Año 1, núm. 11, junio de 2026
ISSN 3122-3583
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La intolerancia de la tolerancia
Sergio López Ayllón
Tolerar no es callar ni aceptar que todo vale lo mismo. La tolerancia democrática exige convicciones, límites y lucha: permite convivir con el desacuerdo, pero no obliga a rendirse frente a quienes usan la libertad para destruirla.
La tolerancia es hoy un concepto desgastado. Su uso indiscriminado ha erosionado su significado. Se invoca tolerar para exigir silencio, para sostener que todo vale lo mismo o para acusar de intolerante a quien mantiene convicciones firmes. Al mismo tiempo, sirve para descalificar a quien está dispuesto a dialogar con sus adversarios. La palabra se deforma y termina por vaciar el valor que nombra.
La tolerancia genuina no es relativismo: permite que el otro sostenga una idea equivocada sin concederle que tenga razón.
El problema no es menor. La tolerancia no es una virtud privada ni un mero rasgo de carácter, sino una condición de la vida democrática. Una sociedad que no sabe convivir con el disenso difícilmente puede considerarse democrática. Por ello, cuando el debate público banaliza su sentido, la convivencia civilizada pierde uno de sus pilares.
Es cierto que la tolerancia es un valor complejo de contornos escurridizos. Este ensayo busca responder a algunas preguntas básicas para dejar claro su significado y su valor en la vida democrática: ¿de qué hablamos cuando hablamos de tolerancia?, ¿cuáles son sus fundamentos y cuáles sus límites?, ¿qué exige y qué no permite?
Comencemos por la etimología de la palabra. Claude Sahel recuerda que el término deriva de la raíz indoeuropea tol.tel.la, de la que provienen tanto tollere —levantar, a veces destruir— como tolerare —soportar, a veces combatir—. Desde su origen, las ideas de esfuerzo y de conflicto subyacen al concepto. Tolerar es una forma de lucha, no una actitud pasiva ni cómoda. Reducirla a indiferencia o silencio la despoja de lo que la hace valiosa.(1)
Rainer Forst sostiene que la tolerancia no es un valor autónomo, sino un concepto normativamente dependiente. Por sí misma no puede decirnos qué objetos merecen ser tolerados, cuáles aceptados y cuáles rechazados. Para eso necesita apoyarse en recursos normativos independientes: morales, políticos, epistemológicos. De ahí que la pregunta no sea simplemente: “¿hay que ser tolerante?”, sino “¿con qué, por qué razones y hasta dónde?”.(2)
Philippe Sassier, en su exhaustivo recorrido histórico, muestra que el término tiene cinco siglos de vida política y que en ese tiempo su significado se ha desplazado. En su origen, la tolerancia designaba una actitud concreta del príncipe frente a la diversidad religiosa: la decisión de no reprimir a quienes pensaban o creían algo distinto. No era una disposición del espíritu sino una política de Estado. Con el tiempo, esa acepción pública fue cediendo espacio a una más íntima: la tolerancia como virtud individual, como modo deseable de relación entre personas que disienten. La forma también cambió: de implicar suspender un acto —quemar al hereje— pasó a ser una disposición previa, un modo de estar ante el otro antes de cualquier conducta concreta.(3)
Ese largo trayecto importa porque revela algo. La idea moderna de tolerancia nació de una convicción precisa, formulada con claridad por John Locke. Su argumentación parte de un reconocimiento elemental: en toda colectividad humana, la variedad de opiniones y la contrariedad de intereses son inevitables. Nadie tiene acceso privilegiado a la verdad. La conciencia de cada quien es la única instancia a través de la cual puede reconocerse lo que es justo.(4) Obligar a alguien a creer mediante la coerción no produce convicción verdadera, sino simulacro o resentimiento.
El intolerante no es quien tiene convicciones firmes, sino quien confunde sus convicciones con una verdad absoluta.
