Año 2, núm. 16, noviembre de 2026
ISSN 3122-3583
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Más recursos, mejores condiciones y más incentivos
Entrevista con José Luis Solleiro
Jesús Caudillo*
¿Por qué México no convierte su capacidad manufacturera en innovación propia? José Luis Solleiro analiza la baja inversión en ciencia, la centralización de recursos y los retos del nearshoring, los semiconductores y la inteligencia artificial. Propone tres prioridades: más presupuesto, mejores condiciones para investigar e incentivos al sector privado.
José Luis Solleiro (JLS), investigador del Instituto de Ciencias Aplicadas y Tecnología de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y referente iberoamericano en gestión tecnológica e innovación, dialogó con El Diluvio sobre por qué México sigue rezagado. Explica el peso del bajo gasto en investigación, el lugar 58 del país en el Índice Global de Innovación (GII, por sus siglas en inglés) y los proyectos insignia que se anuncian sin que se conozca su viabilidad; y analiza lo que cambió con la nueva ley de ciencia: la centralización, la pérdida de los fondos y la propiedad intelectual de los proyectos financiados. También habla del nearshoring, de los semiconductores y de la inteligencia artificial, y propone tres prioridades inmediatas: más presupuesto, mejores condiciones para los jóvenes investigadores e incentivos para el sector privado.
México destina alrededor de 0.28% del PIB a investigación, lejos del 1% previsto como meta.
Jesús Caudillo (JC): Me gustaría preguntarte de inicio sobre la inversión del gobierno mexicano, que no pasa del 0.3 % del producto interno bruto (PIB). Es una cifra para invertir en investigación y desarrollo que históricamente se ha mantenido muy por debajo del estándar de los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE). ¿Tú crees que el gasto es el problema principal del rezago? ¿Qué tanto le podemos atribuir al gasto y qué tanto es un problema, quizá, político? ¿Cómo podríamos acercarnos para explicar el fenómeno?
JLS: Sin duda es un gran problema. Desde 1975, en una conferencia de las Naciones Unidas se emitió la recomendación de que los países en desarrollo avanzaran progresivamente en una mayor inversión en ciencia y tecnología, y ahí fijaron una cifra mágica: el 1 % del PIB. Después México, en la Ley de Ciencia y Tecnología de 2002, puso como obligación del Estado que hubiera ese 1 %. Nunca hemos pasado del 0.58 %, siempre nos hemos quedado a la mitad de esa cifra, primero recomendada por las Naciones Unidas y después ratificada por los legisladores mexicanos al ponerla en la ley. Y hoy estamos inclusive a la mitad de lo máximo que ha logrado el país, porque estamos alrededor del 0.28 % del PIB.
En la administración pasada, la directora del entonces Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt) le dijo al presidente: “podemos hacer más con menos”. Esa es una gran falsedad, porque los laboratorios, los talleres de trabajo, los prototipos, los salarios de los investigadores y las becas para los estudiantes requieren recursos. Esta reducción del presupuesto para ciencia y tecnología tiene consecuencias: el empobrecimiento de las capacidades científicas y tecnológicas del país. Se puede ver: México forma jóvenes con posgrado, principalmente doctorado para la investigación, que terminan sus estudios y no tienen una plaza estable para trabajar. Algunos migran a otros países; otros se acogen al programa de las cátedras, que ahora se llama Investigadores por México y que sí les da un ingreso, pero no estabilidad; y otros se dedican a otra cosa, con lo cual la inversión que ha hecho el país queda en un terreno estéril. Definitivamente, la falta de recursos es un problema.
JC: Si pudiéramos nombrar al eslabón más débil de este gran sistema de innovación, tecnología y ciencia, ¿cuál podría ser?
JLS: El eslabón más débil está relacionado con las instituciones de los estados que tienen las condiciones más precarias en términos de competitividad, de inversión y de actividad económica. Yo tengo la fortuna de trabajar en la UNAM desde hace mucho tiempo —voy a cumplir 45 años de antigüedad— y luego les digo a mis colegas que tenemos un pensamiento unamcentrista: mucha gente piensa que todo es como la UNAM y no es cierto. Cuando vas a las instituciones de los estados te das cuenta de que no existen las condiciones para hacer ciencia competitiva, formación de recursos humanos con áreas destacadas, etc. Hay una desigualdad en las capacidades institucionales, y ese es un eslabón muy importante.
