Año 2, núm. 16, noviembre de 2026
ISSN 3122-3583
voces
Los obstáculos a la ciencia
Entrevista con Luz de Teresa
Mauricio Merino
Las dificultades de la ciencia comienzan antes de llegar al laboratorio: se forman en la educación, el acceso al posgrado y el reconocimiento social del conocimiento. Luz de Teresa habla de becas, matemáticas, sesgos en inteligencia artificial y obstáculos presupuestales, y sostiene que hacen falta mejores docentes y una educación valorada.
La matemática Luz de Teresa (LT), investigadora del Instituto de Matemáticas de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) e integrante de su Junta de Gobierno, conversó con Mauricio Merino para El Diluvio sobre las trabas que enfrenta la creación científica en México. Parte de la reciente resolución de la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN) sobre la ley de ciencia y de lo que significa para quienes investigan en universidades privadas, y de ahí pasa a la reducción de las becas de posgrado, la deuda del Estado con la educación matemática, los sesgos de la inteligencia artificial y las restricciones presupuestales que hoy limitan hasta la asistencia a congresos. Su respuesta final es tajante: antes que a la ciencia, hay que invertir en educación y darle reconocimiento social.
Mauricio Merino (MM): Este número de noviembre de El Diluvio está dedicado a las trabas y los problemas que enfrenta la creación científica en nuestro país, y se elaboró en coordinación con ProCienciaMx, gente muy seria y legítimamente preocupada por que la creación científica en México y en el mundo tenga mejores condiciones. ¿Tú crees que de veras la creación científica está enfrentando problemas especiales en este momento?
¿Puede fortalecerse la ciencia si antes no se refuerza la educación?
LT: Creo que sí, en México en particular y, por lo menos, en el vecino país del norte, claramente. La investigación científica ha sido menospreciada, por decir lo menos. En Estados Unidos, por ejemplo, como el querido presidente del país del norte considera que la palabra diversidad no es adecuada, la National Science Foundation no puede permitir que en los artículos que se publican con su financiamiento aparezca esa palabra, y ello puede referirse, por ejemplo, a la diversidad de peces en el océano. Entoncs, no puedes hablar de la diversidad de peces en el océano: tienes que esconderla, plantear las cosas de otra manera en vez de usar la palabra que describe exactamente la problemática que el investigador está atacando. Tienen que darle la vuelta.
En México creo que estamos un poco mejor que en el sexenio pasado, cuando el ataque a la ciencia mexicana fue realmente escandaloso. Pero ahora también suceden cosas que no están bien. Ayer, creo, me llegó la noticia de que la SCJN dio un revés a la oposición legislativa y avaló la Ley General en Materia de Humanidades, Ciencias, Tecnologías e Innovación (LGHCTI) que, en particular, establece condiciones distintas para los investigadores que trabajan en una universidad pública y para los que trabajan en una privada. Y tenemos un problema serio de financiamiento de la ciencia.
Hay miles de doctores —no tengo los datos a la mano— a quienes el gobierno hizo un esfuerzo por formar: estudiaron en universidades públicas, con profesores pagados con nuestros impuestos —he de decir— o con becas, incluso en posgrados de excelencia. Y luego esta gente no tiene fuentes de trabajo: no se les contrata ni en universidades públicas ni en privadas. Y si de casualidad tuviste la suerte de que te contrataran en una privada, ya no tienes los derechos de una persona contratada en una pública, como si pertenecer en tu trabajo a una universidad pública o privada te hiciera distinto, peor, mejor, no sé.
Además, hay instituciones privadas que no tienen ánimo de lucro: no están lucrando con las colegiaturas que pagan las familias, simplemente cubren una necesidad del país de formar gente en sus áreas de conocimiento. Otras sí tienen ánimo de lucro; pero, en todo caso, la investigación científica muchas veces se hace aparte de lo que haces como docente, y no necesariamente te pagan por eso: se la robas a tus vacaciones y a tu fin de semana porque te apasiona, no porque vayas a ganar más dinero. Con el decreto de la SCJN, ya estás en desventaja comparativa respecto de otros científicos que están en instituciones públicas. Eso me parece.
