Año 2, núm. 15, octubre de 2026
ISSN 3122-3583
voces
La discriminación no necesita intención
Entrevista con Ale Alcántara
Sandra Nieves
Una empresa puede celebrar la diversidad en junio y sostener filtros, trámites y ascensos que excluyen todo el año. Ale Alcántara explica que la discriminación se reconoce por sus efectos sobre los derechos, incluso sin intención de dañar, y exige acompañamiento real en el trabajo, la familia y la justicia.
Ale Alcántara es abogada, activista y una mujer sáfica —como ella misma se define— que hace 20 años empezó su activismo aceptándose a sí misma. Hoy asesora empresas en temas de diversidad e inclusión y encabeza, desde hace dos años, una comunidad de patinaje para personas de la diversidad sexual y de género en la Ciudad de México. En esta conversación con El Diluvio, explica por qué buena parte de la discriminación que enfrenta la comunidad LGBT+ ya no se nombra a sí misma, y por qué entenderla exige mirarla como parte de un sistema y no como una serie de actos aislados.
El punto de partida es el mundo corporativo. “Es un mundo muy blanco, muy masculino, muy hétero”, dice Alcántara, y cada junio se vuelve visible con una sola bandera: la del arcoíris, mientras “se les olvida la bandera trans, se les olvida todo lo demás”. La discriminación abierta en la contratación —“no contratamos a…”— ya casi no existe, pero fue sustituida por filtros que parecen neutrales y no lo son: pedir, por ejemplo, una estatura mínima de 1.70 metros cuando el promedio de las mujeres mexicanas es de 1.65. “Ahí ya hay un sesgo”, señala.
El arcoíris en la fachada no corrige el sesgo en la contratación
También sobrevive en el lenguaje: contratos redactados en masculino genérico pese a la evidencia sobre el lenguaje incluyente; personas a las que no promueven por vivir su identidad de manera pública; una brecha salarial que se suma, silenciosa, a la brecha de género, y la letra pequeña del día a día —llamar compañera a la pareja de alguien, nunca novia— que le recuerda a esa persona que no cuenta con el mismo reconocimiento. Los trámites de seguridad social para matrimonios del mismo sexo son otro obstáculo: “no sabemos cómo llevar ese trámite”, dicen las empresas, y Alcántara responde: “¿qué crees? Que es tu obligación saberlo”. Bancos y algunas grandes empresas fueron pioneros en políticas de diversidad, reconoce, pero el tema se ha convertido en un tema blanco: aceptar a personas gays sin tocar el resto del mandato de blanquitud y heteronorma que, advierte, también opera dentro de la propia comunidad LGBT+.
Para Alcántara, estas microdiscriminaciones no son un problema exclusivo del ámbito laboral ni de las poblaciones LGBT+; son parte de un sistema que necesita mantener a unas personas arriba y a otras abajo —visible “para donde voltees”, en México, en Gaza, en cualquier parte— y que ha usado históricamente a las disidencias sexuales como advertencia para el resto. Por eso insiste en una definición jurídica precisa: la discriminación es un trato diferenciado hacia una persona o grupo por una característica específica, que genera un impacto real en el ejercicio de sus derechos. La voluntad, subraya, no es un elemento necesario para que exista discriminación. “Yo no te quería discriminar —resume—, pero ya te negué el acceso a la educación, a un trabajo digno, a un servicio de salud, a casarte, a que te llamen como tú quieres llamarte”.
Esa misma lógica del sistema, dice, explica por qué la meritocracia es una ficción: para que exista un multimillonario que sale a navegar en su yate hace falta gente trabajando en fábricas u horarios de 9:00 a 5:00. Alcántara insiste en que la salida no es únicamente leer —“si te gusta más un pódcast, escúchalo; si te gusta platicar con tu amiga en la banqueta, hazlo”— pero sí investigar, en una época en la que la posverdad y las granjas de bots facilitan que el odio se propague como si fuera opinión genuina: “Deberíamos sentirnos más cerca de la mujer que vende verdura en la esquina que de los multimillonarios que a veces defendemos en redes sociales sin razón aparente”.
