Año 2, núm. 13, agosto de 2026
ISSN 3122-3583
a fondo
Migración internacional y desarrollo: dos caras de la misma moneda
Tonatiuh Guillén López *
Los países que expulsan población pierden futuro; los que la reciben sostienen con ella su economía. La migración no acompaña al desarrollo: revela sus fracturas y, al mismo tiempo, lo hace posible.
Desde la perspectiva internacional, revisando al conjunto de Estados del mundo, pudieran trazarse dos grandes líneas para clasificarlos en función de su relación con los procesos migratorios. Por un lado, tenemos a los conocidos países de origen de los flujos migrantes y de refugio, por lo pronto vistos con independencia de la magnitud de personas en movilidad. Por otra parte, se ubican las naciones de destino, receptoras de población en escala significativa, consideradas ahora con independencia del origen de los flujos. Para simplificar la exposición que sigue, dejamos fuera de este balance a los países y las regiones de tránsito.
En los países receptores, la población migrante dejó de ser complemento: ya es infraestructura humana del desarrollo.
En principio, la relación entre migración y desarrollo muestra sus formas más evidentes en los países de destino, especialmente en aquellos con economías potentes. En esos casos, la población inmigrante se ha convertido en un componente esencial de su reproducción económica y social. Algunos ejemplos destacados en el continente americano son Canadá y Estados Unidos, con porcentajes de inmigración de 23 % y 15 %, respectivamente. En la Europa contemporánea, países como Reino Unido (19 %), España (18 %), Francia (14 %) y Alemania (21 %), son también experiencias donde la población inmigrante ocupa un rol esencial para esas sociedades, dada su magnitud entre el total de población. Adicionalmente, naciones del Medio Oriente, como son las de riqueza petrolera, la escala de la población inmigrante puede oscilar entre el 42 %, en Arabia Saudita, hasta el 88 % en Catar.
Cuando la inmigración asciende al 20, 30 u 80 % de la población de un país, su presencia y peso económico adquiere una fortaleza estructural, necesaria e irrenunciable. En esas condiciones, la población inmigrante evoluciona hasta formar parte del desarrollo de estos países, como actor social y material, en lo inmediato por sus capacidades productivas. Debido a este camino y su evolución, la población inmigrante termina fusionada con la dinámica de desarrollo de la nación de destino, convirtiéndose en pieza esencial en la misma medida de su peso proporcional.
Una vez arribado a esa fase, el desarrollo de los países de destino y, en términos más amplios, el espectro conjunto de su reproducción social presupone a la inmigración; pero no solamente, pues requiere además un determinado flujo continuo que posibilite su crecimiento. Cuando un modelo con esas características se ha consolidado, la articulación del desarrollo con las dinámicas migratorias adquiere una naturaleza estructural, alcanzando una condición sine qua non. Desarrollo y migración avanzan así hasta integrar un mismo proceso.
Para las poblaciones inmigrantes, su relación con el desarrollo de la nación de destino es de carácter continuo, no carente de tensiones y contradicciones. En algunos casos, como sucede en los países árabes petroleros, las personas inmigrantes tienen asignado un rol “instrumental”, como fuerza de trabajo, implicando una interacción social y espacial acotada, sin horizonte de mediano y largo plazos. “No pertenecen”, dicho sea de esta manera.
En otras naciones, como es la experiencia de Canadá y recientemente de España, la población inmigrante no solamente se articula con el componente económico del desarrollo, sino además con sus expresiones sociales, culturales y, en el mejor de los casos, con la pertenencia a las comunidades e incluso a la nación. En este segundo modelo, como puede apreciarse, la interacción de la población inmigrante con el desarrollo despliega diversos ámbitos, trascendiendo a la fase primaria, económica y material. En el primer modelo, por el contrario, la interacción con el desarrollo encapsula a la población inmigrante estrictamente a sus funciones económicas, materiales.
