Año 1, núm. 10, mayo de 2026
ISSN 3122-3583
a fondo
En la cárcel digital. Algoritmos, identidad y el fin del autocuestionamiento
Lola S. Almendros *
Cada vez que pospones la alarma y abres el teléfono, alguien ya organizó lo que vas a ver: lo que confirma lo que piensas, lo que refuerza lo que sientes, lo que te mantiene dentro. Los algoritmos no solo filtran el mundo sino que nos filtran a nosotros mismos.
Imagina que cada mañana, mientras pospones un par de veces la alarma del despertador, alguien te organiza el periódico del día: retira los titulares que contradicen tus opiniones, coloca al frente los que las confirman, y deja en el centro, con mayúsculas y en negrita, esa columna que ya leíste tres veces y que siempre te da la razón. Además, te adorna los márgenes con imágenes de las cremas de protección solar de las que hablaste mientras cenabas y buenas ofertas de las sartenes que te recomendó tu cuñado en la sobremesa del domingo.
Más información hoy no implica mayor objetividad. Más información hoy no es más pluralidad: es menos tener que cuestionarte.
Hace unos años esto parecía el remake de alguna teoría conspiranoica protagonizada por villanos tecnooligarcas con título “Distopía”. Cosa que, al menos, suponía el gusto de rememorar a Orwell. Hoy, mientras pospones un par de veces la alarma del despertador, la arquitectura de los servicios online te prepara un café descafeinado para que no te alteres, deslactosado para que te sientas bien, y que no es amargo para que puedas seguir tragando. El buen hacer algorítmico diseña tus creencias, gustos y emociones. Así te ahorras pensar, amar y también llorar.
De esta arquitectura no hay responsables claros; es más, las víctimas parecen voluntariosas. Tiene la forma de un panóptico, y no porque estemos vigilados —cosa que es obvia— sino porque sus cimientos fueron nuestras libertades. Esta arquitectura es la consecuencia del diseño deliberado de las plataformas que habitamos y sostenemos con nuestro tiempo y nuestras ideas. Sus consecuencias van mucho más allá de que nos llegue publicidad personalizada: afectan a cómo vemos el mundo, qué vemos y qué no vemos de él, qué mundo podemos imaginar, quiénes somos, cómo nos relacionamos con los demás y, quizá lo más inquietante, a nuestra capacidad de vernos a nosotros mismos.
La economía de la confirmación
Las grandes plataformas digitales se han colado en nuestras mesas y sobremesas, en el metro y en el auto, en el tiempo de trabajo y en el de ocio. Se han metido hasta la cocina e incluso han adulterado las camas. La posibilidad de traducir en información cualquier faceta de nuestra vida hace que la información sea todo y esté en todo. Es valiosa, es rentable y, sobre todo, es poder.
El neoliberalismo en su fase tecnológica se nutre del expolio de los datos que voluntaria y muchas veces también inconsciente, pero siempre constantemente, producimos: con quién interactuamos, cuánto tiempo nos detenemos en cada contenido, qué nos irrita, qué nos emociona, qué nos hace sentir parte de algo. Esta es la materia prima que sale de las personas y les es devuelta, manufacturada, como personalizaciones.
La cadena automatizada de producción masiva y en serie de perfiles tiene una lógica tan sencilla como provechosa: cuanto más te conocen, más eficazmente pueden capturar tu atención; y cuanto más tiempo pasas en las plataformas, más dinero se genera. Tú das tu tiempo, tu curiosidad, tu capacidad crítica, tu atención. En definitiva: te das. Y la recompensa es seguir reconociéndote en lo que te devuelven.
Este negocio consiste en que se pase el tiempo sin que realmente pase nada. La culpa no es de un villano de nombre Silicon y apellido Valley. Hay algo más peligroso: un incentivo económico perfectamente racional, materializado en algoritmos, que produce una manipulación sistemática de la experiencia que tenemos del mundo e incluso de nosotros mismos. Esta forma de usar los algoritmos para reforzar lo que piensas, deseas, consumes e imaginas —lo que te divierte y te enfada, lo que te entretiene y te aburre— se llama “filtro burbuja”. Y es el resultado invisible de reproducir y rentabilizar los sesgos que, como personas, irremediablemente nos acompañan. En buena medida, liberarse de los sesgos que nos construyen implica tener que reconstruirnos. Y esto significa pasar el mal trago de atrevernos a ponernos en duda. Pero el tiempo de la duda requiere pausa, y salir de la burbuja del ego algún que otro dolor de cabeza.
La personalización opera como un mecanismo de reconocimiento: te hace sentir único e importante mientras te moldea como algo predecible.
Los ecos de tu burbuja
El filtro burbuja carece de pausa y alivia malestares mentales. Sirve para que lo que percibes sea el eco de lo que ya eres. Permite vivir sin perturbación, en un confort donde lo que es diferente y puede incomodar se toma como afrenta, y donde las propias afrentas se apaciguan con la gran gesta del scroll. La satisfacción de sentirse reconocido en un ecosistema donde las mismas ideas circulan, se repiten y se amplifican entre quienes ya las comparten se coordina en armonía con una homogeneización radical y polarizante.
Las redes sociales son, estructuralmente, fábricas de cámaras de eco. El diseño de estos canales comunicativos premia la homogeneidad en lugar de la diversidad, el eslogan en vez del argumento, la opinión y la proclama en lugar de la duda y la discusión. Con la certeza de que la razón es algo que se tiene porque los otros no tienen, se hace cómodo que dejemos de ser incómodos.
