Año 1, núm. 12, julio de 2026
ISSN 3122-3583
a fondo
Un muerto viviente: el paradigma neoliberal de la economía
José I. Casar *
El neoliberalismo parece haber muerto como proyecto universal de política económica, pero continúa vivo como marco de referencia del pensamiento dominante. Casar examina por qué ninguna crisis reciente ha producido todavía un paradigma capaz de sustituirlo.
A fines del annus horribilis de 2020 escribí un ensayo con el título “Después de la Gran Recesión y la pandemia: ¿el declive del neoliberalismo?” que se publicó al año siguiente en el Informe del desarrollo del PUED (Programa Universitario de Estudios del Desarrollo) en una edición dedicada a explorar las “coordenadas para el debate del desarrollo”.
El neoliberalismo ya no organiza con la misma fuerza la política económica global, pero sigue moldeando buena parte del pensamiento económico dominante.
Habían pasado más de diez años desde que la crisis financiera internacional estuvo a punto de llevar al mundo a una nueva Gran Depresión, la recuperación había sido lenta y en 2012 el euro había estado a punto de desaparecer; la globalización había perdido ímpetu y la fe en las bondades de la operación irrestricta del libre mercado flaqueaba. En ese contexto, la parálisis de la actividad económica mundial inducida por la pandemia y la creciente conflictividad geopolítica —en particular entre China y Estados Unidos— evidenciaron la fragilidad de la integración económica mundial.
No eran buenos tiempos para el paradigma neoliberal que se había enseñoreado en el pensamiento económico, en la academia, en los organismos internacionales y en el mundo financiero, así como en el diseño de la política económica. Y en buena parte, hay que decirlo, del pensamiento en ciencias sociales y en el análisis político, áreas en que muchos de sus practicantes adoptaron como referencia económica indiscutible la particular forma de interpretar la economía que se impuso desde fines de los años setenta en el mundo. Cabía preguntarse entonces si estábamos ante el declive del paradigma neoliberal y su sustitución por una nueva forma de concebir la economía.
En ese artículo publicado en 2021 apunté que en su contribución a la edición especial que la Oxford Review of Economic Policy dedicó al tema “Reconstruyendo la teoría macroeconómica” en 2018, Paul Krugman llegó a la conclusión de que la Gran Recesión no había producido una “nueva gran idea, mucho menos una que haya revolucionado a la profesión”, como sí lo habían hecho la Gran Depresión en los años treinta y la “estanflación” en los setenta, dando lugar, respectivamente, a la revolución keynesiana y a la contrarrevolución monetarista que culminó en el paradigma neoliberal.
A partir de esta idea identifiqué cuatro elementos que, a mi juicio, estuvieron presentes en los dos grandes cambios de rumbo del pensamiento económico en el siglo XX y contribuyeron a explicar la adopción de los nuevos paradigmas. La idea era reflexionar en torno a si esos rasgos comunes se podían identificar a principios de la presente década para así hacerse una idea de si estábamos en el umbral de un nuevo cambio de paradigma, entendido como “el común denominador de la profesión”, el corpus teórico (e ideológico) que conforma lo que en inglés se denomina el mainstream economics que, a pesar de la inevitable heterogeneidad del pensamiento económico, constituye el marco referencial de buena parte del análisis económico y el diseño de la política económica.
Los cambios en la escena política y económica desde 2020 ameritan, me parece, repetir el ejercicio en este 2026. Adelanto la conclusión: el paradigma neoliberal, como sustento de un proyecto universal expresado en políticas concretas en el ámbito internacional y al interior de las principales economías, ha muerto. Sin embargo, no parece estarse perfilando un paradigma emergente capaz de sustituirlo: el neoliberalismo sigue vivo como el modelo de referencia del pensamiento dominante.
El primero de los cuatro elementos comunes a los dos cambios de paradigma que registra la economía en el siglo XX es que ambos surgieron como respuesta a hechos históricos que no encajaban o no se podían explicar o encarar con el marco teórico prevaleciente en la época. El enorme y persistente desempleo luego de la Gran Guerra —primero en Europa y luego en Estados Unidos y en el ámbito mundial en los años treinta— evidenció los límites del liberalismo clásico como discurso económico y como base de la política económica despejando el camino para que las ideas keynesianas se erigieran como el nuevo paradigma.
En los años setenta, la presencia simultánea de un alto nivel de desempleo y una inflación creciente, en principio inconsistentes entre sí en el modelo keynesiano, pusieron en duda la pertinencia del paradigma y abrieron la puerta a la formulación del paradigma neoliberal.
Las grandes crisis no bastan para producir nuevos paradigmas si no existe una idea alternativa capaz de ordenar valores, teoría y política.
