Año 1, núm. 11, junio de 2026
ISSN 3122-3583
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Republicanismo: una posible respuesta al neoliberalismo y al populismo autoritario en México
Sergio Ortiz Leroux *
Frente al poder económico que domina desde el mercado y al poder político que domina desde el Estado, el republicanismo ofrece una brújula: libertad como no dominación. Sergio Ortiz Leroux sostiene que México necesita limitar tanto a las oligarquías privadas como al imperium populista.
El republicanismo no entiende la libertad como simple ausencia de interferencia, sino como protección frente a toda dominación arbitraria.
No existe una relación geométrica entre las ideologías políticas y los procesos políticos y sociales concretos. Los procesos políticos no son simples puestas en escena de un conjunto de ideas que puedan traducirse de forma coherente, ni tampoco realizaciones prácticas automáticas de principios normativos y racionales; se trata, más bien, de experiencias contingentes y azarosas en las que se articulan —no sin dificultades— tradiciones ideológicas, historias anteriores, acciones colectivas, subjetividades, emociones y creencias. Pero, entonces, ¿qué papel cumplen —o pueden cumplir— las ideologías en el curso de la historia?
Las ideologías pueden ser representadas, en el mejor de los casos, como referentes que contribuyen a destrabar algunos dilemas públicos, guiar ciertas decisiones colectivas y definir el probable destino de recursos públicos escasos. No son cábalas celestiales o místicas; son, en cambio, brújulas que contribuyen a orientarse en el camino.
El republicanismo es una ideología —política, económica, filosófica y moral— que tiene mucho que decir en el México de nuestros días. Su renacimiento en la actualidad no está directamente ligado a un movimiento social o político determinado, como sí sucedió en su momento con el liberalismo o el socialismo, sino que se encuentra asociado al trabajo de un grupo de historiadores de las ideas y de las instituciones políticas que, en la segunda mitad del siglo XX, se dieron a la empresa cultural de rastrear los orígenes teóricos de la tradición institucional angloamericana. En particular, la historia norteamericana en la etapa de la independencia, criticando la lectura de dicho periodo que hacía girar los acontecimientos revolucionarios en torno al liberalismo de John Locke y recuperando la importancia que en aquellos sucesos había tenido otra tradición de pensamiento continental, anclada en Nicolás Maquiavelo, que hablaba bajo el ropaje clásico de las virtudes cívicas, el gobierno mixto y la corrupción. Tres historiadores encabezaron el giro revisionista en la historiografía norteamericana del siglo XX: Bernard Bailyn, Gordon Wood y John Pocock.
A partir del impulso generado por este giro revisionista, numerosos juristas, politólogos, economistas y filósofos aprovecharon el revival de la tradición republicana para someter también a revisión algunos de los supuestos y discusiones más relevantes de sus respectivos campos disciplinares. En la teoría política contemporánea, por ejemplo, el renacimiento del lenguaje republicano antiguo y moderno se encuentra asociado a la crítica del liberalismo contemporáneo tanto en su versión teórica como en su dimensión práctica. Un liberalismo que ha perdido legitimidad social y representatividad política y cuyos supuestos doctrinarios —libertad, igualdad y propiedad— resultan ya insuficientes para responder a los nuevos desafíos asociados a la integración social en el siglo XXI.
Dos pilares del republicanismo pueden contribuir a repensar críticamente el presente: a) la idea de libertad como no dominación, contraria al dominium privado por parte de individuos o grupos ricos y poderosos; y b) la teoría del control constitucional, contraria al imperium público de los poderes del Estado. Se trata de dos formas distintas, pero al mismo tiempo complementarias de dominación que, según pensadores republicanos como Philip Pettit,(1) Quentin Skinner(2) y Andrés de Francisco(3), son contrarias al pleno respeto y ejercicio de la libertad de las y los ciudadanos.
Ni el mercado sin controles ni el Estado concentrado garantizan libertad: ambos pueden someter la vida ciudadana.
