Año 2, núm. 13, agosto de 2026
ISSN 3122-3583
editorial
Nadie elige dónde nace
Mauricio Merino
Nacer es un azar; vivir con sus consecuencias, una sentencia. Las fronteras convierten el origen en privilegio o condena y obligan a millones a marcharse para sobrevivir, pertenecer o empezar de nuevo.
Los textos y las entrevistas publicados en esta edición de El Diluvio —que abre su segundo año— podrían leerse como una reflexión sobre las consecuencias de una de las peores injusticias de la humanidad: la condena o el privilegio de nacer en un lugar, una época y una circunstancia que nadie elige, pero que determina —para bien o para mal— la mayor parte de nuestra vida. Hay otra forma de leerlo: decimos que “somos” personas mexicanas, españolas, argentinas, colombianas, chilenas o lo que le haya tocado “ser” a cada quien, cuando en realidad no “somos” más que seres humanos que nacimos en algún lugar del mundo. No “somos”, sino que ahí llegamos.
Primero fue el poder y luego la nación: ninguna frontera es natural.
De ese origen azaroso se deriva buena parte de las distancias que nos obligan y nos separan. La gran mayoría de la población mundial es pobre porque nació pobre y heredará su pobreza por las condiciones que le fueron impuestas al nacer. Una minoría está rodeada de riqueza y vivirá en ella porque así nació. Solo un porcentaje mínimo de esa población saldrá de la condición de origen que no eligió y, en realidad, solo unos cuantos cruzarán de la pobreza a la riqueza y menos aún, en el sentido inverso. Eso que llamamos la “movilidad social” también está determinada, en buena medida, por el solo hecho de haber nacido en el lugar propicio.
Lo mismo puede decirse de nuestra cultura y de nuestros rasgos de identidad y pertenencia a una comunidad. No elegimos, sino que formamos parte de los grupos humanos a los que llegamos al nacer o a los que arribamos en los primeros años de nuestra formación gregaria. Cada uno de esos marcadores identitarios es, a su vez, el producto de una historia política más o menos añejada, con más o menos mezclas entre pueblos diferentes, más o menos conflictos por el territorio y por el poder y más o menos ventajas para dominar a otros grupos y acumular riquezas. Pero ninguna de esas identidades antecedió a la organización social ni forma parte de nuestro fuero interno natural. Todas las naciones son fruto de una organización política. Para decirlo en una línea: primero fue el poder y luego la nación. Ninguna frontera y ninguna nacionalidad separaría a los seres humanos sin esa condición original animada por la codicia y la ambición.
Al llegar el siglo XXI esas barreras constituyen uno de los principales desafíos del mundo actual. Las fronteras —y los “cierres sociales” de los que habló Max Weber— han vuelto al hermetismo. El ideal de una sociedad global armonizada se quebró apenas al despuntar el siglo y los nacionalismos volvieron a los tiempos en que los Estados disputaban palmo a palmo sus límites territoriales. Nadie lo ha expresado mejor que el escultor iconoclasta Banksy, con la obra instalada en Waterloo Place, al centro de Londres: ese hombre poderoso que avanza hacia el vacío, porque la bandera que enarbola le ciega la mirada.
Migrar no borra el origen; obliga a sembrarlo en una tierra que todavía mira al recién llegado como extraño.
Las migraciones que se revisan en este número se derivan, a un tiempo, de aquella injusticia original y del coraje y la necesidad de millones de individuos que se niegan a aceptarla como fatalidad: poco más de 304 millones de personas en todo el mundo, según la Organización de las Naciones Unidas (ONU), han abandonado sus países de origen para buscar otros destinos —más del doble de las y los migrantes que había en 1990—, mientras que más de 117 millones han sido forzadas a cambiar de residencia para huir de los conflictos armados, las extorsiones o los desastres naturales. Algunos necios sugieren que se trata de una proporción mínima respecto los más de ocho mil millones de habitantes que hoy vivimos en el planeta. Quienes lo minimizan, pasan por alto que la voluntad de moverse fuera del lugar en el que nacimos obedece, siempre, a una mala razón: en el mejor de los casos, el deseo de encontrar mejores circunstancias para vivir, aun en el privilegio; y en el peor, porque es urgente salir huyendo para sobrevivir.
Quienes se van se llevan consigo una parte de sus orígenes. Nadie puede mimetizarse con la sociedad elegida hasta el punto de cambiar su color de piel o abandonar sus costumbres y su cultura como si la migración fuera un renacimiento. Por eso es doblemente difícil: salir del lugar donde se ha nacido y crecido y llegar al lugar donde, inevitablemente, la persona migrante será extraña. Aun animado con el coraje vital de José Gaos, quien acuñó el concepto de “transterrado” en oposición al de “desterrado” y adoptar de manera consciente y deliberada la cultura, el entorno, las relaciones y la identidad del lugar elegido para seguir viviendo, lo cierto es que volver a empezar suele ser la tarea más difícil y la adaptación nunca es completa del todo: Gaos, el filósofo convencido de su nuevo espacio vital, “ceseó” hasta el final de su vida.