El segundo elemento que caracteriza a los paradigmas emergentes exitosos es que priorizan un conjunto de valores sociales nuevos. Los efectos de la Primera Guerra Mundial y de la desmovilización luego de 1919 sobre los mercados de trabajo (incluido el efecto sobre el empleo femenino), el auge del movimiento obrero y de las ideas socialistas y el temor inducido por la Revolución rusa obligaron a poner la cuestión social y la justicia distributiva en el centro de la política, ampliando la noción misma de lo público como ámbito de acción del Estado. El paradigma keynesiano ofrecía un marco adecuado para explicar las fallas de mercado que habían producido el caos de la época de entreguerras y una justificación teórica de las medidas que se consolidaron en el Estado de Bienestar en el cual la intervención estatal es condición necesaria para ejercer la libertad individual.
La incapacidad de la intervención pública para lidiar con la estanflación de los años setenta abonó el terreno para el florecimiento de las corrientes de pensamiento que veían el origen de los problemas económicos en la acción del Estado y reivindicaban el valor de la libre operación de las fuerzas del mercado —que liberarían la capacidad creativa de los individuos y las empresas— como la única vía de solución.
El crecimiento sostenido y la prosperidad compartida de los años dorados del desarrollo de la posguerra dejaron de ser vistos como el resultado de las políticas inspiradas en el paradigma keynesiano con su énfasis en la corrección de las fallas del mercado y en los valores asociados al Estado de Bienestar; se gestó un nuevo individualismo abiertamente hostil a la intervención estatal en la economía y la sociedad.
El tercer elemento presente en ambos periodos de cambio de paradigma fue el surgimiento de nuevos actores y coaliciones políticas y sociales. El establecimiento del paradigma keynesiano se apoyó en el auge del sindicalismo, en los partidos obreros aliados a sectores reformistas de los partidos tradicionales y a empresarios beneficiarios del crecimiento económico impulsado desde el Estado (incluyendo al complejo industrial-militar durante la Guerra Fría) y la masificación del consumo producto de la mejor distribución del ingreso. Las corrientes intelectuales en otras disciplinas, preocupadas por lo que percibían como un orden social injusto en las décadas de entreguerras contribuyeron a legitimar el nuevo paradigma económico.
En los años setenta y ochenta, conforme se olvidaban las penurias de la guerra y la Gran Depresión, la pérdida de dinamismo económico y la inflación, sumada a la pérdida de peso de la industria manufacturera, destruyeron las bases de la coalición en que se basaba el orden previo. Los actores políticos conservadores —en muchos casos vinculados al sector financiero— se fortalecieron en un contexto en el que el sindicalismo perdía influencia; el declive de la Unión Soviética le proporcionó nuevos argumentos al pensamiento neoliberal emergente y con el triunfo de Margaret Thatcher en el Reino Unido y de Ronald Reagan en Estados Unidos se consolidó una nueva coalición interesada en la desregulación, la privatización, el achicamiento del Estado y el libre comercio que conduciría a la globalización de las siguientes décadas.
El cuarto elemento presente en ambos periodos de cambio de paradigma es el que tiene que ver, propiamente, con el surgimiento de modelos de funcionamiento de la economía capaces de explicar y hacer frente a los fenómenos que no encajan en el paradigma anterior y en los cuales la promoción de los nuevos valores impulsados por las coaliciones emergentes aparece como la solución de los problemas que el paradigma previo no conseguía solventar.
Así la concepción keynesiana de los determinantes del empleo —el principio de la demanda agregada y la nueva concepción del mercado de dinero— ofrecía al mismo tiempo una explicación convincente del persistente desempleo y las medidas para resolverlo y promovía los intereses de la coalición política y social emergente. En el surgimiento del paradigma neoliberal, la consolidación de la idea de la “tasa natural de desempleo” compatible con la estabilidad de precios sumada al desarrollo de los modelos de equilibrio general dinámico estocástico revivieron el postulado de que las economías tienden a regresar de manera automática al pleno empleo (con una asignación óptima de recursos), siempre y cuando la política económica —en particular la fiscal— no pretenda interferir (inútilmente y con efectos desestabilizadores por cierto) con ellos.
Este nuevo paradigma en el pensamiento era funcional para la coalición emergente: ofrecía la justificación para el programa de desregulación, libre comercio y retraimiento del Estado que impulsaban los intereses empresariales, sobre todo de las transnacionales y del sector financiero. El nuevo paradigma condujo a la estabilización de la economía, aunque con un alto costo en términos de desempleo y eventualmente a la globalización y la recuperación del crecimiento, aunque a tasas menores que las de los años dorados de la posguerra.
El viejo modelo perdió legitimidad histórica, pero el nuevo consenso económico aún no termina de nacer.
