Año 1, núm. 12, julio de 2026
ISSN 3122-3583
a fondo
La economía informal: un concepto a debate
Patricia Arias *
La economía informal mexicana ya no cabe en una sola definición. Entre pluriactividad, migración, remesas, subsidios, género y economía popular, este texto muestra por qué es necesario abandonar miradas homogéneas sobre un mundo laboral diverso, cambiante y vital.
El partido México-Ghana, celebrado en el estadio Cuauhtémoc de la ciudad de Puebla el viernes 22 de mayo de 2026, fue la evidencia perfecta de la velocidad y vitalidad de la economía popular para incorporarse y apropiarse del evento mundialista que iniciaría en los siguientes días: a lo largo de la caminata al estadio era posible comprar a muy bajos precios todos los artículos asociados al mundial, confeccionados en varias localidades del país o de origen chino.
A la salida del estadio, ya de noche, proliferaban los puestos de venta de todo tipo de comida, también muy barata. La cantidad de gente empleada era inconmensurable y la aportación al empleo, a la compra de insumos alimenticios y a la economía de China, eran más que evidentes. Su contribución al empleo —efímero— y al disfrute —también fugaz— de atuendos mundialistas a bajo costo eran innegables.
La informalidad no es una sola economía: cambia según la región, el hogar, el género, la migración y el tipo de actividad.
¿Quién organiza, cómo se planifican y ordenan esas actividades que en un día son capaces de atender la demanda, concentrada y pasajera, de miles de personas? En realidad, sabemos muy poco, casi nada, de ese espectro laboral, de esa economía informal, donde, hoy, se dice, se ubica más de la mitad —53 %— de la población económicamente activa de México.
En la literatura económica persiste el argumento de que existe una sola economía informal que se relaciona con hogares pobres, cuyos miembros trabajan en condiciones de persistente precariedad: bajos salarios, inestabilidad en los empleos, sin acceso a los beneficios de la seguridad social, sin derechos laborales ni sindicales.
Desde el estudio antropológico pionero de Larissa A. de Lomnitz,(1) se planteó otra manera de conceptualizar la economía informal o, como decía la autora, entender “cómo sobreviven los marginados”, para abarcar a esa población, cada vez más numerosa, que había llegado, por las razones que fueran, a reinventar sus vidas en las ciudades, sobre todo en las que se perfilaban como las grandes urbes del país: la Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey.
Esa población sobrevivía de la combinación de dos grandes recursos: por una parte, de la cooperación familiar e infantil que suponía trabajo intensivo no remunerado de hijos y otros parientes y, por otra, de la dependencia de redes sociales de ayuda mutua, basada en vínculos familiares y residenciales que ayudaban a mitigar los efectos de la precariedad e inestabilidad asociados a los empleos informales.
Con matices y actualizaciones, esas dos maneras de concebir la economía informal han gozado de una enorme perdurabilidad para concebir y explicar los empleos y actividades que llevan a cabo los hogares del campo y la ciudad. Sin embargo, los profundos cambios experimentados por la sociedad mexicana obligan a revisar a lo menos cuatro supuestos que eran las bases de la economía informal.
En primer lugar, que se trata de una sola economía informal con resultados similares en todas partes; en segundo, que todos los miembros de un hogar se insertan en economías formales o informales; en tercero, que el trabajo familiar no remunerado siga siendo un recurso generalizado en los hogares y, en cuarto lugar, que los principios de solidaridad, gratuidad y reciprocidad son, de manera inalterable, las bases del funcionamiento de las redes sociales de apoyo.
Entre los cambios más destacados hay que mencionar la persistente y acentuada diversidad geográfica entre las regiones y entre el campo y las ciudades. A lo largo y ancho de la geografía nacional existen regiones y microrregiones de economías informales prósperas y otras que persisten asociadas a condiciones de trabajo precarizadas. Se advierte también una drástica disminución en el número de miembros de las viviendas, lo que significa que es menor el número de personas disponibles para generar ingresos de cualquier índole. Eso, aunado a la separación definitiva o prolongada de integrantes en casas donde hay personas migrantes.
