Año 1, núm. 10, mayo de 2026
ISSN 3122-3583
a fondo
La estandarización del sentido común
Raúl Trejo Delarbre *
Cuando los algoritmos eligen la palabra más probable, la imagen más frecuente y el argumento más equilibrado, no producen falsedad sino algo más sutil: un sentido común fabricado en centros de datos que poco a poco reemplaza al que construimos con experiencia, conflicto y duda.
Las imágenes, la música o los textos producidos con inteligencia artificial (IA) a menudo parecen excesivamente rígidos, suenan iguales a otros que ya hemos conocido, o carecen de la chispa que tienen las creaciones originales. Son elaboraciones cada vez más parecidas a las que hacen los humanos, pero aún tienen cierto dejo de falsedad… quizá porque son demasiado impecables.
La IA no produce un pensamiento único ni un sentido común original, pero favorece la uniformidad de expresiones. Ahí se encuentra el riesgo político y cultural más importante que puede traer.
En una ilustración hecha con IA generativa puede haber personajes con rasgos bien trazados pero de miradas sin destellos, sonrisas sin propósito y actitudes tomadas de un catálogo pero no necesariamente de la vida diaria. La IA no conoce la realidad de manera directa. Funciona gracias a la síntesis de miles de millones de documentos de toda índole, de los cuales extrae parámetros para elaborar los contenidos que le solicitamos.
La IA calcula probabilidades y establece cuáles imágenes —o palabras, o sonidos— son más previsibles en vista de las secuencias previas que ha conocido y a partir de preguntas o peticiones que le presentamos. De esa manera, reproduce la orientación más frecuente que encuentra entre todos esos contenidos. La IA no crea estilos: reproduce los que ha conocido y clasificado, reelaborándolos. Los destellos de emoción o inteligencia que resaltan en una obra artística, o en una reflexión articulada, pueden parecer estereotipos en las creaciones de IA.
Estética del promedio y sin defectos
Esos contenidos muestran la estética promedio que ha organizado la IA; los criterios de belleza o eminencia estilística, o de pensamiento que clasifica como acertado, abrevan en parámetros estadísticos: se trata del gusto consensuado por algoritmos. La falta de intención humana es reemplazada por escenas, o descripciones, que al carecer de matices parecen excesivamente correctas.
La vida real está repleta de imperfecciones: en la fotografía de un grupo de personas puede interponerse una sombra inesperada, o es posible que no todas sonrían. La realidad siempre tiene deficiencias; en cambio, la IA tiende a depurar defectos, y de allí la aparente perfección que muestra. Así ocurre en la elaboración de imágenes pero también de otros contenidos: el sentimentalismo de folletín, la épica impostada o la retórica de frases hechas definen no pocos textos o videos confeccionados con IA. Esa representación de afectos uniformes, diseñados en función de poses inventariadas en los bancos de memoria digitales y con escasas experiencias y desarrollos argumentales complejos, constituye una suerte de sentimentalismo algorítmico.
Como la IA parte de patrones, a veces también entrega diseños que para el ojo y la experiencia humanos resultan distorsionados: personajes borrosos o con ropa mal colocada, objetos extraños o rasgos deformados. La IA no “comprende” los objetos; lo que hace son diseños apoyada en probabilidades estadísticas. Si le pedimos un documento sobre cualquier tema, puede proporcionar datos ficticios o inventar hechos que no ocurrieron. Esas deformaciones estéticas y discursivas revelan el contraste entre la realidad y su representación digital. Las empresas que manejan sistemas de IA se han preocupado para que los contenidos así creados tengan menos errores. Hace un par de años era frecuente encontrar personajes con manos de seis dedos, o con orejas separadas de la cabeza. Tales yerros van siendo superados y la tendencia es la generación de contenidos más completos, aunque no necesariamente verosímiles.
