Año 1, núm. 11, junio de 2026
ISSN 3122-3583
editorial
El imperativo horizonte de la ideología
Mauricio Merino *
Las ideologías no murieron: siguen ordenando el mundo, fabricando pertenencias, justificando guerras y prometiendo futuros. En esta edición, El Diluvio entra al territorio de los grandes “ismos” para preguntarse qué queda de ellos cuando la democracia vuelve a estar en disputa.
Las ideologías no solo explican el mundo: también nos dicen a quién obedecer, contra quién rebelarnos y qué futuro vale la pena imaginar.
Jorge Luis Borges nos contó que el memorioso Funes lo recordaba todo. Hasta el más mínimo detalle de lo que veía, escuchaba, olía, saboreaba, sentía o imaginaba: absolutamente todo. Su memoria era implacable y se mantenía activa en todo momento, sin descanso, incluso durante el sueño. Era capaz de inventar sistemas precisos de numeración que superaban cualquier lógica y se dolía, a la vez, de que la gente no pudiera darle un nombre exacto al perro que veía ahora de costado y un segundo más tarde, de frente. “Sospecho, sin embargo –escribió Borges– que no era muy capaz de pensar. Pensar es olvidar diferencias, es generalizar, abstraer. En el abarrotado mundo de Funes no había sino detalles, casi inmediatos”.
La edición que hoy presentamos está dedicada a los conjuntos de ideas, creencias y valores que nos ayudan a pensar el mundo bajo una lente que no siempre enfoca lo que queremos ver, sino lo que nos hacen ver y que, a la vez, nos mueve a desechar lo demás. Eso son las ideologías: sistemas articulados que se emplean para organizar el caos de la información, las relaciones, los deseos y las necesidades que inundan la vida y que nos regalan la ilusión de comprender y pertenecer, a un tiempo, al grupo con el que queremos o debemos convivir.
Las ideologías organizan, separan, subrayan o excluyen el caudal de datos, debates, ilusiones y propuestas que debemos procesar en nuestros vínculos cotidianos con las y los demás: nos dan identidad, nos regalan interpretaciones que con frecuencia anteceden a los hechos —o incluso los niegan—, nos invitan a reconocer a los propios y nos convocan a distanciarnos de los ajenos. Son creaciones humanas que se van moviendo con el tiempo y que compiten entre sí para explicar lo que sucede, predecir lo que vendrá, lo que ha de aceptarse o rechazarse y la forma en que leemos a nuestro entorno. Nos ofrecen pautas para organizar la vida y, eventualmente, para justificar la guerra.
No cobramos conciencia de las ideologías, sino hasta que la humanidad comenzó a romper con las creencias religiosas que tenían, por así decir, el doble monopolio de la interpretación del mundo y de la justificación del poder. Los estados teocráticos no han desaparecido del todo ni tampoco la potencia política de muchas de las ideas basadas en la fe sobre la existencia de Dios —o de dioses que toman decisiones que nos rebasan y nos trascienden—.
Frente al exceso de datos, consignas y miedos, las ideologías ofrecen una ilusión poderosa: comprender y pertenecer.
En Occidente, fue a partir de la Ilustración que se comenzó a debatir sobre las razones que mueven a los seres humanos para obedecer o rebelarse —según la afortunada expresión de Fernando Savater— y que buscan organizar el presente y diseñar el futuro. Esto último convierte a las ideologías en una pieza principal de la forma en que vivimos el mundo: con ellas se articula la lucha presente por el poder —o contra el poder— y se justifica la necesidad de construir lo que aún no existe: el futuro de una sociedad.
Tengo presente la tesis de Yuval Noah Harari, según la cual el homo sapiens prevaleció sobre los neandertales porque, a pesar de la superioridad física de estos y de su notable destreza para lidiar con su entorno, aquellos fueron capaces de imaginar y crear lo que no existía: los neandertales solo lidiaban con lo que veían y tocaban, mientras que los homo sapiens fueron capaces de imaginar lo que no veían. Lo traigo a cuento porque las ideologías ofrecen lo que no existe, pero podría existir: mundos mejores por los que vale la pena luchar y sistemas de creencias que sirven para defender o enfrentar lo que ya existe.
“La nación ha sustituido al Rey”, escribió Andrés Molina Enríquez para referirse a la propiedad originaria del territorio; las ideologías, podríamos parafrasear aquí, suplieron a Dios para comprender el presente e imaginar el futuro. O mejor, como lo escribió Carlos Fuentes, para recordar el futuro e imaginar el pasado.