Entre la plena inclusión y la explotación laboral existe una misma realidad: las economías necesitan a quienes todavía se niegan a reconocer.
En otras palabras, para las y los inmigrantes su relación con el desarrollo varía desde la interacción económica solamente, hasta el espectro amplio de plena inclusión.
La dinámica migratoria internacional se encuentra así ligada continuamente (y estructuralmente) con procesos de desarrollo en los países de destino, si bien nunca con un mismo modelo. Las variantes oscilan entre la inclusión o la cruda utilización instrumental; entre el reconocimiento de derechos de las personas o bien su valoración como un componente productivo más. En todo caso, lo fundamental radica en la densa articulación entre migración y desarrollo, que no existen separados y tienden a conformar un solo proceso, como las dos caras de una moneda.
La interacción entre migración y desarrollo, por otra parte, no existe únicamente en los países de destino —que son los mayores beneficiarios— sino también en los de origen, evidentemente de otra manera y no con la misma dirección. Cuando proporciones significativas de población salen de sus regiones y naciones, lo común es encontrar como causas eventos críticos: ambientales, rupturas sociales, deterioro del marco institucional, violencias e inseguridad para la vida de las personas.(1) Desde esta perspectiva, los flujos migratorios son un termómetro sobre el deterioro social, independientemente de las causas; son eventos que de alguna forma y escala rompen la reproducción social habitual de las sociedades de origen. Por lo mismo, no es difícil comprender a las movilidades internacionales también como procesos de violencia contra los derechos de las personas y comunidades.
La primera interacción de las poblaciones migrantes con el desarrollo es justamente con el de origen, con un desarrollo sometido a rupturas, padeciendo crisis que tienen como expresión a las propias comunidades convertidas en migrantes o, en el peor de los casos, en poblaciones refugiadas en búsqueda de protección internacional. No es que haya existido alguna fase boyante de desarrollo en los países de origen; cualquiera que fuera su etapa, la cuestión central es el surgimiento de rupturas que impiden el modo habitual de reproducción social. Existe siempre un origen de las movilidades que corresponde a la fase cuando los flujos se convierten en dinámicas significativas.
En sociedades sin capacidad de resiliencia, para reconstruirse ante los desafíos y sin capacidad directiva del Estado, la situación crítica e inestable de su desarrollo (aunque sea difícil llamarle de esa manera) tiende a convertirse en un modelo continuo. Emerge un paradójico modelo “estable entre inestabilidades”, que tiene por centro fundamental a la inmigración de su población, especialmente de las y los jóvenes. Los ejemplos extremos de este modelo en el continente americano lo representan El Salvador, Guatemala, Honduras, Nicaragua y Haití, los cuales tienen una elevada proporción de su población que ha emigrado y cuya economía depende de manera abrumadora del envío de remesas familiares.
En estos casos, termina por estabilizarse un modelo de reproducción socioeconómica cuyas piezas esenciales son emigración y remesas. El conjunto de las estructuras sociales tiende a adaptarse a ese escenario: los actores económicos principales, los actores políticos dominantes (las élites), una economía basada en el consumo gracias a las transferencias y, sobre todo, un piso social que no tendría soporte vital sin las remesas. Una vez consolidado el modelo, el interés objetivo de las élites y actores políticos para intentar su reforma es prácticamente nulo; algo similar ocurre con los actores económicos que han construido su base material sobre el flujo de recursos procedente del exterior. ¿Cómo para qué cambiar?
Cuando emigración y remesas se vuelven permanentes, la crisis deja de ser excepción y se convierte en modelo.
La población migrante internacional, de esta manera, despliega su realidad sobre dos grandes mapas del desarrollo a lo largo del mundo. Una parte articulada con los países de destino y otra parte articulada con las naciones de origen transitan por un escenario dual de vida, inevitablemente complejo por partida doble. La gran contradicción humana que está detrás de este panorama es que la estabilidad del desarrollo en los países de destino depende de la inestabilidad del desarrollo de los países de origen. Estamos así frente a una paradoja mundial, incómoda e inaceptable. Debe añadirse, por si hubiera alguna duda, que el horizonte del desarrollo en el origen no apunta en ningún momento al horizonte de desarrollo de las naciones de destino. El camino de uno no es el mismo que del otro.