Podría mencionar otro, desde la perspectiva de la innovación, que ocurre en las empresas: las micro, pequeñas y medianas empresas del país están muy al margen de todos estos fenómenos de cambio tecnológico y de nuevas tecnologías que aparecen prácticamente todos los días, no porque no quieran, sino porque su prioridad se traslada a sobrevivir. En otros países hay esquemas de financiamiento a proyectos de innovación en las empresas que están muy por encima de lo que se hace en el nuestro, desgraciadamente. Ese sería otro eslabón débil desde la perspectiva de la innovación.
JC: Ahora que vas planteando todo este panorama, uno de los elementos es la transformación del Conacyt en la Secretaría de Ciencia, Humanidades, Tecnología e Innovación (SECIHTI), que le da rango de secretaría al tema de ciencia, innovación y tecnología. Por otro lado, hay una reducción presupuestal desde hace tiempo, e históricamente México no invierte en esto como asunto prioritario en la agenda de políticas. Además, uno ve los grandes desarrollos tecnológicos a nivel mundial, en China y en Estados Unidos como dos grandes polos, y en México los anuncios con bombo y platillo de “vamos a hacer un auto mexicano, la supercomputadora, una vacuna”, de la que nunca supimos qué pasó. En el fondo hay un gran contraste entre el discurso y lo que vemos en la realidad, y además unas megatendencias que llevan los grandes polos de desarrollo, que son China y Estados Unidos. Entonces, ¿dónde está México y dónde está Latinoamérica en este panorama? Con la penetración tecnológica que hoy vemos, y que cada día es mayor, no sé si nos estamos quedando rezagados.
JLS: Ya estábamos rezagados y seguimos rezagándonos más. Hay un esquema de medición internacional, con sus imperfecciones, pero internacional y que se aplica a todos: el GII, que organiza la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual. Mide indicadores de los países: los inputs, lo que tú le metes para generar innovación, que tiene que ver con gente, con dinero, con instalaciones; y los outputs, o resultados, como patentes ejecutables —no nomás patentes, sino patentes que se puedan ejecutar—, empresas innovadoras y exportaciones de bienes de alta tecnología. En este momento México es el país 58 y el tercero en América Latina, solo superado por Brasil y Chile.
Hay gente que lo ve con mucho optimismo, porque dice: estamos entre los tres mejores de América Latina. Pero somos el 58 del mundo y nos hemos movido poquito, pero hacia abajo, porque llegamos a ser el 56. Y dicen: ¿por qué es tan ambicioso?, 58 no está tan mal. Es que México tiene la economía número 13; el tamaño de nuestra economía es el 13, pero en innovación somos 58. Y no vamos superando ese lugar; ahí nos mantenemos, bajamos un poquito, pero no se ve una tendencia al alza. Otros países —China es el gran ejemplo— han tenido un ascenso tremendo en ese ranking, además con productos chinos por todos lados. India también ha ascendido. Otros países asiáticos como Malasia, que no suena tanto, han mejorado sustantivamente su nivel, y por supuesto Japón y Corea, que siempre han sido referentes importantes.
México sí tiene que hacer un cambio. Que tengamos esos proyectos insignia de esta administración, como el carrito, está bien. Lo que se tiene hasta este momento es un prototipo. ¿Va a trascender y al rato va a haber 500 000 Olinias rodando por las calles de las ciudades de México? ¿Quién sabe? Nunca nos han dado a conocer si hicieron un estudio de factibilidad. Algo que creo que medio traen en el radar, y que es muy importante que sepamos, es que una cosa es hacer un prototipo y otra hacer 100 000 carros. Tener una fábrica de automóviles implica una inversión mayúscula. Ellos han hablado de que necesitan 200 millones de dólares; se me hace una cifra conservadora, pero ¿quién los va a aportar? Tampoco tengo tan claro que se haya sometido el prototipo a toda la batería de pruebas que dictan las normas de la industria automotriz. Ya se verá. Y si lo logran, ¡qué bueno!, sería un éxito relativo; aunque ese tipo de vehículos existen en muchos lugares, no es la innovación revolucionaria.
