes hablábamos de indocumentados, luego de ilegales, ahora se habla de criminales. Ese escalamiento en el discurso de Trump repercutió no solamente en México —que de hecho ya era una migración a la baja desde 2007, con cerca de dos millones menos de indocumentados mexicanos— sino en el ámbito global. En 2023 llegaron a México 17 000 migrantes de Mauritania, capturados por el Instituto Nacional de Migración. Ya no eran solo centroamericanos, cubanos o haitianos: llegaban africanos de Senegal, de Guinea, de lugares muy distintos. Cuando Trump asume la presidencia, esos flujos que ya eran transnacionales se cortan, igual que el mexicano y el centroamericano.
Hoy tenemos el cierre de la frontera y algo más importante: la persecución dentro de Estados Unidos. Durante décadas, si cruzabas la frontera ya dentro del territorio no pasaba nada. Existen mexicanos que llevan 30 años viviendo como indocumentados. Esa posibilidad hoy se cerró por una persecución evidente y, digámoslo así, sanguinaria. También hay varios casos recientes de migrantes que murieron en persecuciones en auto donde se argumenta que “iban a atropellar con el coche”. Trump acaba de decir que hay que seguir persiguiendo migrantes. Su posición siempre es ir más allá: más castigo, más persecución, más licencia para perseguir. Cuando tienes un fenómeno así —la frontera cerrada por un lado y la persecución interna por el otro— se resuelve un enigma que en muchos casos se decía imposible. Pues Trump lo hizo.
(ED): Ahí me parece importante lo que mencionas sobre cómo se ha movido el eje del problema. Quizás este ya no es necesariamente la migración, sino que se nombra la criminalidad por encima de la migración, o el fentanilo como la amenaza principal. Se antepone “América primero” a los intereses globales o regionales. ¿Qué tanto es la primera vez que esto pasa o ya había sucedido?
JD: Tienes razón, es un eje discursivo contra la migración indocumentada en general, pero no solo eso. Hoy vemos persecución a personas residentes, con proceso legal en trámite; incluso quienes acuden a las oficinas de la Corte, ahí mismo los detienen para encarcelárlos. Esta situación se ha incrementado intencionalmente para generar miedo en la población indocumentada y a las personas extranjeras en su totalidad. No a todos se les considera enemigos, pero sí personas potencialmente capturables por migración.
Sin embargo, todavía persiste —y esto no se va a detener— que cerca de medio millón de mexicanos cruzan legalmente la frontera como trabajadores agrícolas, mediante el programa de visas H-2. Entonces, por un lado se criminaliza y, por otro, se necesita de esa fuerza de trabajo tanto en el campo como en los sectores servicios y construcción, los tres ejes donde la mano de obra barata migrante es fundamental.
No es una quiebra total, porque se sigue necesitando de esa mano de obra, por ejemplo, los agentes de policía locales en zonas agrícolas no persiguen migrantes, solo dejan que estos trabajen. Hay una relación de distancia entre la policía y el migrante en lugares como California, Chicago u Oregón —no así en Texas o en los estados del sur—. En Nueva York hay toda una serie de medidas de protección para migrantes.
Este proceso con sus complejidades no se puede simplificar y decir que se acabó. Existe toda una cadena de luchas legales, y aunque fue muy fácil cerrar la frontera por el discurso agresivo de Trump —que hoy llega a todos, porque los migrantes se mueven principalmente por redes sociales, todos tienen celular, todos están informados, los migrantes son los primeros en enterarse de estas políticas—, ese fue un éxito enorme. Lo que no ha tenido éxito es la deportación masiva de, según ellos, 14 millones de migrantes en situación irregular.
(ED): Sabemos que el factor económico no es la única razón que provoca la migración, pero ¿qué opinas de esta crisis del neoliberalismo que se ha marcado desde 2008, con la crisis hipotecaria en Estados Unidos, y de ahí viene todo el fenómeno Trump? ¿Qué piensas de esa parte económica en un país que ha sido construido por migrantes?
