Año 1, núm. 9, abril de 2026
ISSN 3122-3583
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Los niños de plomo: una deuda vigente de salud pública
Martha M. Téllez-Rojo * y Luis F. Bautista Arredondo **
El plomo sigue siendo una amenaza silenciosa para millones de niñas y niños. Aunque muchos lo consideran un problema del pasado, la evidencia muestra que la exposición continúa afectando salud y desarrollo infantil.
En la tradición del cine social que ha producido obras como la serie Chernobyl (2019), sobre el desastre nuclear en la extinta Unión Soviética, o la película Erin Brockovich (2000), sobre la contaminación del agua en Hinkley, California, la serie de Netflix Los niños de plomo (2025) recrea un episodio ocurrido en los años setenta en Alta Silesia, Polonia. Allí, trabajadores de una planta metalúrgica y sus familias viven rodeados de emisiones tóxicas invisibles que lentamente envenenan su organismo.
La historia sigue a la doctora Jolanta Wadowska-Król, quien investiga las causas de las enfermedades que afectan a las niñas y los niños del pueblo y descubre una epidemia de intoxicación por plomo causada por emisiones presentes en el aire, el suelo, los alimentos e incluso el agua de la piscina local.
El plomo afecta el desarrollo cognitivo infantil incluso en niveles bajos
Exposición a plomo: ¿un problema del pasado?
Lo que la serie retrata como un episodio histórico sigue siendo una realidad en muchas partes del mundo. Desde entonces, se han documentado múltiples tragedias asociadas a la exposición al plomo y otras sustancias tóxicas, sin que exista todavía un camino claro para enfrentar el problema de manera efectiva.
En 2009, en Zamfara, Nigeria, la minería artesanal de oro contaminada con plomo provocó la muerte de más de 400 niñas y niños y dejó a miles con daño neurológico irreversible. En América Latina, La Oroya, Perú, se convirtió durante décadas en uno de los ejemplos más notorios de contaminación industrial, con niveles peligrosos de plomo en sangre en la mayoría de sus niñas y niños.
Situaciones similares se han documentado en el sur de Asia, donde el reciclaje informal de baterías ha intoxicado comunidades enteras. Se estima que cerca de 60 % de la infancia en la India y Bangladesh presenta actualmente niveles peligrosos de plomo en la sangre. Estos episodios no se limitan a países de medianos o bajos ingresos: entre 2014 y 2016, en Flint, Michigan, cambios en el sistema de abastecimiento contaminaron el agua potable con plomo, afectando a miles de familias y desencadenando una crisis declarada emergencia nacional.
En México, uno de los casos más emblemáticos ocurrió en Torreón, Coahuila, alrededor de la planta metalúrgica Met-Mex de Industrias Peñoles. Durante décadas, la instalación liberó plomo, cadmio y arsénico al ambiente. A finales de los años setenta, ante las denuncias de la comunidad, un cuerpo de investigadores de diversas instituciones realizaron estudios liderados por el doctor Gonzalo García Vargas que demostraron que los niveles de plomo en la sangre infantil aumentaban conforme la residencia se encontraba más cerca de la planta.
Estos estudios impulsaron una intervención multisectorial para reducir la exposición en la comunidad afectada; se ordenó la generación de un fideicomiso para atender el problema y se creó un sistema de vigilancia epidemiológica de la población afectada. En el ámbito nacional, este caso contribuyó al desarrollo de la primera norma nacional para atender la intoxicación por plomo. Como ha señalado el doctor Vargas, el reto décadas después es mantener la atención sobre el problema para no perder los avances alcanzados.
Estos episodios muestran que la exposición al plomo no es exclusiva del pasado ni de países con menos recursos. También evidencian que los casos de éxito local se producen únicamente cuando existe una presión social que obliga a autoridades e industria a resolver el problema, pero reflejan asimismo que la solución local no impide que situaciones similares sigan ocurriendo en otro lugar.
Muchos de estos casos tienen en común una fuente puntual de contaminación —una fundidora, una actividad minera o una instalación industrial—. Sin embargo, la exposición al plomo también puede extenderse más allá de sitios delimitados y afectar a poblaciones completas.