La vacuna nunca llegó a nada. Nos la vendieron como una creación mexicana y le pusieron el nombre Patria, pero la tecnología era de Estados Unidos: una tecnología que desarrollaron allá y que pusieron libremente disponible para quien la quisiera adoptar. No conozco a nadie a quien le hayan puesto la vacuna Patria; al final nunca se distribuyó. Sí se invirtió bastante plata, más de mil millones de pesos, y no llegó a nada.
Sobre la supercomputadora, hasta donde llega mi conocimiento, está en Barcelona, en un acuerdo de colaboración. Está muy bien. Y si algún día contamos con una segunda versión de esa supercomputadora generada e instalada aquí, ¡perfecto! Ojalá nos volvamos muy buenos en el procesamiento de datos para sacarle todo el jugo posible a esas supercomputadoras.
También se habla de otros asuntos muy importantes, como los semiconductores. México ya tiene una industria de semiconductores y es importante decirlo: es producto de una política pública de fines de los ochenta y principios de los noventa, y así surgió ese polo de desarrollo de electrónica en Jalisco, alrededor de Guadalajara. Tenemos una industria muy apuntalada por empresas multinacionales: ahí en Jalisco están Foxconn, Nvidia, Intel, etc. Una cosa muy interesante es que le da trabajo a miles de ingenieros mexicanos, pero nos hemos concentrado en dos eslabones de la cadena de valor: el diseño, del que se hace un poco en la región; y el empaque, el ATP (assembly, test and packaging), que es el eslabón de menor agregación de valor. Los otros, donde más valor se capta en esta industria, no están aquí y lograrlo implicaría inversiones realmente estratosféricas y muy lejanas a las capacidades de nuestro país. Creo que está superbien que nos metamos a semiconductores y que nos subamos a ese carro de la mejor manera posible, y eso requiere una política de Estado e inversiones, sobre todo en contar con el capital humano necesario.
El país ocupa el lugar 58 en innovación y aún debe convertir manufactura en conocimiento propio
JC: Ya que hablas del papel del Estado, me gustaría que nos ayudes a entender qué ha cambiado con la nueva Ley General en Materia de Humanidades, Ciencias, Tecnologías e Innovación (LGHCTI). Entiendo que generó un reordenamiento del sector. ¿Qué ha cambiado? ¿Quién gana? ¿Quién pierde?
JLS: Apenas se ha estado viendo. Yo soy de los que opinan que teníamos una ley de ciencia y tecnología más progresista y que dimos marcha atrás en varias cosas. Por ejemplo, en la ley antigua se contemplaban instrumentos de financiamiento de la ciencia y la tecnología, como los fondos sectoriales, que se generaban con aportaciones del propio Conacyt y las cabezas de sector. Tenías un fondo sectorial de salud, al que la Secretaría de Salud le ponía plata para financiar proyectos propios del sector salud, definidos por el sector salud. Teníamos fondos sectoriales de comunicaciones, de empresas como Aeropuertos y Servicios Auxiliares, de energía, etc. Había también los fondos mixtos, en los que la Federación ponía una parte del dinero y los estados la otra; había hasta tres fondos mixtos de municipios, tres gobiernos municipales poniendo plata para tener su fondo de ciencia y tecnología. Las prioridades donde invertir ese dinero las ponían los propios estados o los municipios: era una forma de destinar recursos hacia prioridades locales. Tanto los fondos sectoriales como los mixtos desaparecieron con la nueva ley.
También desapareció el llamado a que hubiera esquemas de asociación, alianza y nuevas empresas de base tecnológica que estaba en la Ley de Ciencia y Tecnología, y los incentivos para que realizaras esquemas organizativos para hacer desarrollo tecnológico. No lo tenemos. La nueva ley generó un esquema centralizador no solo de las decisiones, sino también de la ejecución de los proyectos de ciencia y tecnología, que recayó, lo principal, en el Conahcyt —con H, porque la anterior directora se empeñó en que tuviera la H de Humanidades, como si algún día las humanidades hubieran estado descuidadas en México. Tenemos grandísimos historiadores y gente que estudia las lenguas indígenas, y México siempre ha sido destacado en humanidades, pero nos quieren vender la idea de que no es cierto. Pero bueno, metieron la H—. Desapareció el Conahcyt y las funciones las tiene que adoptar la Secretaría, manteniendo ese esquema centralizador.