JD: Sí, y creo que ellos reconocen eso, que es un país de inmigrantes, pero dijeron “ya basta” —o más bien, “queremos inmigrantes, pero no de este tipo”. Trump lo dijo muy claramente en uno de sus discursos: ¿por qué no vienen migrantes de Dinamarca, Suecia, Noruega? Eso es racismo puro.
Y, otra cosa, con relación a lo que preguntabas hace un momento: la migración mexicana, con los años, precisamente desde el momento en que baja la migración indocumentada por la crisis inmobiliaria en Estados Unidos, la migración legal empieza a crecer. Cada año se recibían 170 000 Green Cards para mexicanos, y cada año se naturalizaban cerca de 110 000. Cada vez la migración mexicana es más legal. ¿Por qué? Por su relación histórica: la mayoría de esas visas de residencia son por motivos familiares, porque un hijo tuyo que ya es legal en Estados Unidos te reclama, mete los papeles y después de 10 años tienes la oportunidad de llegar. Esas leyes no han cambiado, y México es, por mucho, el país con más migración legal y más naturalización en Estados Unidos.
Lo anterior es un cambio cultural muy importante, porque México era el país que más rechazaba la naturalización. El nacionalismo mexicano siempre fue muy fuerte, sobre todo frente a Estados Unidos: mientras un argentino llegaba, sacaba papeles y a los cinco años se naturalizaba, un mexicano podía pasar 10 o 20 años sin quererlo. Hoy eso cambió radicalmente, y curiosamente el cambio vino de la Secretaría de Relaciones Exteriores, que dejó de promover el nacionalismo extremo y dijo que la mejor manera de proteger a un mexicano en Estados Unidos es que tenga papeles y se vuelva norteamericano. Desde hace tiempo, México se convirtió en el primer filtro de llegada de inmigrantes hacia Estados Unidos —una concesión que hizo el gobierno mexicano en su momento— y, por otro lado, está la política de “quédate en México”: la advertencia de que más vale no venir, porque si vienes va a haber problemas.
(ED): Desde el Mexican Migration Project han observado durante varias décadas el flujo de inmigrantes. La pregunta es: si todas estas políticas han reducido efectivamente el flujo, ¿qué impacto han tenido en el comportamiento sociodemográfico de la población migrante?
JD: Durante mucho tiempo se dijo que México hacía el trabajo sucio de detener migrantes de otros países. De hecho, desde principios de siglo México ya tenía “coyotes” chinos y japoneses trabajando en Ciudad Juárez para cruzar gente al otro lado, igual que polacos y judíos: México siempre ha sido la puerta de entrada a Estados Unidos.
México terminó convertido en el muro que Washington no quiso pagar: soldados mexicanos deteniendo, desde el sur, a quienes buscaban llegar al norte.
Pero para conectar este argumento con tu pregunta, creo que esta situación cambió con la llegada de López Obrador a la presidencia. En diciembre, cuando el gobierno ni siquiera había entrado, hubo un acuerdo entre Mike Pompeo y Marcelo Ebrard para el programa de “Quédate en México”. La migración había cambiado: era muy laboriosa, y los centroamericanos y extranjeros otros países encontraron una vía distinta en el refugio. El sistema de asilo en Estados Unidos se saturó, y Estados Unidos presionaba a México para aceptar un acuerdo denominado tercer país seguro: que cualquier migrante que llegara a México tuviera que pedir asilo ahí y no en Estados Unidos. México dijo no —imagina lo que eso significaría para el país—. La presión fue muy fuerte, y la salida fue: aceptemos que quienes ya están en Estados Unidos pidiendo asilo regresen a México, se queden aquí mientras tienen su cita para cruzar. Ahí se complica todo con la pandemia, y justo después de la primera gran caravana, cuando llega López Obrador, hace todo un discurso de “hermanos centroamericanos, aquí están nuestros hermanos, vengan, no hay problema, serán bienvenidos”. Y de hecho la frontera mexicana no solo se abre sino que en la segunda caravana de enero, el Instituto Nacional de Migración da credenciales a los centroamericanos que van llegando. Por un lado se negocia la estancia en México y por otro se abre la frontera.