Sobre estos modelos de articulación entre migración internacional y desarrollos (dicho ahora en plural), se suma la sombra de las ideologías y de las políticas gubernamentales; en ocasiones con un tono de protección —poco—, en otras como fuerzas de contención y exclusión y, en otras más, combinando apertura y cierre. La situación más contradictoria y absurda —frente a las necesidades de su desarrollo— la representan actores políticos y gubernamentales que en los países de destino impulsan racismo, xenofobia y exclusión de inmigrantes.
El caso extremo es el actual gobierno de Estados Unidos, con la presidencia de Donald Trump, que mediante una estrategia que incluye inmensos recursos económicos, administrativos, paramilitares y militares, ha frenado el arribo de personas inmigrantes e impulsa iniciativas de deportación de escala masiva. Independientemente de los resultados, el costo para el desarrollo de ese país es progresivamente elevado, así como es gravísimo el costo humano y la supresión de derechos.
Por su parte, las ideologías y políticas gubernamentales en los países de origen tienden a “naturalizar” sus inestabilidades, como son el flujo de población al exterior y el retorno voluntario o forzado de connacionales. Al mismo tiempo, se convierten en promotores del halago a las remesas y a la valentía de las personas migrantes (frecuentemente descritas como héroes y heroínas), pero no mucho más para corregir desequilibrios sociales. Por ejemplo, si se compara la escala de remesas frente al gasto público dedicado a la población migrante y sus familias, el contraste es gigantesco. De igual modo, políticas hacia la reconstrucción socioeconómica de regiones expulsoras o al control de los factores de expulsión (como las violencias, por ejemplo) son marginales o inexistentes.
Como balance general —salvo coyunturas drásticas como la actual en Estados Unidos y en su frontera sur— las ideologías y las políticas tienen un peso no central frente a los determinantes de las movilidades humanas y ante la condensación de sus relaciones con procesos de desarrollo (en plural). De suyo, migración internacional y desarrollo tienen poderosos determinantes materiales que pueden sobreponerse a ideologías y políticas; en el caso de las movilidades humanas, la circunstancia más dramática es cuando las personas cruzan todos los obstáculos y asumen todos los riesgos, incluso de vida, para construir un futuro alternativo. No hay ideologías o políticas que sometan a estas decisiones.
En suma, migración internacional y desarrollo se cruzan todo el tiempo, por todos los territorios. No es posible explicar a la primera sin el segundo ni viceversa. También es cierto que su dinámica transcurre entre los extremos del desarrollo y sus diversidades, desde las formas primarias e inestables hasta las formas más sofisticadas y estables. También, entre espacios de inclusión y respeto a diversidades sociales y culturales, como de exclusión y segmentación, cuando no de violento rechazo. Al final, como conclusión de lo expuesto, sigue siendo un gran desafío de la humanidad generar el debido encuentro entre el desarrollo y los derechos fundamentales de las personas, en todo momento y espacio.
* Investigador del Programa Universitario de Estudios del Desarrollo (PUED), de la UNAM.
Referencias
(1) Entre los casos peculiares de emigración destaca México, pues los determinantes son más diversos y no todos marcados por circunstancias críticas. La colindancia fronteriza con Estados Unidos, la historia compartida y, sobre todo, un añejo mercado laboral circular son factores que explican buena parte de la movilidad mexicana. No excluyen, por supuesto, al abanico de eventos crudos, como las crisis económicas y la actual crisis de violencia e inseguridad que se ha convertido en fuente de movilidades forzadas.




