Del otro lado, esas diferencias más o menos sutiles o más o menos evidentes crean inexorablemente grietas entre quienes nacieron ahí y quienes llegaron después. Incluso adoptando la filosofía del transtierro para romper la distancia y saltar esas grietas, alguien pregunta: “¿Y tú, dónde naciste?”. A muchas y muchos nos gustaría responder como lo hizo Chavela Vargas: “¡Los mexicanos nacemos donde nos da la rechingada gana!”. Pero lo cierto es que esa adopción cultural es tan excepcional como la autora de esa frase. Lo habitual es el doble dolor de la salida obligada y de la llegada incompleta. Incluso entre las y los migrantes de privilegio —como se discute en esta edición— la gente carga consigo rasgos indelebles de su identidad inicial y debe lidiar con el rechazo, a veces inconsciente o involuntario, de quienes se formaron y comparten una distinta. Como escribí antes: la o el migrante no “es” de ahí donde llega y, casi siempre, conserva alguna de sus raíces con la esperanza de sembrarlas y cosecharlas. Algunas comunidades lo logran, como las mexicanas que viven en los Estados Unidos, pero el costo es muy alto: mientras más crecen esas raíces en suelos nuevos, más espinas de rechazo social lastiman a quienes las cultivan.
El desplazamiento interno encierra a personas que ya no están en casa, pero tampoco pueden irse del país que las expulsó.
No obstante, hay otras migraciones aún más agrias: las que suceden obligadas por la violencia, conocidas como los desplazamientos forzados. Buena parte de la migración transnacional responde a esas mismas causas, pero la que viven las y los desplazados no logra salir del país que les dio nacionalidad. Decenas de miles de personas que han sido o son víctimas de violencia dentro de las fronteras del país que los vio nacer, pero que les ha escatimado la paz. Esos grupos expulsados de sus pueblos y comunidades no son extranjeros, en el sentido legal de esa expresión, pero tampoco pertenecen a los lugares a los que llegan: muchos hablan lenguas indígenas y conviven en núcleos identitarios que les reclaman una identidad colectiva, incluso en la ropa que usan, en las creencias que hicieron suyas, en sus costumbres y sus prácticas familiares. Es quizás una de las migraciones más duras: siendo víctimas del crimen organizado, de la corrupción y de la negligencia de los gobiernos, nunca acaban de estar y nunca acaban de irse. Por eso viven en una especie de encierro sobre sí mismas.
Las fronteras se hicieron para cerrarse: de lo contrario no existirían. Los Estados nacionales se refuerzan a sí mismos buscando o inventando una identidad compartida por millones de individuos que, en realidad, son distintos porque son únicos. El refrendo de esos rasgos nacionales pasa por los símbolos patrios, los himnos, la comida, los licores, la música, las artes plásticas, la literatura, las marcas y hasta la ciencia que, siendo universal, se hace siempre en alguna universidad. Cada uno de esos rasgos debe volverse ritual, porque las naciones no adquieren plena existencia material sino en esos símbolos que las encarnan, en sus edificios, sus monumentos y en las palabras que se utilizan para nombrarlas. Millones de personas que no se conocerán jamás, comparten esa nacionalidad y, con ella, una identidad legal, un conjunto de derechos y obligaciones que deben honrarse. Lo que necesita el Estado es que la nación que le otorga existencia se mantenga cohesionada y vigente. Y aquí el último de los temas que aborda este número: la enorme dificultad que afrontan los estados nación cuando deben reconocer que son fruto de varias nacionalidades distintas: que son plurinacionales. Una resistencia que se vuelve rechazo frontal y aún bélico, cuando alguna de esas nacionalidades forjada fuera de sus rituales nació de otro Estado. Algunos pueden aceptar su pluralidad propia, pero ninguno acepta que le sea impuesta. Y, sin embargo, la lucha por la identidad entre naciones distintas forma parte de la historia completa del Estado contemporáneo.
Con todo, quienes recorran los textos reunidos en esta edición de El Diluvio sabrán que, a pesar de todo, el mundo se mueve y que las migraciones no son una cuestión marginal de una agenda más amplia, sino una de las expresiones humanas más nítidas y más graves de nuestra forma de vida. Bienvenidos.




