Por eso, la tolerancia no es debilidad sino reconocimiento del límite de lo que el poder puede hacer legítimamente sobre la conciencia ajena. Henry Kamen, en su estudio sobre el nacimiento de la tolerancia en la Europa moderna, documenta el violento proceso mediante el cual esa idea se abrió paso. Lo que Kamen muestra es que los grandes defensores de la tolerancia no argumentaron que todas las creencias son equivalentes, sino que la razón no se impone con violencia.(5)
En este punto Sahel expone una distinción iluminadora. La tolerancia genuina no es relativismo. Quien tolera al diferente no afirma que su posición sea equivalente a la propia, sino que “el otro” tiene derecho a sostenerla. Tolerar una opinión que se considera equivocada no equivale a declararla correcta. La confusión entre ambas actitudes produce lo que podríamos llamar la trampa de la indiferencia: la falsa apertura de quien no exige nada a nadie porque en el fondo nada le importa. Esa actitud, dice Sahel, no es tolerancia sino renuncia al juicio y, con ello, renuncia a la propia autonomía moral.(1)(2)
Sassier añade otra distinción relevante. Los grandes defensores de la tolerancia —Erasmo, Castellion, Bayle— no cuestionaban el amor a la verdad sino el apego obstinado a la propia opinión. La diferencia es fundamental. El intolerante no es quien tiene convicciones firmes: es quien confunde sus convicciones con la verdad absoluta y, a partir de esa confusión, se siente autorizado a suprimir las ajenas.(3)
Forst organiza las distintas formas históricas que ha tomado la tolerancia en cuatro concepciones útiles para entender los debates actuales. La concepción del permiso —la más antigua— es la del príncipe o la mayoría que “concede” al disidente el derecho a existir, en condiciones definidas por quien concede. La concepción de la coexistencia describe situaciones en que grupos de poder similar acuerdan no destruirse mutuamente, un modus vivendi pragmático que se sostiene mientras el balance de fuerzas no cambia. La concepción del respeto va más lejos: los ciudadanos se reconocen mutuamente como iguales morales y políticos, aunque difieran en sus concepciones —es la forma de tolerancia más compatible con la democracia moderna—. Y la concepción de la estima va aún más lejos: implica reconocer en las posiciones ajenas algún valor genuino, aunque no las comparta uno plenamente.(2)
El filósofo chileno Humberto Giannini propone una imagen especialmente fértil respecto de esta última concepción: la del organismo que integra un elemento extraño sin destruirlo ni ser destruido por él. La tolerancia genuina, argumenta Giannini, exige una reorganización interna de quien acoge. No se trata simplemente de dejar pasar al otro en tránsito, manteniéndolo en la periferia del propio sistema de valores —eso sería indulgencia o condescendencia, no tolerancia—. La tolerancia verdadera supone que el encuentro con el diferente modifica algo en quien tolera: amplía su comprensión, matiza sus certezas, lo obliga a justificarse. En ese sentido, tolerar es también aprender.(6)
Ahora bien, la tolerancia tiene sus límites y es relevante señalarlos. Herbert Marcuse los anotó con precisión en su ensayo La tolerancia represiva —cuyo original fue publicado en 1965—. En ese texto advirtió que existe un modo de practicarla que, lejos de ser liberador, sirve para conservar el orden existente. Cuando se tolera todo por igual, sin discriminación ni criterio, cuando se equipara el argumento con la demagogia y la evidencia con la mera opinión, la tolerancia deja de ser una práctica emancipadora y se convierte en lo que él llamó tolerancia abstracta o pura: una neutralidad que, al abstenerse de tomar partido, protege en los hechos la maquinaria de discriminación ya establecida.(7)
La democracia necesita tolerancia, pero también necesita saber cuándo la intolerancia amenaza las condiciones mismas de la convivencia.
