Año 1, núm. 10, mayo de 2026
ISSN 3122-3583
a fondo
Plataformas, poder y resistencia: Manuel Castells ante el nuevo orden digital
Entrevista de Daniel González Romero * a Manuel Castells
Manuel Castells, uno de los pensadores más influyentes en el estudio de la sociedad red, conversó con El Diluvio sobre el orden digital que está tomando forma: plataformas que reemplazan a Hollywood, algoritmos que jerarquizan la realidad, oligarcas tecnológicos que aspiran a irse a Marte y un sur global que todavía puede resistir.
Manuel Castells es uno de los pensadores más influyentes de las últimas décadas en el estudio de la sociedad en red, el poder comunicacional y las transformaciones que la tecnología ha impuesto sobre la política y la cultura. Sus libros —entre ellos La era de la información y Comunicación y poder— son referencia obligada para entender cómo se reorganiza el poder en la era digital. En esta conversación, sostenida en marzo de 2026, Castells reflexiona sobre el dominio de las plataformas estadounidenses, la concentración del poder tecnológico, las posibilidades reales de regulación de la inteligencia artificial y las estrategias de resistencia cultural y política que el sur global puede desplegar ante un orden que, advierte, no es inevitable.
A continuación se presenta realizada por el autor para El Diluvio.
Las oligarquías de todo origen se combaten con democracia, conocimiento y ética. Muchos estamos en esto. Y ya veremos quién gana al final.
Daniel González Romero (P): En un reciente artículo en el periódico La Vanguardia escribiste que “el planeta Hollywood se diluye en la historia, mientras nuestro imaginario audiovisual pasa a ser ocupado por una multicultura global gestionada por plataformas de internet basadas en algoritmos que escudriñan en nuestra mente”. ¿Cómo lees hoy ese desplazamiento?
Manuel Castells (R): Hubo por largo tiempo una cultura audiovisual globalmente dominante construida sobre las películas de Hollywood, en el sentido amplio. Hoy las plataformas de contenidos audiovisuales se están diversificando culturalmente, tanto en la creación de contenidos como en la definición de las audiencias. Netflix, la plataforma dominante en streaming, es el mejor ejemplo de esta tendencia: hay diversidad cultural. Pero al mismo tiempo los algoritmos de estas plataformas se basan en detectar nuestras preferencias y focalizar sus productos individualmente o en agregados sociales definidos.
P: Evgeni Morozov apuntó en 2025 que “nuestros oligarcas intelectuales de hoy orquestan la sinfonía de la realidad: controlan las plataformas mediáticas, emplean el capital riesgo como bombas de saturación y perfeccionan la estrategia entre una sombría planificación de dominio global multipolar”. ¿Qué tan definitivo es esto para el futuro de la humanidad?
R: Apunta a un fenómeno real, pero es exagerado en su tono apocalíptico de tendencia no resistible. Eso ya lo dijo Orwell antes, en otra cultura. Al tiempo que hay ese oligopolio cultural digital en internet, hay múltiples manifestaciones de culturas alternativas y de expresiones de resistencia. Internet ha sido un instrumento poderoso de ayuda a la formación de movimientos sociales autónomos, de las Indignadas en España al Yo Soy el 132 en México, al feminismo en América Latina o al movimiento indigenista identitario en Colombia.
P: La inteligencia artificial avanza hacia una fase de despliegue masivo con posibles efectos sociales irreversibles, sin que existan todavía estructuras de gobierno ni normativas internacionales para regularla. ¿Seremos capaces de gobernar ese despliegue?
R: El gobierno español de Pedro Sánchez ha creado una agencia reguladora sobre inteligencia artificial y un Consejo Científico Asesor de dicha agencia que yo presido. Es posible otro tipo de inteligencia artificial: es una tecnología que puede ser muy positiva según cómo se utilice, como todo. Pero es una batalla política. Ejemplo reciente: la prohibición del Pentágono de contratar con Anthropic —la tecnología más avanzada en este campo— por sus preocupaciones éticas, mientras que OpenAI se ha apresurado a ofrecer sus servicios.
P: En la confrontación de poderes global, ¿cuáles son las tendencias financieras entre China y Estados Unidos y cómo están afectando al mercado global y particularmente a América Latina?
El sur global no puede competir con el nuevo poder tecnológico por su propia capacidad. Pero puede incorporar y adaptar esas tecnologías a sus propias necesidades: salud, educación, pequeñas empresas, agricultura.
R: Financieramente, las grandes empresas financieras y las agencias de rating que evalúan los mercados son estadounidenses. Además, las ocho primeras empresas del mundo por valor de capitalización de mercado son todas tecnológicas y estadounidenses —de hecho, todas en la Costa Oeste—. Las economías latinoamericanas siguen dependientes de su cotización en Estados Unidos y sus clases dirigentes siguen acumulando su riqueza en dólares, a pesar de que el dólar está muy bajo con respecto al euro. Pero China representa una alternativa tecnológica real y además el principal mercado para América Latina y el segundo inversor global más importante. Los factores políticos son importantes: Milei, Kast y Bolsonaro están voluntariamente supeditados a Estados Unidos. Hoy por hoy, solo la presidencia de Claudia Sheinbaum, en México, y la de Lula, en Brasil, son baluartes de resistencia económica e ideológica al nuevo “destino manifiesto” que vuelve a venir del norte.
