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Cuando los extremos pierdan, la paz podrá empezar. Entre la herida, la memoria y la posibilidad de un futuro compartido en Israel y Palestina
Esther Kravzov Appel
El ciclo de violencia entre israelíes y palestinos solo terminará cuando ambos renuncien al extremismo, se reconozcan mutuamente y emprendan una paz gradual basada en seguridad compartida y cooperación pragmática.
El conflicto entre israelíes y palestinos ha quedado atrapado en un ciclo de dolor que parece no tener fin. Pero la historia demuestra que ningún pueblo puede vivir eternamente de la herida ni del miedo. La paz no será fruto de la victoria de uno sobre el otro, sino del reconocimiento mutuo, de la seguridad de ambos dentro de fronteras garantizadas y del fin del poder de los radicales que solo saben destruir.
Escribo estas palabras con el corazón pesado, como integrante de una familia judía que encuentra en el Estado de Israel un faro de supervivencia y un testimonio eterno de que “Nunca más” debe ser una promesa real. La creación de Israel, surgida de las cenizas del Holocausto, fue para nosotros una necesidad histórica y moral: un refugio en un mundo que había demostrado su capacidad para la barbarie más absoluta.
Hoy contemplo este conflicto con profunda angustia. Veo a dos pueblos, el israelí y el palestino, atrapados en un ciclo de violencia que parece no tener fin, ambos luchando con la convicción desesperada de que su propia supervivencia está amenazada por la aniquilación del otro.
El trauma es reciente y profundo. Los asesinatos del 7 de octubre fueron un acto de una barbarie atroz que reavivó los peores fantasmas del pueblo judío. La toma de rehenes —hombres, mujeres, niños y adultos mayores— es una herida abierta que grita por justicia y que ningún objetivo político puede silenciar. Comprender el contexto histórico no significa excusar lo inexcusable. Y, al mismo tiempo, sostengo con la misma firmeza que la barbarie de unos no disculpa la barbarie de los otros. El inmenso costo humano en Gaza, la destrucción y el sufrimiento de millones de personas palestinas, provocadas por el ataque del 7 de octubre, no devolverán la vida a las víctimas israelíes; solo sembrarán un dolor que alimentará el ciclo por décadas más.
La paz no será fruto de la victoria, sino del reconocimiento del derecho a existir de ambos pueblos y de abandonar los extremismos que perpetúan el odio, históricos y devastadores.
Miramos al pasado buscando respuestas y encontramos un cementerio de procesos de paz fallidos. Oslo, Camp David, Annapolis… iniciativas que se estrellaron una y otra vez, no solo por desacuerdos políticos, sino por la acción decidida de los radicales de ambos bandos. En Israel, los colonos extremistas que consideran la tierra una promesa divina indivisible; en Palestina, Hamás y la Yihad Islámica, grupos terroristas que han hecho del odio su ideología y que hasta hoy se niegan a reconocer el derecho de Israel a existir o a participar en cualquier diálogo genuino. Ambos extremos comparten algo esencial: el miedo a la paz, porque la paz exige renunciar al absolutismo de su causa. Y es tiempo de decirlo con claridad: los radicales de ambos lados deben aceptar que perdieron, porque su “victoria” solo puede significar la destrucción de todas y todos.
La solución de dos Estados —durante décadas el paradigma de la comunidad internacional— hoy parece una fórmula desgastada y desconectada de la realidad. A menudo se percibe como una imposición externa que no logra sanar las heridas de identidad ni la desconfianza visceral que habita en ambos pueblos. Pero sigue siendo, pese a todo, el punto de partida moral: dos pueblos que deben sentirse seguros dentro de fronteras reconocidas y garantizadas.
Es innegable que la decisión de 1948, el Nakba para las y los palestinos, fue un evento real y traumático que creó un problema de población refugiada y una herida de injusticia que aún supura. Reconocer esta verdad no anula el derecho de Israel a existir; por el contrario, lo fortalece, porque ningún Estado puede sostenerse sobre la negación del dolor del otro.
También es necesario recordar que dentro de Israel viven ciudadanas y ciudadanos árabes con derechos políticos plenos y representación parlamentaria en la Knéset. Esa coexistencia, imperfecta pero tangible, demuestra que la convivencia no es una quimera: puede existir dentro de un marco democrático y plural.
Debe haber un camino pragmático hacia la paz: desarme de milicias, reconstrucción de Gaza, suspensión de asentamientos y proyectos binacionales para que la población israelí y la palestina vivan sin terror ni humillación cotidiana.
Escenario de paz: la coexistencia gradual y la seguridad mutua
La paz no nacerá de una firma ni de una frontera trazada por la diplomacia. Nacerá de una coexistencia gradual, donde Israel y una autoridad palestina fortalecida compartan intereses concretos: seguridad, economía, agua, energía, salud, educación y medio ambiente. Este escenario intermedio no exige una rendición ideológica, sino una cooperación pragmática, supervisada por la comunidad internacional y acompañada de incentivos reales. Requiere de fronteras reconocidas, seguras y respetadas, con garantías internacionales de seguridad que permitan a las y los israelíes vivir sin el temor al terrorismo y a la población palestina vivir sin la humillación de la ocupación.
Cada paso debe basarse en compromisos verificables: el desarme progresivo de milicias, la reconstrucción humanitaria de Gaza, la suspensión de asentamientos, y la protección efectiva de los derechos humanos. La confianza se reconstruye desde lo cotidiano: un hospital binacional, una planta solar compartida, un programa educativo conjunto. La paz se construye en pequeños gestos antes que en grandes discursos.
Cuando la victoria sea la paz
La paz no es ingenuidad; es lucidez moral. Ambos pueblos necesitan sentirse seguros para poder imaginar el futuro. Ninguno puede seguir siendo rehén del miedo o del fanatismo. La seguridad israelí y la dignidad palestina no son enemigos: son condiciones indispensables de una misma justicia.
La verdadera paz comenzará cuando los líderes de ambos lados sean capaces de pronunciar una frase simple y revolucionaria: “Ya no necesitamos ganar; necesitamos convivir.” Y quizás entonces, una madre israelí y una madre palestina puedan dormir sabiendo que sus hijas e hijos despertarán en un mundo donde el otro ya no es su enemigo, sino su vecino.
¡Basta! Basta de hambre.
¡Basta! Basta de sangre.
¡Basta! Basta de segregación.
¡Basta! Basta de la muerte del otro como solución
¡Que el próximo amanecer sea, al fin, el primero de la esperanza compartida!






























