Año 1, núm. 12, julio de 2026
ISSN 3122-3583
a fondo
Las nuevas reglas de lo que alguna vez llamamos globalización
Valeria Moy *
El libre comercio no desapareció, pero dejó de ser la regla incuestionable de la economía global. Entre aranceles, seguridad nacional, semiconductores, minerales críticos y cadenas de suministro, la globalización entra en una etapa menos eficiente, más política y más incierta.
El 2 de abril de 2025, Donald Trump celebró —porque lo hizo en ese tono— lo que él mismo denominó “Liberation Day”. En ese Día de Liberación, Trump sostuvo que durante décadas Estados Unidos había sido “saqueado” por otras naciones y afirmó que los empleos y las fábricas regresarían a ese país gracias a una nueva era en la política comercial global. El déficit comercial es, desde su óptica, una muestra de un desequilibrio en el que la economía que mantiene un superávit abusa económicamente de la otra, una suerte de regreso al pensamiento mercantilista de siglos pasados.
La pregunta que organiza la producción global ya no es solo dónde cuesta menos, sino dónde resulta más seguro producir.
Para compensar el abuso percibido, estableció un arancel universal de 10 % sobre las importaciones y una serie de gravámenes adicionales para más de 60 países y bloques comerciales, con tasas que oscilaron entre 11 % y 145 %, según el país de origen y con el arancel fundamentado con una fórmula matemática curiosa.
No fue sorpresivo; lo había mencionado en repetidas ocasiones desde su pasada administración. Sin embargo, el 2 de abril marcó un viraje decidido de la política comercial estadounidense desde el inicio de la confrontación con China, en 2018. Además, resultó significativo porque reflejó una transformación más profunda y confirmó una tendencia que ya se estaba configurando: el libre comercio había dejado de ser el principio incuestionable que orientaba la política económica de las principales potencias.
Siempre ha existido el comercio. Ninguna sociedad se mantiene en la autarquía y conforme se diversifican más las canastas de consumo se vuelve necesaria la provisión desde diferentes y, en muchas ocasiones, distantes puntos.
Ha habido épocas de mayor proteccionismo, pero el péndulo de la historia llevó a que la economía mundial se organizara durante décadas bajo la lógica de la globalización, entendida como un proceso creciente de integración económica entre países mediante la expansión del comercio, la inversión y las cadenas globales de suministro.
Bienes complejos con partes provenientes de decenas de países buscando siempre mayores eficiencias que repercutieran en menores costos para las y los consumidores. La premisa era que una mayor apertura generaría crecimiento, eficiencia y estabilidad. Estados Unidos fue uno de los principales promotores de este modelo, es el mayor consumidor del planeta y el que demanda los menores costos.
Para que el modelo funcionara había que profundizar en la integración regional. La reducción de barreras comerciales, el fortalecimiento de las cadenas globales de valor y la expansión de los mercados internacionales respondían a una lógica ricardiana: que cada país se especializara en aquello que producía con mayor eficiencia. La expectativa era que una asignación más eficiente de recursos redujera costos, impulsara la productividad y generara crecimiento económico.
Quizás el ejemplo más claro de esta lógica fue el surgimiento de las cadenas globales de valor. Las empresas organizaban su producción a escala internacional para minimizar costos. Un producto podía diseñarse en Estados Unidos, fabricarse en Asia, ensamblarse en México y venderse en Europa. La pregunta central para decidir dónde ubicar cada etapa del proceso productivo era esencialmente una: ¿dónde es más barato hacerlo?
La eficiencia económica compite ahora con la resiliencia, la seguridad nacional y la política industrial.
Los resultados de este modelo fueron visibles durante varias décadas. El comercio internacional creció más rápido que la economía mundial y la integración económica permitió incorporar a nuevos países a los mercados globales. El caso más evidente es China, cuyo ingreso a la Organización Mundial de Comercio (OMC) en 2001 aceleró su integración a las cadenas globales de suministro y consolidó su papel como centro manufacturero mundial. La entrada de esta nación cambiaría el juego al que había sido aceptada.
A principios de este siglo, China representaba alrededor de 6.7 % del producto interno bruto (PIB) mundial. Actualmente concentra cerca de una quinta parte de la producción global y se ha consolidado como el principal exportador de bienes en el planeta, con una participación cercana al 12 % del mercado mundial. Estados Unidos, por su parte, sigue ocupando una posición central en el comercio internacional: concentra alrededor de 9.5 % de las exportaciones globales de bienes y servicios. La creciente interdependencia entre ambas economías se convirtió en uno de los pilares de la globalización contemporánea; no obstante, algunos acontecimientos recientes evidenciaron las implicaciones de este modelo.
La pandemia por covid-19 mostró que muchas cadenas de suministro habían sido diseñadas para minimizar costos, pero que no podían responder a una interrupción global a la escala de lo que sucedió cuando se cerraron las fronteras. Hasta entonces, pocas personas se preguntaban de dónde provenían los productos que consumían diariamente o los insumos necesarios para producirlos. De un momento a otro, la escasez de equipos médicos, los retrasos en puertos y las dificultades para abastecer productos básicos hicieron visible algo que normalmente permanecía oculto: la eficiencia también tiene costos.