El plomo en las gasolinas: una exposición global
Durante gran parte del siglo XX, el plomo se añadió a la gasolina para mejorar el rendimiento de los motores. Cada automóvil liberaba partículas de plomo al aire que luego eran inhaladas por millones de personas. La toxicidad de la gasolina con plomo fue reconocida desde temprano en su historia: aunque el tetraetilo de plomo se introdujo en 1921, los informes de intoxicaciones en trabajadores, síntomas neurológicos y muertes en plantas de producción revelaron rápidamente sus peligros. A pesar de ello, la industria reprimió las preocupaciones y se necesitaron décadas de evidencia científica y de defensa de la salud pública para establecer la magnitud total del daño.
En la década de 1970, la acumulación de estudios científicos que demostraban cómo el plomo de la gasolina contaminaba el aire, el suelo y el organismo humano —con especial impacto en niñas y niños— impulsó una respuesta política decisiva en Estados Unidos: en 1970 se aprobó la Ley de Aire Limpio y se establecieron regulaciones para reducir progresivamente el contenido de plomo en los combustibles. A partir de 1973 se implementó un programa de eliminación gradual y, hacia finales de la década, la transición hacia motores compatibles con gasolina sin plomo se aceleró gracias a la introducción de convertidores catalíticos. La eliminación del plomo en combustibles se extendió gradualmente al resto del mundo; el último país en completar esta transición fue Argelia en 2021.
En México, la eliminación se concretó en 1997 y su impacto fue notable: los niveles de plomo en sangre de la población descendieron de manera significativa. Este proceso constituye uno de los ejemplos más exitosos de política pública en salud ambiental. Sin embargo, este logro también opacó otras fuentes de exposición antiguas y persistentes que siguen afectando a la población.
Casos históricos y actuales muestran una crisis global persistente.
Efectos en salud y desarrollo
Actualmente, los niveles de plomo en sangre de la población mexicana son mucho menores que los retratados en Los niños de plomo. Hoy enfrentamos una realidad distinta: a diferencia de la serie, donde una comunidad relativamente pequeña se expone a niveles de plomo extraordinariamente altos, en México millones de personas estamos expuestas a niveles considerados “bajos” —comparados con los de la serie— pero persistentes.
Aunque estas exposiciones rara vez producen intoxicaciones agudas, sus efectos a largo plazo son enormes. En adultos se asocian con hipertensión, enfermedad cardiovascular, parto pretérmino, deterioro cognitivo e incluso muerte prematura, entre muchos otros desenlaces. En niñas y niños afectan el desarrollo cognitivo, el aprendizaje, la atención y la conducta.
La exposición puede iniciar incluso antes del nacimiento. El plomo circula en la sangre de la mujer embarazada, atraviesa la placenta y alcanza al feto en etapas críticas del desarrollo. Hoy sabemos que el plomo puede afectar prácticamente todos los órganos del cuerpo, con especial incidencia en el cerebro, los riñones y el sistema cardiovascular.
Los efectos también se distribuyen de manera desigual: las poblaciones con mayor vulnerabilidad social —condiciones socioeconómicas desfavorables, residencia rural o pertenencia a comunidades indígenas— presentan niveles de exposición considerablemente más altos y con efectos más severos, lo que convierte a la intoxicación por plomo en un problema de justicia ambiental.
Las exposiciones extremadamente altas, capaces de provocar intoxicaciones graves o muerte, son hoy menos frecuentes en México y suelen estar asociadas a actividades ocupacionales como reciclaje de baterías, minería artesanal o producción de cerámica vidriada. En estos contextos también pueden verse afectados los familiares de las y los trabajadores por medio de la llamada exposición paraocupacional, donde el cuerpo de la persona trabajadora, su ropa y su calzado son el vehículo de transporte de las partículas de plomo del centro de trabajo al hogar.
Dimensión del problema en México
La primera estimación nacional sobre exposición al plomo proviene de la Encuesta Nacional de Salud y Nutrición (Ensanut) 2018-2019. Sus resultados mostraron que más del 17 % de las niñas y los niñas de uno a cuatro años presentan niveles de plomo en sangre considerados de intoxicación (≥5 µg/dL), de acuerdo con la Norma Oficial vigente, lo que equivale a aproximadamente 1.4 millones de niñas y niños de este grupo de edad. Estimaciones posteriores sugieren que, al extender el grupo de edad a menores de 15 años, al menos 3.3 millones presentan niveles que rebasan la norma vigente. Actualmente en México no existe un sistema de vigilancia de las concentraciones de plomo en la población infantil, lo que provoca que las infancias afectadas no sean tratadas oportunamente y que la exposición genere los efectos de largo plazo anteriormente descritos.