Eso explota en mayo cuando Trump dice: “o detienen a estos inmigrantes o los mando a la cárcel”. Lo que vemos hoy en todas las cárceles del mundo fue un experimento que Trump hizo con México y funcionó. Ebrard tuvo que negociar y se decidió poner 20 000 guardias nacionales para detener el flujo. Entonces Trump dijo: “ya no necesito el muro, porque el muro son los soldados mexicanos”. México fue el muro que le construyó gratis a Trump no le costó nada.
(ED): En ese sentido, México también enfrenta un nuevo escenario y una posible crisis que suestione su capacidad de ser un país receptor de inmigrantes y darles seguridad y los derechos que les corresponden. ¿Cómo ves esto?
JD: Eso depende de los periodos. Por ejemplo, durante la administración Biden cruzaron 8 000 000 de inmigrantes en cuatro años. En México, en tránsito había 1 000 000 de personas denominada “población flotante”. Actualmente no hay población flotante porque simplemente los centroamericanos ya no van. Esto tiene mucho que ver con las redes sociales, porque sus propios familiares que están en Estados Unidos les dicen “no vengas, porque ya no tengo trabajo, ya no quiero salir, y encima ¿vas a venir a crearme problemas? Pues no.” Toda esa red de comunicación, esa cadena de transmisión entre quienes ya estaban allá y quienes seguían en sus países de origen, se rompió. En gran parte es también un factor social, no solo la presión de Trump y de migración, sino de la misma gente que dice “no vengas, porque la situación está muy complicada”.
(ED): Me gustaría que la conversación se moviera un poco hacia lo general, hacia el fenómeno migratorio en términos de movilidad humana, y cómo esta redefine la noción de ciudadanía. En este corredor específico, México-Estados Unidos, ¿cómo ha cambiado esa noción de movilidad humana y ciudadanía? ¿O sigue igual?
JD: En el ámbito académico, quienes trabajamos el tema de migración hablamos de un giro. Cuando uno habla de migración, generalmente no nos referimos a personas, sino a números, flujos, comportamientos. Cuando se habla de movilidad humana, lo distinto es la persona. El origen de este nuevo enfoque tiene mucho que ver, por ejemplo en México, con las iglesias: la mayoría de los albergues para migrantes están relacionados con la Iglesia y con esta perspectiva de derechos humanos sobre la migración. Eso no le quita nada a lo otro: los instrumentos con los que trabajamos los científicos sociales son instrumentos para contar, para dimensionar qué es un flujo migratorio.
Sin embargo, hay una discusión nueva sobre el derecho a migrar: ningún migrante es ilegal. Es un discurso nuevo, sobre todo en los países de origen. En España, por ejemplo, hay procesos muy importantes de regularización de migrantes. Pero eso no ocurre en el lenguaje y la narrativa de Trump: ahí es lo contrario, ni siquiera las personas son criminales por definición. Tenemos una tensión muy fuerte entre esta perspectiva de derechos humanos y la de mayor ciudadanía universal. Es un término que usó Ecuador, que fue un país migrante hacia Europa y Estados Unidos, y decidió que eran “ciudadanos del mundo”: en su constitución dijeron “estamos abiertos a todos”. ¿Qué pasó? En seis meses empezaron a llegar las mafias chinas y de la India, y se volvió una puerta de entrada de migrantes de todo el mundo. Ese discurso de ciudadanía universal, al final, no puede funcionar si solo tú lo aceptas y los demás no. Fue la época de Correa, que le dio entrada masiva a los cubanos, que llegaban para después irse a Estados Unidos y al final tuvieron que darles visas a todos ellos. Entonces sí, estoy de acuerdo con el principio, pero hay una frontera: la realidad es que ningún migrante es ilegal, sí, pero si el otro te califica de ilegal y te expulsa, es una realidad paralela. El Estado-nación hoy en día es un Estado cerrado con fronteras, y no podemos evitar esto. Los científicos sociales hablamos de transnacionalismo, muy bien, pero ¿puedes ir a otro país? Si no tienes visa, no puedes.