Por otro lado, la concentración de determinadas actividades productivas en un número reducido de países permitía aprovechar economías de escala y reducir costos. Pero cuando esas regiones enfrentaron cierres de fábricas o restricciones logísticas, las consecuencias se extendieron rápidamente al resto del mundo. La escasez de semiconductores afectó industrias completas, desde la producción de automóviles hasta la fabricación de equipos electrónicos. Muy pronto, los gobiernos se dieron cuenta de que los asuntos comerciales requerían ser vistos también con un enfoque de seguridad nacional.
Lo ocurrido durante la pandemia no eliminó las ventajas de la especialización internacional, pero sí obligó a reconsiderar los riesgos asociados a una dependencia excesiva de ciertos proveedores o regiones.
La invasión rusa a Ucrania produjo una reflexión similar en el ámbito energético. Durante años, Europa dependió del gas ruso porque era una opción eficiente y relativamente barata; sin embargo, cuando comenzó la guerra, esa dependencia se convirtió también en una vulnerabilidad. Lo que durante décadas había sido interpretado como una ventaja derivada de la integración económica, comenzó a analizarse también desde el ángulo de la seguridad energética.
Por último, la creciente rivalidad entre Estados Unidos y China terminó por reforzar esta tendencia. Las tensiones entre ambas economías ya no se limitan al comercio de bienes, sino que abarcan sectores estratégicos como los semiconductores, la inteligencia artificial, las telecomunicaciones y las tecnologías vinculadas con la transición energética.
En este contexto, los minerales críticos y las tierras raras han adquirido una importancia central: son insumos indispensables para la producción industrial avanzada, desde baterías, autos eléctricos y turbinas eólicas hasta chips, sistemas de defensa y componentes electrónicos. Su disponibilidad, procesamiento y control se han convertido en factores clave para la competitividad tecnológica y la seguridad económica de los países. Así, la discusión económica comenzó a incorporar conceptos que hasta hace algunos años ocupaban un lugar secundario: resiliencia, seguridad, autonomía y diversificación del riesgo.
Para México, el nuevo orden comercial abre oportunidades, pero también exige estrategia, certidumbre y capacidad productiva.
El “Día de la Liberación” refleja un cambio más amplio en la forma en que gobiernos y empresas entienden la organización de la economía mundial. Los aranceles, la política industrial, las restricciones tecnológicas y las políticas de relocalización productiva forman parte de una tendencia que busca reducir vulnerabilidades en un entorno internacional percibido como más incierto.
Cambiará la globalización como se había concebido anteriormente. Están cambiando los criterios bajo los cuales se organiza esa integración y, en consecuencia, cómo se abordan las negociaciones comerciales.
Las cadenas globales de valor siguen operando y el comercio internacional todavía es fundamental para el crecimiento económico. La reducción de costos continúa siendo importante, pero comparte espacio con consideraciones distintas a las que se priorizaban antes.
Para México, esta transformación resulta particularmente relevante. Una parte importante de las oportunidades asociadas a la relocalización de las cadenas productivas deriva precisamente de esta reorganización. La cercanía con la nción norteamericana y la integración regional que ofrece el Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC) constituyen ventajas importantes. En un contexto de mayores barreras comerciales, México se ha mantenido como uno de los principales proveedores del país vecino del norte con una menor carga arancelaria.
Mientras que naciones como Alemania, Japón, Corea del Sur y Vietnam enfrentan aranceles implícitos de entre 6.8 % y 9.8 %, México registró una tasa de apenas 3.4 % en marzo de 2026, inferior a la mayoría de sus competidores. Esta ventaja relativa refuerza el atractivo del país como destino para la relocalización de inversiones y cadenas de suministro orientadas hacia el mercado estadounidense.
No obstante, hay que estar conscientes de que la ubicación geográfica rara vez es suficiente por sí sola. La disponibilidad de infraestructura, energía, agua y condiciones institucionales que generen certidumbre continúan siendo factores determinantes para atraer inversión y consolidar proyectos productivos de largo plazo. Y ahí es donde México tiene un largo camino por recorrer.
La globalización se está transformando. La fragmentación geopolítica, la competencia entre potencias y las disrupciones recientes han evidenciado las limitaciones de un modelo basado exclusivamente en la eficiencia. La economía mundial sigue profundamente integrada y el intercambio de bienes y servicios continúa siendo uno de los motores centrales del crecimiento, pero las reglas de esa integración están cambiando, al igual que los objetivos de los gobiernos y de las empresas.
El paradigma del comercio no ha desaparecido, pero el “libre” comercio, basado en la eficiencia de costos y en la ausencia de aranceles, ha dejado de ser el principal rector de la economía mundial. La discusión actual sobre comercio internacional responde a esa lógica: no estamos viendo su fin, sino un cambio en sus principios rectores. No sabemos aún cómo terminará de acomodarse.
Agradezco la colaboración de Teresa Plancarte, Karla Ruiz y Sara Meneses en la redacción de este texto.
* Economista, análista en materia económica y financiera. Directora general del IMCO desde 2020.






