¿Qué decir, en la situación actual, de estos cuatro elementos que parecen concurrir en los dos cambios de paradigma registrados en el siglo XX? Es claro que, al menos desde la crisis financiera internacional, han surgido fenómenos que el paradigma neoliberal, con su énfasis en la acción de agentes individuales libres de interferencia por el Estado, no puede procesar adecuadamente: los retos del cambio climático que exigen la coordinación entre agentes económicos y entre Estados; los retos globales en salud que la pandemia puso en trágica evidencia; la creciente concentración del ingreso y la riqueza; la “financiarización”, que no se justifica por el aporte de las finanzas a la eficiencia en la asignación de recursos o al crecimiento; la concentración de riqueza y de poder en manos de unas cuantas empresas que dominan la revolución tecnológica en curso, y la cuestión migratoria que ha acompañado a la globalización, son todos fenómenos que el paradigma dominante no puede encarar sin abandonar el mantra de la primacía del mercado y el retiro del Estado.
Estos fenómenos, aunados a la desaceleración del crecimiento y la consecuente pérdida de horizonte personal para las generaciones jóvenes, han dado lugar a un malestar generalizado que apunta al surgimiento de nuevos valores. El panorama en este aspecto, sin embargo, se ha vuelto confuso desde la crisis de 2008, pero principalmente en los años posteriores a la pandemia.
Por un lado presenciamos una creciente reacción frente a la desigualdad, una creciente conciencia ambiental y una preocupación progresiva por temas como los derechos humanos y la situación de las minorías, pero por el otro asistimos al resurgimiento de tendencias nacionalistas, al avance de movimientos religiosos conservadores, a la exaltación de valores individualistas y al “revanchismo” de grupos que se perciben como víctimas de la globalización y el neoliberalismo que paradójicamente achacan a la acción de las élites “liberales” (en el sentido estadounidense) que controlan al Estado.
Ambas tendencias plantearían, en principio, la redefinición del papel del Estado y el abandono del paradigma del libre mercado, pero con implicaciones radicalmente distintas: los valores que surgen de la primera vertiente apuntarían a la formulación de una agenda de corte digamos socialdemócrata, con énfasis en la corrección de las fallas de mercado, la reducción de las desigualdades y la cooperación internacional para afrontar los retos del presente.
Al mismo tiempo, la segunda tendencia que privilegia intereses y valores de grupos sociales tradicionales como base electoral, y de grupos de gran poder económico como base de poder fáctico, ha generado una coalición que ha ido conformando una agenda antiliberal. Esta agenda, digamos populista, sin renunciar en el discurso a la apelación a la legitimidad del lucro no regulado como fundamento de la acción económica, no tiene empacho en promover el uso de la fuerza del Estado para promover los intereses mencionados, abandonando en el camino algunas de la ideas centrales del neoliberalismo propiamente dicho: el libre comercio basado en reglas multilaterales, la no intervención directa en los mercados favoreciendo a empresas individuales, el fomento de la libre competencia y la política antimonopolios y en el caso de Estados Unidos, el intento de limitar la autonomía de la política monetaria.
Esta segunda coalición es la que parece imponerse —en la arena política— en los últimos años, sobre todo, pero no solamente, en los Estados Unidos del presidente Donald Trump. Se trata de un abandono selectivo de los principios que constituían la columna vertebral del paradigma neoliberal. En ese contexto político no es de extrañar que los intentos por construir un paradigma alternativo en el medio intelectual y académico desde los valores emergentes no hayan tenido mayor éxito hasta ahora a pesar de ofrecer salidas viables a los retos de la época.
Al margen de que no ha surgido una “gran idea” de talla similar a las que dieron lugar a la revolución keynesiana y a la contrarrevolución neoliberal, se han presentado avances trascendentes en el pensamiento macroeconómico, en la revisión crítica de los fundamentos microeconómicos de la visión neoliberal, en la crítica a los resultados distributivos de la economía de mercado y en los análisis que fundamentan la necesidad de la coordinación para regular la competencia, enfrentar el cambio climático y la salud global. Estas ideas que podrían configurar un paradigma alternativo no han conseguido, sin embargo, la masa crítica de apoyo social para erigirse en una verdadera base para un cambio paradigmático en la forma en que los países desarrollados conciben la economía y las políticas económicas.
Así, en la práctica, el paradigma neoliberal ha muerto pues cada vez más gobiernos y actores políticos relevantes hacen menos caso de sus principios en el diseño y ejecución de sus políticas, pero la coalición que lo ha matado carece de un esquema interpretativo de la realidad para sustituirlo. Intelectualmente sigue vivo como referencia y así seguirá en tanto no se conforme una coalición política distinta que imponga nuevos valores y se apoye en el conjunto de ideas emergentes para cambiar el rumbo de la acción estatal.
* Economista e investigador del Programa Universitario de Estudios del Desarrollo de la UNAM.






