La capacidad generativa de la IA no solamente recupera, homogeneiza y propaga patrones estéticos. Lo estilísticamente correcto y las narraciones de trama previsible derivan en patrones también homogéneos en el discurso político. Como hemos señalado, los contenidos de IA son creados con la información que la alimenta. Cuando sus operadores instalan candados algorítmicos para evitar sesgos —de género o raciales, por ejemplo— ajustan parcialmente las síntesis algorítmicas para que no contravengan ideologías o creencias incómodas. Allí hay sesgos que pueden resultar convenientes o contraproducentes, según la postura ideológica y los intereses de quien los evalúe. Más allá de esos candados, pero también debido a ellos, al fabricar contenidos la IA reproduce estilos y mensajes que su inventario algorítmico clasifica como convenientes. De allí resulta una estandarización del discurso que normaliza el gusto social preponderante y que puede conducir a la uniformación del discurso público.
Los sistemas de IA generativa diseñan textos eligiendo la palabra más probable que debe suceder a otra. La estética sintética produce una emocionalidad equilibrada. En la confección de audios narrativos, por ejemplo, las voces sintéticas suelen ser pausadas y describen con parsimonia incluso los asuntos más terribles, con una entonación controlada que les permite parecer autorizadas y creíbles. Las formas empleadas para la comunicación de los más variados discursos —entre ellos los de carácter noticioso y político— son estandarizadas. La IA homogeneiza y extiende regularidades que ya existían y que normaliza como si fueran discursos únicos. Estamos ante una infraestructura técnica que puede contribuir a forjar el sentido común de los ciudadanos.
Los textos elaborados con IA replican lugares comunes y, aunque con frases que pueden ser diferentes, carecen del estilo personal que distingue a unos autores de otros. Se expande una suerte de escritura única.
Sentido común, creencias y razones
La IA generativa tiende a imitar y reiterar el sentido común, no de una sociedad o colectividad específica sino del cúmulo de documentos en los que abreva. Sus respuestas reproducen enfoques predominantes en esas bases de datos. Pero lo que dice la mayoría no es necesariamente lo que es cierto. Al contrario, la deliberación pública y la duda intelectual tienen, entre otras finalidades, la tarea de establecer contrapuntos a las fórmulas prevalecientes. Ya decía Antonio Gramsci: “Referirse al sentido común como una prueba de verdad es una falta de sentido” (1). Pierre Bourdieu consideraba que el conocimiento, particularmente en las ciencias sociales, se construye en contra del sentido común (2). Aunque se le pondera como una suerte de estado de ánimo, o de colección de creencias que atraviesa por todos los estratos de la sociedad, el sentido común puede ser irregular y, desde luego, cambiante. El mismo Gramsci explicó: “cada estrato social posee su ‘sentido común’, que en el fondo es la concepción de la vida y la moral más difundida […] El sentido común no es algo rígido e inmóvil, sino que se transforma continuamente…” (3).
Al sentido común se le identifica con las creencias y valores preeminentes en una sociedad, así como con la facultad para evaluar hechos y con el discernimiento a partir de la experiencia personal, entre otras acepciones. Es “la capacidad de entender o juzgar de forma razonable”, dice el Diccionario de la RAE (4). En el sentido común puede haber más costumbres y creencias que razones. Se trata de una cualidad tan intrínseca a los seres humanos que con frecuencia se le considera una de las fronteras que no han sido alcanzadas por la inteligencia artificial. Daniel Innerarity, para rechazar que la IA tenga sentido común, dice que es “una capacidad natural de hacerse con el contexto de una situación, sea en el mundo físico o en el de la comunicación; es una destreza para entender, intuitivamente, las situaciones cotidianas” (5).
Las capacidades de respuesta, la comparación entre diversas situaciones, la adaptabilidad a las preferencias de sus usuarios y el razonamiento complejo permiten suponer que la IA se ha acercado a simular —o quizá tener— un sentido común propio. Cuando la IA elige un punto de vista y no otros, o formula una expresión de entre las muchas opciones que tiene, transcribe la perspectiva que su evaluación digital determinó como más apropiada. La IA no tiene sentido común, pero propaga el que resulta de sus síntesis algorítmicas. Al reforzar el sentido común que distingue en sus bases de datos, la IA generativa tiende a excluir otras opciones.
