Año 2, núm. 15, octubre de 2026
ISSN 3122-3583
entre-mes
Lula ganó, el bolsonarismo no perdió
Paulo Hidalgo
Lula remontó en segunda vuelta y volverá al Planalto por cuarta ocasión, pero el resultado no desarticula al bolsonarismo, que rozó la mitad del electorado. Brasil celebra una victoria defensiva mientras enfrenta una oposición sólida, una izquierda sin relevo y una democracia atravesada por la polarización.
El bolsonarismo perdió una elección, no una sociedad
Esta mañana Luiz Inácio Lula da Silva votó en una escuela de São Bernardo do Campo, el mismo cinturón industrial donde hace casi medio siglo encabezó las huelgas metalúrgicas que pusieron en aprietos a la dictadura. A la salida dijo que el pueblo había salido a la calle a defender sus conquistas. Al caer la tarde, con el escrutinio prácticamente cerrado, el Tribunal Superior Electoral confirmaba lo que tres semanas antes casi nadie se atrevía a anticipar: 51.76 % para Lula y 48.24 % para Flávio Bolsonaro, algo más de cuatro millones de votos de diferencia.
Lula volverá al Planalto por cuarta vez y es el primero, desde el regreso de la democracia, en ganar un balotaje después de haber perdido la primera vuelta.
El 4 de octubre Flávio se había impuesto con un 47 % frente al 45 % de Lula, contra lo que anunciaban todas las encuestas, y los partidos del Centrão —esa masa parlamentaria que suele arrimarse a quien huele a ganador— se apresuraron a sumarse a su candidatura.
La victoria de Lula contiene a la derecha, pero no resuelve la crisis de representación que la alimenta
Las cuentas parecían hechas: los votos de los candidatos rezagados venían, en su mayoría, de la derecha, y la historia electoral brasileña no conocía remontadas. Lula respondió a la derrota con la picardía del viejo dirigente sindical, diciendo que lo suyo eran las eliminatorias. Tenía razón, pero el triunfo de un hombre no equivale a la derrota de un proyecto.
Lo que esta elección deja a la vista, antes que cualquier otra cosa, es la solidez del bolsonarismo sin Bolsonaro. Jair Bolsonaro está inhabilitado y condenado por la justicia, fuera de la contienda, y aun así su hijo mayor —un senador sin el carisma ni la épica del capitán que irrumpió en 2018— heredó casi intacto el electorado paterno y lo llevó a rozar la mitad del país.
El mapa repite el de 2022, con el nordeste del lado de Lula y el sur y el sudeste del lado de la derecha. No estamos, entonces, frente a un caudillo de paso ni frente a un arrebato de rabia pasajero. Estamos frente a una identidad política que sobrevivió a la ausencia de su fundador, que se transmite como un apellido y que se ha vuelto sentido común para millones de brasileños, donde el orden y la fe evangélica conviven con un rechazo visceral al Partido de los Trabajadores (PT).
El bolsonarismo ya no necesita a Bolsonaro para disputar el poder: se convirtió en una identidad política propia
Hay en esto una ironía que vale la pena subrayar. La derecha brasileña fue capaz de producir un heredero, aunque haya sido por la vía dinástica. La izquierda, en cambio, sigue atada a un solo hombre que pasado mañana cumple ochenta y un años. En dos décadas el PT no ha formado un liderazgo capaz de reemplazarlo y el paso de Dilma Rousseff por la presidencia dejó una cicatriz que nadie quiere reabrir. De modo que la principal fuerza progresista de América Latina llega a este momento con una victoria en la mano y un vacío por delante.
Vista desde la región, la elección admite otra lectura. La ola que llevó a Javier Milei a la Casa Rosada y a José Antonio Kast a La Moneda —una derecha reactiva, de discurso simple y binario, que se alimenta del miedo al delito y del desprestigio de las elites— encontró en Brasil un dique. Que la economía más grande de la región quede en manos de un gobierno que, con todas sus contradicciones, defiende las instituciones democráticas y el multilateralismo pesa, y mucho.
Pero un dique no es una marea en sentido contrario. Lula no ganó empujado por el entusiasmo sino por un voto de contención: el de millones que, sin estar conformes con su gestión, prefirieron no abrirle la puerta al regreso de la familia Bolsonaro. Es una victoria defensiva, y las victorias defensivas suelen durar poco.
Brasil ganó tiempo; la democracia, en cambio, sigue esperando un relevo para Lula
El camino que viene tampoco será llano. Lula gobernará con un Congreso fragmentado y conservador, donde el Centrão cobrará cada voto al precio más alto y frente a una oposición que sabe que tiene casi a medio país detrás. La evaluación del gobierno no mejoró en la segunda mitad del mandato y los males que empujaron el voto hacia Flávio —la violencia en las ciudades, un costo de la vida que no da tregua— seguirán ahí cuando empiece el nuevo período. Si el cuarto mandato no consigue respuestas tangibles, lo que hoy se celebra como una remontada histórica podría leerse mañana como una simple postergación.
Algo, en todo caso, hay que reconocerle a la democracia brasileña. Tras el asalto a las sedes de los tres poderes en enero de 2023 —y tras la condena de un expresidente por conspirar contra el orden constitucional—, el país volvió a las urnas y decidió por un margen estrecho pero claro. En tiempos en que los resultados se ponen en duda antes de conocerse, no es poco.
Queda flotando, sin embargo, una pregunta que excede a Brasil. El bolsonarismo perdió una elección, no una sociedad. Y el hombre que anoche lo contuvo no tiene a nadie a su lado para la próxima vuelta. ¿Qué le ocurre a una democracia cuando su último dique tiene ochenta y un años y el adversario apenas cuarenta y cinco?
26 de octubre de 2026.
























