Año 1, núm. 12, julio de 2026
ISSN 3122-3583
a fondo
Hechos disruptivos y nuevos paradigmas ante un mundo en profundo cambio: el trabajo en transición
Santos M. Ruesga *
La transición histórica actual no puede entenderse con las categorías económicas tradicionales. Crisis ecológica, desigualdad, inteligencia artificial, envejecimiento, financiarización y transformación del trabajo obligan a repensar el progreso, el bienestar y el lugar que el empleo tendrá en las sociedades del futuro.
¿El fin del pensamiento neoclásico?
Vivimos una época de transformaciones de una intensidad poco frecuente en la historia contemporánea. La economía, la política, la organización del trabajo y las relaciones sociales están experimentando cambios simultáneos que desafían muchas de las categorías analíticas con las que hemos interpretado el mundo durante las últimas décadas.
La cuestión fundamental consiste en determinar si nos encontramos simplemente ante una nueva crisis del capitalismo —similar a otras que han jalonado su desarrollo histórico— o si, por el contrario, estamos asistiendo al tránsito hacia un modelo económico y social de naturaleza distinta.
El neoliberalismo se resiste a morir, pero sus categorías ya no explican con suficiencia las transformaciones del presente.
Desde hace tiempo se viene anunciando el agotamiento del paradigma neoliberal que dominó buena parte del pensamiento económico y político desde finales del siglo XX. Numerosos acontecimientos recientes han puesto en cuestión algunos de sus postulados esenciales: la capacidad autorreguladora de los mercados, la reducción del papel del Estado o la confianza casi ilimitada en los beneficios del crecimiento económico. Sin embargo, sería prematuro certificar su desaparición definitiva. Como señalaba hace ya décadas el politólogo británico Colin Crouch, el neoliberalismo parece resistirse a morir incluso cuando muchas de sus premisas muestran evidentes signos de desgaste.
Un mundo en transición
La dificultad para interpretar el presente radica en la aparición de una serie de fenómenos disruptivos para los que los marcos teóricos tradicionales ofrecen respuestas cada vez menos satisfactorias. Tanto las perspectivas ortodoxas como muchas de las alternativas surgidas en los últimos años intentan explicar estas nuevas realidades, pero ninguna parece haber encontrado todavía soluciones plenamente convincentes.
Uno de los principales puntos de ruptura se relaciona con la sostenibilidad ambiental. Durante siglos, el crecimiento económico fue considerado un objetivo indiscutible y una condición necesaria para el progreso social. Hoy, sin embargo, resulta cada vez más evidente que un modelo basado en la expansión permanente de la producción y el consumo encuentra límites físicos y ecológicos difíciles de ignorar.
El cambio climático, la pérdida de biodiversidad, la degradación de los ecosistemas y la creciente presión sobre los recursos naturales plantean interrogantes de enorme alcance sobre la viabilidad del modelo de desarrollo dominante.
Pero estos problemas no pueden analizarse de manera aislada. La crisis ecológica interactúa con profundas transformaciones tecnológicas, cambios demográficos, tensiones geopolíticas y nuevas formas de organización económica. La combinación de todos estos factores genera un contexto de incertidumbre creciente respecto al futuro.
Entre las tendencias más relevantes destaca, en primer lugar, el aumento de las desigualdades. Durante las últimas décadas se ha producido una concentración cada vez mayor de la riqueza y de los ingresos. Mientras determinados grupos sociales se han beneficiado intensamente de la globalización y de los avances tecnológicos, otros han experimentado estancamiento económico, precarización laboral y dificultades crecientes para mejorar sus condiciones de vida.
Además, estas desigualdades no se limitan al ámbito económico. También se manifiestan en el acceso a la educación, a la salud, a las oportunidades laborales, a la participación política y a los recursos tecnológicos. La percepción de que los beneficios del progreso se distribuyen de forma desigual alimenta un malestar social cada vez más visible en numerosos países.
Otro factor decisivo es la revolución tecnológica. La digitalización, la automatización, la robotización y, más recientemente, la inteligencia artificial, están transformando profundamente los sistemas productivos. Muchas tareas anteriormente realizadas por personas pueden ser ejecutadas hoy por máquinas o algoritmos, mientras surgen nuevas ocupaciones vinculadas al conocimiento, los datos y las tecnologías digitales.
Estos procesos ofrecen oportunidades considerables para aumentar la productividad y generar nuevas actividades económicas. Sin embargo, también introducen importantes incertidumbres respecto al empleo, la distribución de la renta y la cohesión social. El desafío consiste en aprovechar el potencial innovador de estas tecnologías sin profundizar las desigualdades ya existentes.
En este contexto merece especial atención el creciente poder de las grandes corporaciones tecnológicas. Estas empresas concentran enormes cantidades de información, recursos financieros y capacidad de influencia sobre los mercados, los consumidores e incluso las instituciones públicas. En algunos casos, su capacidad de actuación supera la de numerosos Estados nacionales, lo que plantea interrogantes fundamentales sobre la gobernanza democrática y el equilibrio entre intereses privados y bienestar colectivo.