Escritura única, riesgo de uniformidad
Los lectores de prensa en línea encuentran, cada vez con más frecuencia, que muchos artículos periodísticos se parecen demasiado unos a otros. Los profesores, al revisar trabajos de sus alumnos, advierten las mismas similitudes: frases breves y puntuales, tan gramaticalmente correctas que resultan frías, argumentos equilibrados pero sin intensidad, retórica de estructuras previsibles.
Al ser elaborados con el mismo tono —impersonal, balanceado, de una prudencia inverosímil sobre todo cuando se trata de asuntos polémicos— esos textos replican lugares comunes y, aunque con frases que pueden ser diferentes, carecen del estilo personal que distingue a unos autores de otros. La IA busca, compara y clasifica archivos digitales para después redactar y organizar argumentos que por lo general presenta en los mismos tonos. Se expande así una suerte de escritura única equiparable, en la forma, al aplanamiento del fondo en los intentos de pensamiento único que se pueden hallar tanto en el autoritarismo político como en distopías literarias al estilo de Orwell.
Esa estandarización de la retórica, y en ocasiones de la lógica misma, tiende a homogeneizar las formas del discurso social, cultural y desde luego político. Más allá de los modos para estructurarlo, dicho discurso puede normalizar aquello que propone pensar y decir. La IA no produce un pensamiento único, ni un sentido común original, pero favorece la uniformidad de expresiones.
Allí se encuentra el riesgo político —y cultural— más importante que puede traer la IA. Al saturar tanto los medios convencionales como las redes digitales con dichos y formas retóricas similares, puede distorsionar la diversidad de enfoques y estilos que ha sido consustancial a la conversación pública. Los temas y agendas que interesan a los ciudadanos pueden ser orientados por sistemas de IA. Con esos mismos recursos se podría favorecer o dificultar la visibilidad de una persona o una idea. La IA automatiza respuestas e intensifica la posibilidad de que unas sean más aceptadas que otras. Al transformar en sentido común las correlaciones estadísticas, puede afectar la pluralidad que existe en la sociedad.
Utilizada para crear contenidos que circulan en las más variadas zonas del espacio público, la IA tiende a crear un sentido común algorítmico. La acumulación de costumbres, saberes, juicios y prejuicios, que abrevan en la familia, la escuela, los circuitos sociales y la experiencia, entre otros ámbitos, orientan el sentido común de la gente. El sentido común algorítmico se origina en los centros de datos digitales, los motores de recomendación, los sistemas de búsqueda y clasificación, así como las métricas de consumo digital, entre otros recursos que articulan la elaboración y propagación de contenidos en y con IA.
En vez de asimilar nuestro sentido común, la inteligencia artificial nos está haciendo adoptar el suyo.
Cadena de redundancias
La IA identifica tendencias en los intereses y el comportamiento de los usuarios de redes sociodigitales y las amplifica. Es muy sabido que redes como Facebook muestran contenidos similares a los que hemos visto y, además, proporcionan los posts más populares de acuerdo con los temas que nos han atraído. Esa operación, que inicialmente es técnica, se convierte en una cadena de redundancias que subraya la relevancia de asuntos y enfoques que llamaron la atención de otros. La importancia de las opiniones o las perspectivas así popularizadas no depende de su calidad estética, la solidez argumental o la utilidad social que puedan tener, sino de que las hayan aceptado muchos otros.
