Año 2, núm. 13, agosto de 2026
ISSN 3122-3583
a fondo
Trump, recuento de daños
Leticia Calderón Chelius *
Estados Unidos convirtió su poder de seducción en política de amenaza. El trumpismo no solo endureció la frontera: erosionó la reputación democrática de un país y colocó a México frente a una relación cada vez más hostil e incierta.
Ningún presidente ha hecho más daño a la reputación y prestigio de Estados Unidos que Donald Trump. Durante décadas, ese país basó su expansión y predominio casi hegemónico en su capacidad bélica, económica, pero también diplomática y cultural.(1) Sin embargo, desde su llegada al poder en su primera presidencia en enero de 2017, Trump se encargó de romper con la tradición de buscar los equilibrios de poder (check and balance) como parte central del sistema político estadounidense que hacía, en la propia creencia histórica que esa nación se decía incansablemente a sí misma, que ellos eran una democracia tan ejemplar y, por tanto, digna (y obligadamente) de ser imitable por el resto del planeta. Esta idea se convirtió en un pilar central del imaginario colectivo planetario respecto a Estados Unidos mediante sus seguidoras y seguidores fervientes, lo mismo que sus feroces detractoras y detractores.
Esta imagen de Estados Unidos triunfador se impuso definitivamente a partir de la caída del muro de Berlín (1989) que marcó lo que en su tiempo se definió como “El fin de la historia”, que anunciaba el predominio total de ese país como gran triunfador de la Guerra Fría contra la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) (acuñado por Francis Fukuyama). Este supuesto triunfo se basaba en mantener el poder de las armas y el control económico asimétrico sobre cada país y bloque de naciones. El detalle es que además de la fuerza bélica y económica, el predominio estadounidense también se dio de manera sumamente sofisticada por medio de la cultura popular exportada en los medios de comunicación, las artes y, sobre todo, el cine,(2) que difundió e impuso valores globalizados, modos de vida, ideales, lugares comunes y hasta referencias emotivas fundamentales para una inmensa mayoría de ciudadanas y ciudadanos del mundo actual.
El poder blando que durante décadas construyó influencia global fue sustituido por aranceles, anexiones imaginadas y coerción.
Junto con esto, siempre estuvo además la diplomacia invasiva, sea en el formato directo de intervención de embajadores y funcionarios en cada país al que fueron asignados, lo mismo que por ejemplo, con una agencia como la USAID (Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional), creada desde 1961 y que fue por antonomasia, la representación del poder blando,(3) que en el caso de Estados Unidos implicó una estrategia de intervención por medio de programas y ayudas económicas a temas de una agenda de problemas sociales debidamente aprobados desde Washington.
Pese a su éxito en lograr que esa nación tuviera presencia en cada sociedad que recibió apoyos de dicha agencia, Trump la desmanteló en julio de 2025 y terminó así con esa vía de influencia directa, pero subrepticia en cada rincón del planeta que cambió, muy al estilo de Trump, por amenazas de anexión directa (Canadá, Groenlandia, Panamá), imposición de reglas de acuerdo con los criterios de su administración (aranceles), búsqueda de gobiernos subordinados a sus órdenes e intervención militar directa junto a sus aliados (Palestina, Irán).
En este escenario que en ocasiones parece distópico, lo único claro es que Trump no mintió ni engañó personas ingenuas porque cada una de sus decisiones y acciones estuvieron abiertamente anunciadas y francamente vociferadas por él mismo. El mundo se enteró prácticamente en “tiempo real” y durante las campañas de los tres procesos preelectorales que protagonizó de manera directa, de muchas de las propuestas y planes retomados de la derecha estadounidense más conservadora quienes desde Ronald Reagan (1981-1989) no encontraban un vocero tan efectivo hasta que llegó Trump.(4)
Pero tampoco hay que darle todo el crédito de la derechización ultraconservadora en Estados Unidos al ascenso del trumpismo en la forma de MAGA (siglas de make America great again), porque incluso la versión más progresista y sofisticada encarnada en Barack Obama (2009-2017) estuvo lejos de posiciones que plantearan el bienestar colectivo como plataforma política, la lucha contra la desigualdad como motor de desarrollo y el posicionamiento del Estado como eje y regulador-árbitro de la economía especulativa.
Por el contrario, las versiones demócratas (Bill Clinton 1993-2001, Obama) fueron especialmente agresivas para mantener el predominio económico por medio de guerras totales (Afganistán, Irak) como parte central del negocio de la violencia. En realidad, como se observa, estamos frente a una pugna ideológica descarnada de la clase política-económica tecno-industrial global. Por tanto, esta pugna ideológica en busca del control total subyace en la figura de Trump, pero va más allá de él y difícilmente concluirá con el fin de su presidencia, aunque su estilo haya incrementado el daño moral a la imagen que Estados Unidos mantuvo por tanto tiempo, que había logrado ser un país profundamente admirado lo mismo que sumamente despreciado. Esa ambigüedad se acabó.