MM: En términos concretos, déjame entender esto: ¿significa que los investigadores de universidades privadas o de centros privados de investigación no tendrán acceso al Sistema Nacional de Investigadoras e Investigadores (SNII)? Esto además está generando, hasta donde entiendo, trampas, porque muchos de ellos se hacen de una clase o de una participación en una universidad pública para poder seguir cobrando en el SNII.
LT: Exacto. No sé qué tan trampa es: puedes dar tres horas de clase a la semana en una universidad pública y ya lo tienes. No me parece mal que des clases en una universidad pública aunque también trabajes en una privada, si tu reglamento te lo permite; mientras no sean tiempos completos duplicados, no hay problema. Pero no es justo, porque esa es una condición para poder cobrar el SNII, para que se reconozca tu investigación a nivel nacional con los emolumentos que implica.
MM: Entiendo que también se cancelan las becas para los estudiantes de posgrado de universidades privadas. Y en las públicas, yo he visto, incluso en la Universidad de Guadalajara, donde trabajo, que ha venido reduciéndose el número de becas.
LT: Sí, se han reducido, eso está claro. Y es muy triste, porque los estudiantes de posgrado tienen que trabajar y sus familias hacen un esfuerzo a veces muy fuerte. Creo que ya cancelaron las becas de los ninis, esas becas formativas, pero recibían más que un alumno con una beca, por lo menos de la UNAM: creo que son 8 000 pesos al mes, cuando los ninis ganaban 9 000. Tengo un alumno de maestría, un muchacho brillante que está trabajando durísimo, al que se le terminó la beca porque no terminó en los ocho semestres que dura. Ya tiene la tesis terminada y la presenta este semestre, pero se pasó un semestre; todos hemos tenido situaciones así. La beca que le conseguí es menor que la que le daba el Consejo Nacional de Humanidades, Ciencias y Tecnologías (Conahcyt), pero no le alcanza para vivir en la Ciudad de México: se va a Cuernavaca, donde vive su hermana, y se complica todo.
Y es fuerte que una persona que no ha hecho ningún esfuerzo personal ni académico, que está fuera del circuito de la investigación, reciba más dinero del Estado mexicano que quien sí está haciendo ese esfuerzo, el de crear nuevo conocimiento.
MM: ¿Esto no viene de antes? Lo que acaba de resolver la Corte, entiendo, es la última instancia después de los amparos que se presentaron.
LT: Sí, esto viene del sexenio de López Obrador: esta cuestión contra los profesores e investigadores contratados en universidades privadas. En ese sexenio, la flamante directora del entonces Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt), Elena Álvarez-Buylla, gobernó con el estómago, para empezar, porque es una mujer iracunda, que no sabe negociar y no suele hablar con la gente con la que le correspondía hablar por el cargo que tenía. Gobernaba a través de la ideología, claramente, y además con la consigna de “la ciencia es la que yo hago, no la de los demás; yo soy dueña de la verdad”. Hay muchas cosas cuestionables de las políticas de ese gobierno, en particular todas las implementadas por ella. Por ejemplo, atacar a los transgénicos porque sí, por principios: todo lo que era biotecnología era atacado. Gracias a los transgénicos existe la insulina que tantos miles de pacientes utilizan todos los años y que los mantiene vivos; la insulina que se aplica en humanos es un transgénico. No se puede satanizar un área de la ciencia. Hay temas muy serios —se pierde diversidad en los cultivos—, pero con transgénicos se puede modificar el arroz para incluirle vitamina A y evitar la ceguera en ciertas zonas de China. Hay que tener mucho cuidado, y no es algo naturista: dicen que lo natural es bueno, pero el cianuro es natural.
Se hacen muchas campañas contra los transgénicos, pero muy pocas contra el problema del plomo en los instrumentos de cocción tradicionales en México. Desde el Instituto Nacional de Salud Pública se hace un esfuerzo, pero debería hacerse a nivel nacional: campañas realmente serias de no uso de la cerámica con plomo desde su fabricación. Las personas que barnizan esta cerámica en general son mujeres y muchas lo hacen cuando están embarazadas; el plomo entra en su organismo desde el embarazo y afecta a los niños, que nacen con una peor capacidad mental, además de otras enfermedades generadas por el plomo. Debería ser prioridad nacional: la presidenta debería hablar en su mañanera de la intoxicación por plomo, que es gravísima. Hay muy pocos productores que han dejado de usar plomo en los barnices de barro. Es un problema de salud pública muy serio y, desde mi punto de vista, no se le ha dado atención ni ahora ni antes. Es un problema patológico, digamos, que tenemos en México y que nunca se ha atendido: no ha habido una campaña realmente seria desde el Estado para combatir la fabricación de objetos de uso cotidiano con plomo.
