Año 2, núm. 15, octubre de 2026
ISSN 3122-3583
entre-mes
Lo que Brasil le enseña a la región (y a la izquierda)
Flavia Freidenberg *
La cerrada primera vuelta presidencial en Brasil dejó mucho más que un duelo entre Lula da Silva y Flávio Bolsonaro. La polarización extrema, el desgaste del oficialismo, el peso del costo de vida y la capacidad de la derecha para coordinarse ofrecen seis lecciones que trascienden las fronteras brasileñas y obligan a las izquierdas latinoamericanas a revisar liderazgos, estrategias y relatos políticos.
Ningún sondeo lo anticipó. El domingo 4 de octubre, Flávio Bolsonaro terminó la primera vuelta de las elecciones presidenciales brasileñas con el 47.03 % de los votos, casi dos puntos por delante de Luiz Inácio “Lula” da Silva, que obtuvo el 45.16 % (TSE). Datafolha acertó el voto de Lula, pero subestimó a Flávio en siete puntos, casi el mismo error que cometió con su padre en 2022.
En ambos casos, no queda claro si esto fue producto del voto oculto, mala muestra o decisión de último minuto. Lo cierto es que las elecciones están siendo de infarto, solo atemperadas —una vez más— por los reconocidos niveles de integridad de la gobernanza electoral brasileña y de su capacidad para entregar resultados con rapidez la misma noche del domingo.
En democracias profundamente polarizadas, ya no basta con conquistar indecisos: la elección puede definirse por quién logra movilizar mejor a quienes se abstuvieron o votaron por otras opciones.
Flávio y Lula se verán de nuevo el 25 de octubre, por lo que quedan unos veinte días de incertidumbre; mientras tanto, esta elección dejó una pregunta incómoda para el Partido de los Trabajadores (PT) y para buena parte de la izquierda latinoamericana: ¿cómo llega segundo un presidente que hace apenas cuatro años derrotó al bolsonarismo, gobernó con indicadores de empleo y renta que su campaña presentaba como un logro y donde el principal adversario cumple una condena de 27 años por intento de golpe de Estado, en prisión domiciliaria por razones de salud?
La tentación es buscar una sola respuesta. Que Brasil giró a la derecha. Que la economía castigó al gobierno. Que las encuestas volvieron a fallar. Que pesó la política exterior sobre la contienda. Que hubo voto oculto y vergonzante. Que fue el discurso de mano dura, el enfrentamiento con el Supremo Tribunal Federal o las denuncias de corrupción. Cada una de las respuestas contiene algo de verdad, pero ninguna alcanza por sí sola. La elección se entiende mejor si se mira con varios lentes a la vez: el desgaste del oficialismo (incumbent), el apoyo de los sectores evangélicos en la campaña bolsonarista y la experiencia reciente de sus vecinos. Vista así, la elección deja menos certezas respecto a los próximos resultados —de las que proclaman los ganadores de la primera vuelta—, y más lecciones de las que quisieran admitir los derrotados.
Un país partido en dos
El primer dato que conviene subrayar no es quién ganó, sino por cuánto. La diferencia de 1.87 puntos es la más estrecha en una primera vuelta desde el regreso de las elecciones directas en Brasil, según una base de datos de 177 elecciones presidenciales latinoamericanas, que elaboramos junto a Carlos Guadarrama Cruz. La anterior marca era de 2022, cuando Lula superó a Jair Bolsonaro por 48.43 % frente a 43.20 %, poco más de cinco puntos. La historia electoral brasileña dice mucho respecto a la división del país. Desde 2002, todas las elecciones se definieron en segunda vuelta. Y, así, esta es la séptima segunda vuelta electoral consecutiva que vive el país.
Otro dato importante para entender la polarización: el nivel de concentración del voto. Entre las dos primeras candidaturas sumaron el 92.2 % de los votos, un récord para Brasil. Supera a 2022 (91.6 %) y 2006 (90.3 %) y contrasta con la de 2002 —la primera que ganó Lula—, cuando los dos candidatos más votados sumaron apenas el 69.6 %. En las 63 segundas vueltas de la región, solo Chile, en 1999, tuvo una concentración mayor (95.5 %). Esta puede ser la primera lección. En democracias tan polarizadas, las elecciones ya no se ganan convenciendo a una gran masa de indecisos, precisamente, porque parece que ya no queda centro político. La segunda vuelta dependerá más de la capacidad de movilizar a los que se abstuvieron y los que apoyaron a otras candidaturas (cerca del 8 %) que de quienes pudieran quedar como indecisos.