El ideal republicano de libertad como no dominación tiene su origen histórico en la República romana, donde la persona libre (liber) era lo contrario al esclavo (servus). Mientras el esclavo vivía a merced del amo, el libre era necesariamente un ciudadano (civis). De suerte que en la Roma republicana lo que se contraponía a la libertad no era la interferencia ajena, sino la esclavitud o dominación. Esta noción de libertad como ausencia de dominación está asociada de manera consistente con una concepción particular de la libertad diferente de la libertad negativa moderna de corte liberal. Mientras el liberalismo sostiene que alguien es libre en la medida en que ningún ser humano o grupo de personas interfieran en su actividad —de manera que la libertad es el espacio en el que un individuo puede actuar sin ser obstaculizado por otros—, el republicanismo, en cambio, afirma que no toda interferencia es necesariamente arbitraria, ya que pueden existir interferencias justas —como, por ejemplo, el pago de impuestos en un genuino Estado democrático y de derecho—. Una interferencia es arbitraria y, por tanto, sinónimo de dominación en la medida en que esté controlada por el arbitrum de quien interfiere; en particular, en la medida en que este último no se vea forzado a atender a los intereses —y a las interpretaciones de esos intereses— de quienes padecen la interferencia. Un individuo es libre, en síntesis, en la medida en que nadie ocupe una posición de dominium en su vida y nadie pueda ejercer un poder de interferencia arbitraria sobre sus asuntos.
La teoría del control constitucional, por su parte, descansa en una preocupación compartida con el ideal republicano de no interferencia arbitraria: la lógica de la dominación no solo puede provenir del dominium privado llevado a cabo por individuos o grupos ricos y poderosos, sino también puede ser impulsada por el imperium público de los poderes del Estado. El argumento es contundente: se pueden reducir las formas de dominación que se reproducen en la esfera de la sociedad civil (dominium), pero esta tarea sería insuficiente si no se acompaña de manera simultánea de dispositivos de control de las modalidades de dominación que reproduce el propio Estado (imperium).
Tres restricciones constitucionales plantea el republicanismo para limitar o evitar el imperium del Estado: a) que se constituya un imperio de la ley y no de los hombres; b) que se dispersen los poderes legales; y c) que se haga la ley resistente a la voluntad de cualquier facción, especialmente la mayoritaria. La primera restricción —el imperio de la ley— está asociada al lugar y el contenido de las leyes: se trataría de que las leyes tengan un perfil satisfactorio, es decir, que sean universales, se apliquen a todo el mundo y sean promulgadas y dadas a conocer con antelación a quienes se aplican, a fin de evitar la voluntad arbitraria de los gobernantes. La segunda restricción es la dispersión del poder: cuando las funciones del Estado están concentradas en un mismo poder —sea una persona o un grupo de personas—, se favorece que ese poder exclusivo se ejerza arbitrariamente en contra de otros; cuando las funciones del Estado se encuentran dispersas o separadas en distintos poderes, se puede garantizar la existencia de un Estado republicano no arbitrario que facilite el ejercicio de la libertad. Finalmente, la tercera restricción —la condición contramayoritaria— se sustenta en la premisa de que las leyes imperantes, sobre todo las básicas, no sean modificables con facilidad bajo la presión de las mayorías. De ahí que los republicanos vean con buenos ojos instituciones que sirvan para prevenir las amenazas mayoritarias: división bicameral del Parlamento, veto presidencial, control judicial de las leyes, cartas de derechos, etcétera.
Ahora bien, el sentido y el potencial del dominium y el imperium no se agotan —ni pueden agotarse— en los debates académicos e intelectuales. El uso de estas categorías clásicas de matriz romana en los debates públicos de nuestros días puede adquirir su verdadera magnitud cuando estas nociones son visualizadas como cajas de herramientas útiles para caracterizar y acaso discutir el presente político de México. Las ideas republicanas de libertad como no dominación y de control constitucional, en efecto, pueden resultar fecundas y oportunas para ofrecer respuestas normativas y prácticas tanto al neoliberalismo que domina en la esfera privada como al populismo autoritario que domina en la esfera pública en nuestro país.
El neoliberalismo es un programa intelectual, materializado en un programa económico, que se sustenta en tres principios básicos: a) crear un Estado fuerte que se ocupe de proteger al mercado; b) priorizar las libertades económicas por encima de las libertades políticas; y c) contrarrestar la tendencia hacia la expansión de lo público.
Frente al neoliberalismo y al populismo autoritario, la respuesta republicana exige ley, división de poderes y resistencia a la voluntad de cualquier facción.