MM: Parece que los gobiernos no prestan atención a los resultados ni a las conclusiones de la investigación científica. Tengo una hipótesis, aunque no sé si sea solo eso: creo que las ciencias sociales, que somos muy críticas por naturaleza, por vocación, de las decisiones que toman los poderosos, hemos propiciado que haya desconfianza de parte de los gobiernos hacia la creación científica. Pero no es el caso de lo que llamamos la ciencia dura, de la biología, la matemática, la física. Esos son hechos científicos y ya no tienen ideología, ¿no?
LT: Bueno, no sé. El dinero que das para investigar una cosa u otra sí tiene ideología, pero los resultados científicos, los hechos comprobables, no tienen una ideología detrás; lo que hay que financiar, sí. Y estoy de acuerdo en que se financien ciertas cosas que pueden tener mayor o menor importancia para un gobierno en turno, está bien, pero eso no quiere decir que los demás no sigamos investigando lo que nos parece interesante o lo que sabemos investigar. Yo no me puedo poner a hacer matemática educativa hoy en día, porque no es lo mío. Sé matemáticas, y no cualquiera: sé la que sé. Se puede intentar impulsar que la gente cambie un poco de área, quizás, pero no quiere decir que todos tengamos que hacerlo; lo que sabemos sigue siendo importante y nuestras contribuciones también.
Las becas, los reactivos y hasta la asistencia a congresos dependen de recursos que hoy escasean
MM: Perdón que te interrumpa, pero te escucho y entro un poco en pánico. Yo no conozco el área, pero lo poquito que entiendo es que la inteligencia artificial es pura matemática aplicada. No es que estos bichos piensen realmente o tengan ideas renovadas: es pura matemática aplicada o computacional.
LT: Detrás de las inteligencias artificiales hay matemáticas y hay ingeniería. Y eso está gobernando el mundo en este momento, la economía, y dirigiendo buena parte de lo que está sucediendo. Hay que saber de ello, pero tampoco todos podemos dedicarnos a desarrollar inteligencia artificial. De hecho, vamos muy atrasados, y Europa también. Justo ahora estaba en una conferencia sobre inteligencias artificiales y solo hay un motor de inteligencia artificial europeo; el resto viene esencialmente de Estados Unidos. Y el problema es que tú estás entrenando estas inteligencias y naturalmente hay sesgos: los de la persona que las programa. El sesgo de Mauricio Merino, si él programara la inteligencia artificial, sería natural. Hay sesgos buscados y otros accidentales: uno tiene comportamientos sesgados por dónde nació, en qué colonia se movió, en qué escuela estudió, en qué universidad se formó. Eso es parte de tu cultura, y esos sesgos están detrás de todas las inteligencias artificiales.
Sobre las mujeres en la ciencia, por ejemplo, hay mucho trabajo de las ciencias sociales que investiga estos sesgos. Desde la primaria te hablan de Einstein, de hombres científicos, y como mucho te mencionan a Marie Curie. Muy pocos conocemos nombres de mujeres científicas. Mira los premios Nobel: son puros nombres masculinos; hay dos o tres mujeres: Marie Curie y alguna economista, muy poquitos nombres. Ese sí es un sesgo: no es que las mujeres no hayan hecho cosas, sino que la tuvieron más difícil, porque históricamente no podían estudiar. Pero ya que las dejaron entrar a las universidades, sí hay mujeres científicas importantes.
MM: Supongo que desde tu ámbito profesional debes vivir con tristeza lo de la prueba PISA, que los chicos no sepan la aritmética básica en México. Me pareció brutal. También sé que ha habido un distanciamiento del Estado respecto de las capacidades matemáticas de la formación, de los concursos, las olimpiadas, cuando en algún momento parecía que México podía ir remontando ese déficit. Pienso que ahora estamos mucho peor.