La abstención, del 21.08 %, fue prácticamente igual a la de 2022 (20.95 %), pero con un país tan dividido, cada punto de participación pesa y cualquier error de campaña puede decidir la elección. De ahí que el diseño de la estrategia de ambos para la segunda vuelta sea todo un desafío. En la elección hubo un empate casi perfecto entre dos bloques que se reparten el país (y que cada vez se distancian más y se parecen menos). En sociedades tan polarizadas, dos partes (dos países) se disputan todo: la definición de democracia, la manera de entenderse y relacionarse, de defender la soberanía e incluso la identidad nacional.
Los logros económicos que no se sienten en la vida cotidiana difícilmente se traducen en respaldo electoral: el precio de la comida puede pesar más que cualquier promedio macroeconómico.
El bolsillo, el castigo y el rechazo
La segunda lección es bastante antigua, pero sigue vigente: las y los votantes no viven de los datos ni de los promedios macroeconómicos. Los logros que no se sienten, no cuentan. El gobierno de Lula mostró mejoras en empleo, renta y salario mínimo, pero el votante juzgó por el precio de la comida. Si bien la campaña del partido en el gobierno destacó el empleo, la renta y el salario mínimo por encima de la inflación, la prévia de la inflación (IPCA-15) subió 0.70 % en septiembre, por encima del 0.55 % que esperaba el mercado y los alimentos volvieron a encarecerse después de dos meses de baja. El aprendizaje para la izquierda está claro: los gobiernos no pueden defenderse solo con promedios macroeconómicos y necesitan agendas que resuelvan problemas concretos y visibles en la vida cotidiana. Precisamente, la candidatura de Flávio hizo del costo de vida su arma de campaña central.
El desgaste venía de antes. A comienzos de septiembre, Datafolha registraba que el 42 % de las y los brasileños consideraba malo o pésimo al gobierno y únicamente el 31 % lo veía bueno u óptimo. La comparación con el propio Lula es cruel. Al cerrar su primer mandato, en diciembre de 2006, el 52 % calificaba su gobierno de bueno u óptimo. El resultado del domingo lo confirma en votos. Según datos publicados por el politólogo Marco Antonio Faganello, en la red social X, tras estudiar los resultados preliminares del TSE para 5 570 ciudades, “Lula perdió votos (en % de los válidos) en el 98 % de los municipios de Brasil entre la 1ª vuelta de 2022 y la de 2026”. Esas pérdidas fueron mayores en el interior que en las capitales, donde prácticamente mantuvo el voto de 2022; en el Sur y en el Centro-Oeste, donde ya era más débil y en los municipios donde el agro pesa más. En resumen, Lula sumó unos 3.4 millones menos que en la primera vuelta de 2022.
Una tercera lección surge del límite que el electorado les pone a los liderazgos carismáticos. Un proyecto que depende de una sola persona tiene fecha de vencimiento. Lula, con 80 años y en busca de un cuarto mandato, encarna a la vez la fuerza y el techo de un proyecto que depende de una sola figura. Esto muestra que hasta los liderazgos carismáticos se agotan. Un partido tan poderoso no generó relevo y la crisis no es solo de nombres: también de relato y de propuestas. Renovar liderazgos y construir una narrativa que dé sentido a lo que está pasando es la tarea más urgente y la más difícil que enfrentan las izquierdas de la región.
Los partidos progresistas se enfrentan a una profunda crisis, caracterizada por la ausencia de narrativa que dé sentido a lo que está pasando y plantee una propuesta de futuro, ya sea por el agotamiento de sus liderazgos (que no consiguieron cumplir con muchas de sus promesas) y/o por el fracaso de muchas de sus propuestas (cuyos logros no siempre se han traducido en mejoras percibidas por la ciudadanía). Si bien estos dilemas exceden a los partidos de izquierda (porque la derecha también enfrenta muchos de estos desafíos), ahora mismo un sector importante del electorado moderado de los países latinoamericanos se siente desilusionado con las propuestas progresistas. Y esto no es una cuestión menor.
La izquierda necesita volver a entusiasmar con un proyecto propio, no solo a movilizar contra el adversario. Construir un nuevo relato que enamore; transformar el contenido de las propuestas hacia agendas que resuelvan de manera innovadora los problemas concretos de la ciudadanía —como vivienda, sistema de cuidados, ciudades amigables, seguridad, cambio climático o inversión en educación pública— y renovar los liderazgos para que sean capaces de movilizar a la gente en torno a estas propuestas son desafíos cruciales para los partidos progresistas.
