Año 2, núm. 15, octubre de 2026
ISSN 3122-3583
a fondo
Jajaja, ¡qué chistosos!: estampas de la discriminación
Asmara González Rojas *
Apodos clasistas, cánticos racistas y bromas homofóbicas circulan como entretenimiento en redes, estadios y arenas de lucha libre. A partir de escenas reconocibles, el texto muestra cómo la risa normaliza jerarquías: une a quienes se burlan mientras deja a otras personas cargando el estigma.
La desigualdad y la discriminación son mitades de una misma nuez y se expresan de maneras burdas y otras veces sutiles. El escarnio de unos sobre las diferencias que distinguen a otros ha sido, muchas veces, convertido en producto comercial y normalizado por la sociedad. ¿Cuántos programas de televisión se han transmitido en el mundo, ridiculizando los rasgos de grupos tradicionalmente marginados? El desprecio al indio o la india, a los homosexuales, a las y los discapacitados y neurodivergentes, a los viejos, a las mujeres sin recato o respondonas, a los pobres, entre un largo etcétera, se ha prestado constantemente a la construcción de estereotipos chistosos que venden bien y confirman la discriminación. No se hacen para combatirla, sino para normalizarla.
Que todos se rían no vuelve inocente al insulto
Antes de la llegada de la agenda antidiscriminatoria —a partir de la segunda mitad del siglo XX, impulsada por el Sistema de Naciones Unidas— esas formas masivas de desprecio se leían como asuntos normales, sobre todo en términos del uso del lenguaje discriminatorio. Después, poco a poco, ha ido creciendo la conciencia sobre el daño que provocan. Sin embargo, la llegada de esa agenda no las eliminó. Muchas de ellas siguen vigentes y siguen formando parte de nuestra vida cotidiana.
Para este texto recurro a algunas de esas expresiones normalizadas para mostrar, sin otro propósito, cómo contribuyen a configurar los rasgos de sociedades profundamente fragmentadas y ancladas en el rechazo a la diferencia. Son formas que, además, se repiten y se reproducen desde los sectores más discriminados de la sociedad: entre quienes padecen la discriminación racista y clasista. Hablo de la sociedad mexicana, pero no solamente. Otras formas similares de desprecio son frecuentes en todo el mundo. Y aunque creo que valdría la pena hacer un esfuerzo sistemático para hacer una antología con esas expresiones que, paradójicamente, se dicen populares, para explicarlas desde una mirada antropológica de fondo, no es mi intención emprender aquí esa tarea ni ahondar en las teorías que ya han intentado comprenderlas debido a que este es solo un texto de opinión. Me limito a recuperar estampas sobre el uso del lenguaje o episodios de discriminación, escudados en la cultura y el entorno que las protege. Por fortuna, algunas de esas conductas han merecido un creciente rechazo en redes sociales y otras han merecido castigos de los organismos creados para eliminarlas. Pero lo cierto es que siguen vivas.
Muchas de esas historias sobre clasismo, racismo, machismo, xenofobia, regionalismo o superioridad regional o identitaria las vemos todos los días en la prensa y en las redes; algunas han generado escándalos pero, al igual que la dinámica en redes, pasan y se olvidan rápidamente. Recuerdo, por ejemplo, que en el sexenio del presidente Enrique Peña Nieto, una de sus hijas reposteó un mensaje que estigmatizaba a los mexicanos que criticaban a su padre, llamándoles la prole, mientras disfrutaba de la vista desde el balcón presidencial. Ese episodio fue rechazado categóricamente en redes sociales y obligó al propio presidente a ofrecer una disculpa pública.
Otros episodios de franca discriminación se han ganado el repudio público asignando una falsa nobleza o una parodia de la nobleza a quienes los cometen: las ladies y los lords o los gentleman, quienes han sido grabados con teléfonos celulares y viralizados en redes sociales mientras insultan a quienes consideran inferiores. Hay muchos casos así. Uno de los primeros fue el de las ladies de Polanco: dos jóvenes de evidente clase alta que increparon a un policía que intentó impedir que siguieran circulando en igualmente evidente estado etílico, pero alguien las grabó. Otra lady de Polanco fue una periodista que subió a redes un video para quejarse de un restaurante —en el mismo barrio de renta alta de la Ciudad de México— que dejó de atenderla con sus amigas ya entrada la madrugada, aunque habían pagado una cuenta de 25 000 pesos, pues consideraban que eso bastaba para seguir ahí, sin tener en cuenta los horarios laborales del restaurante. Otro, imperdible, fue el caso de la Lady Racista: una modelo rubia que, furiosa contra un policía de la Ciudad de México que le prohibió infringir el reglamento, le gritó: “odio a los negros como tú, por nacos”.
La carrilla también reparte lugares: unos ríen, otros cargan el estigma
Otro más, descrito por José Woldenberg en el libro El prejuicio y la palabra,(1) fue el caso de un acaudalado empresario que agredió verbal y físicamente a un trabajador del conjunto residencial Altus, en Paseo de Las Lomas de la Ciudad de México, porque este no quiso cambiar la llanta de su automóvil. El caso se hizo viral en los medios digitales cuando el empresario le grita, entre otras cosas, “pinche gato”, “pinche indio”, y el agresor fue identificado como el Gentleman de Las Lomas. Hay muchos más: la Lady Profeco, la Lady 3 pesos, Lord Audi, etcétera.