A ello se suma la creciente financiarización de la economía. Las decisiones empresariales están cada vez más condicionadas por objetivos financieros de corto plazo, lo que frecuentemente conduce a priorizar la rentabilidad inmediata frente a las estrategias productivas de largo recorrido. Esta dinámica suele traducirse en mayores presiones sobre el empleo, incrementos de la flexibilidad laboral y una reducción del peso de las consideraciones sociales en la gestión empresarial.
Paralelamente, también se observan importantes transformaciones políticas. Durante décadas predominó la expectativa de una expansión progresiva de la democracia liberal y de la economía de mercado a escala global. Sin embargo, la evolución reciente muestra una realidad más compleja. En numerosos países han emergido o se han fortalecido movimientos nacionalistas, populistas o autoritarios que cuestionan aspectos esenciales del modelo democrático liberal.
La combinación de inseguridad económica, desigualdad creciente y desconfianza hacia las élites políticas ha debilitado la legitimidad de muchas instituciones tradicionales. Esta situación refleja las dificultades de los sistemas actuales para responder eficazmente a los desafíos de un entorno cada vez más complejo.
A estos elementos debe añadirse la dimensión demográfica. El envejecimiento de la población constituye uno de los mayores desafíos para las economías desarrolladas. El aumento de la esperanza de vida y la reducción de la natalidad generan presiones crecientes sobre los sistemas de pensiones, los servicios sanitarios y, en general, sobre el conjunto del Estado de bienestar construido durante el siglo XX.
La reducción relativa de la población activa plantea interrogantes sobre la sostenibilidad futura de los mecanismos de protección social que han sido una de las principales conquistas de las economías avanzadas.
La revolución tecnológica puede aumentar productividad, pero también profundizar desigualdades si no se gobierna democráticamente.
No obstante, el desafío más profundo continúa siendo, probablemente, la emergencia ecológica. El deterioro ambiental constituye la evidencia más clara de que el modelo vigente se aproxima a límites difíciles de superar. La dependencia de combustibles fósiles y la búsqueda permanente del crecimiento económico generan impactos que amenazan las condiciones necesarias para la vida humana.
Por ello, el debate actual trasciende la mera búsqueda de soluciones técnicas. Lo que está realmente en juego es la propia concepción del progreso, del bienestar y de la relación entre sociedad y naturaleza.
Las ciencias sociales tradicionales han prestado escasa atención a esta dependencia fundamental de los sistemas económicos respecto de los ecosistemas naturales. Durante mucho tiempo predominó una visión que consideraba a la humanidad como una realidad separada de la naturaleza y capaz de dominarla sin restricciones significativas.
Frente a esta limitación, resulta imprescindible avanzar hacia un nuevo paradigma intelectual que incorpore plenamente la dimensión ecológica. Este enfoque debería reconocer que toda actividad económica depende de recursos naturales limitados y que la sostenibilidad debe ocupar un lugar central en la organización de las sociedades.
Ello exige revisar algunos de los supuestos fundamentales sobre los que se han construido las teorías económicas convencionales. El crecimiento económico no puede seguir considerándose un fin en sí mismo. Debe situarse en un marco más amplio donde el bienestar humano, la equidad social y el equilibrio ecológico constituyan los objetivos prioritarios.
En este contexto adquieren relevancia propuestas que cuestionan la centralidad del crecimiento material y plantean alternativas basadas en la reducción del consumo de recursos, la mejora de la calidad de vida y la reorganización de las prioridades colectivas. Aunque estas perspectivas siguen siendo objeto de debate, aportan elementos valiosos para reflexionar sobre los desafíos del futuro.
La complejidad de estos problemas también obliga a superar las fronteras tradicionales entre disciplinas. Economistas, sociólogos, politólogos, demógrafos, ambientalistas y especialistas de otros campos deben colaborar en la construcción de marcos analíticos capaces de comprender fenómenos crecientemente interdependientes.
La transformación del trabajo
Dentro de este amplio proceso de cambio, el mundo del trabajo ocupa una posición central. Las transformaciones observadas durante las últimas décadas muestran una tendencia persistente hacia una mayor flexibilidad en la organización laboral. Desde los años ochenta, numerosas reformas han perseguido la reducción de las rigideces del mercado de trabajo, favoreciendo la expansión de contratos temporales, modalidades de trabajo autónomo, empleo mediante plataformas digitales y fórmulas híbridas entre trabajo asalariado e independiente.
La pandemia de Covid-19 aceleró muchas de estas tendencias, aunque no las originó. El caso más visible fue el teletrabajo, cuya expansión masiva se apoyó en tecnologías que ya estaban disponibles antes de la emergencia sanitaria.
Todo indica que el mercado laboral del futuro estará marcado por una creciente polarización. Las ocupaciones intensivas en conocimiento y altamente cualificadas tenderán a expandirse, mientras que numerosos empleos rutinarios se verán progresivamente sustituidos o transformados por la automatización y la inteligencia artificial.
