Año 1, núm. 11, junio de 2026
ISSN 3122-3583
tendencia
Lo woke y el abandono del interés general
Ricardo Becerra *
Lo woke nació como denuncia contra la exclusión, pero terminó atrapado en una política de identidades que fragmenta el espacio común. Cuando cada agravio exige su propio territorio moral, la derecha extrema encuentra el terreno perfecto para apropiarse del victimismo.
Una de las cosas más chocantes del fenómeno woke —ese movimiento que reclama y denuncia la opresión de las minorías raciales, étnicas, religiosas y sexuales, que comenzó como una sana reivindicación por la cultura y el patrimonio de grupos minoritarios, pero que se transfiguró en una ideología persecutoria que reprime las palabras, niega el universalismo y sataniza la cultura de Occidente, sobre todo la alta cultura—, lo más chocante, digo, es su tendencia a destruir el “orden simbólico”, al mismo tiempo que le resulta cada vez más indiferente el orden material.
Nace de la izquierda y del progresismo como un relato utópico para celebrar la diversidad y terminar con la discriminación, pero ha acabado convirtiendo a las palabras y a la subjetividad en lo más importante de la realidad. Las jerarquías —por ejemplo, maestro-alumno— se volvieron opresión, las simples reglas se transformaron en “violencia” y las identidades en una referencia construida, negociable e intercambiable: eres lo que crees que eres y las demás personas están obligadas a repetir tu fantasía. Al cabo, lo woke derivó en un movimiento individualista, autoimaginario, de cancelación, censura y moralismo: una revolución cultural casi maoísta.
Es un fenómeno extendido aquí y allá, imposible de ignorar. No son, ni de lejos, una mayoría, pero sí un archipiélago de grupos extraordinariamente activos, demandantes e influyentes en las organizaciones sociales, en los medios, en determinados partidos, legislativos e incluso en gobiernos de variado nivel y de variadas corrientes.
Como bromea Slavoj Žižek, “es el primer movimiento al que no le conviene convertirse en mayoría” porque dejarían de ser lo que les da su aura de legitimidad: que son —o se reclaman— precisamente “minorías oprimidas”.
El problema de la política identitaria no está en reconocer agravios, sino en convertir cada identidad en una frontera contra el interés general.
Pero no solo por su influencia —que ha llegado muy lejos en Estados Unidos, por ejemplo—, sino por lo que propone, por el variado abanico de reclamos —unos más que justos y atendibles, otros extremistas, polarizantes o simplemente chiflados— cuya acumulación política y cultural en el mundo de hoy merece una respuesta asimismo política e intelectual.
… y Foucault hizo lo woke
Dice el estudioso Yascha Mounk que sus orígenes argumentales hay que buscarlos en Michel Foucault y en su llamado radical a rechazar los “grandes relatos” sociales, especialmente los del progreso y el poder, marxismo y feminismo incluidos.(1)
¿He dicho feminismo? Sí, en tanto Foucault y la deriva woke de su pensamiento sostienen que no hay tal representación del interés general de las mujeres, como no hay la representación general del interés del proletariado. Son estereotipos, dice; las identidades ya no deben agregarse, sino desdoblarse (véase La trampa identitaria. Una historia de las ideas y el poder en nuestro tiempo, Paidós, 2024). Y allí está el detalle.
La visión de la sociedad como un conjunto de estamentos especiales, con sus derechos especiales, incluso con un constitucionalismo especial, es deudora de esa tradición: cada quien su tribu, cada quien su estatus jurídico que depende, no de su condición de ser humano, sino de su circunstancia, de su propia percepción o de su leal saber y entender.
De modo que una lesbiana o un homosexual no son portadores de derechos por su humanidad, sino por su adscripción particular “decidida subjetivamente”, lo cual, en palabras de Ivan Kréstev, abre las compuertas a un tribalismo disfrazado de progresismo. Pero el problema es todavía más serio.
Su agenda —variada y profusa— nos arrastra (arrastra a las democracias) a establecer aquí y allá, distinciones entre “nosotros y ellos” y a poner condiciones para incluir a los del endogrupo y para tratar distinto a los del exogrupo. De modo que se renuncia, o se le da la vuelta, a la aspiración ilustrada tanto del liberalismo como del socialismo.
¿La recuerdan? “Todos somos iguales y con los mismos derechos.” Ahora la aspiración es una sociedad de los distintos, dueños de derechos y representaciones especiales. Si algo hace el movimiento woke es que la ciudadanía dependa de categorías de identidad grupal —como la raza, el género, la orientación sexual— y no por nuestro ideal, por la condición humana que nos hace iguales.
Como argumenta Mounk: puedo saberme muy diferente a un campesino del centro de Kentucky, a una lesbiana de California, por ejemplo, pero “la gran apuesta política —de izquierda— es que también puedo reconocer que somos compatriotas, que coincidimos en una lista importante de ideales políticos y que compartimos el hecho de ser humanos” (p. 22).