La migración indefinida, en especial de quienes se han ido a Estados Unidos, ha mermado el flujo de remesas que llegan a los hogares. Se advierte además el incremento de la escolaridad, en especial, de las mujeres. La mayor escolaridad femenina ha reducido el tiempo disponible para las tareas de casa porque les ha permitido insertarse en diversos mercados de trabajo que les ofrecen ingresos permanentes y en efectivo que son los que requiere la población.
La economía popular muestra una enorme capacidad de adaptación, pero también revela vacíos persistentes de protección social.
En todas partes se deja sentir la monetarización e individualización de los ingresos. El consumo incluye rubros que requieren de ingresos regulares en efectivo que todos, hombres y mujeres, tienen que sufragar en los hogares de los que forman parte. De hecho, ha habido grandes modificaciones en las tendencias de consumo de la gente, a todos los niveles. Dicho consumo incluye gastos colectivos —renta, predial, agua, luz, internet—, así como la adquisición de dispositivos individuales —pantallas, computadoras, celulares, tabletas, motocicletas—.
Otro asunto central ha sido el cambio en las jerarquías de poder en los hogares. Las mujeres han dejado de estar disponibles para todo tipo de actividades gratuitas en favor de esposos, padres y hermanos. Hoy por hoy, los servicios deben ser retribuidos, en efectivo o en especie.
Además, una constatación central: las y los integrantes de los hogares no están todos ni permanecen todo el tiempo en la economía informal. Lo que se observa es una enorme fluidez y variedad en los orígenes y las características de los ingresos de una casa. Y, tal como se pudo ver en el estadio en Puebla, la gente captura con celeridad las oportunidades de ingresos, aunque sean efímeros.
En la actualidad, podría decirse que en los hogares suelen coexistir a lo menos cuatro modalidades de salarios e ingresos: la pluriactividad, el pluriempleo, las remesas y los subsidios públicos, modalidades que varían mucho de acuerdo con la diversidad geográfico-espacial y las actividades, así como a las características sociodemográficas y culturales de las poblaciones. Los diferentes miembros de los hogares pueden permanecer en alguna de ellas, pero también suelen cambiar a lo largo del tiempo y de sus coyunturas de vida.
La pluriactividad son las actividades que generan productos o ingresos que se usan o distribuyen dentro de los hogares. Entre ellas, estaría la producción agrícola de autoabasto; la cría y engorda de animales domésticos; el trabajo a domicilio, y los servicios y el cuidado de niños y ancianos. Aunque compartan residencia, son quehaceres que es preciso retribuir, en dinero o en alguna otra forma de recompensa.
El pluriempleo abarca las tareas que se realizan fuera de los hogares por las cuales las y los trabajadores reciben un salario. Incluye a personas jornaleras, peonas, obreras, empleadas en todo tipo de establecimientos y pequeñas empresarias. En general, se observa una ampliación de la oferta de empleo fuera del hogar para las mujeres.
Las remesas —un mecanismo de subsidio privado— son los ingresos que se reciben en los hogares vía las personas migrantes, quienes los envían desde Estados Unidos y las ciudades del país. En los últimos años, como es bien sabido, las remesas familiares han disminuido desde que el gobierno de Donald Trump canceló la posibilidad de migrar hacia ese país, lo que ha modificado como nunca antes el escenario migratorio. Las y los migrantes que permanecen en Estados Unidos han dejado de invertir y enviar dinero a México, como lo hacían antes, para mejorar su inserción en los lugares de destino.
Los subsidios son los recursos públicos que ingresan a los hogares vía las transferencias gubernamentales. Esta franja de ingresos se ha ampliado desde el gobierno de Andrés Manuel López Obrador para incluir, por diferentes motivos, a distintos miembros de una vivienda. Así las cosas, un hogar puede recibir cinco o más ingresos en forma de subsidio.
Comprender la informalidad exige mirar más allá de la precariedad: también hay redes, estrategias, ingresos mixtos y nuevas formas de organización.
