Año 1, núm. 12, julio de 2026
ISSN 3122-3583
editorial
El rey ha muerto…
Mauricio Merino
Los modelos económicos que organizaron el siglo XX ya no ofrecen respuestas suficientes para enfrentar desigualdad, crisis climática, concentración de poder, populismo y desconfianza democrática. Esta edición abre con una advertencia: vivimos a la deriva, entre paradigmas agotados y un futuro económico todavía sin nombre.
Vladimir Ilich Ulianov decía que “la política es la expresión concentrada de la economía” y, como se verá en esta nueva edición de El Diluvio, la frase sigue vigente. Hay quienes la han usado de otra manera: “la economía es política concentrada”, dicen, y aun en esta otra versión, sigue siendo verdad que ambas dimensiones de nuestras relaciones humanas son inseparables. Por eso decidimos dedicar este número al debate sobre la decadencia de los paradigmas económicos que hemos conocido hasta ahora y a revisar sus consecuencias en la organización política de la sociedad.
Ninguno de los modelos económicos conocidos tiene respuestas suficientes para encarar con certeza el futuro global.
En otras ediciones mostramos que vivimos tiempos de ruptura, con muchas aristas, pero una de ellas —y quizás una de las principales— está en la decadencia inminente del modelo neoliberal que se expandió como el aire desde los años setenta del siglo pasado, empezó a declinar tras la primera crisis del siglo XXI en 2008, se bloqueó con la pandemia por covid-19 y se perdió con el segundo mandato de Donald Trump en la presidencia de Estados Unidos.
Las recetas neoliberales que se impusieron en occidente sobre el modelo acuñado por Keynes con sus distintas variantes liberales y socialdemócratas han dejado de ser útiles para resolver los problemas del mundo actual. No obstante, los paradigmas previos, ensayados en el periodo de entreguerras y en la posguerra mundial tampoco sirven ya para salir de los ciclos combinados de recesión, desigualdad, inflación y pobreza. Ninguno de los modelos económicos que hemos conocido hasta ahora tiene respuestas suficientes para encarar con certeza el futuro global.
El 29 de mayo del 2024, un grupo de cincuenta economistas mundialmente reconocidos(1) se reunió en Berlín para discutir las políticas económicas que han puesto en jaque a las democracias liberales y suscribió una declaración que denuncia la crisis de confianza popular con el paradigma neoliberal que —en sus propias palabras—:
Nos expone al riesgo de un mundo dominado por políticas populistas peligrosas, que explotan el enojo social sin abordar los verdaderos desafíos, desde el cambio climático hasta las desigualdades insoportables o los grandes conflictos internacionales. Para evitar daños mayores a la humanidad y al planeta, debemos actuar con urgencia sobre las causas profundas del resentimiento ciudadano.
En opinión de quienes participaron de ese Foro para una Nueva Economía —cuya declaración final se publica también en esta edición—, la desconfianza generalizada en el futuro de la economía mundial:
Ha sido provocada por los impactos de la globalización y las transformaciones tecnológicas, ahora amplificados por el cambio climático, la inteligencia artificial y los choques inflacionarios. A ello se suma que décadas de globalización mal gestionada, confianza excesiva en la autorregulación de los mercados y políticas de austeridad han debilitado la capacidad de los gobiernos para responder eficazmente a estas crisis.
De aquí que, a pesar de las diferencias que los separan en sus distintas lecturas sobre la economía liberal, ese grupo haya coincidido en que:
- Los mercados no resuelven por sí solos los grandes problemas colectivos.
- La desigualdad excesiva erosiona la legitimidad democrática.
- El Estado debe recuperar capacidades estratégicas.
- La globalización necesita reglas nuevas.
- La transición climática exige una acción pública mucho más activa.
- El populismo es un síntoma de problemas estructurales, no su causa.
La economía y la política vuelven a aparecer como dimensiones inseparables de una misma crisis civilizatoria.
De otra parte, hay un amplio consenso sobre la importancia que han cobrado China y la India, cuya producción equivale ya casi a un tercio de la economía mundial y cuya influencia en el comercio internacional ha crecido de manera ininterrumpida durante el trayecto del siglo XXI, bajo la dirección de regímenes políticos muy distantes de la tradición democrática liberal de Occidente. De hecho, China es considerado ya como la potencia emergente más importante del mundo y la única capaz de desafiar la hegemonía que había venido ejerciendo Estados Unidos desde el final de la Segunda Guerra Mundial.
La fuerza del gigante asiático es ya tan indiscutible que su modelo de crecimiento impulsado por un capitalismo de Estado, controlado por un solo partido y dirigido por un gobierno que se asume como la representación única e indiscutible del pueblo, ha dado lugar a un alud de estudios y debates que proponen aprender de esa experiencia, aun a despecho del costo que eso traería para la democracia liberal.