El ensayo de Michel Polac ilustra esto con nitidez en el campo mediático: la pretendida neutralidad que da “un minuto y medio a Hitler y un minuto y medio a los judíos” no es ecuanimidad sino abdicación del juicio. La simetría formal entre posiciones radicalmente asimétricas en su relación con la verdad y con la violencia no es tolerancia, sino su caricatura.(8)
Pero la respuesta a ese riesgo no es renunciar a la tolerancia sino, como señala Karl Popper, entender que tiene límites inherentes. En La sociedad abierta y sus enemigos (1945), Popper formuló lo que se conoce como la paradoja de la tolerancia: si una sociedad es ilimitadamente tolerante, su capacidad de serlo será finalmente destruida por los intolerantes. Una sociedad que no está dispuesta a defender la tolerancia frente a quienes la niegan terminará por perderla. Popper no propone suprimir de inmediato todo discurso intolerante —prefiere combatirlo con argumentos—, pero sí afirma que cuando ese discurso renuncia a la razón y apela directamente a la violencia, la sociedad tiene el derecho y el deber de no tolerarlo.(9)
Hay abundantes ejemplos de intolerancia reciente. Venezuela, Nicaragua, El Salvador, Brasil, Polonia, Turquía, Rusia, Estados Unidos y México, entre otros, son escenarios donde la política se polariza, la prensa es objeto de ataques directos o indirectos, se asfixia financieramente a las organizaciones de la sociedad civil y los opositores son estigmatizados, perseguidos e incluso encarcelados. Lo relevante para los fines de este ensayo no es solo la represión —que es grave y documentada— sino el discurso que la precede y la justifica: el periodista crítico es un mercenario, el opositor es un traidor, la organización civil es un instrumento de los privilegiados que resisten al cambio. Es ese discurso el que convierte al adversario en enemigo y hace que la intolerancia parezca autodefensa legítima.
Así, el debate público se ha organizado en trincheras desde las cuales se dispara y rara vez se escucha. El adversario político ha sido promovido a enemigo, el disenso se trata como traición y la duda se interpreta como debilidad. La intolerancia domina la escena política.
Como señalan Luis Salazar y José Woldenberg en su análisis de los principios democráticos, el pluralismo —la coexistencia de intereses, ideologías y proyectos de vida distintos— debe preservarse como un bien en sí mismo. Pero ese pluralismo no equivale a la equiparación de todos los proyectos. La democracia reconoce la diversidad y establece reglas para procesarla sin violencia. El método es el diálogo que reconoce, escucha, respeta y aprende. No declara que todas las posiciones son igualmente válidas, ni que quien quiere destruir esas reglas merece el mismo trato de quien las defiende.(10)
Tolerar no es renunciar a nada. Es saber que la verdad no se impone sino se argumenta. Que el debate enriquece y genera conocimiento. Y que una sociedad que ha aprendido eso ha dado un paso irreversible hacia la madurez política.
Referencias
(1) Sahel, C. (1991). “Préface”. En La Tolérance. Pour un humanisme hérétique. Éditions Autrement, pp. 12-18.
(2) Forst, R. (2017). “Toleration”. En The Stanford Encyclopedia of Philosophy. Metaphysics Research Lab, Stanford University. https://plato.stanford.edu/entries/toleration/
(3) Sassier, P. (2002). Tolerancia, ¿para qué? Taurus.
(4) Locke, J. (1689). Carta sobre la tolerancia.
(5) Kamen, H. (1967). Nacimiento y desarrollo de la tolerancia en la Europa moderna. Alianza Editorial.
(6) Giannini, H. (1991). “Accueillir l’étrangeté”. En La Tolérance. Pour un humanisme hérétique. Éditions Autrement, pp. 20-33.
(7) Marcuse, H. (2024). La tolerancia represiva. Ennegativo Ediciones (original publicado en 1965).
(8) Polac, M. (1991). “1’30 pour Hitler, 1’30 pour les Juifs”. En La Tolérance. Pour un humanisme hérétique. Éditions Autrement, pp. 78-85.
(9) Popper, K. (2017). La sociedad abierta y sus enemigos. Paidós (original publicado en 1945).
(10) Salazar, L. y Woldenberg, J. (2001). Principios y valores de la democracia. Instituto Federal Electoral.































