Año 1, núm. 12, julio de 2026
ISSN 3122-3583
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Después del neoliberalismo: paradigmas en disputa y los contornos del orden económico emergente
Raúl Livas Elizondo *
Todos parecen coincidir en que el neoliberalismo llegó a su límite, pero no en qué significa exactamente ni en qué debería sustituirlo. Livas ordena el debate y muestra que la crisis económica es inseparable de una crisis más amplia de la democracia liberal.
I. Introducción: el fin de una era y la dificultad de nombrar lo que viene
Pocas afirmaciones circulan con tanta frecuencia en los debates de política económica contemporánea como la de que el neoliberalismo ha terminado. Economistas, politólogos, comentaristas de diversas orientaciones ideológicas y organismos internacionales comparten, con matices distintos, este diagnóstico. El Fondo Monetario Internacional (FMI) ha cuestionado abiertamente algunos de sus propios principios. La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) ha incorporado la desigualdad como variable central en sus análisis de política. El Banco Mundial ha reconocido las limitaciones de las reformas de primera generación que promovió en los años ochenta y noventa. Sin embargo, cuando se avanza un paso más y se pregunta qué viene después, la convergencia se disuelve y aparece un panorama de fragmentación teórica y política que resulta, en sí mismo, revelador de la naturaleza del fenómeno que se intenta describir.
La dificultad para identificar el sucesor del neoliberalismo refleja, en primer lugar, la ambigüedad del propio término: un concepto tan utilizado como impreciso, que distintos actores han empleado con propósitos tan diferentes que su contenido semántico se ha vuelto casi irreconocible. En segundo lugar, refleja la ausencia de un consenso normativo sobre los fines que debe perseguir la política económica, un vacío que es síntoma de tensiones políticas y sociales más profundas. En tercer lugar, refleja la dificultad intrínseca de articular un nuevo paradigma en un contexto de polarización política extrema, donde los actores están más interesados en la crítica destructiva que en la propuesta constructiva.
El objetivo de este artículo es contribuir a ordenar este debate. Para ello, comenzamos por distinguir dos perspectivas sobre el neoliberalismo: una acotada, que lo identifica con un conjunto específico de políticas públicas, y una amplia, que lo inscribe en la larga historia del pensamiento económico. A partir de esta distinción, analizamos las principales líneas de crítica y las propuestas alternativas, prestando atención tanto a las corrientes de izquierda como a las de derecha. Concluimos con una reflexión sobre las implicaciones para la gobernanza democrática y la estabilidad política.
La tesis central es que la crisis del neoliberalismo no puede entenderse de forma aislada: es un subconjunto de una crisis más amplia de la democracia liberal, y las respuestas que se están ensayando deben leerse a la luz de esta crisis más fundamental. Las propuestas de reforma económica que no abordan simultáneamente la dimensión política tienen pocas probabilidades de éxito duradero.
La dificultad para nombrar lo que viene revela la fragmentación teórica y política del presente.
II. El problema de la definición: neoliberalismo como concepto en disputa
Antes de responder qué viene después del neoliberalismo, es necesario acordar qué se entiende por él. Giovanni Sartori acuñó el concepto de “estiramiento conceptual” para describir el fenómeno por el cual los términos de las ciencias sociales se amplían hasta perder precisión analítica. El neoliberalismo es quizás el ejemplo contemporáneo más claro de este problema. El término ha llegado a designar fenómenos tan dispares como la desregulación financiera, la privatización de empresas públicas, la reducción del gasto social, el libre comercio, la independencia de los bancos centrales y ciertos aspectos de la gobernanza global. Esta dispersión semántica hace que el diagnóstico de su agotamiento sea al mismo tiempo universal —todos están de acuerdo con él— y vacío —nadie está de acuerdo sobre lo mismo.
El problema de la definición no es solo académico: tiene consecuencias políticas directas, porque lo que se identifica como el problema determina lo que se propone como solución. Quienes ven en el neoliberalismo principalmente el desmantelamiento del Estado de bienestar propondrán su reconstrucción. Quienes lo ven como globalización financiera sin regulación propondrán la re-regulación de los mercados de capitales. Quienes lo ven como la ideología de las élites transnacionales contra los trabajadores nacionales propondrán el repliegue proteccionista. Para avanzar con mayor precisión analítica, conviene distinguir dos perspectivas.