LT: Sí, estamos mucho peor. No es que nunca hayamos estado muy bien, pero algo de financiamiento había, algún apoyo del Estado para organizar, por ejemplo, las olimpiadas de matemáticas. Pasar por las olimpiadas no necesariamente te hace matemático ni buen matemático —en mi época ni existían—, pero creaban un ambiente de discusión, de reflexión sobre problemas, aprender cosas nuevas, acerca de que las matemáticas pueden ser algo apasionante, interesante, divertido.
MM: Y qué mejor que tener un médico que alguna vez estudió matemáticas.
LT: ¡Claro! Va a entender una estadística, lo que es la media, va a entender datos y podrá decir “seguramente esto causó esto” o “hay un dato fuera de la norma, eso es lo que causó el desastre de tal enfermedad”, en lugar de concluir, por ejemplo, que “la vacunaron de COVID y le dio cáncer”. Un abogado que entiende el razonamiento matemático es mucho mejor abogado, porque entiende la lógica que hay detrás.
MM: ¿Qué pasó con la prueba PISA?
LT: Hubo un fenómeno mundial de baja en la nota de la prueba PISA, yo creo que un poco a raíz de la pandemia, que nos afectó muchísimo en todo el mundo y fue devastadora en muchos sentidos. Desde el gobierno no ha habido un trabajo de decir qué vamos a hacer con todos los muchachos y muchachas que se formaron durante la pandemia en cualquier nivel de estudios. Yo lo vi: cuando terminaba la pandemia, en el primer año de la carrera —matemáticas comparte la materia de cálculo con física y con actuaría, son varias carreras—, venían no mal, sino fatal. Nunca me había tocado un grupo tan malo. Llevaba muchos años en ese nivel de licenciatura y los alumnos venían supermal. Eso afectó mucho y no hay que dejarlo de lado, porque es importante poner las cosas donde están.
Además, los libros de texto de Marx Arriaga son de sentarte a llorar, Mauricio. No soy especialista en educación, pero sí los revisé todos, de primero a sexto de primaria, y son un drama; y no es por el sistema educativo, la Nueva Escuela Mexicana.
MM: ¿Por qué lo son?
LT: La idea no es ni nueva ni de la Nueva Escuela Mexicana: viene de Freire, del siglo pasado, es la enseñanza activa. En realidad eso es lo que propone la Nueva Escuela Mexicana, enseñanza basada en proyectos. En vez de sacar raíz cuadrada, hacemos un proyecto donde hay que cubrir el área de no sé qué, y ahí te las ingenias para que salga la raíz cuadrada y puedas hablar de los temas que se necesitan; a lo mejor estás hablando de la producción de calabacitas y puedes meter muchísimos temas. Eso está muy bien, no tiene ningún problema. Pero si te vas, por ejemplo, a los libros de primero de primaria, no te enseñan a leer ni a escribir, se supone que ya sabes. Son libros con un lenguaje y unas cosas superavanzadas, donde no has pasado por la lectoescritura ni te han enseñado las operaciones básicas. Hay seis páginas de matemáticas en todos los libros, y además con errores, y alguien discutía que no era importante. Perdón, un libro de texto de primaria no debe tener errores, o los menos posibles; tiene que pasar por una revisión seria. Hay errores de colocación de números en la recta numérica, no uno sino dos seguidos.
Y se ve que a alguien le gusta mucho una cosa que se llama fractales, un objeto matemático superprofundo que lo único que hace es que te salen dibujitos bien bonitos. De esas seis hojas, en cada dos años hay una página sobre fractales. ¿A quién le interesan los fractales? Son bonitos si los ves como espectador, pero no le aportan nada a un niño de seis años más que lo bonito: “ah, mira, eso lo puedes hacer con matemáticas”. Bueno, ya lo contaste una vez; es suficiente. Tres o seis años después vuelven a toparse con los fractales como si fueran el objeto más interesante del mundo, y no están yendo a lo que significa un fractal, de dónde viene, cómo se estudia. Yo tampoco lo sé muy bien, no es mi área; sé que provienen de iterar funciones, más o menos tengo idea, pero no es un tema para que esté en los libros.