La aplicación de este conjunto de políticas generó la emergencia de sociedades oligárquicas controladas por sus élites económicas y políticas. El informe de Oxfam México, Oligarquía o democracia (2026),(4) revela que la desigualdad en nuestro país es resultado de decisiones políticas que concentran riqueza y poder en el 1 % de la población, amenazando la democracia y limitando la inversión social. Esta concentración del poder y el dinero en muy pocas manos ha provocado que la mayoría de la población mexicana se enfrente al riesgo de padecer formas de dominación privadas que otorguen licencia a interferencias arbitrarias en su vida cotidiana. En este horizonte, la idea republicana de libertad como no dominación aparece como un referente normativo y práctico que puede, eventualmente, ofrecer respuestas a esta problemática. La libertad republicana es un ideal socialmente exigente y políticamente responsable: socialmente exigente porque afirma que cualquier forma de dependencia de la buena o mala voluntad de otro es contraria a la libertad —el dominium privado es condenable en cualquier caso—; y políticamente responsable porque presupone la existencia de un Estado que cumpla distintas obligaciones positivas para con la sociedad, especialmente que sus leyes y políticas estén orientadas a favor de los más pobres y más débiles, es decir, de los grupos sociales más indefensos y más vulnerables a interferencias arbitrarias sobre sus asuntos.
Pero no solo el neoliberalismo puede ser representado como una forma de dominación privada (dominium). También el populismo autoritario, que aparece como una emergente y esquiva respuesta al programa neoliberal, puede y debe ser visualizado como otra forma de dominación pública (imperium). Con la llegada del populismo autoritario a México se ha vuelto a meter por la ventana lo que previamente se había sacado por la puerta. Los gobiernos de la llamada Cuarta Transformación han impulsado cambios significativos en el diseño institucional y en las prácticas formales e informales del Estado mexicano que han debilitado y, en el extremo, anulado los frágiles mecanismos de control constitucional de herencia republicana.
Políticamente, el populismo autoritario de los gobiernos de López Obrador y de Sheinbaum se ha traducido, entre otras cosas, en un proceso de concentración del poder en la institución presidencial a costa de la necesaria e imprescindible división y separación de los poderes Legislativo y Judicial; ha desaparecido organismos constitucionales autónomos —como el extinto Instituto Nacional de Transparencia, Acceso a la Información y Protección de Datos Personales (INAI)— que operaban en los hechos como contrapesos frente a la presidencia imperial; ha capturado organismos públicos autónomos como la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH) a partir del nombramiento en su cabeza de personajes afines al oficialismo, y ha golpeado y estigmatizado a organizaciones de la sociedad civil, colectivos de mujeres, periodistas independientes e intelectuales y académicos que no se han sumado acríticamente a las plegarias del oficialismo.
Las y los ideólogos y defensores de los gobiernos de la autodenominada Cuarta Transformación justifican estas medidas regresivas bajo el argumento de que el combate al dominium neoliberal por parte de los privados requiere, en alguna medida, del incremento del imperium del Estado. El problema que no advierten —o no quieren advertir— los súbitos apologistas del nuevo régimen autoritario mexicano es que pretendiendo corregir un mal mayor han creado otro igual de nocivo: léase populismo autoritario en lugar de neoliberalismo.
El republicanismo es una ideología que puede contribuir a diagnosticar, criticar y acaso combatir tanto el dominium de los agentes privados como el imperium de los poderes públicos. Por eso es una ideología que vale la pena recuperar y reformular en nuestros días para pensar y, sobre todo, para actuar en el contexto mexicano. No es, obviamente, una fórmula mágica que pueda llevar a los mortales al Paraíso en la Tierra. Es algo más modesto: una brújula que puede ayudar a no extraviarse en el camino.
* Doctor en Ciencia Política por la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO) México, profesor investigador de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM) e integrante del Grupo de Investigación de Teoría y Filosofía Política.
Referencias
(1) Pettit, P. (2007). Republicanismo. Una teoría sobre la libertad y el gobierno. Paidós.
(2) Skinner, Q. (1998). La libertad antes del liberalismo. Taurus / Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE).
(3) Francisco, A. de (2012). La mirada republicana. Los Libros de la Catarata.
(4) Oxfam México (2026). Oligarquía o Democracia. Nueve propuestas contra la acumulación extrema del poder en México. Oxfam México.