1. La perspectiva acotada: el Consenso de Washington como referente empírico
En una perspectiva acotada, el neoliberalismo puede identificarse con el conjunto de recomendaciones de política económica que John Williamson sistematizó en 1989 bajo el nombre de Consenso de Washington. Estas recomendaciones —disciplina fiscal, reforma tributaria, liberalización de tasas de interés y del comercio, privatización, desregulación y protección de derechos de propiedad— reflejaban el consenso prevaleciente entre las instituciones financieras internacionales y los gobiernos que buscaban su apoyo en el contexto de la crisis de deuda latinoamericana.
Esta perspectiva tiene la virtud de dar un contenido empírico preciso al término. Permite periodizar con claridad: el Consenso de Washington tuvo su auge en las décadas de 1980 y 1990, entró en crisis con las turbulencias financieras de finales de los noventa —las crisis asiática, rusa y argentina— y fue progresivamente cuestionado incluso desde dentro del mainstream. El propio Williamson, junto con Pedro Pablo Kuczynski, propuso en 2003 un “Consenso Ampliado” que incorporaba la calidad institucional, la distribución del ingreso y un papel más activo del Estado, declarando implícitamente el agotamiento del marco original. La actualización más reciente es el Consenso de Londres (1), la versión más elaborada de la corrección al consenso desde dentro del pensamiento económico dominante.
2. La perspectiva amplia: el neoliberalismo en la historia del pensamiento económico
La perspectiva acotada tiende a oscurecer los fundamentos intelectuales del neoliberalismo. En La riqueza de las naciones, Adam Smith postuló la existencia de un Sistema de Libertad Natural que emerge espontáneamente cuando el Estado garantiza libertad de asociación, libre movimiento de mercancías y mecanismos de justicia basados en reglas definidas. La metáfora de la “mano invisible” capturaba la idea de que la coordinación social puede emerger sin diseño central a través de la interacción de agentes que persiguen sus intereses individuales.
La primera gran ruptura llegó con Keynes. En La Teoría General (1936) argumentó que la economía agregada podía quedar atrapada en equilibrios subóptimos —con desempleo masivo y recursos ociosos— de los que no saldría automáticamente. Al identificar agregados macroeconómicos cuya dinámica podía conducir a situaciones de desequilibrio persistente, Keynes justificó la intervención gubernamental como mecanismo de corrección y creó, en el proceso, la macroeconomía como disciplina diferenciada.
El neoliberalismo, en su perspectiva amplia, es la respuesta a la síntesis keynesiana que dominó la posguerra. Tuvo dos grandes vertientes. Milton Friedman cuestionó la efectividad de la política fiscal y argumentó que la inflación era un fenómeno monetario que los gobiernos producían al intentar mantener el empleo por encima de su nivel natural. Friedrich Hayek fue más radical: puso en duda la posibilidad misma de la gestión gubernamental, argumentando que ningún planificador central puede poseer el conocimiento disperso que refleja el orden espontáneo del mercado, y que sus intervenciones tienden a producir consecuencias no deseadas peores que los problemas originales.
III. La descomposición de la síntesis keynesiana y el ascenso del neoliberalismo
La síntesis keynesiana —el paradigma que combinaba los modelos macroeconómicos de Keynes con el análisis microeconómico neoclásico— enfrentó en los años setenta un desafío que sus herramientas no estaban equipadas para manejar: la estanflación, es decir, la coexistencia de inflación elevada y desempleo alto. Este fenómeno, que la curva de Phillips en su versión original predecía como imposible, demostró que los instrumentos de política macroeconómica diseñados para gestionar la demanda agregada tenían limitaciones estructurales que sus promotores no habían anticipado.
La crítica friedmaniana ofreció una explicación convincente: la política de estímulo había generado expectativas inflacionarias que neutralizaban sus efectos reales. Los trabajadores, al anticipar la inflación, exigían aumentos salariales que eliminaban las ganancias de empleo generadas por el estímulo. La crítica de Lucas (2) fue aún más demoledora: los modelos que no incorporaban expectativas racionales eran inadecuados para el análisis de políticas, porque los agentes modificaban su comportamiento al anticiparlas. Este argumento tuvo consecuencias devastadoras para la credibilidad de los modelos keynesianos.