Además, para pasar de un proyecto comunitario, deliberativo —suena bonito, en efecto— al aprendizaje, necesitas profesores que también sepan, y esa es otra tragedia. Hay profesores que saben y han seguido enseñando, eso sí sucede, no podemos echarles la culpa. Gracias a algunos de ellos tenemos gente superbien formada que llega a la universidad desde colegios públicos. Hay otros peor preparados, de acuerdo, pero si además les das un material de porquería, no les estás dando las herramientas. Los pocos que han seguido aprendiendo es porque tienen profesores magníficos que han seguido haciendo lo que siempre han hecho, independientemente del libro de texto que tengan.
Ahora, hay que atender qué pasó con la pandemia y con esos estudiantes. No sé si ya se pueda hacer algo, porque ya son seis años, pero ¿qué hacer para que se nivelen? No es que antes estuviéramos en el paraíso, no éramos de los países del top de la prueba PISA, pero estábamos un poco mejor; por lo menos habría que llegar a los niveles de antes. Hay que tomar en serio la educación: se ha visto en países exitosos que es fundamental. Si queremos salir del subdesarrollo, hay que formar lo mejor posible a nuestra juventud. Independientemente de la disciplina y de la tarea que desarrolles en la sociedad, necesitas un mínimo fundamento matemático, lógico, por lo menos de lógica matemática, y entender causalmente lo que nos está afectando, incluso como ciudadanos. También comprensión de lectura. Los chavos, no importa el estrato socioeconómico, si tienen un celular, una tablet, un acceso a algo en redes, ya no saben leer. Y eso es muy grave: no entienden lo que están leyendo. La dependencia de los aparatos es impresionante. Yo les prohíbo a mis alumnos tener el celular en uso durante la clase y entran en crisis. Los veo sufrir muchísimo porque dos o tres horas no pueden estar conectados.
Y fíjate, me hiciste recordar un punto que no tiene que ver directamente con la política científica actual, pero sí con una política que tiene que ver con la Cofepris, las aduanas, las leyes de importación y los candados que te ponen para importar, por ejemplo, reactivos. Yo no soy una científica que hace experimentos; yo hago matemáticas con lápiz, papel y libros, y no necesito gran cosa. Pero tengo muchos colegas en la UNAM —y la UNAM es de las universidades privilegiadas, porque seguimos teniendo proyectos de la universidad que financian parte de los reactivos y los equipos— a quienes se les complica muchísimo la compra de material, porque no puedes comprar directamente en Estados Unidos, por ejemplo. Tienes que comprarle a un proveedor nacional, por lo que se te duplicó el costo y te cobran tarifas por importación; si tienes 200 000 pesos al año —que a lo mejor suena mucho para unos, pero para comprar lo que necesitan los químicos o los biofísicos no es nada—, lo poquito que te dan para investigación se desaparece ahí. Es uno de los problemas graves que hay ahora, y no sé de qué manera se podría establecer comunicación con alguien para que eso se revise.
MM: Fíjate que ahora que mencionas esto, y para ir cerrando la conversación: tú eres miembro de la Junta de Gobierno de la UNAM; yo he tenido el privilegio de estar en algunas juntas de gobierno de instituciones públicas, como la Universidad Veracruzana, El Colegio de la Frontera Norte y Flacso, y veía en el sexenio pasado esta necedad —así la vivo— de descalificar lo que hacía un buen número de científicos en universidades públicas. Ya hablamos de las privadas, pero de las públicas decían que estaban adscritos a algo que llamaban ciencia neoliberal y, en consecuencia, incluso en las universidades públicas se fueron imponiendo agendas políticas cada vez más evidentes. ¿Tú crees que eso sigue pasando? ¿Lo ves, lo vives, tienes alguna opinión?
LT: Pues mira, es bien contradictorio. Me acuerdo de cuando estudié la carrera, cuando estuvimos en los movimientos en los que la presidenta también fue miembro del Consejo Estudiantil Universitario (CEU): una crítica terrible al Instituto de Ingeniería porque tenía proyectos con Coca-Cola o con una cervecera: “¿Cómo es posible que la ciencia esté al servicio de las empresas?”. Ahora es lo contrario: hay que ver de dónde se sacan recursos extraordinarios para financiar los proyectos dentro de la universidad. “¡Ay, mira, ya se firmó un acuerdo con los de Kenia! ¡Uy, qué bien!”. Hay una contradicción terrible, porque no se financia la ciencia. Yo no encuentro mal que puedas hacer proyectos con empresas privadas que financien parte del gasto en ciencia; eso decía la ley, de hecho: el famoso 1 % del producto interno bruto era parte público y parte privado. Pero ese 1 % no llega, no existe.