Más información hoy no implica mayor objetividad ni más expectativas de neutralidad. Más información hoy no es más pluralidad: es menos tener que cuestionarte.
La duda genuina es la que pone en cuestión nuestras propias creencias, prácticas y valores. Requiere algo que el entorno digital destruye sistemáticamente: la tolerancia a la incomodidad de no tener razón y la valentía para dejar de ser lo que uno es.
El filósofo Ludwig Wittgenstein entendió que los lenguajes que usamos no son meras herramientas para expresar ideas: son las estructuras que hacen posibles ciertas ideas y no otras. Por eso “tener un lenguaje es tener un mundo”. Los marcos de creencias, prácticas y valores que los algoritmos imponen definen nuestra experiencia del mundo. La hiperinformación no nos vuelve más críticos: nos vuelve más seguros de lo que ya sabíamos. El problema no es tanto que más información no conduzca a mayor verdad. Es que más información no supone mayor pluralidad. Y sin pluralidad, la duda se atrofia y la opinión se enquista hasta convertirse en dogma.
Identidades de algoritmo
La perfilización no solo nos muestra un mundo a nuestra medida: también nos devuelve una imagen de nosotros mismos. La imagen de un yo estancado en medio de un mundo acelerado en el que cada vez es más difícil detectar algún punto de referencia para saber de dónde venimos y, sobre todo, a dónde vamos.
La personalización, ese servicio paternalista y gratuito que prestan las plataformas, opera como un mecanismo de reconocimiento: te hace sentir único e importante mientras te moldea como algo predecible. Las identidades se construyen, en buena parte, a partir de las relaciones que establecemos con los otros: nos definimos también por lo que no somos, por el roce con la diferencia, por la experiencia de ser cuestionados. Desde la burbuja donde nos emplaza el entorno digital se filtra sistemáticamente lo diferente y se amplifica lo similar. El proceso de construcción identitaria se corrompe. Y no tanto porque seamos manipulados sino porque se vuelve innecesario que seamos los narradores de la historia de nuestro paso por el mundo.
El filósofo Byung-Chul Han ha descrito cómo hemos interiorizado la lógica del rendimiento hasta el punto de que la explotación ya no es externa sino autoimpuesta. Algo parecido ocurre con la identidad digital: la forjamos nosotros mismos, voluntariamente, al aceptar las condiciones de uso de plataformas cuyo negocio depende de conservarnos predecibles, o, dicho de otro modo, controlados.
Ser ciudadano no es ser reconocido en tus creencias: es ser capaz de trascenderlas. Confundir esto convierte a los ciudadanos en masas y a la política en populismo.
Política popular
La democracia no es solo un sistema de votaciones: es una cultura de la deliberación. Deliberar significa algo muy específico: exponer razones ante otros que pueden rebatirlas, modificar la propia posición a la luz de los argumentos, llegar a acuerdos que ninguno de los participantes habría alcanzado por sí solo. Es un proceso que requiere exactamente aquello que los entornos digitales corroen: la disposición al autocuestionamiento.
El sujeto político no es ni el individuo ni los colectivos: son los ciudadanos. Un ciudadano no es simplemente alguien con derechos; es alguien capaz de reconocer que sus creencias podrían ser distintas. Ser ciudadano no es ser reconocido en tus creencias: es ser capaz de trascenderlas. Confundir el significado y sentido del sujeto político convierte a los ciudadanos en masas y la política en populismo. Ser un sujeto es ser-sesgado. Ser un sujeto político —un ciudadano— es ser capaz de tomar conciencia de tales sesgos, no en un sentido de víctimas o verdugos, sino mediante la aprehensión de su contingencia. Este es el único modo de trascender la individualidad que es necesario para la configuración de la ciudadanía: la manera de cuestionar las propias creencias y valores.
La política no debe ser el reconocimiento de lo personal sino su superación, y mucho menos el reconocimiento a través de la personalización. De ahí la importancia de preservar los espacios de intimidad como espacios de cuestionamiento de sí, espacios que están en peligro de extinción con la informatización de la forma de vida.
Desconectar
Si uno no es capaz de darse cuenta de que su opinión no solo no es la de los demás, sino que no tiene por qué ser siquiera la suya, convertirá lo político en una lucha por el reconocimiento de sus creencias. Los valores individuales se convierten así en valores políticos en un contexto que, además, se caracteriza por un individualismo exacerbado. La politización de lo emocional es una de las claves de la política patológica del tuit. La fuerza del populismo recae en el afianzamiento de los colectivos y de las masas en detrimento de los individuos y los ciudadanos. Esto supone usar la emoción para dirigir la voluntad contra la propia libertad.
El problema es estructural: no se resuelve desactivando las notificaciones ni siguiendo a personas con las que no estás de acuerdo, aunque ambas cosas pueden resultar tremendamente saludables. Se resuelve regulando las plataformas, rediseñando sus incentivos y recuperando espacios de deliberación. Mientras eso ocurre —si es que alguna vez ocurre— sí hay algo que podemos cultivar, en nuestras mesas y sobremesas, en el metro y en el auto, en el tiempo de trabajo y en el de ocio, en las cocinas y también en las camas. Podemos cultivar la incomodidad deliberada. Reconocer que la certeza fácil es, casi siempre, una señal de que algo falta. Que el desacuerdo no es una amenaza sino la condición de posibilidad de evolucionar como personas y como sociedades. Que el autocuestionamiento no es debilidad sino la manera de poder convivir.
* Investigadora del Programa de Especialización en Política (PEP) del Instituto de Investigaciones Filosóficas de la UNAM.






