Conviene señalar, sin embargo, que el supuesto del agente racional que subyace a esta crítica tiene sus propios límites. El homo economicus —ese individuo que maximiza su utilidad con información completa y preferencias estables— es una abstracción útil pero frecuentemente distante del comportamiento real de las personas. La economía conductual, desde Daniel Kahneman y Amos Tversky en adelante, ha documentado sistemáticamente cómo los agentes reales son presas de sesgos cognitivos, aversión a las pérdidas, miopía temporal y efectos de contexto que los alejan del ideal racional. Esta constatación no invalida el proyecto de modelar el comportamiento económico, pero sí obliga a hacerlo con mayor humildad sobre los supuestos de partida; un punto al que volveremos al considerar los aportes de George Akerlof y Robert Shiller.
En este contexto, la función de consumo, la determinación de la tasa de interés, los supuestos de rigidez de precios y la efectividad del gasto público fueron todos severamente cuestionados. El resultado fue una transformación profunda del consenso económico que, durante las décadas de 1980 y 1990, se tradujo en cambios igualmente profundos en las políticas públicas: independencia de los bancos centrales, disciplina fiscal, liberalización de los mercados y privatización. Este proceso fue posible no solo por la fuerza de los argumentos teóricos, sino también por las condiciones políticas de la época: la ascensión de Ronald Reagan y Margaret Thatcher, el colapso del comunismo soviético y la percepción generalizada de que el Estado de bienestar había llegado a sus límites fiscales y organizativos.
El neoliberalismo no fue solo un proyecto intelectual: fue también un proyecto político que aprovechó circunstancias históricas favorables para instalarse como el nuevo sentido común de la política económica. La promesa implícita era que los mercados liberalizados producirían crecimiento suficientemente robusto para compensar los costos de la transición. En muchos contextos esa promesa se cumplió parcialmente, pero los beneficios se distribuyeron de manera desigual y los costos recayeron de manera desproporcionada sobre sectores y comunidades específicos. Esa asimetría entre ganadores y perdedores, ignorada durante décadas por el mainstream, es la raíz política del descontento que hoy alimenta el debate post-neoliberal.
IV. Las crisis que cuestionaron el paradigma neoliberal
Dos crisis recientes han preparado el terreno para el cuestionamiento del neoliberalismo. La crisis financiera de 2008 fue, en ciertos aspectos, el equivalente para el neoliberalismo de lo que la estanflación fue para el keynesianismo. Demostró que los mercados financieros desregulados podían generar inestabilidad sistémica de dimensiones catastróficas. La titulización de hipotecas de baja calidad, el apalancamiento excesivo y la insuficiencia de los marcos regulatorios produjeron la peor crisis económica global desde la Gran Depresión. La respuesta requirió exactamente el tipo de intervención gubernamental masiva que la ortodoxia neoliberal desaconsejaba. La obra de Hyman Minsky —su hipótesis de la inestabilidad financiera, según la cual los períodos de estabilidad generan las condiciones para su propia ruptura— fue repentinamente reivindicada después de haber sido ignorada durante décadas. La crisis recordó también que Keynes ya había advertido sobre este tipo de dinámica en el capítulo 12 de La Teoría General, donde describió cómo los mercados financieros están gobernados no por cálculo racional sino por convenciones frágiles, oleadas de optimismo y pesimismo, y lo que llamó los “espíritus animales” —esa mezcla de confianza espontánea, intuición e impulso que mueve a los empresarios a invertir y a los mercados a moverse en manada. Akerlof y Shiller recuperaron con elegancia este concepto en Espíritus animales (3), demostrando sistemáticamente que fenómenos como la confianza, la equidad percibida, la corrupción, la ilusión monetaria y las narrativas que las sociedades se cuentan sobre sí mismas determinan los ciclos económicos de maneras que los modelos de agente racional no pueden capturar.
La crisis de 2008 tuvo además consecuencias políticas que sus gestores no anticiparon. Los rescates de instituciones financieras —percibidos como socialización de las pérdidas tras años de privatización de las ganancias— generaron un profundo resentimiento entre amplios sectores de la población que no fueron rescatados con la misma celeridad. Esta experiencia erosionó la legitimidad de las élites económicas y políticas, y abrió el espacio para movimientos populistas de distinto signo que prometían romper con el orden existente. En ese sentido, la crisis de 2008 no fue solo una crisis económica: fue el detonador de una crisis política de largo alcance cuyos efectos siguen desplegándose.