“No era mi intención” no devuelve un derecho negado
En el contexto latinoamericano, recuerda, el sistema de castas coloniales es el antecedente directo de las jerarquías actuales, y no conocer esa historia es lo que permite que hoy existan —dice sin dar nombres— hombres gays con presencia mediática que niegan la existencia de la comunidad LGBT+ y reproducen discursos de derecha contra la misma izquierda que impulsó buena parte de sus derechos. “Es una contradicción hasta biológica —dice—: ser joven y no ser revolucionario; ser una persona de la diversidad sexual y de género y estar en contra de movimientos que históricamente han defendido, no ya tus derechos, sino tu propia existencia”.
Sobre las generaciones más jóvenes, Alcántara observa un contraste: se aceptan a edades cada vez más tempranas, pero también conocen menos las luchas que hicieron posible esa apertura. Recuerda los matrimonios de lavanda de generaciones anteriores —uniones de conveniencia para no confrontar a un sistema que lo quitaba todo— y menciona el histórico Baile de los 41, de 1901. Contrapone la figura de Nancy Cárdenas, la primera persona en salir públicamente como lesbiana en un noticiero de alcance nacional en México, con la de esos mismos hombres gays blancos que hoy niegan a su propia comunidad: “Nancy Cárdenas se está retorciendo en su tumba.”
El ejemplo más doloroso que ofrece Alcántara es reciente. Hace apenas un par de semanas se realizó una nueva audiencia por el caso de Paola Buenrostro, la mujer trans asesinada en la Ciudad de México, cuya amiga Kenya Cuevas lleva casi diez años exigiendo justicia. “Kenya no solamente estableció el hecho de las violencias —dice Alcántara—, se dedicó a crear los protocolos necesarios para que los siguientes casos no tuvieran que enfrentar lo que ella enfrentó.” En la audiencia más reciente, denuncia, hubo revictimización y ni siquiera se llamó a las víctimas por su nombre. “Si esto les pasó a Kenya y a Paola, que son de las figuras más importantes del movimiento trans en México, ¿qué les queda a las compañeras que no tienen el reflector en la cara?”
Ser familia es un verbo: se demuestra al acompañar
Sobre el papel de la familia frente a una persona que sale del clóset, Alcántara pide un cambio de verbo: “ser familia no es adjetivo, es verbo”. No hay que esperar a que un hijo, hija, sobrina o hermano lo anuncie para empezar a informarse; y cuando ese momento llega, la tarea de la familia no es entender de inmediato, sino sostener: “las risas siguen viniendo de la misma persona, los abrazos siguen viniendo de la misma persona”.
El tema con el que cierra la conversación es el de los esfuerzos para corregir la orientación sexual e identidad de género, conocidos como ECOSIG. Alcántara se niega a llamarlos terapias: “no son terapias —dice—, son métodos de tortura”. La Ciudad de México los tipificó como delito en 2020, en plena pandemia, pero eso no significa que hayan desaparecido, solo que ahora existe un castigo. Describe electrochoques, baños de agua fría y privación del sueño y del alimento en anexos y centros de rehabilitación a los que, insiste, los internos deben ingresar de manera formalmente voluntaria. “Te llevan al límite —dice—, como a un perrito entrenado; entiendes que si te comportas como eres vas a recibir un castigo, y entonces sobrevives fingiendo.” Muchas familias recurren a ellas por desconocimiento y no por crueldad, y por eso insiste en que la orientación sexual y la identidad de género no son algo que se desbloquea a los 18 años; es un proceso que merece acompañamiento, no corrección.
Alcántara cierra invitando a la audiencia a alejarse un momento del scroll para mirar lo que ocurre en México, en América Latina y en el mundo —“este mes hablamos de discriminación, pero ese problema es el último de los que enfrenta mucha gente en otras partes del planeta”, dice, en referencia al genocidio en curso en Gaza— y a decidir, con esa información, de qué lado quieren estar.
