Una de las cuestiones que se perdió en el paso de una ley a otra fueron los mecanismos de consulta a la sociedad. Hoy se habla de una gobernanza participativa para tomar decisiones, pero en la vieja ley estaba el Foro Consultivo Científico y Tecnológico, que tenía justo la función de recabar la opinión de los grupos de interés alrededor de la ciencia y la tecnología; y estaba la Conferencia Nacional de Ciencia, integrada por los responsables de ciencia y tecnología de todos los estados. Ambas figuras desaparecieron. Yo siempre cito un inciso de uno de los artículos de la nueva ley, donde se habla de los principios de la política de ciencia, tecnología, humanidades e innovación del país, y es un inciso en el que se hace un deslinde del sector privado: se plantea como principio de la política que no haya injerencia o intervención de los sectores privados. Como ya dije, la innovación ocurre en las empresas, no en las universidades; entonces, ese planteamiento es una forma de desmotivar la participación del sector privado en proyectos relacionados con esto.
Hay otra cosa que cae mucho en mi cancha. Yo estudié la propiedad intelectual y he trabajado en ella mucho tiempo. Hay un planteamiento según el cual, cuando ejecutas un proyecto con financiamiento del Estado mexicano —antes a través del Conacyt, ahora de la SECIHTI— la propiedad intelectual es de la institución. Mi primera gran pregunta es: ¿acaso la SECIHTI financia los proyectos completos o solamente pone una parte? La segunda: ¿es motivante para una empresa o para un particular decir “voy a pedir el financiamiento y a ejecutar el proyecto, y cuando termine, la propiedad intelectual es de la SECIHTI”? Y la tercera, creo que la más fuerte: ¿qué van a hacer con las patentes que lleguen a obtener? No me puedo imaginar a la SECIHTI promoviendo la explotación comercial de las patentes, porque no tiene ni la experiencia, ni las competencias ni siquiera el mandato. Estoy prácticamente seguro de que, si algún día se llegan a generar esas patentes, van a estar guardadas en un cajón. ¿Y la riqueza generada? Es inversión pública. Me parecen cuestiones francamente regresivas.
JC: Se habla mucho de la independencia tecnológica en México, pero claramente no hay una política que permita la atracción de inversión; más bien la desincentiva, según lo que acabas de decir. Y tampoco hay un ánimo colaborativo a nivel nacional e internacional: estamos viendo una política de cerrazón, de proteccionismo, en aras del nacionalismo y de la generación de tecnología propia, y de hecho descartamos todo lo que venga de fuera.
JLS: Son planteamientos completamente demagógicos y retóricos. Comencemos por decir que no hay ni un solo país del mundo que sea tecnológicamente independiente: ni Estados Unidos, ni China ni Alemania. Hay un esquema de interdependencia entre los países, de cadenas productivas, el famoso concepto de cadena de valor: una distribución de tareas en función de la dotación de factores o de recursos que tiene cada quien. Y hay un ambiente de colaboración. Otra cosa que nos mencionan una y otra vez es la soberanía tecnológica. ¿Qué es? Que hagas todo lo que necesitas. Si ese es el concepto, con los recursos actuales de México es imposible.
En mis buenos tiempos de estudiante de doctorado, en los ochenta —hice un doctorado sobre desarrollo tecnológico—, había un concepto muy en boga, la autodeterminación tecnológica, en inglés self-reliance. A mí me gusta más ese, porque la autodeterminación no dice que seas independiente, sino que todas las decisiones que tomes en materia tecnológica sean tuyas, de acuerdo con tu propia capacidad de planificación. Autodeterminación es “necesito un vehículo, tengo las capacidades suficientes para elegir el mejor vehículo y para decidir cómo lo voy a usar”. Dependencia es que alguien te diga “cómprate tal carro, úsalo entre tal hora y tal hora y jamás subas a este cuate”. La soberanía tal vez sería “yo hago mi propio carro, compro las partes y lo armo en el garaje”. Sale carísimo y te tardas un siglo en hacerlo rodar en las calles. Por eso me gusta más el término autodeterminación: que tengas las capacidades para tomar buenas decisiones, usando lo que hay y lo que puedes desarrollar.