Esto choca con una realidad que todavía tenemos muy presente: el Estado-nación que ejerce su derecho legal de decidir quién entra, quién no y a quién expulsa. Todo ello está cambiando. Por ejemplo Europa, donde existe libre circulación en todo el territorio; hoy esa situación se está cuestionando precisamente por el número de migrantes que existen. La gran diferencia en el caso de Europa es que muchos migrantes son musulmanes provenientes de países colonizados por Francia o Inglaterra, quienes controlaban toda África, el norte de África y el África subsahariana. Ahora les están devolviendo ese mundo musulmán que explotaron durante siglos. No es nuestro caso.
(ED): Y eso nos lleva a lo que comentabas en una de tus columnas, sobre fútbol, colonización y migración futbolística.
JD: Ese fenómeno también nos lleva a hablar de ciudadanos de primera, segunda y tercera. Todas las crisis que ha sufrido Europa —recuerdo en 2005, más o menos, en Francia, con todos los afrodescendientes que decían “bueno, estamos aquí porque ustedes estuvieron allá, y somos tan franceses como cualquier francés”— y eso ha ido creciendo de manera constante.
Antes de la semifinal España-Francia, Mariano Rajoy publicó un artículo en el que decía: “vamos a enfrentar a Francia, pero no hay franceses, son todos africanos”. Fue un escándalo y un debate tanto en el país galo como en España. Fue un comentario racista de Rajoy, pero la realidad es que vemos es que hay un color distinto en la selección francesa: más de 100 nacidos en Francia juegan con otras nacionalidades, la de su origen. En parte es porque no todos pueden entrar a la selección de Francia. Es algo nuevo: como el rechazo ha sido tan fuerte, los propios migrantes están recuperando sus orígenes y a sus ancestros. El caso de Zinedine Zidane, cuyo hijo juega con Argelia, tiene que ver con que su abuelo, un obrero migrante de la construcción en Francia, hablaba mucho de su país. Y esto se repite: ves al trabajador migrante mexicano dedicado a trabajar y trabajar; el hijo que nació allá lo que quiere es dejar de ser mexicano, quiere ser americano; el nieto ya no tiene ese problema ni del padre ni del hijo: el nieto dice “soy americano, pero también tengo derecho a revisar a mis ancestros”. Vemos eso en muchos ámbitos, no solo en el deporte —hay personajes importantes en la música, como Linda Ronstadt, cuyo abuelo era mexicano y que tiene un disco de rancheras siendo una de las reinas del rock.
Y hay otro problema: en el caso de México, por primera vez tenemos a un mexicano al que la prensa llama “naturalizado”. Ser naturalizado es un proceso y termina cuando ya eres mexicano, así que no tendrían que seguir llamándote naturalizado. Pero los periodistas deportivos no olvidan ese hecho. Lo cual es una aberración, en el sentido de que eres mexicano o no lo eres. Aunque en México tenemos un problema serio: los mexicanos por nacimiento tienen muchos más derechos políticos —por ejemplo, un naturalizado no puede ser presidente municipal—, mientras que un mexicano naturalizado en Estados Unidos sí puede llegar a ser gobernador; la única limitación que tienen ahí es la presidencia. En México, no puede ser nada. Es algo que tenemos que corregir en el lenguaje, dejar de llamarlos “naturalizados” y decirles lo que son: mexicanos.
(ED): Y eso nos conecta con el fenómeno de las desigualdades políticas y también el racismo que está muy extendido. En este número también aparece la migración de privilegio. Pienso en el ejemplo de la migración internacional de jubilados —estadounidenses, canadienses, europeos— en zonas idílicas de México, Ecuador o Sudamérica. ¿Qué opinas de esa migración de privilegio, en contraste con las caravanas y la migración centroamericana?
JD: Es cierto, así como decíamos que en el fútbol hay tratos especiales con ciertos equipos, también hay tratos especiales con ciertas nacionalidades. En Guadalajara sabemos que hay una población muy importante de norteamericanos, canadienses y de otros países viviendo en la ribera de Chapala. Hay casos de irregularidad porque no renovaron sus papeles o lo que sea, pero se les mira con cierta condescendencia frente a ese tipo de problemas, porque son privilegiados: vienen a disfrutar de un clima magnífico, de una seguridad que no hay en otras partes del país, y es mucho más barato, aunque también el país se beneficia.