Se podría decir que en un extremo estarían los hogares donde predomina el trabajo; es decir, donde la mayor parte de los presupuestos de los hogares se integran por actividades de pluriactividad y pluriempleo, que pueden ser formales o informales, en combinaciones siempre cambiantes, pero ligadas a trabajo con base en ingresos monetarios que se perciben de manera individual.
La pluriactividad y el pluriempleo predominan en regiones y localidades, por lo regular, espacios urbanos o metropolitanos, donde se concentran actividades dinámicas de la economía: agricultura de exportación, actividades pecuarias intensivas, agroindustrias e industrias modernas, servicios residenciales y turismo.
El pluriempleo suele tener un impacto en la pluriactividad al detonar la necesidad de una gran variedad de servicios. Y eso ha profundizado un gran cambio, porque en muchos de esos espacios las actividades económicas han privilegiado el empleo femenino formal, en detrimento de la contratación de hombres, cuyas actividades se han precarizado y han pasado a formar parte de la economía informal, en especial, el jornalerismo en múltiples quehaceres. Con ello, los hombres han perdido su papel histórico como proveedores únicos o principales y su posición en cúspide de la jerarquía de poder en los hogares.
En contraste, las regiones y comunidades pobres, aisladas y sin redes laborales con espacios dinámicos, dependen en gran medida de los ingresos provenientes de las remesas y los subsidios públicos. Esto en un contexto donde las remesas, aunque hayan disminuido, han sido compensadas, en cierta medida, con la ampliación de los subsidios. En esas regiones y localidades se advierte también un incremento del empleo femenino, en especial, en la modalidad de pluriempleo. Ha reaparecido, por ejemplo, el trabajo a domicilio que llevan a cabo las mujeres en comunidades indígenas.
Además, en los hogares se observa un cambio mayor: desde la década de 1990, quizá, la generación y uso de los ingresos de un hogar tenían un fuerte componente jerárquico, en ocasiones también coercitivo, en detrimento de los derechos y deberes de las mujeres y los niños. Hasta ese momento se podía considerar que había hogares que, en conjunto, se dedicaban a la economía informal, en actividades que requerían abundante mano de obra en condiciones precarias en relación a los mercados de trabajo, pero también de desigualdades de género y generación al interior de los hogares. Lo anterior ayudaba a que la economía informal mantuviera costos reducidos en productos y servicios.
En la actualidad eso no es tan evidente, en todo caso, no tan generalizado. Los presupuestos de los hogares se conforman con ingresos y salarios que proceden de mercados de trabajo distintos y cambiantes, que han sido obtenidos de manera individual por hombres y mujeres cuyas aportaciones a las casas se deciden y negocian, también de manera individual, en acuerdos solidarios, pero también en escenarios cargados de tensiones y conflictos.
En la actualidad, la economía informal —si todavía queremos seguirla llamando así— es un fenómeno más de individuos, con diferentes arreglos de trabajo y distribución de tareas e ingresos, que de grupos domésticos basados en acuerdos jerárquicos y solidarios casi imposibles de mantener.
De cualquier manera, lo que sigue siendo cierto es que esas formas de trabajo son una válvula de escape y una manera de disfrutar, a bajo costo, de las playeras, las cachuchas, los llaveros, los peluches, los muñecos, los platillos del mundial aunque la Federación Internacional de Futbol Asociación (FIFA) se empeñe en afirmar que están prohibidas. ¿Quién nos va a impedir que nos sentemos frente a la pantalla con una playera de $300.00 y una cachucha de $150.00 (2) a disfrutar los partidos?
* Antropóloga social, investigadora jubilada de la Universidad de Guadalajara, miembro de la Academia Mexicana de Ciencias. Profesora émerita del SNII.
Referencias
- Lomnitz, Larissa A. de (1975). Cómo sobreviven los marginados. Siglo XXI Editores.
- Nota del editor: valores monetarios en pesos mexicanos. En dólar americano las cifras corresponden aproximadamente a 17 USD y 8.5 USD, respectivamente.






