La IA, por otra parte, puede erosionar el intercambio y la diversidad que favorecen la deliberación pública. En palabras de Mark Coeckelbergh, que ha discutido los riesgos de la IA para las democracias: “Si la IA, en combinación con las redes sociales digitales, contribuye a crear un entorno político que fomenta el aislamiento, la desconfianza y la falta de interés por el punto de vista ajeno, destruye las condiciones para el surgimiento del sentido común y, por lo tanto, propicia tendencias antidemocráticas, potencialmente totalitarias” (6).
Igual que en las redes, el sentido común algorítmico se manifiesta en otros espacios e instrumentos del entorno digital. Los sistemas de navegación que nos indican por cuáles calles debemos transitar suscitan una normalización algorítmica de la organización vial y las vicisitudes en el espacio urbano. Los portales de venta, como Amazon o Mercado Libre, tienden a homogeneizar nuestros patrones de consumo cuando invitan a adquirir los artículos más vendidos. Lo mismo sucede en los sitios de recomendaciones turísticas, o de cualquier otra índole, en donde buscamos establecimientos o servicios que han recibido más aprobación de clientes anteriores.
Las plataformas audiovisuales, como Netflix o Spotify, sugieren contenidos determinados por el gusto de quienes vieron o escucharon, antes, aquello que nos ha resultado entretenido. La IA generativa jerarquiza ideas y prepara contenidos que son síntesis de lo que otros dijeron y produjeron, y de lo que muchos más le han pedido que elabore. La IA conforma el grado más avanzado, en términos tecnológicos y culturales, del sentido común algorítmico porque no solamente estandariza la selección de contenidos: además organiza lo que se dice y argumenta.
El sentido común algorítmico es la sedimentación social de tendencias cuya relevancia ha sido enfatizada por los sistemas digitales. Esa forma de sentido común no es un atributo de la IA, sino una suerte de estructura cultural emergente. Cuando debido a la información que les proporciona un sistema de IA las personas toman decisiones —mirar una película y no otra, por ejemplo— pero sobre todo cuando refuerzan o asumen un punto de vista, o una manera para expresarse, afianzan en sus acciones y creencias, y así en la cultura social, las regularidades estadísticas. Desde luego, no todos respondemos de las mismas maneras a las recomendaciones o a creaciones algorítmicas. La experiencia y el contexto de cada individuo conforman un cernidor en el proceso que va de la información que reciben, a la influencia real que tendrá en sus acciones, inclinaciones y convicciones.
La inteligencia artificial es un instrumento fascinante que comienza a transformar la elaboración de conocimiento, el procesamiento de datos, la producción de contenidos y la propagación de información, con indudables ventajas pero también riesgos como los que hemos querido señalar en este texto. En el debate ya muy extenso acerca de la IA, muchos especialistas consideran que no será realmente inteligente mientras no tenga sentido común. Quizá tendremos que modificar ese enfoque y advertir que, en vez de asimilar nuestro sentido común, la inteligencia artificial nos está haciendo adoptar el suyo.
* Académico y escritor mexicano. Investigador del Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM.
Referencias:
(1) Umberto Cerroni, Léxico gramsciano. Colegio Nacional de Sociólogos, México, 1981, p. 84.
(2) Ángela Giglia, “Pierre Bourdieu y la perspectiva reflexiva en las ciencias sociales”. Desacatos, núm. 11, 2003. Disponible en: https://www.scielo.org.mx/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S1607-050X2003000100010
(3) Guido Liguori, Massimo Modonesi y Pasquale Voza (eds.), Diccionario gramsciano (1926-1937). UNICApress, Cagliari, 2022, p. 441. El texto original se encuentra en Antonio Gramsci, Cuadernos de la cárcel, tomo 1. Ediciones Era, México, 1999, p. 140.
(4) https://dle.rae.es/sentido
(5) Daniel Innerarity, Una teoría crítica de la inteligencia artificial. Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2025, p. 56.
(6) Mark Coeckelbergh, Why AI Undermines Democracy and What to Do About It. Polity Press, 2024, edición Kindle, p. 59.






