La pandemia de Covid-19 añadió una dimensión diferente al cuestionamiento del paradigma. Demostró la incapacidad de los mecanismos de mercado para coordinar respuestas colectivas a problemas de bien público global: la producción y distribución de vacunas, la coordinación de medidas sanitarias y la provisión de equipos de protección requirieron formas de coordinación estatal que los mercados no podían proporcionar por sí solos. La pandemia evidenció además las consecuencias de décadas de desinversión en salud pública: los países con Estados más robustos gestionaron mejor la emergencia.
Estas dos crisis abrieron un espacio de disputa en el que múltiples corrientes compiten por definir la agenda post-neoliberal. El debate se ha intensificado por la irrupción de nuevos desafíos estructurales —el cambio climático, la transformación digital, la demografía envejecida— que requieren respuestas de política de largo plazo cuya escala y complejidad superan los instrumentos habituales del paradigma dominante.
El neoliberalismo puede entenderse como un paquete de políticas concretas o como una tradición intelectual mucho más amplia.
V. Críticas desde la izquierda: el Consenso de Londres y sus ejes
Las críticas más articuladas al neoliberalismo han provenido de la izquierda del espectro político. El Consenso de Londres (1) es el ejemplo más reciente y elaborado de la crítica desde dentro del mainstream. Propone cuatro ejes de reorientación de la política económica. El primero es el productivismo y la nueva naturaleza del empleo: frente al énfasis neoliberal en la asignación eficiente, coloca en el centro la cuestión de cómo generar un tejido productivo que produzca empleos de calidad en un contexto de desindustrialización, automatización e inteligencia artificial.
El segundo eje es la resiliencia sistémica frente a la eficiencia estática: la pandemia demostró que maximizar la eficiencia en condiciones normales puede generar fragilidad extrema ante perturbaciones excepcionales. Una cierta ineficiencia estática puede ser el precio razonable de una mayor estabilidad dinámica. El tercer eje es la conceptualización de la capacidad estatal como variable endógena: la pregunta relevante no es cuánto Estado sino qué tipo de Estado —más eficaz, con mejor acceso a información y mayor capacidad técnica. El cuarto eje es la economía política de la desigualdad: la distribución del ingreso deja de ser un resultado residual para convertirse en un objetivo de política en sí mismo, lo que implica una revisión profunda de los marcos fiscales y de la política laboral.
Más allá del Consenso de Londres, las críticas de izquierda incluyen corrientes más radicales —socialismo democrático, ecosocialismo, feminismo económico, economía del bien común— que comparten la convicción de que las reformas graduales son insuficientes y se requieren transformaciones estructurales más profundas. Sin embargo, la falta de acuerdo sobre la forma concreta de esas transformaciones y las experiencias históricas negativas del siglo XX han limitado su capacidad para traducir la crítica en propuestas programáticas coherentes y políticamente viables.
VI. Críticas desde la derecha: nacionalismo económico y modelos iliberales
El debate post-neoliberal no es exclusivamente de izquierda. El nacionalismo económico ha ganado presencia en contextos tan diferentes como Estados Unidos, el Reino Unido, la India, Brasil y Hungría. Comparte con las críticas de izquierda la desconfianza hacia el libre comercio irrestricto y la globalización financiera, pero lo hace desde premisas completamente distintas: soberanía nacional, protección de industrias estratégicas, control de fronteras y primacía de los intereses nacionales sobre las obligaciones internacionales. Los perdedores de la globalización —trabajadores industriales desplazados, comunidades que han visto desaparecer sus bases económicas, sectores de clase media que perciben una erosión de su estatus relativo— han encontrado en estos movimientos una voz política que las fuerzas tradicionales no les ofrecían.