JC: Detecto dos grandes tensiones que tienen que ver con la relación entre el gobierno y el sector privado. Por un lado, el empresariado, no como gremio sino en general, se orienta a generar valor y riqueza por su naturaleza, por su interés; y el gobierno se dedica a administrar, a explotar de alguna manera las bondades que se generan, y va cada uno a la suya. Por otro lado, está lo de la generación de patentes que mencionabas hace rato: tú me desmentirás, pero me parece que en México hay un buen trabajo de desarrollo tecnológico, científico y de investigación; se generan patentes, pero históricamente —más allá de los últimos ocho o diez años— no se explotan lo suficiente. ¿Dónde está el problema? No es falta de creatividad.
JLS: El problema está en lo que se llaman las condiciones marco: un contexto que te cobije y te apoye. A lo mejor es medio anecdótico, pero me han invitado como jurado de varios concursos de creatividad de muchachos de licenciatura en varias universidades y tecnológicos. Llegas y de repente ves, ¡órale, estos chamacos hicieron algo bien interesante! ¿Hacia dónde va a trascender ese invento de unos jóvenes mexicanos? En las más de las veces, hacia ningún lado. ¿Por qué? Porque no hay quien le invierta a la siguiente fase para pasar de ese prototipo a algo más competitivo y luego poder producirlo masivamente. Un prototipo no le cambia la vida a nadie: necesitas multiplicarlo y que haya muchos, y eso es una fabricación industrial que requiere inversión. Aquí no contamos con suficientes inversionistas de riesgo ni inversionistas ángel, mucho menos con instituciones crediticias dispuestas a apostarle a un desarrollo de ese tipo. Tampoco hay un esquema de mentoría: que agarren a ese joven y alguien con experiencia lo vaya llevando de la mano, lo aconseje sobre cómo convertir eso en una empresa nueva o negociar con una empresa que ya existe. Todo eso que llaman el ecosistema de emprendimiento es bastante débil en nuestro país, y por eso nos cuesta mucho trabajo dar ese salto. De verdad, los mexicanos somos tan ingeniosos como cualquier otro pueblo, nada más que nos faltan esas otras condiciones que sí tienen otros países.
JC: Hablabas de cómo México se incorpora a la tendencia de los semiconductores y no sé si México tiene la capacidad de competir a nivel mundial en una industria así. Sin embargo, mi pregunta va más en el sentido del nearshoring: ¿qué papel jugaría este gran concepto en esta industria? ¿Tú cómo ves esta circunstancia?
JLS: El nearshoring es una oportunidad para México: tenemos la proximidad geográfica a ese gran inversionista y gran mercado que es Estados Unidos. Además, está la tensión entre Estados Unidos y China. Estados Unidos invirtió enormes cantidades en China, le transfirió mucha tecnología y lo que hizo fue fortalecerla; ahora quiere dar marcha atrás y dice “no traigamos todo para acá”. Ahí puede haber una buena oportunidad, adicional a la cercanía geográfica. Pero hay chamba por hacer internamente. Voy a comenzar con una de las cuestiones tal vez más complicadas, pero más fácil de explicar: la energía. Si viniera la Virgen de Guadalupe y dijera “ahí te van 5 000 empresas nuevas de alta tecnología para que las instales en mi país”, diríamos “gracias, Virgencita”. Dotarlas de energía eléctrica suficiente y confiable implica muchísima inversión, mucho trabajo y buena organización. En el sexenio pasado, México le invirtió a aumentar su capacidad de generación de electricidad; no es que tengamos suficiente, pero sí aumentó. Pero una cosa es la generación y otra la transmisión, llevar la electricidad donde se necesita. El tema de la energía es trascendental para concretar el nearshoring.
Luego hay que agregar recursos humanos calificados. Yo participé en hacer la agenda de innovación agroalimentaria para el corredor transístmico, en Tehuantepec, en 2023-2024: ahí está publicado el librito, con un catálogo de proyectos prioritarios. Todavía el agroalimentario como que acumula más. Pero se dijo, por ejemplo, que iba a haber un polo de desarrollo del bienestar en el mismo Tehuantepec, de industria farmacéutica. ¿Dónde están las capacidades para tener cuartos limpios, químicos farmacéuticos supercalificados, el sistema logístico de distribución de los medicamentos que salieran de allí, la experiencia para cumplir con las pruebas clínicas de un producto? No hay ni una, ni una sola. Los parques tecnológicos, los parques industriales del bienestar en el corredor están vacíos —apenas antier leí una nota que lo consigna—, porque hay que generar esas condiciones.