Lo interesante es cómo se autodefinen: no como inmigrantes, sino como “expats”, como expatriados. No significa que fueron expulsado de su país, pero no dicen “soy inmigrante”. El que se define como inmigrante tiene una actitud hacia el país que lo recibe; el que es “expat” está pensando en su lugar de origen y planea regresar. Pero también tenemos casos de inmigrantes norteamericanos que se naturalizan, que hacen un esfuerzo tremendo por aprender español a los 70 u 80 años porque quieren ser mexicanos. México siempre ha sido muy abierto, y tenemos grandes casos en la ciencia y en las artes —pintores como Leonora Carrington, Remedios Varo, O’Higgins; fotógrafos como Tina Modotti y Weston— que se sintieron muy bien recibidos en México, se quedaron a vivir aquí y se les considera mexicanos.
La percepción desborda los datos: México tiene millones de personas viviendo fuera, pero sigue siendo uno de los países con menor proporción de población extranjera.
(ED): Está la idea de que la migración nos enriquece pero, por otro lado, quiero insistir en los nuevos fenómenos que se forman hoy, por ejemplo en la Ciudad de México, en la colonia Roma o la Condesa, que son invadidos por la gentrificación, o si salimos de México, en Barcelona, donde también ha habido rechazo a este tipo de migración. ¿Qué opinas de esa parte?
JD: Cuando un lugar alcanza cierta población, esta demanda servicios y vivienda. Si tienes una situación de escasez de vivienda, y tú, como extranjero, tienes más recursos, entonces estás afectando a la población local. Eso es lo que pasa hoy en la Ciudad de México con toda esta gente que trabaja en home office desde otro país, porque les resulta mucho más barato: rentar en Estados Unidos te cuesta 1,500, 2,000, 3,000 USD, y aquí te cuesta 800 o 1,000, así que es una gran ventaja y puedes competir en el mercado. En el caso de Europa, con los extranjeros que van a comprar propiedades —pensemos en los mexicanos ilustres que se van a vivir a Madrid o Barcelona y compran departamentos grandes que muchas veces no usan todo el tiempo—, está también el caso de los Airbnb, donde el problema es distinto porque se quería fomentar el turismo, y esto dio una posibilidad de acceder a un turismo que no era de primer o segundo nivel, con más facilidades que un hotel. Ahora ciudades como Barcelona le están diciendo que no a quienes ponen sus casas al servicio del turismo. Ahí la gentrificación se está regulando; en el caso de la colonia Condesa en México, no ha habido ninguna ley al respecto, y es un fenómeno que llegó con la pandemia. En Europa el tema de Airbnb viene de hace muchos años y han tenido que legislar al respecto, pero es un fenómeno donde, si te llega más población de la que tienes capacidad de atender, obviamente habrá rechazo, y ya lo estamos viendo en México.
(ED): Para ir cerrando: en estos 40 años que llevas observando este fenómeno, ¿qué le dirías hoy a la clase política, tanto mexicana como estadounidense, sobre la situación o las políticas migratorias que vivimos? Si pudieras darles un mensaje, una recomendación, ¿cuál sería, para tener procesos migratorios lo más armoniosos posible?
JD: Creo que estamos viviendo un momento excepcional. El periodo de Trump, todavía de dos años y medio más, va a seguir exactamente igual. Si llegan los republicanos —pienso, por ejemplo, en el gobernador de Florida, uno de los posibles candidatos, cuyas políticas migratorias en ese estado son muy duras— volveríamos a lo mismo o peor. Si el gobierno cambia a los demócratas, quieras o no, el mensaje será que la puerta se abre otra vez. Ahí está la responsabilidad de los políticos: muy posiblemente tendremos que volver a lo que vivimos hace dos o tres años, a las caravanas migratorias, a la migración africana, a la migración repetida de Haití.