La crítica desde la derecha tiene, sin embargo, ambigüedades importantes. Cuestiona el libre comercio irrestricto y la subordinación a compromisos multilaterales, pero tiende a mantener —e incluso a profundizar— otros elementos del neoliberalismo: reducciones de impuestos a las corporaciones, desregulación financiera doméstica y debilitamiento de los sindicatos. El resultado es un neoliberalismo selectivo más que una alternativa genuina al paradigma. Más fundamentalmente, los modelos iliberales erosionan las instituciones de rendición de cuentas y concentran el poder en el ejecutivo, produciendo formas de gobernanza intrínsecamente inestables en el largo plazo. La promesa de que el autoritarismo puede gestionar la economía de manera más eficaz que la democracia liberal ha sido refutada reiteradamente por la evidencia histórica.
VII. La pregunta sin resolver: Keynes vs. Hayek en el siglo XXI
Detrás de la proliferación de propuestas que caracterizan el debate post-neoliberal subyace una pregunta más fundamental: ¿cuáles son los mecanismos óptimos de gobernanza del sistema económico? Esta es, en su núcleo, la misma que Keynes y Hayek debatieron en los años treinta y cuarenta del siglo pasado. Keynes argumentó que los mercados pueden producir equilibrios subóptimos que requieren corrección gubernamental. Hayek argumentó que los gobiernos carecen del conocimiento necesario para mejorar los resultados del mercado y que sus intervenciones tienden a producir consecuencias no deseadas peores que los problemas que pretenden corregir. Ninguno de los dos tenía completamente razón, y ninguno estaba completamente equivocado: la historia económica del siglo XX ofrece abundante evidencia para ambas posiciones.
El debate contemporáneo reproduce esta tensión en condiciones nuevas. Los defensores de la intervención activa señalan fallas de mercado documentadas —externalidades, bienes públicos subprovistos, información asimétrica, poder de mercado concentrado— y problemas sistémicos que los mercados no pueden resolver solos. El cambio climático es el ejemplo paradigmático: la mayor externalidad de la historia de la humanidad requiere una transformación del sistema energético global que los mercados, sin intervención correctiva, no producirán. La desigualdad creciente retroalimenta además la crisis de legitimidad política: las personas que perciben que el sistema beneficia a una minoría son más susceptibles a los llamamientos populistas.
Los escépticos, por su parte, señalan las fallas del gobierno —captura regulatoria, corrupción, ineficiencia burocrática, consecuencias no intencionales— y la dificultad de que los planificadores cuenten con la información necesaria. Lo que ha cambiado respecto al debate original es el contexto: Keynes y Hayek debatían en economías nacionales relativamente cerradas, mientras el siglo XXI presenta problemas genuinamente globales —pandemias, flujos financieros transfronterizos, cambio climático, evasión fiscal multinacional— que requieren coordinación que trasciende la capacidad de los Estados nacionales. Pero los mecanismos de gobernanza global son aún rudimentarios y carecen de legitimidad democrática suficiente. Esta brecha entre la escala de los problemas y la escala de la acción política es uno de los rasgos más definitorios del momento actual.
Ninguna reforma económica será duradera si no enfrenta, al mismo tiempo, la crisis política de la democracia liberal.
VIII. La dimensión política: crisis del neoliberalismo como crisis de la democracia liberal
La crisis del neoliberalismo es, en un sentido profundo, un subconjunto de la crisis más amplia de la democracia liberal. El argumento de que los mercados libres y la democracia se refuerzan mutuamente fue un componente central de la hegemonía ideológica occidental durante las décadas posteriores a la Guerra Fría. La liberalización económica y la democratización política se presentaban como dos caras de la misma moneda: el “doble dividendo” de la globalización. La crisis de este relato ha sido múltiple: los mercados libres pueden coexistir perfectamente con regímenes autoritarios —China siendo el ejemplo más prominente—; la democracia puede producir resultados económicamente disfuncionales; y los perdedores del proceso de liberalización comenzaron a usar los mecanismos democráticos para rechazar las políticas que los habían perjudicado.
El aumento de la desigualdad y la percepción de exclusión han alimentado movimientos populistas tanto de izquierda como de derecha que comparten la desconfianza hacia las élites y las instituciones existentes, pero que difieren radicalmente en su diagnóstico y sus propuestas. Esta polarización dificulta construir las coaliciones necesarias para implementar reformas de largo alcance que requieren sacrificios inmediatos a cambio de beneficios diferidos. La pregunta sobre los mecanismos de gobernanza económica no puede separarse de la pregunta sobre el modelo político que los sustenta: ¿quién decide los objetivos de la política económica?, ¿cómo se compensan los perdedores de las transformaciones?, ¿qué formas de legitimación son suficientes para sostener políticas con costos inmediatos y beneficios diferidos? En ausencia de respuestas convincentes, la percepción de que no existe consenso sobre los fines alimenta las tendencias al cierre proteccionista.