P: Para el sur global, lo que deviene de esa lucha de poderes es decisivo: durante décadas se han adoptado modelos externos que han implicado asumir también los incentivos corporativos de las transnacionales. En la tecnoeconomía de la información y la comunicación, ¿qué tendencias emergen de esas interdependencias y cómo afectan a América Latina?
R: Asistimos a una aceleración de la innovación tecnológica que sitúa la microelectrónica y la inteligencia artificial en la vanguardia del crecimiento, la productividad y la competitividad. El sur global —del que China ya no forma parte— no puede competir con ese nuevo poder por su propia capacidad. Pero puede incorporar y adaptar dichas tecnologías a sus propias necesidades, diseñando aplicaciones específicas para la salud, la educación, las pequeñas empresas y la agricultura. Para eso necesita mejorar sustancialmente la calidad de la educación y potenciar la investigación científica y tecnológica. Pero aun más importante es preservar su autonomía cultural. No solo de crecimiento económico vive el hombre y aun menos la mujer. Hay que poner a las personas concretas en el centro de los objetivos de un nuevo desarrollo y someter a crítica los indicadores tradicionales de crecimiento. E integrar la sostenibilidad medioambiental en todas las estrategias, porque ahí nos estamos jugando la supervivencia como especie.
P: Viktor Mayer-Schönberger, en Reinventing Capitalism in the Age of Big Data, escribió que “puede que sea el momento de cerrar la puerta de la historia y eliminar oficialmente el término capitalismo”. ¿Qué te parece?
R: Interesante sugerencia a la que me sumo, pero me gustaría saber cómo lo hacemos cuando la mayoría del planeta sueña con el capitalismo para todos, como dijo recientemente el presidente de Bolivia, con la mejor intención del mundo.
P: ¿Estaríamos viviendo lo que Huxley y Orwell pronosticaron: que una época de tecnología avanzada puede llevar al ilusionismo tecnológico, no solo depredador sino deshumanizante?
Los derechos humanos desaparecen cuando a algunos humanos no se les reconoce su humanidad. Por eso, la lucha activa contra la xenofobia, el racismo y el machismo es hoy una prioridad.
R: El desarrollo tecnológico no es una ilusión sino la historia de la humanidad, que resultó esencial para el poder y la riqueza. La cuestión es qué se hace con el poder y cómo se utiliza y comparte la riqueza. No achaquemos a fuerzas telúricas los males que generan los humanos.
P: ¿Estamos ante lo que Morozov describe como la imposición de la profecía de los oligarcas tecnológicos, con la desaparición de la cultura ética, la anulación moral y la ruina de la democracia?
R: Ese es el proyecto de algunos, como Elon Musk o Peter Thiel. Menos mal que aspiran a irse a Marte. Pero no podemos asimilar esa ideología político-tecnocrática a los proyectos tecnológicos en beneficio de la humanidad que millones de ingenieros están imaginando en el mundo. Las oligarquías de todo origen se combaten con democracia, conocimiento y ética. Muchos estamos en esto. Y ya veremos quién gana al final. Depende de ganar la confianza de la gente a quien se ha traicionado mil veces con señuelos ideológicos. Menos discursos abstractos y más políticas en beneficio directo de las personas.
P: En un mundo globalizado y multicultural en el que el temor al otro dificulta la convivencia, ¿los derechos humanos se encuentran sitiados?
R: Los derechos humanos desaparecen cuando a algunos humanos no se les reconoce su humanidad. Por eso, en el mundo que describes, la lucha activa contra la xenofobia, el racismo y el sexismo heterosexual machista es una prioridad. Porque solo trascendiendo nuestras diferencias y afirmando nuestra humanidad común podremos derrotar a un puñado de poderosísimos malvados que nos quieren liquidar y luego escaparse al espacio interplanetario o al metaverso virtual. En el fondo se creen unos genios, pero son unos pobres estúpidos con problemas mentales que rehúsan tratamiento.
P: Eduardo Galeano escribió: “Nadie nos puede quitar el derecho a pensar que otro mundo es posible”. ¿Por qué no prevalece la esperanza, único antídoto emocional al miedo?
R: Porque hemos fracasado en materializarla demasiadas veces. Piensa en la utopía comunista que llevó al exterminio de los anarquistas españoles por las brigadas al servicio de la Unión Soviética. Tenemos que pensar, sí, pero sobre todo sentir. Que no nos cuenten nuestra historia y menos aún nuestro futuro. El sentido de la vida es la vida que sentimos. Y el sentido de la historia es la historia de nuestro sentir.
* Profesor Investigador en la Universidad de Guadalajara.






