México enfrenta la ofensiva desde la posición más vulnerable: dependencia económica, frontera compartida y millones de vidas entrelazadas.
Para países como México con una frontera extensa y la más poblada, el nivel de dependencia asimétrica casi total y la larga historia de desencuentros y acercamientos casi incestuosos entre ambos gobiernos(5) ha hecho de México “el rival más débil” de esa relación, justo cuando “el momento mexicano” busca una ruta de desarrollo económico y social contrario —o por lo menos, no tan sujeta— al modelo neoliberal que, dicho sea de paso, se logró en estricto apego a la relación con Estados Unidos por la vía del Tratado Comercial (1994) que de facto concluyó su ciclo (julio de 2026) al no ratificarse el acuerdo entre ambos países por 16 años y, al contrario, acordar revisiones anuales que implican incertidumbre, ajustes y movimientos agresivos de tipo económico y político con consecuencias impredecibles para los mercados y la economía nacional.(6)
A eso se suma la cruzada por retomar el control de lo que pedantemente han llamado las y los estadounidenses —de todo sello partidista e ideológico— su “patio trasero”, que no es sino el mensaje de desprecio, subordinación y control hacia América Latina en su conjunto y para México, una amenaza incluso geográfica.
Es desde esta lógica que debe ubicarse el tema de la migración que ha sido central en el discurso político de Donald Trump, el cual no solo afecta directamente a la extensa población de origen mexicano radicada en suelo estadounidense que es naturalmente la parte más vulnerable de un discurso que alimenta el miedo y la xenofobia, sino que es también una forma de redefinir la relación bilateral que durante décadas ese país mantuvo con distintas economías nacionales, pero muy especialmente con la de México, donde la migración ha sido una pieza central del sistema económico capitalista y en su expresión más exitosa, la de la economía estadounidense que se replanteó desde finales del siglo XX la necesidad de incrementar cada tanto y siempre en la medida de sus necesidades, la mano de obra internacional (70 % de origen mexicano).
Y si bien —y pese a su discurso agresivo y virulento en su momento directamente dirigido a los mexicanos (bad hombres)— no fue Trump quien abrió el frente antimigrante de manera tan hostil y hasta criminal porque en realidad, este discurso ha sido parte de la pugna ideológica fundacional de ese país entre Nativistas y Cosmopolitas.(4)
Haciendo un poco de historia hay que decir que fue a fines del siglo XX, el propio mercado laboral estadounidense generó el mayor aumento y diversificación de la migración mexicana a ese país (el pico migratorio fue en 2007). Lo irónico es que, pese a una apertura para recibir personas migrantes, cada presidencia estadounidense desplegó una política antiinmigrante feroz:(7) control fronterizo (la barda de la tortilla con Clinton);(8) programas de detención carcelaria; deportaciones masivas; control de empleadores para evitar contratación de extranjeros; retención y separación de familias con niños migrantes (2014). Pero no hay ninguna duda ni forma de matizar el hecho de que fue con Donald Trump con quien incrementó el discurso de odio y el mayor uso del tema migratorio junto con otras estrategias para ejercer presión política sobre México (tanto al gobierno de Enrique Peña Nieto, el de Andrés Manuel López Obrador y en el de Claudia Sheinbaum).
La agenda antimigrante no es un episodio: forma parte de un proyecto ideológico que busca rediseñar a Estados Unidos.
No se puede olvidar que Trump ganó la presidencia debido en gran parte a su discurso antiinmigrantes que refrendó inmediatamente que llegó a la Casa Blanca. Esto implica que una mayoría electoral apoya dichas medidas y que incluso es el único tema con el que mantiene aprobación a su gestión.
Lo anterior explica por qué Trump inició cada uno de sus mandatos firmando “órdenes ejecutivas” con temas migratorios, las cuales se aprueban sin pasar por el voto del Congreso y, por tanto, sin requerir debate alguno. La estrategia fue simple: avanzar en una agenda que, a la postre consideran las y los ultraconservadores, rediseñaría la esencia de lo que ha caracterizado a Estados Unidos durante más de dos siglos, al negar, limitar y modificar la migración como una pieza esencial de ese objetivo.