IX. El retorno del mercantilismo: proteccionismo como síntoma de crisis
Una de las manifestaciones más claras de la crisis del paradigma post-neoliberal es el retorno a lógicas proteccionistas que recuerdan las que los economistas clásicos combatieron en los siglos XVIII y XIX. Smith y David Ricardo demostraron que el intercambio voluntario entre países genera ganancias mutuas basadas en la ventaja comparativa, y que la protección produce costos para los consumidores y para la economía en su conjunto que superan los beneficios para los productores protegidos. Estas ideas se convirtieron en el fundamento del sistema de comercio multilateral construido después de la Segunda Guerra Mundial.
El proteccionismo contemporáneo se presenta con argumentos más sofisticados que el mercantilismo clásico: protección de industrias estratégicas para la seguridad nacional, mantenimiento de capacidades productivas críticas ante disrupciones geopolíticas, corrección de distorsiones introducidas por potencias que no respetan las reglas multilaterales. Estos argumentos tienen, en algunos casos, fundamentos legítimos —la pandemia demostró los riesgos de la dependencia excesiva en cadenas de suministro globales para bienes esenciales. Sin embargo, el proteccionismo reduce las ganancias del comercio, eleva los precios para los consumidores y puede desencadenar espirales de represalias que empobrezcan a todos.
Más fundamentalmente, el proteccionismo contemporáneo refleja un fracaso de la política doméstica: la incapacidad de las sociedades para construir mecanismos efectivos de compensación a los perdedores de la apertura comercial. Si los beneficios del comercio se distribuyeran más ampliamente, la presión política hacia el proteccionismo sería considerablemente menor. El problema no es el comercio en sí mismo sino la forma en que sus beneficios y costos han sido distribuidos. Abordar el proteccionismo sin abordar la distribución es tratar el síntoma en lugar de la enfermedad. Estamos, en este sentido, regresando a las pugnas que los clásicos sostuvieron contra el mercantilismo, aunque en un contexto de mayor complejidad económica y mayor integración global.
La analogía con los clásicos sugiere también una lección más amplia: los debates sobre proteccionismo versus libre comercio son, en el fondo, debates sobre quién gana y quién pierde con la organización del sistema económico. Los mercantilistas defendían los intereses de los comerciantes y los Estados absolutistas; los librecambistas clásicos defendían los intereses de los consumidores y la eficiencia agregada. Hoy, el alineamiento de intereses es más complejo, pero la estructura básica del debate es la misma. Y, como en el pasado, el resultado dependerá no solo de qué posición es más correcta en términos analíticos, sino de qué coaliciones políticas logren imponerse.
X. Perspectivas y conclusiones
No existe, en este momento, un paradigma alternativo al neoliberalismo que sea internamente coherente, políticamente viable y suficientemente elaborado para reemplazarlo. Lo que existe es un conjunto de críticas, algunas más fundamentadas que otras, y un conjunto de propuestas que responden a esas críticas de maneras parciales e incluso contradictorias entre sí. Esta situación de interregno paradigmático —en la que lo viejo no termina de morir y lo nuevo no termina de nacer— tiene sus propios riesgos. El principal no es que no surja ninguna alternativa: las fuerzas políticas que cuestionan el neoliberalismo son demasiado poderosas para que el statu quo se mantenga indefinidamente. El riesgo principal es que las alternativas que surjan sean peores que lo que reemplazan.
La historia ofrece precedentes aleccionadores. Las crisis de los paradigmas dominantes no siempre producen sucesores progresivamente: en ocasiones generan períodos de experimentación caótica y conflicto político intenso. Los años treinta del siglo XX son el ejemplo más citado: la crisis del laissez-faire produjo no solo el keynesianismo y el New Deal, sino también el fascismo y el nazismo. Las respuestas autoritarias a las crisis económicas tienen una historia larga y perturbadora que no debe olvidarse en el debate actual.