En el caso de México, que es un país de tránsito, la política reciente fue abrir fronteras en los primeros meses del gobierno de López Obrador, y luego se cerró. ¿Vamos a repetir esta política de “quédate en México”? Es muy importante, porque antes de López Obrador, el trabajo del Instituto Nacional de Migración en la frontera era distinguir perfectamente quién era mexicano y quién no, porque los gringos nos querían mandar a Centroamérica: le pedían a la gente que cantara el himno nacional, que dijera quién era Hugo Sánchez, toda una serie de preguntas para identificar si era mexicano o no. Eso se rompió. Hoy vivimos una situación en la que Estados Unidos deporta cubanos a Cancún, y ya tenemos una comunidad de cubanos en ese estado que, justo por el tema de la vivienda escasa, genera una serie de conflictos con la población local. Estados Unidos hace estas deportaciones importantes de haitianos o cubanos, y México lo aceptó, algo que nunca había sucedido porque es ilegal —no puedes deportar así—, pero Estados Unidos hace lo que quiere, puede mandarte a un mexicano a Sudán, y eso es totalmente aberrante. Pero estamos viviendo una situación así.
Yo diría que hay que aprender de las dos lecciones: lo que vivimos hoy y lo que vivimos antes, en el tiempo de Biden, cuando realmente no podían controlar los flujos migratorios y eso desbordó en gran parte la política de Trump, porque no había una política de frontera abierta, sino un cambio del modelo migratorio donde el refugio era una alternativa, y legalmente Estados Unidos no puede rechazar el refugio a menos que seas un autócrata, como en el caso de Trump —pero si desobedeces las leyes, no puedes—. En el caso de México, dejamos pasar a 8 000 000 de personas que cruzaron la frontera en cuatro años; eso le conviene al país, pero es una discusión abierta cómo hacerlo respetando los derechos humanos; hablando por ejemplo con los países de origen, estableciendo otro tipo de mecanismos, estableciendo relaciones con Estados Unidos, y no solo decir “que pasen” o “aquí se quedan” —como en Tapachula, que fue un lugar de contención migratoria donde, si querías tener papeles, tardaba tres o seis meses, una situación tremendamente complicada por la política de contención en la frontera sur—. Tenemos que reflexionar: es un asunto muy complejo, pero tenemos que revisar nuestras políticas y prever lo que puede pasar. Si llega un republicano, seguiremos igual; si no, muy posiblemente tendremos una situación de tránsito intenso en México, y habrá que ver qué pasa.
(ED): Para cerrar esta pregunta, que también es controvertida: la de las ideologías, cada vez más diluida entre izquierda y derecha. ¿Crees que realmente tiene impacto si es izquierda o derecha —en el caso de Estados Unidos, republicanos o demócratas— en cómo se aborda el tema migratorio?
JD: Yo diría que estamos en una situación de extrema derecha que no sé si se repetirá con las mismas características que tenemos ahora. Y podríamos decir que el gobierno de López Obrador, que es de izquierda, puso 20 000 guardias nacionales para detener la migración: la gobernabilidad de los flujos migratorios es muy compleja, y tenemos un ejemplo de que la mano dura funciona, la mano suave o más permisiva, aumenta los flujos. En el caso de México es fundamentalmente el tema del tránsito; yo diría que en México la migración es cada vez más legal, y a menos que tengamos una crisis como la de la pandemia —que realmente regeneró un proceso migratorio indocumentado que ya estaba controlado y a la baja, y lo fortaleció— hoy vemos que se ha cerrado y que es posible vivir sin mandar gente al otro lado.
Antes, por ejemplo, si un día cerraban la frontera en Tijuana, era un escándalo: ¿cómo es posible que vayan a cerrar la frontera, no puede ser? Vivimos un año con la frontera cerrada por la pandemia, ¿qué pasó? No pasó nada. Es más, del otro lado de la frontera se afectaron mucho más que en el caso de México: el mercado interno se desarrolló mucho más y no pasó nada por tener que comprar en México en vez de cruzar. Creo que de esa experiencia podemos aprender . Le pregunté a varios colegas de El Colegio de la Frontera Norte, cómo era la situación en esa región, porque al menos la mitad de la población de Tijuana no tenía visa para cruzar; era muy complicado por la pandemia, y aunque un 20 o 30% más tenía visa, no podía cruzar. Los únicos que cruzaban eran los que tenían doble nacionalidad.