En las entrevistas que hicimos con gente de la región nos decían cosas como: “está muy bien que pase un tren por aquí, creo que sí nos puede facilitar las cosas, pero ¿cómo llego con mis productos a la estación del tren?”. Si los caminos están rotos, no hay una cadena logística de refrigeración para que yo mantenga bien mis productos. Y otro temazo: la seguridad. ¿Quién me va a garantizar que voy a llegar en tiempo y forma si por todos lados hay asaltos?; no lo estoy diciendo yo: fuimos al lugar e hicimos las entrevistas. Son cuestiones en las que no solo hay que pensar, sino también trabajar para que una cosa de esas sea viable. Y así le subimos el nivel a semiconductores, biotecnología para la salud, edición genética, estamos hablando de otra cosa.
Más presupuesto, mejores condiciones para jóvenes investigadores e incentivos empresariales: tres prioridades inmediatas
JC: No puedo evitar preguntarte por la llegada de la inteligencia artificial a México. Nosotros, como usuarios, ya tenemos acceso a ciertos modelos de lenguaje y capacidades de inteligencia artificial, y los gobiernos necesariamente van a verse impactados por esta gran tendencia. Más allá de la anécdota de que las grandes empresas dicen que no hay que desacelerar el proceso porque nos van a terminar comiendo y conquistando internet los superagentes de inteligencia artificial, y de quien dice que estamos creando un monstruo, ¿qué ves en cuanto a procesos, en cuanto a impacto en la administración pública, en cuanto a impacto en el desarrollo y la innovación de la ciencia y la tecnología?
JLS: Indudablemente sí hay algunos riesgos. Yo no creo en eso de que nos van a desaparecer como humanidad, porque siempre tenemos el recurso de desenchufar y se acabó: si le quito el suministro de energía al centro de datos, ya no. Fuera de eso, es otro fenómeno de la revolución tecnológica que debemos aprender a usar muy bien en favor de nuestros objetivos. No hace mucho llegó internet a nuestras vidas, en los noventa. Yo tuve mi primera cuenta de correo electrónico creo que en el 91 o 92, y era un “¡wow!, somos la punta de la punta” porque teníamos correo electrónico; luego entrar y bajar archivos, las intranets, era la gran maravilla. ¿Alguien podría vivir sin internet ahorita? Y también había cuestiones amenazantes: existe la dark web. Yo nunca he entrado, no sé bien qué hay ahí, pero dicen que hay cosas horrorosas, y el ciberdelito se ha facilitado por internet. Pero es un fenómeno tecnológico que está en nuestras vidas y que, si lo usamos bien, nos facilita muchas cosas.
Creo que los modelos de lenguaje y el machine learning también nos pueden traer muchos beneficios si sabemos usarlos. Con la ingeniería del prompt, si preguntas adecuadamente, el resultado de tu modelo, sea el que sea, es bastante favorable y te ahorra mucho trabajo. Como les digo a mis alumnos, la inteligencia artificial actual nos permite pasar de frío a tibio; de tibio a caliente es con la cabeza. No esperes que te lo haga todo, pero esa pasada de frío a tibio te facilita muchísimo las cosas, es muy rápido y además le puedes seguir preguntando y va generando un mapa de opciones mucho más claro. Por supuesto que si haces preguntas basura, obtienes basura.
JC: Hay quien habla de una dependencia, de gente que la utiliza como psicoanalista, incluso.
JLS: Híjole, no podemos prohibirla, pero creo que eso puede salvarse con una buena educación y una buena orientación sobre lo que sí y lo que no de la inteligencia artificial. Tenemos que usarla, pero ser buenos usuarios. Hay colegas míos que dicen que hay que generar nuestros propios modelos de lenguaje. Sí, está bien.
JC: ¿Pero México tiene la capacidad tecnológica para hacerlo?
JLS: Modelos cortos de lenguaje, sí se puede. Hacer un modelo para El Diluvio, manejar la base de información de El Diluvio histórico y que salgan cosas sobre eso, creo que estaría interesante y es lograble. Pero eso sería complementario a ser buenos usuarios de lo grande que ya hay. Ponernos al margen de ChatGPT, de Claude, de Perplexity y eso creo que sería una mala idea, porque no podríamos competir, nos quedaríamos cortos.