Y luego el wokeismo ha tenido la manía de enredar agendas y tratar, por ejemplo, a las mujeres como “una minoría” y no precisamente como la parte mayoritaria, pero maltratada de la sociedad. Lo declaró un activista transespecie en 2023, de Alemania: “todos los agravios son iguales”. Una mujer indígena que un señor que se siente perro, alguien que nació con gran desventaja material y alguien que decidió pertenecer a la especie canina. Ustedes juzgarán.
El punto es que para los woke las víctimas subjetivas son igual de atendibles que las víctimas reales. Y es allí donde fueron rebasados por… la extrema derecha. ¿Ah, sí? Pues Donald Trump resultó ser el maestro, el “woke absoluto”.
Lo woke prometió diversidad, pero su deriva más extrema puede terminar debilitando la idea democrática de ciudadanía común.
Dice el filósofo Pascal Bruckner: “Trump […] ha retomado la retórica victimista de los woke y la ha extendido a todo el pueblo estadounidense. Interpreta el victimismo del ciudadano blanco común que sufre porque es víctima de la élite globalizada de Washington. Las élites académicas difunden la ideología mortífera de las minorías, pero según Trump, América es la víctima del mundo entero. Es un gran país que se ha sacrificado para salvar al mundo y al que el mundo está saqueando.” Por eso, ¡vengan los aranceles!: otro tipo de estantes y compartimentos.
Moraleja: quien ha sabido aprovechar mejor la marea wokista no son los oprimidos reales, sino los oportunistas que fingen serlo en Estados Unidos, en Europa, pero también en México.
Por eso —y por muchas otras cosas— hay que dar un debate en serio con ese mundo woke. No porque algunas de sus demandas no sean válidas y hasta angustiantes, sino porque rompen con el tuétano político que parte de la base ilustrada —”todas y todos somos iguales”—; porque no aspira a la cohesión universalista, sino al tribalismo social; porque no permite reconocer la gravedad de las agendas de las personas con problemas que están en su realidad material frente a aquellas que provienen de su percepción individual; y porque, en la revoltura victimista propiciada, ha sido la derecha extrema y los autoritarios más ineptos quienes han sabido explotar la psicología del radicalismo y el victimismo woke.
Disolución del interés general
A estas alturas, el wokeismo no amenaza nada de la economía capitalista; para ellos, por ejemplo, es más importante la cuestión de los transgéneros que la del salario mínimo. Eso sí: sataniza la cultura de Occidente mientras adopta una permisividad total ante las desigualdades de clase. Es intolerante con todo, salvo con la desigualdad material del capitalismo. Para mí es uno de los vectores de la discusión. Los movimientos LGBTQ+, los animalistas, los altermundistas radicales, viven bajo una ilusión, aunque se proclamen “anticapitalistas” no entienden que no amenazan en absoluto el orden económico. Eso sí: a la menor provocación, afirman su condición de vanguardia y su lealtad a su segmentada causa.
El wokeismo toma cierta retórica del neomarxismo, pero olvida lo mero importante: la clase, el capital, el trabajo y el salario. ¿Las identidades y minorías han sustituido la lucha de clases y por los derechos de las y los trabajadores? Ese desplazamiento lo vi, lo viví y lo padecí tempranamente en México durante los primeros años 2000, en los partidos que se creían socialdemócratas y que introdujeron efectivamente “la agenda de la discriminación”, pero que luego mutaron a “partidos agenda”.
Desde entonces, mi discusión fue que lo woke —aún no se llamaba así— tiene un efecto en la propuesta socialdemócrata que aleja su mensaje de las bases trabajadoras. Dejar de hablarle al gran mundo del trabajo —la opresión mayor, según yo, la de la miseria para conseguir sustento— para hablarle, sobre todo, a cierta clase media progresista. Pero la política identitaria es una forma de seguir considerándose el partido moral, aunque en realidad no se represente a las y los trabajadores y la gente común.
Quiero decir: durante mucho tiempo, lo woke fue útil para justificar el abandono de la agenda del trabajo, el salario, la ganancia y el capital, pues esos trabajadores, además, pecaban de inclinaciones machistas, bárbaras, xenófobas, sexistas, antitrans, etc.
Para ir aún más a fondo: la ideología woke es una derivación de la hegemonía neoliberal, aquel corpus teórico dedicado a la negación de lo público, del interés general como cosa superior al interés particular.
Es bien sabido: para Milton Friedman, el “interés general” como un bien superior y definible ni siquiera existe. Los gobiernos están compuestos por individuos que buscan maximizar sus propios intereses, que el único interés general posible es el resultado voluntario de los intercambios libres ocurridos en el mercado.