Para lograrlo, las medidas implementadas apenas Trump ocupó la Casa Blanca fueron la construcción de un muro a todo lo largo de la frontera de ese país con México; incrementar en un 100 % las deportaciones; el intento de terminar con el programa de DACA;(9) imponer limitaciones extremas a las solicitudes de asilo; finalizar el programa de protección temporal (TPS); procesar penalmente a las familias de migrantes detenidos —evitando la permanencia de algunos de sus miembros en Estados Unidos—; imponer de manera unilateral el programa de “Quédate en México” (MPP) —una suerte de tercer país seguro(10)—, además la prohibición de ingreso a ese país a ciudadanas y ciudadanos de varios países musulmanes.
En su segundo mandato, las órdenes ejecutivas que firmó fueron la política de reforzamiento del control y seguridad fronteriza por militares; restablecer el programa “Quédate en México” (que había retirado Joe Biden en el periodo que ocupó la Casa Blanca durante 2021 a 2025); terminar con el programa de gestión virtual de solicitantes de asilo por medio de una aplicación llamada CBP ONE (de la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza —Customs and Border Protection, CBP—, que fue una innovación de la administración presidencial de Biden para agilizar dichos procesos); suspensión del programa de refugiados salvo para ciudadanas y ciudadanos sudafricanos blancos; intento de eliminar el reconocimiento de la ciudadanía a las y los hijos de inmigrantes indocumentados y migrantes temporales —tales como turistas, estudiantes y viajeros temporales— nacidos en Estados Unidos,(11) hacer de las deportaciones la política de migración coordinada por ICE(12) basada en la persecución y detención más agresiva que jamás se hubiera diseñado en ese país, lo cual ha llevado a casi una veintena de mexicanas y mexicanos asesinados bajo custodia o ataque directo del ICE y un desplome de la confianza en ese país.(13)
Es en este escenario en el que cualquiera es el enemigo potencial para Estados Unidos y más allá de los resultados de las elecciones intermedias en ese país (en noviembre próximo) la agenda de redefinición ideológica ultraconservadora está echada a andar. Por tanto, es imperativo repensar las estrategias, posicionamientos y proyectos que van más allá de los gobiernos para preguntarnos qué piensa hacer la sociedad global.
* Profesora e investigadora en el Instituto Mora y analista en temas migratorios.
Referencias
(1) Curzio, Leonardo. (2017). Orgullo y Prejuicio. Imagen y reputación de México. México: Porrúa.
(2) García Canclini, Néstor. (1995). “América Latina y Europa como suburbios de Hollywood” en Consumidores y ciudadanos, conflictos culturales de la globalización. México: Grijalbo.
(3) Se entiende por “poder blando” o soft power la capacidad de cada país de influir, persuadir y hasta seducir a otras sociedades con sus valores, símbolos, tradiciones.
(4) Lilla, Mark. (2018). El regreso liberal. Más allá de la política de identidad. México: Penguin Random House.
(5) Entrega del Águila Azteca, máxima presea que entrega México a las y los extranjeros distinguidos. Enrique Peña Nieto lo entregó a Jared Kushner, yerno de Trump, el 30 de noviembre de 2018 —un día antes de concluir su presidencia—.
(6) López Castillo, Itzanilla. (2026). “TMEC no se extiende 16 años, entra en revisiones anuales”. Infobae. https://www.infobae.com/mexico/2026/07/01/bloomberg-afirma-que-estados-unidos-no-renovara-el-t-mec-con-mexico-y-canada-tratado-entra-en-revision-anual-hasta-2036/
(7) Alonso, Guillermo. El desierto de los sueños rotos, Detenciones y muertes de migrantes en la frontera México-Estados Unidos, 1993-2013. México: COLEF. Diálogos desde la frontera con Flor Arballo. https://www.youtube.com/watch?v=HRhvMcdJfLo
(8) A Obama se le señala como “Deportador en jefe” por el alto número de deportaciones que hubo en su presidencia.
(9) Regularización temporal para hijas e hijos de personas indocumentadas que llegaron a Estados Unidos en la infancia.
(10) Se trata de países alternativos a Estados Unidos donde pueden permanecer las y los solicitantes de asilo.
(11) La Suprema Corte falló en contra de negar dicha ciudadanía a las personas nacidas en Estados Unidos más allá del estatus jurídico de sus padres y madres.
(12) Servicio de Control de Inmigración y Aduanas (por sus siglas en inglés, ICE).
(13) Pew Research Center. (2025). “With Trump back in office; people in Mexico view US much more negatively”. https://www.pewresearch.org/short-reads/2025/07/11/with-trump-back-in-office-people-in-mexico-view-the-us-much-more-negatively/




