Mientras esos debates se multiplican, la economía global sigue generando la mayor concentración de riqueza que se haya vivido jamás y sigue condenando a la mayoría de la población a vivir y heredar la pobreza a las siguientes generaciones. Ninguno de los paradigmas que hoy recorren el mundo ha logrado romper la desigualdad económica ni la inequitativa distribución del ingreso ni consolidar regímenes democráticos. Todo lo opuesto: la pauta universal se mueve hoy entre la acumulación del dinero y la acumulación del poder.
En medio de la agonía del modelo neoliberal y el empuje del modelo asiático, cinco grandes industrias se disputan poder y ganancias por encima de las fronteras: la tecnológica, controlada por un puñado de empresas que están cambiando dramáticamente la forma en que comprendemos el mundo, aprendemos, nos comunicamos, trabajamos y vivimos y que ha generado la concentración más escandalosa de riqueza en toda la historia, con Elon Musk convertido ya en el primer billonario del mundo y un pequeño grupo de cuarenta milmillonarios cuyo capital es mayor al que posee más de la mitad de los ocho mil millones de seres humanos vivos.
La economía y la política vuelven a aparecer como dimensiones inseparables de una misma crisis civilizatoria.
De otra parte, la industria farmacéutica mostró la fuerza de sus músculos económicos durante y después de la pandemia de 2020, poniendo precio a la salud —y la vida— en todo el planeta. A su lado, los oligopolios de los bancos privados y el sistema financiero global han probado con creces su capacidad de modificar patrones de producción, inversión y consumo en el ámbito global y de influir en la estabilidad monetaria jugando con los precios de las mercancías de intercambio más codiciadas. Al mismo tiempo, la lucha por el control de la industria de la extracción minera, petrolera y de producción de energía ha desatado los mayores conflictos bélicos de este primer cuarto de siglo y, para completar el listado fatal, la expansión de los cárteles del crimen organizado no solo ha desafiado la soberanía de los gobiernos más débiles del planeta, sino que le ha regalado argumentos a la nueva política invasiva e imperialista de Donald Trump.
Para modificar esas tendencias suicidas necesitamos un nuevo paradigma económico, capaz de respetar al factor más importante de cualquier sistema de producción e intercambio: los seres humanos, la gente. Los que tenemos a la vista nos condenan a la miseria masiva y a la pérdida de la dignidad y la libertad humanas. Y todavía no sabemos, al despuntar ya el segundo tercio del siglo XXI, cuál será el desenlace de ese conjunto de nudos que están atando a la economía política del planeta.
De eso trata este número de El Diluvio: de la incertidumbre sobre el futuro de nuestros intercambios y de nuestra sobrevivencia, tras la derrota de los modelos que a lo largo del siglo XX habían prometido, sin éxito, prosperidad, igualdad, libertad y armonía para el mundo. Vivimos a la deriva: solo sabemos que las pautas que estamos siguiendo inercialmente ya son inviables. ¿Qué sigue? De momento, admitirlo, asumirlo y decirlo.
Referencias
- Esos economistas fueron Dani Rodrik, Branko Milanovic, Mariana Mazzucato, Adam Tooze, Laura Tyson, Thomas Piketty, Gabriel Zucman, Jens Südekum, Heinrich Heine, Isabella Weber, Olivier Blanchard, Angus Deaton, Mark Blyth, Catherine Fieschi, Xavier Ragot, Daniela Schwarzer, Jean Pisani-Ferry, Barry Eichengreen, Laurence Tubiana, Pascal Lamy, Jacques Delors, Maja Göpel, Stormy-Annika Mildner, Katharina Pistor, Thomas Fricke, Achim Truger, Alan Kirman, Anatole Kaletsky, Andrew Watt, Anne-Laure Delatte, Antonella Stirati, Avishay Braverman, Barbara Praetorius, Bettina Kohlrausch, Bill Janeway, Caio Koch-Weser, Carlota Pérez, Christian Breuer, Christian Kastrop, Dalia Marín, David Zilberman, Dirk Ehnts, Dorothea Schäfer, Eric Lonergan, Eric Monnet, Francesca Bria, Gerhard Schick, Helene Schuberth, Henning Vöpel, Jay Pocklington, Jérôme Creel, Jonas Meckling, Martyna Linartas, Michael Jacobs, Peter Bofinger, Prakash Loungani, Richard McGahey, Robert Gold, Robert Johnson, Rohan Sandhu, Sander Tordoir, Sebastián Dullien, Servaas Storm, Stephen Kinsella, Teresa Ghilarducci, Thomas Biebricher, Trevor Sutton y William Hynes.






