A nivel poblacional, se estima que la exposición a plomo genera una reducción promedio de más de cuatro puntos de coeficiente intelectual per cápita en la población infantil, alcanzando los siete puntos en población con intoxicación. Las consecuencias económicas anuales por la pérdida de productividad asociada representan 2.8 % del PIB del país.
La distribución del problema no es uniforme. Los niveles más altos se concentran en estados del centro y sur del país, particularmente Puebla, San Luis Potosí, Tlaxcala, Estado de México y Oaxaca.
La fuente principal de exposición: el barro vidriado con plomo
La Ensanut reveló que la principal fuente de exposición en la población general es el uso de utensilios de barro vidriado con plomo para preparar y consumir alimentos.
La gran mayoría de los productores de alfarería tradicional utiliza esmaltes con plomo que, al entrar en contacto con alimentos o bebidas, liberan partículas que se acumulan en el organismo. Estas piezas suelen producirse en hornos de leña de baja temperatura que no permiten fijar el plomo de manera permanente en el esmalte.
Las personas más expuestas son los propios alfareros y sus familias, que manipulan el material de manera cotidiana. Sin embargo, el uso doméstico de cazuelas, jarros y platos vidriados también expone a millones de consumidores en todo el país.
Aunque la intensidad de la exposición es menor entre los consumidores que entre los productores, su alcance poblacional es mucho mayor.
En México, fuentes como la cerámica vidriada tradicional siguen representando alto riesgo de salud.
Retos actuales para México
Las soluciones a los problemas de salud ambiental suelen ser complejas y multifactoriales. Los niños de plomo retrata con fuerza las dificultades que enfrenta la protagonista para alertar sobre los efectos del plomo: resistencia social, indiferencia institucional y presiones de la industria.
En México contamos hoy con información suficiente para orientar una respuesta estratégica. Conocemos la principal fuente de exposición en la población general, sabemos en qué regiones se concentra el problema y cuáles son los grupos más vulnerables.
Las estimaciones indican que una estrategia efectiva dirigida a eliminar el plomo del barro tradicional podría reducir hasta la mitad los casos de intoxicación infantil en el país.
Sin embargo, los desafíos son importantes. La producción de alfarería constituye el sustento económico de miles de familias y forma parte del patrimonio cultural del país. La transición hacia esmaltes libres de plomo implica cambios técnicos y costos de aprendizaje que con frecuencia recaen exclusivamente en los productores, en un contexto donde además ha existido una limitada comunicación social sobre los riesgos asociados al uso y producción de cerámica vidriada. Como resultado, en muchos casos los efectos de la exposición siguen siendo poco conocidos o minimizados.
Avanzar hacia esta transición, acompañada de una estrategia sólida de comunicación social, permitiría no solo incentivar la demanda de alfarería libre de plomo a nivel nacional —con beneficios tanto económicos como en salud—, sino también abrir oportunidades de exportación que actualmente permanecen restringidas debido a las altas concentraciones de plomo.
El papel de la academia y la investigación ha sido fundamental para documentar el problema, pero su solución requiere también de la participación activa de las instituciones públicas, la sociedad civil y el sector productivo.
Una deuda pendiente
Los niños de plomo contribuye a visibilizar un problema que con frecuencia permanece fuera del debate público. Aunque las representaciones cinematográficas recurren a licencias dramáticas, la evidencia científica es clara: la exposición ocupacional suele ser la más severa, las mujeres embarazadas constituyen un grupo particularmente vulnerable y los efectos del plomo pueden ocurrir desde antes del nacimiento, incluso a niveles relativamente bajos.
La pregunta de fondo sigue siendo la misma: ¿por qué seguimos viviendo en entornos que dañan nuestra salud?
La prevención de estas exposiciones no depende únicamente de decisiones individuales. Requiere políticas públicas, regulación efectiva y responsabilidad compartida entre gobierno, industria y sociedad. En México, esa deuda sigue pendiente.
* Profesora e investigadora del Instituto Nacional de Salud Pública.
** Investigador en el Instituto Nacional de Salud Pública.
Las opiniones expresadas en este artículo son exclusivamente responsabilidad de los autores y no representan necesariamente la posición oficial del Instituto Nacional de Salud Pública.






