De modo que, a partir del cruce de siglos, la visión de las instituciones, el Estado y la vida social ha quedado marcada por una suerte de atomización legítima y deseable, considerada como la única posible dado el egoísmo irrecusable de la naturaleza humana. Y si el interés general es una quimera, el espacio público no puede ser más que el lugar de cruces de lo particular, la plaza donde lo individual se expresa, debe afirmarse, y poco más.
La paradoja es feroz: la extrema derecha aprendió a usar el victimismo mejor que quienes lo convirtieron en gramática política.
Así, lo que ha ganado el terreno mental a nuestras costumbres públicas es una especie de “particularismo general”, como le llama el filósofo español Daniel Innerarity: una multiplicación de individuos que no alcanzan a coaligarse más que en grupos representativos de intereses muy específicos.
Dice Innerarity: “Las nuevas agrupaciones que han sustituido a las polarizaciones ideológicas y a las solidaridades de clase, son estrictas, puntuales, dueñas de un tema, una causa y una situación bien circunscrita”. Sin ideas que quieran abarcar a todos, que se hagan cargo de la sociedad como un conjunto real, los individuos se asocian para defender causas específicas o locales: los derechos de los homosexuales, de los católicos, de los ciclistas o los del consumidor de droga, de los animales. Los asuntos ‘privados’ se introducen a la agenda de lo políticamente relevante, lo privado se vuelve inmediatamente público.
Las nuevas fronteras del debate público provienen de identificaciones sectoriales, segmentadas, porque el interés general es demasiado complicado, su elaboración trabajosa; para algunos no existe: es una antigualla o, peor, una quimera que entorpeció el despliegue de lo único real: el interés de cada uno.
El Estado mismo y sus políticas, cuando no se encierran y clausuran al público, tienden a tomar en cuenta, cada día más, la multiplicidad de los casos individuales: la focalización, la atención a un tipo de ciudadanía, en un permanente camino de retorno de lo universal a lo singular. Aparece una sociedad archipiélago: islas habitadas por minorías atendidas por gobiernos que se esmeran en atender sus demandas, todas especiales, todas singulares, todas excepcionales.
Pues bien: sostengo que este proceso —señalado por muchos de los mejores observadores sociales, como Albert Hirschman y Eric Hobsbawm, ni más ni menos— ha enanizado la política y ha estado haciéndola irrelevante. ¿Por qué? Porque las decisiones son catapultadas mecánicamente por las pulsiones particularistas.
En México, el hueco que ha dejado fue aprovechado por Andrés Manuel López Obrador (AMLO) y su coalición para implementar, precisamente, una política general de aumento salarial empezando por los mínimos y de programas “universales” de entrega de dinero líquido. Con eso bastó para que el populismo mexicano prescindiera de las grandes reformas sociales, de la reforma del Estado y de la reforma fiscal; es decir, anuló la búsqueda del viejo y buen interés general para excluir deliberadamente a las clases medias y todo lo demás que no sea clientelas.
En tales condiciones se va cerrando la comunicación y el debate pluralista, toda vez que cada grupo toma su rebanada simbólica —y presupuestal— particular y renuncia a la idea de actuar en público para afirmar valores más allá de su propia identidad.
Este abordaje segmentado a los problemas de los grupos sociales acaba relevando a los gobiernos y a la política misma de su obligación clásica: mirar a la sociedad en su conjunto —plural y contradictoria sí, pero en su conjunto—, buscando las reglas, los instrumentos y los derechos universales que nos hacen comunes e iguales.
Para mí, un viejo militante de izquierda democrática, no puedo admitir que la política del clientelismo a lo bestia sustituya, de modo espurio, la idea de lo universal. Pero tampoco puedo aceptar que la cuestión woke —esto es, la cuestión de la identidad y del reconocimiento, la pertenencia grupal y los instintos tribales— se convierta en factor que determine nuestra convivencia presente ni futura, ni en el discurso ni en las leyes.
Al menos, no debemos aceptar sus premisas sin sostener el debate y darles la crítica que su victimismo y sus exageraciones merecen.
Referencias
(1) Es una discusión no saldada. El filósofo C. Sartwell, del Dickinson College, afirma, por ejemplo, que el wokeismo es una versión simplificada y puritana del idealismo lingüístico incubado principalmente en Estados Unidos. Según Sartwell, fueron pensadores anglosajones y alemanes —Richard Rorty, Nelson Goodman, Alasdair MacIntyre, Charles Taylor y Hans-Georg Gadamer— quienes defendían que la realidad se construye mediante el lenguaje y las “narrativas”, y que por tanto se puede “de-construir” cambiando las palabras y los relatos. Pero esa es otra discusión.