Este tipo de historias hoy pueden ser visibles gracias a las redes sociales, al historial de la web y la ayuda de la IA, pero hasta hace muy poco esas actitudes pasaban inadvertidas; y sabemos que la gran mayoría sigue sucediendo y sigue siendo tan cotidiana como anónima. Por otra parte, estamos muy lejos de haber erradicado de nuestro lenguaje coloquial esas expresiones discriminatorias que, además, han ido generando nuevas dicotomías y más polarización social: prieto, indio, naco, gato, nopal versus pirruris, pipirisnais, fresa, junior, a las que se han ido añadiendo otras más recientes como mirrey, mirreyes, whitexicans, nepo baby, cayetano, así como las que el expresidente López Obrador popularizó como fifis y la respuesta de quienes acuñaron la expresión chairos para referirse a los seguidores del gobierno y su partido.
En los estadios de futbol —y a despecho de los esfuerzos de la FIFA para sancionarlas— suelen multiplicarse expresiones francamente denigrantes contra los jugadores de los equipos opuestos, en una suerte de juego de masas (en el sentido de Elías Canetti) que se disputa en las gradas. En Europa —donde se presume que la conciencia antidiscriminatoria ha sido mucho más efectiva que en América Latina— se han naturalizado expresiones racistas contra jugadores afrodescendientes con sonidos simiescos (¡uga, uga!) o con gritos de mono o chango. Uno de esos casos se volvió noticia global en 2023, cuando los ataques discriminatorios contra el jugador brasileño Vinicius Junior, del Real Madrid, provocaron la intervención del presidente brasileño Lula da Silva y generaron un episodio diplomático entre España y Brasil.(2) Esos gritos también se escuchan en los estadios de futbol de Reino Unido, donde incluso se han lanzado plátanos o bananos a la cancha. Y en el caso mexicano, es bien conocido el grito homofóbico que se repite tercamente en los encuentros de la selección nacional, a pesar de las sanciones que se han impuesto a la Federación Mexicana de Futbol, como el cierre de estadios o la suspensión de juegos. Pese a todo, la gente sigue gritando puuuuuuto a los porteros de los equipos contrarios, porque les parece divertido hacerlo, hasta el punto de haberse convertido en un rasgo de identidad entre los fanáticos de ese juego.
Las estampas discriminatorias se multiplican en la lucha libre. Los aficionados de los luchadores técnicos o rudos, femenil o varonil, gritan puto o puta durante cada encuentro como cosa normal (y hasta exigida), entre otras muchas expresiones como gatos, tu mamá es mi sirvienta, pinches empleados, nacos, indios bajados del cerro a tamborazos, trabaja en Liverpool, pinches marranos, entre un largo etcétera, animados sin duda por el consumo de alcohol y otras sustancias. Como lo recuerda una artista tapatía que organizaba tours a las luchas libres en Guadalajara, esos gritos se dirigen a los luchadores, pero también a quienes ocupan las gradas de abajo y de arriba (léase los que pagan más y los que pagan menos por entrar al espectáculo): ¡órale pobres!, ¡no les alcanza!; a las personas gordas les gritan el culo no es bodega, mientras los espectadores más cercanos al ring les gritan a los de las gradas superiores: ¡se les va el camión, se les va el camión!. Nada de eso se considera reprobable; por el contrario, se dice “¿cómo asistir al espectáculo sin participar así?”.
El chiste envejece; la exclusión que normaliza permanece
En esos ejemplos se entrelazan categorías discriminatorias por clase, género, preferencias sexuales, corporalidad y color de piel que se justifican como una especie de catarsis colectiva, donde se asume que el desprecio al adversario forma parte de una tradición que con frecuencia suele atravesar una línea delgada y roja de permisividad que ha desembocado en tragedias memorables.
Ningún país está a salvo de esas expresiones. En Estados Unidos, además de los insultos largamente acuñados contra los negros y contra los beaners o brownies mexicanos, es popular el así llamado roast (rostizar) americano, que se basa en hacer una comedia de insultos con un invitado de honor que será víctima de los demás. También en esos casos, la normalización de los agravios racistas, de género, xenófobos y clasistas se justifica como una forma de entretenimiento cultural sin consecuencias.
Podría seguir con un largo listado de chistes cuya hilaridad depende por completo de su fuerza discriminatoria explícita, pero saldría sobrando. ¿Quién no los ha escuchado? ¿Quién no se ha reído con ellos? Lo que me interesa subrayar es esa justificación: la banalización de los agravios como instrumento de la discriminación. Me pregunto si cabe referirse al concepto acuñado por Hannah Arendt para caracterizar esas conductas, la banalidad del mal, para referirse a quienes dañan a otros alegando que sus actos singulares son poco dañinos, que responden a órdenes superiores o que forman parte de su entorno y nada más. Una banalización que se considera chistosa, que abre puertas sociales, que produce lazos identitarios entre quienes se burlan de otros mientras se adscriben a un grupo dominante y que refrenda, por la vía del chiste y de la risa, los valores dominantes que fragmentan a la sociedad.
De lo que no me cabe duda es que la risa, lo chistoso —la carrilla, el sarcasmo (que odiaba Hobbes), la broma pesada y las porras ingeniosas— no pueden seguir siendo excluidos del análisis sobre la persistencia de la discriminación. Así como Martha Nussbaum identificó al asco y la vergüenza como instrumentos de exclusión, así también debe considerarse la banalización del chiste, individual o colectivo, como uno de los medios más potentes de la discriminación. Y no, no es gracioso; es indignante.
* Profesora-investigadora de la Universidad de Guadalajara.
Referencias
(1) Woldenberg, J. (2018). Libertad de expresión y no discriminación. En J. Rodríguez Zepeda y T. González Luna Corvera (coords.), El prejuicio y la palabra: los derechos a la libre expresión y a la no discriminación en contraste. Conapred.
(2) Football España. (2023, 22 de mayo). Brazilian President Lula de Silva wades into Vinicius Junior racism row.
