JC: Para ir cerrando: si pudieras definir tres prioridades para la agenda de ciencia, tecnología e innovación en México, en lo inmediato, ¿cuáles serían?
JLS: Aumentar sustantivamente el presupuesto. Para 2027 se habla de un aumento de alrededor del 10 % en términos nominales, creo.
JC: Ya vi por ahí un cambio de paradigma.
JLS: Espérame: con ese 10 % de aumento no regresamos a los niveles de 2018, que ya eran precarios. Se necesita más. Se dice que no hay plata, pero sí hay para otras cosas: las grandes obras insignia se siguen llevando cantidades ingentes de dinero. Es priorizar. Y el tema de la ciencia y la tecnología es que entrega resultados a futuro, no tan cercano; tapar un hoyo lo ves luego, luego —y ni así lo tapan—. Pero es en el mediano y largo plazo donde nos pueden colocar en una prosperidad mucho mejor que la que tenemos en este momento. Nada más para documentar: un gran brinco de la ciencia mexicana se dio en los años noventa, con dos préstamos del Banco Mundial para ciencia y tecnología que llamaban PACIME, Programa de Apoyo a la Ciencia en México. El equipamiento de laboratorios, las bibliotecas, la descentralización —sacar del Distrito Federal muchas de las capacidades— vinieron del PACIME: plata, plata entrando al sector. Esa es una prioridad importantísima.
La segunda es generar condiciones de trabajo para los jóvenes investigadores. ¿Qué son condiciones de trabajo? Buena remuneración —ninguno de nosotros es millonario, pero que tengas acceso a una buena remuneración—, estabilidad, prestaciones. En ese aspecto se dieron pasos atrás en la administración pasada. Colegas nuestros de varias instituciones que tenían seguro de gastos médicos mayores lo perdieron; a nosotros en la UNAM no nos lo quitaron completamente, nos lo recortaron, pero seguimos teniendo algo. Y hoy, por ejemplo, una de las instituciones que conozco de mayor trascendencia científica en nuestro país recibió el aviso de que el corte presupuestal del año era en mayo: tienes poca plata y encima te dicen que en mayo cierran el presupuesto. No hay plata para viajes, no hay dinero para agua. Son condiciones, que tengas un capital humano con buenas condiciones para trabajar.
Y la tercera es atraer al sector privado, darle incentivos; los incentivos funcionan: lograr que empresas se acerquen a hacer investigación con las universidades y los institutos. Esto, en los países punteros en innovación en el mundo, se da con incentivos del Estado. ¿Por qué México dio marcha atrás? Es incorrecto. Sí sé por qué, por esa aversión a todo lo que suene a sector privado, pero es incorrecto. Mis prioridades serían esas: más plata, mejores condiciones para que haya más gente en el sector y los incentivos para las empresas.
JC: ¿Y qué le recomendarías a quien busca emprender en el mundo de la ciencia y la tecnología en México?
JLS: Que tenga paciencia, persistencia y un buen padrino.
JC: Para cerrar, ¿quieres dejarle algún mensaje a nuestra audiencia de El Diluvio? Algo que yo no te haya preguntado, algo que quieras poner sobre la mesa.
JLS: Celebro mucho que una revista como El Diluvio haya adquirido el interés de incursionar en este tema de la agenda nacional, que muchas veces le pasa de noche a la mayoría. Los investigadores sí existimos y queremos hacer aportaciones a nuestro país. Nos gustaría mucho que las condiciones cambiaran pronto y que, mediante este tipo de acciones de comunicación, se atraiga a más jóvenes para incorporarse en esta área de trabajo. La semana pasada tuvimos en mi instituto la visita de chicos de prepa —le llamaron el bachilleratón—: una bola de chamaquitos que venían a conocer, y el mensaje era atraerlos hacia la ciencia. Yo les decía: créanmelo, trabajar en esto es bien divertido. No hay una rutina de estar apretando tornillos todos los días, es una actividad muy estimulante y divertida.
* Editor de El Diluvio.
