La emergencia de un paradigma más constructivo requiere al menos tres condiciones. La primera es la reconstrucción de la confianza en las instituciones, que hoy es en sí misma un obstáculo: los ciudadanos que no confían en que el Estado actuará en su interés difícilmente apoyarán una expansión de sus atribuciones. Reconstruir esta confianza requiere resultados concretos, no solo discursos. La segunda es el desarrollo de capacidades estatales: los países que han navegado mejor las transiciones económicas recientes —Corea del Sur, Taiwán, algunos países nórdicos— son los que contaban con Estados más capaces, no necesariamente más grandes. Invertir en la formación de funcionarios públicos, en sistemas de información y evaluación de políticas, y en mecanismos de coordinación público-privada es una precondición para cualquier agenda transformadora. La tercera es la elaboración de algún consenso normativo mínimo sobre los fines de la política económica; sin principios compartidos, las disputas sobre los medios son irresolubles.
El análisis presentado en este artículo permite formular varias conclusiones. Primero, la distinción entre perspectiva acotada y perspectiva amplia del neoliberalismo es analíticamente indispensable: sin ella, el debate genera confusión porque los interlocutores hablan de cosas diferentes sin saberlo. Segundo, la crisis del neoliberalismo es inseparable de la crisis de la democracia liberal; las respuestas que no abordan ambas dimensiones simultáneamente están condenadas a ser parciales e inestables. Tercero, el debate post-neoliberal reproduce la tensión Keynes-Hayek sin resolverla: la pretensión de haberla superado definitivamente es históricamente infundada y políticamente riesgosa. Cuarto, el proteccionismo es un síntoma de la crisis, no una respuesta a ella; abordar sus causas —la distribución inequitativa de los beneficios del comercio— es más eficaz que combatir sus manifestaciones. Quinto, los desafíos del período post-neoliberal —cambio climático, seguridad sanitaria, delincuencia transnacional, envejecimiento demográfico, desigualdad— no pueden abordarse de manera fragmentada: requieren una agenda articulada que reconozca la naturaleza interconectada de los problemas.
Una conclusión adicional se desprende de los desarrollos teóricos examinados a lo largo del artículo: el supuesto del agente racional, piedra angular del edificio neoliberal, ha sido erosionado desde múltiples frentes. La economía conductual, la recuperación del capítulo 12 de La Teoría General y obras como Espíritus animales de Akerlof y Shiller confluyen en señalar que las decisiones económicas están atravesadas por narrativas, emociones, convenciones sociales y sesgos sistemáticos que ningún modelo de optimización pura puede capturar. Reconocer esto no equivale a abandonar el rigor analítico, sino a exigirlo de manera más honesta: cualquier paradigma post-neoliberal que aspire a ser convincente deberá construirse sobre una imagen más realista de cómo piensan, sienten y deciden los seres humanos.
Los paradigmas no cambian solo porque los hechos los refuten; cambian cuando los hechos se combinan con una crisis de confianza institucional, con actores políticos capaces de traducir el descontento en propuestas alternativas, y con un marco intelectual suficientemente coherente para orientar la acción. La vieja pugna entre los clásicos y los mercantilistas, entre Keynes y Hayek, entre el Estado y el mercado, continuará: pero lo hará en un contexto radicalmente diferente, con actores nuevos, problemas nuevos e instrumentos analíticos que los protagonistas de los debates anteriores no tenían a su disposición. El resultado de esa pugna determinará el carácter de la economía política global del siglo XXI.
En ese proceso, la calidad del pensamiento importará. No solo la solidez técnica de los modelos, sino la honestidad sobre sus supuestos, la disposición a incorporar lo que otras disciplinas —la psicología, la sociología, la ciencia política, la filosofía moral— tienen que decir sobre el comportamiento humano y los fines colectivos. El neoliberalismo fue, entre otras cosas, un proyecto intelectual ambicioso que logró articular una visión coherente del mundo económico y traducirla en instituciones, políticas y sentido común. Cualquier sucesor digno de ese nombre deberá hacer lo mismo, pero con mayor apertura a la complejidad de lo real y con la lección aprendida de que los modelos que ignoran los espíritus animales de los mercados, las fracturas del sistema financiero y los límites del agente racional terminan siendo refutados, con costos que pagan principalmente quienes no diseñaron los modelos.
* Economista, consultor y funcionario en áreas económicas, energéticas y financieras.
Referencias
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