Este proceso puede tener importantes consecuencias distributivas. Las diferencias de ingresos y oportunidades entre trabajadores con distintos niveles de cualificación podrían ampliarse tanto entre individuos como entre territorios.
De ahí la importancia estratégica de los sistemas educativos y de formación profesional. La capacidad para adaptar las competencias de la población activa a las nuevas exigencias tecnológicas será un factor decisivo para evitar una ampliación de las brechas sociales existentes.
No existe todavía consenso acerca del impacto neto de las nuevas tecnologías sobre el volumen total de empleo. Algunos estudios anticipan una destrucción masiva de puestos de trabajo, mientras que otros sostienen que surgirán nuevas ocupaciones capaces de compensar las pérdidas.
La experiencia histórica invita a la prudencia. Las grandes revoluciones tecnológicas anteriores no condujeron a un desempleo permanente, pero sí generaron largos periodos de adaptación y costes significativos para determinados grupos de trabajadores. Lo que parece indiscutible es que sus efectos sobre la distribución de la renta y la riqueza serán profundos.
Otro aspecto relevante es la transformación del lugar de trabajo. Las tecnologías digitales permiten desarrollar un número creciente de actividades a distancia, favoreciendo modelos híbridos que combinan trabajo presencial y remoto.
La pregunta central no es solo cuánto producir, sino para qué producir y cómo distribuir los beneficios del cambio tecnológico.
No obstante, estas oportunidades no estarán igualmente distribuidas. Los trabajadores con mayores niveles de cualificación dispondrán de más posibilidades para beneficiarse de estas nuevas formas de organización, mientras que muchas actividades continuarán requiriendo presencia física.
Al mismo tiempo, durante las últimas décadas se ha producido un desplazamiento gradual del equilibrio de poder en favor de las empresas dentro de las relaciones laborales. Este fenómeno ha contribuido a aumentar la inseguridad laboral y a reducir la estabilidad de amplios sectores de trabajadores. Por el momento, no existen señales claras de una inversión de esta tendencia.
Una cuestión particularmente relevante es la duración de la jornada laboral. Tras el largo incremento asociado a la industrialización, el siglo XX estuvo marcado por una reducción progresiva del tiempo de trabajo en numerosos países.
Los avances actuales en productividad ofrecen la posibilidad de continuar ese proceso. Si la automatización y la inteligencia artificial permiten producir más con menos trabajo humano, podría resultar factible distribuir mejor el empleo disponible mediante jornadas más cortas.
La reducción del tiempo de trabajo podría contribuir simultáneamente a sostener el empleo, mejorar la calidad de vida y favorecer una distribución más equilibrada de los beneficios del progreso tecnológico. Asimismo, permitiría dedicar más tiempo a actividades familiares, comunitarias, culturales o de cuidados.
Esta perspectiva conecta con una reflexión más profunda sobre el papel del trabajo en las sociedades contemporáneas. En el futuro, el empleo remunerado podría dejar de ocupar la posición central que ha desempeñado durante gran parte de la historia industrial.
En una economía caracterizada por elevados niveles de productividad, una parte creciente de la riqueza generada podría destinarse a reducir el tiempo dedicado al trabajo mercantil. Ello implicaría replantear muchas de las instituciones económicas y sociales que hoy consideramos fundamentales.
La cuestión de fondo no consiste únicamente en producir más, sino en decidir colectivamente para qué producir, cómo distribuir los beneficios generados y qué entendemos por una vida socialmente deseable.
Conclusión
Los cambios que atraviesa el mundo contemporáneo no constituyen fenómenos aislados. El aumento de las desigualdades, la revolución tecnológica, las tensiones políticas, el envejecimiento demográfico y la crisis ecológica forman parte de una misma dinámica de transformación estructural.
Frente a estos desafíos, resulta imprescindible desarrollar nuevos marcos de pensamiento capaces de integrar simultáneamente las dimensiones económica, social, política y ambiental de la realidad.
El objetivo no debería limitarse a preservar el modelo existente, sino a construir formas de desarrollo compatibles con la justicia social, la sostenibilidad ecológica y el bienestar humano. El futuro permanece abierto. Las transformaciones actualmente en curso no conducen inevitablemente hacia un destino predeterminado. La dirección que adopten nuestras sociedades dependerá, en última instancia, de las decisiones colectivas que seamos capaces de tomar durante las próximas décadas.
Lo que parece indudable es que estamos viviendo una transición histórica de gran alcance y que comprenderla exige revisar críticamente muchas de las ideas que han guiado el pensamiento económico y social desde los inicios de la modernidad.
* Catedrático Emérito de Economía en la Universidad Autónoma de Madrid. Es doctor en Ciencias Económicas y especialista en economía laboral e informal.






