La izquierda necesita algo más que movilizar el rechazo al adversario: requiere renovar liderazgos, construir un relato de futuro y ofrecer respuestas concretas a los problemas cotidianos de la ciudadanía.
Esto nos lleva entonces a la cuarta lección: ser “anti” ya no alcanza ni para la izquierda ni para la derecha. En 2022, el rechazo a Bolsonaro bastó para ganar. Hoy el rechazo es simétrico (45 % frente a 45 %) y los dos bloques se neutralizan. La polarización afectiva funciona en la evaluación de los contrarios. Entonces, ya no compiten dos proyectos que entusiasman, sino dos rechazos que se neutralizan. Brasil está poniendo en evidencia las consecuencias de una manera de hacer política de naturaleza centrífuga, que lleva al enfrentamiento y a la lógica de amigo-enemigo, más que a la búsqueda de la cooperación y coordinación que toda democracia necesita.
La derecha aprendió a coordinarse
Mientras tanto, la derecha aprendió lo que la izquierda practicó en otras épocas: coordinarse, sacrificar candidaturas y llegar unida al momento decisivo. Si bien la derecha llegó dividida en varias candidaturas que se disputaban la herencia de Jair Bolsonaro, en la recta final el electorado conservador abandonó a Romeu Zema y a Ronaldo Caiado y se concentró en Flávio. La campaña del voto útil funcionó. Luciana Santana, profesora en la Universidad Federal de Alagoas y miembro de la Red de Politólogas – #NoSinMujeres, lo describió como un relegamiento deliberado de candidatos de la centroderecha para fortalecer a una sola candidatura.
No es un fenómeno exclusivamente brasileño. Hace cuatro meses, en Colombia, Abelardo de la Espriella ganó la primera vuelta con el 43.74 % frente al 40.90 % de Iván Cepeda, el candidato que representaba la continuidad del proyecto de Gustavo Petro, y la senadora Paloma Valencia anunció de inmediato su apoyo a De la Espriella. Tres semanas después, De la Espriella ganó por menos de un punto. En los dos países, la derecha entendió algo que a la izquierda le costó aprender en otras épocas —y parece que aún no termina de comprender—. La fragmentación castiga y la coordinación premia, para cualquier coalición, en cualquier lugar. Es más, la disciplina en el momento decisivo vale más que cualquier programa de gobierno. La quinta lección, entonces, es estratégica. Las coaliciones que llegan a la recta final con un solo candidato viable, y con aliados dispuestos a sacrificarse, tienen más posibilidades de convertir una mayoría dispersa en una mayoría efectiva. Los progresismos deberían tomar nota de esto.
El espejo regional
¿Está Lula condenado a perder? En las siete segundas vueltas brasileñas desde 1989, el candidato que ganó la primera vuelta terminó ganando la presidencia. Es decir, nadie que haya quedado segundo en la primera llegó a la presidencia. Pero Brasil no es una isla, y la región cuenta otra historia. En ese sentido, la sexta lección es de precaución y humildad con los resultados. La historia electoral brasileña favorece a Flávio, pero la regional muestra que ventajas de menos de tres puntos se revierten en la mitad de los casos. En nuestra base de datos contamos que en 21 de 63 balotajes realizados desde 1978 en América Latina ganó quien había llegado segundo: Mauricio Macri y Javier Milei en Argentina, Gabriel Boric y José Antonio Kast en Chile. Hay más matices. Los partidos en el poder que quedaron segundos en la primera vuelta remontaron en tres de cinco casos: Uruguay en 1999, Colombia en 2014 y Costa Rica en 2018. Sin embargo, los dos casos más recientes, Brasil en 2022 y Colombia en 2026, terminaron con la derrota del oficialismo. Y el clima general tampoco ayuda: desde 2018 los desafiantes ganaron 26 de 39 elecciones en la región.
La primera vuelta no decidió la elección. Aún falta. Lo que sí hizo fue mostrar lo que preocupa a los brasileños: el precio de la comida, la inseguridad, la desconfianza en las instituciones y el cansancio con quien gobierna. También dejó a la vista que el país está dividido casi exactamente por la mitad, como Colombia hace unos meses. En ese escenario, ganará quien entienda mejor a los que no votaron por convicción, sino por rechazo. La pregunta frente al 25 de octubre no es quién entusiasma más, sino quién convencerá (y cómo) a quienes votaron “en contra” y no “a favor”.
* Investigadora del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM.
