Para Luz de Teresa, formar buenos maestros y maestras y dar prestigio social a la ciencia es el punto de partida
Y cada vez se ponen más restricciones, incluso dentro de la misma UNAM, con el tema de la austeridad republicana o franciscana, la que tú quieras. En los proyectos de investigación te dicen que todo el grupo de investigación de una persona solo puede salir a un congreso nacional y uno internacional al año. Ah, caray, ¿mis alumnos van a inventarse problemas y a pensar en las matemáticas nada más por ósmosis? ¡No! Uno va a un congreso, escucha conferencias. El otro día salió un artículo de Escalante Gonzalbo en Nexos sobre el turismo académico en los congresos. ¿Hay gente que hace turismo académico? Sí, estoy de acuerdo. Pero yo no tengo estadísticas; sé que de los congresos en los que he participado he aprendido muchas cosas. En junio de este año estuve en Canadá, en London, Ontario, dando una conferencia, y una persona del público me hizo una pregunta que va a ser el tema de doctorado de un alumno mío: una cosa concreta, directa, inmediata. Y ahora nada más puedes financiar eso. En el Conahcyt está peor —ya no es Conahcyt, es SECIHTI—: en los proyectos solo pueden ir dos integrantes a un congreso en el tercer año. Como si de verdad no sirvieran para nada los congresos; es una ignorancia del uso de los congresos. A lo mejor en algunas áreas no sirven; pues que les pregunten a las personas del área.
El SNII es lo más neoliberal que existe: productividad, cuántos artículos publicas, no importa si es bueno, malo o regular. Por lo menos antes se intentaba discutir la calidad de tus publicaciones. Yo no he estado en los comités últimamente, pero sé de una colega a la que no le dieron el nivel 1 dos veces consecutivas, con unos artículos buenísimos, buenos en serio, porque no llega al número de artículos ni de hojas que están exigiendo. No hay dinero y entonces quieren restringir el ingreso al SNII. Es superneoliberal, más neoliberal que los supuestos neoliberales.
MM: ¿Es neoliberal o es un desprecio abierto por la ciencia?
LT: ¿Desprecio por incomprensión? Yo me lo planteo mucho.
MM: Hay que ir cerrando, ni modo, pero dime la última: estamos conversando muy a gusto, pero seguro que te has imaginado, has soñado, ¿cuál es el escenario ideal para una científica como tú? ¿Qué debería pasar?
LT: Lo primero, invertir en educación, ya déjate tú de ciencia: que los chavos lleguen bien formados a las carreras y tengan los instrumentos para poder pensar y desarrollar lo que sea después. Educación seria, de calidad. Eso no es automático: no se gana solamente poniendo escuelas dignas; eso es una parte, pero no es suficiente. Hay una investigación muy interesante de Esther Duflo en un libro que se llama Repensar la pobreza, donde hablan de intervenciones en áreas de pobreza extrema en India o en África, y no necesariamente comprar libros o poner mejores materiales hace mejorar el nivel educativo; lo que hay que hacer es invertir en buenos maestros, en la educación de los maestros, y que a la vez sea algo socialmente reconocido. Es muy importante el reconocimiento social: decir “¡qué bien que haya olímpicos concursando y representando a México!”. Hay que premiar a los físicos, a los que presentan. Hay que darle una importancia social a la educación y a la ciencia; hablar de la gente que escribe de literatura, de matemáticas, de física, de química, de lo que quieras. Darle un valor social importante es un punto de partida para tener un mejor país.
Al final de la conversación, Luz de Teresa vuelve al punto de partida: antes de financiar más ciencia, hay que formar mejor a quienes van a hacerla. Para ella, la educación seria y de calidad, los buenos maestros y el reconocimiento social a quienes estudian y representan al país en las olimpiadas de matemáticas son la base de cualquier proyecto científico. Pide darle a la educación y a la ciencia un valor social importante y lo propone como el punto de partida para tener un mejor país.
