Tienes una población en Tijuana y en Ciudad Juárez donde 50% no tiene visa, no le interesa tenerla o no puede tenerla, y no les pasa nada: viven, trabajan, están ahí. La idea de que hay que ir a Estados Unidos o de que es la única posibilidad, empíricamente no es cierta —hay que ir a la frontera para verlo—. Los que van a Tijuana son los que vienen de otros lugares, no son los tijuanenses que quieren irse a Estados Unidos. Son realidades tan complejas, por ser frontera con Estados Unidos, que tenemos que replantearlas: no es inevitable que, porque hace más de siglo y medio los mexicanos van a trabajar a Estados Unidos, esa posibilidad de ir cada vez legalmente tenga que seguir igual. Creo que hay que promoverla y trabajarla.
Hacia el cierre, se abrió la discusión sobre el número de extranjeros que viven en México. Jorge Durand interpeló a los editores ante la pregunta: ¿sabes cuántos extranjeros hay en México? Él mismo respondió.
JD: El censo de 2020, que es el último que tenemos, registró 1 600 000 extranjeros —de los cuales medio millón son hijos de mexicanos nacidos en Estados Unidos—. Si somos 130 o 140 000 000, eso es el 0.01% de la población. La percepción es que hay 4, 6, 8 000 000; en realidad hay muchos menos: es uno de los países con menos extranjeros. ¿Por qué? Porque México es muy restrictivo por un lado, y muy generoso por otro: en los últimos cinco años ha otorgado asilo a 250 mil extranjeros, una cifra muy alta e importante. Eso va a cambiar los números en el próximo censo, porque vamos a sumar unos 300 000 extranjeros que ya son refugiados. Pero hay que tener claro que México es un país cerrado: a los migrantes les están cerrando la puerta en la nariz y no pueden hacer nada. Y si México tiene 12 000 000 de connacionales afuera y aquí tiene 600 000 extranjeros, esa imagen de que aquí hay muchos extranjeros, de brazos abiertos, es una contradicción terrible si vemos los números.
Por eso tenemos que cambiar esa imagen de que México es un país abierto para todos: no, se ha visto forzado a aceptar a esos 250 mil refugiados en los últimos años, pero que haya extranjeros en México, no, para nada. Y ya estamos en una situación donde la tasa de natalidad no repone la de mortalidad: la única forma de ganar población es con migración, aceptando a otros, y qué mejor que aceptar a nuestros vecinos latinoamericanos, con quienes hablamos el mismo idioma, somos de la misma raíz cultural y religiosa, tenemos los mismos ancestros indígenas. Lo único que nos diferencia es que tú eres mexicano y el otro ecuatoriano, que es lo mismo que decir que tú eres de Chihuahua y el otro de Yucatán: las diferencias entre uno y otro son similares a las que hay entre Perú y Guatemala —de hecho, Chiapas y Guatemala son casi lo mismo—.
Sin embargo, los extranjeros, sobre todo los venezolanos, tienen esta percepción muy negativa de cómo los tratan en el Instituto Nacional de Migración, y precisamente esta idea de que México es un país muy cerrado que no les permite incorporarse plenamente, a pesar de que tenemos tantas cosas en común. Y es que, en parte, es una percepción de números: si ves los de Colombia, los de Ecuador, y todos los venezolanos que hay ahí, superan por mucho a los que llegan a México. Y el caso de los venezolanos es distinto, por ejemplo, al de los hondureños: los hondureños son pobres y sus recursos para acceder al refugio o asilo, son muy limitados; los venezolanos tienen mucha más posibilidad de leer los documentos y exigir lo que corresponde, porque tienen más educación. Por eso también tenemos esas percepciones distintas: el venezolano puede quejarse, puede decir “esto pasó, lo otro pasó”; el hondureño se queda callado y dice “me rechazaron” y ya. Así que también hay que ver eso que mencionas, las migraciones de privilegio o las distintas actitudes frente a personas con más o menos educación, pero que tienen el mismo derecho.
(ED): Muchas gracias, Jorge, por tu tiempo y por esta conversación. Nos quedan muchas cosas por seguir reflexionando; te invitaremos de nuevo a El Diluvio.




