Para esta edición, invitamos a una docena de intelectuales y militantes que aceptaron discutir, desde una visión crítica y comprometida, la importancia de algunas de las ideologías que han cruzado la historia de Occidente. Quienes nos acompañen en este número leerán sobre el comunismo y el liberalismo; sobre la socialdemocracia y la democracia cristiana; sobre el republicanismo, el neoliberalismo y también sobre las variantes del socialismo, el feminismo, el llamado trumpismo o las nuevas creencias que están recorriendo el mundo ya digital: la ideología incel, el terraplanismo, el therianismo y el wokeismo.
Toda ideología promete sentido; el riesgo comienza cuando esa promesa deja de admitir dudas.
Lo primero que salta a la vista es el sufijo “-ismo”, que alude a la agrupación de ideas que no siempre guardan coherencia entre sí, pero que se articulan para ofrecer la ilusión de un sistema que puede explicarlo todo y que, a cada nueva interpretación, se refuerza a sí mismo. A diferencia de los programas científicos que prosperan en la medida en que dudan, investigan y rectifican lo que creían saber —la “falsación” como método, diría Popper—, las ideologías no dudan: tienen una explicación disponible para cualquier circunstancia y suelen simplificar realidades complejas en unas cuantas ideas —creencias, valores— que sirven para remontar sus contradicciones y para objetar y descalificar a quienes se les oponen.
Así como hay un pasaje bíblico que asegura que “los caminos de Dios son inescrutables”, así también las ideologías ofrecen respuestas definitivas para lidiar con cualquier dilema: “la historia de la humanidad es la historia de la lucha de clases”; “mi libertad solo termina donde comienza la tuya”; “el Estado es el árbitro entre el capital y el trabajo”; “la sociedad nace con la familia y las familias forman a la comunidad”; “el libre mercado es la única forma eficiente para la asignación justa de los recursos sociales”; “la libertad no existe sin la igualdad”; “toda forma de dominación excluyente se origina en un régimen heteropatriarcal”; etcétera. No es difícil identificar el “ismo” al que pertenece cada una de esas ideas que, a su vez, articulan sistemas completos de pensamiento y enarbolan y promueven programas de acción política.
De aquí la segunda característica que se discute en esta edición: todas las ideologías son políticas, en tanto que cada una de ellas convoca a la acción social y reclama una forma específica de organización del Estado. La mayoría ha dado pie para la formación de partidos políticos que las asumen como el eje de su declaración de principios y de sus programas de acción y que, a su vez, se entrelazan para otorgarle una identidad a sus integrantes, en contraposición de las que abrazan sus adversarios. Aunque están basadas en diagnósticos y explicaciones propias de las ciencias sociales —algunas de ellas con indiscutible valor científico—, su paso al terreno de la acción programática les obliga a renunciar a la duda: no quieren saber más, sino persuadir mejor; no van en busca de la evidencia para rectificar, sino para demostrar que tienen razón; no transigen con otros sistemas de pensamiento, sino en los puntos en que coinciden sin tener que negarse a sí mismas. Quien abraza una ideología se suma a una identidad política, a una forma de ver el mundo y a un programa para cambiarlo.
La historia política de la humanidad es la historia de la lucha entre ideologías. He ahí el tercer rasgo que corre por los artículos, las entrevistas y los estudios que se publican en esta edición: las ideologías son inexorables. Quienes hacemos esta revista también formamos parte de ese debate, en defensa de la democracia y de la igualdad sustantiva. Pugnamos por la pluralidad y por la garantía de los derechos fundamentales como “los derechos del más débil”, como lo fraseó Luigi Ferrajoli, y disputamos esas ideas en contra de quienes las niegan o las simplifican en aras de otras, que les permitieron tomar el poder con las herramientas democráticas que hoy buscan destruir. Nadie escapa del imperativo ideológico y nadie es ajeno al paisaje que dibujan en el horizonte. Las y los autores de este volumen las conocen a fondo y las hacen suyas o las rechazan, con la confianza de que seguirán siempre ahí, detrás de cada debate, de cada propuesta y de cada conflicto. Empero, mientras haya miradas diversas y mientras existan espacios para discutirlas y elegirlas en paz, habrá esperanza para la democracia: esa es la convicción de El Diluvio.































