Año 1, núm. 11, junio de 2026
ISSN 3122-3583
a fondo
El pie y la púa: democracia y libertad
José Antonio Aguilar Rivera *
Democracia y liberalismo nunca fueron una sola cosa: aprendieron a vivir injertados. Hoy, los populismos quieren romper esa unión y demostrar que puede haber democracia sin libertades. El problema es que, al cortar la púa liberal, quizá también se mate el árbol democrático.
El siglo XXI nació bajo la égida del liberalismo triunfante. La última década del XX probó que la democracia liberal y el capitalismo se habían quedado sin rivales universales capaces de capturar la imaginación política y filosófica de la humanidad, como lo hizo el comunismo entre 1917 y 1989. Después de la ilusión venía el fin de la historia. Sin embargo, el primer cuarto de este siglo no ha sido amable con el liberalismo. El momento de la victoria, visto con cierta distancia, duró poco. Un teórico liberal, Alexis de Tocqueville, identificó sagazmente los riesgos de ganar en la política. El triunfo puede convertirse en un problema: quienes han tenido éxito se confían, menosprecian los riesgos en el horizonte. A veces nos salva el peligro, porque nos alerta, y otras somos derrotados por el éxito. La explicación de la paradoja está en las consecuencias no intencionales, imprevistas, de nuestras acciones. Los actores políticos, por más importantes que sean, ejercen muy poco control sobre los resultados sociales de sus acciones. El liberalismo de finales del siglo XX fue víctima de su éxito.
La democracia liberal no es una obviedad histórica: es un injerto frágil que muchos actores han querido separar.
El triunfo del liberalismo sobre el comunismo tuvo varios efectos no intencionales. Al perder al adversario, en cierta forma extravió algo de su propia identidad ideológica. Estar en contra de un conjunto de postulados filosóficos, políticos y económicos le daba claridad: una columna vertebral, como afirmó Russell Jacoby. Algunos creen que la cohesión fue dañina. Por ejemplo, el profesor de Yale, Samuel Moyn, afirma que la lucha contra el comunismo durante la Guerra Fría hizo que los liberales abandonaran el igualitarismo optimista y pusieran un énfasis excesivo en defender la libertad individual contra las amenazas totalitarias: convirtieron al liberalismo en un credo pesimista de combate y no en una fuente de reformismo progresista (1). Obsesionados por la tiranía comunista dejaron pasar la oportunidad de emprender batallas emancipatorias, tanto personales como colectivas. Al privilegiar la libertad negativa arrancaron las raíces progresistas del liberalismo. La perdedora en esta empresa fue, cree Moyn, la justicia social. Según el crítico, para Berlin, Popper, Shklar y Trilling todos los intentos por construir sociedades más igualitarias están condenados al fracaso y terminan inevitablemente por empeorar al mundo. Como señala Stephen Holmes, lo que ha convertido a Moyn en una prominente voz en la izquierda es “su disposición a reiterar sus mordaces críticas al liberalismo estadounidense cuando está siendo atacado por la derecha populista, xenófoba, racista y autoritaria” (2).
Holmes encuentra particularmente preocupantes algunos de los alegatos de Moyn sobre el liberalismo que critica. Uno de ellos es que los liberales durante la Guerra Fría “sobrerreaccionaron” ideológicamente: veían jacobinos con tranchete debajo de cada piedra, lo que supuestamente los llevó a criticar a la democracia como una receta para el totalitarismo. Para Moyn, las críticas de los liberales de la Guerra Fría contra el intervencionismo estatal prepararon el terreno para la revolución thatcheriana y el “neoliberalismo”. Sin embargo, la causalidad en todos estos argumentos es muy débil. Como señala Holmes, durante los años de la Guerra Fría existieron “numerosos pensadores liberales —por ejemplo, los autodenominados miembros de la izquierda anticomunista asociados a Americans for Democratic Action— que creían que un gobierno intervencionista podía ampliar las oportunidades para todos. Lejos de ser fatalistas y acérrimos enemigos del progreso, confiaban en el poder de una autoridad democráticamente electa para regular el mercado por razones morales, reducir la pobreza, aumentar las oportunidades educativas y evitar la guerra. Según estos liberales, el verdadero camino hacia la servidumbre no residía en la planificación gubernamental, sino en el fracaso de las democracias para mejorar la vida de los ciudadanos comunes, lo que avivaba el descontento populista y hacía a los trabajadores susceptibles al canto de las sirenas del comunismo”. El alegato de Moyn representa muy bien una veta de pensamiento crítico del liberalismo que abreva de las deficiencias —reales e imaginarias— de esa tradición y de su pretendida incapacidad para responder a los problemas y desafíos contemporáneos.
Más allá del hombre de paja que es el “liberalismo de la Guerra Fría”, lo cierto es que hubo una pérdida de sentido y claridad política producto de la caída del Muro de Berlín. Por mucho tiempo un enemigo epocal definió de manera reactiva al liberalismo. Como este era la única opción política, quienes en otro momento se habrían identificado como opositores decidieron colonizarlo y redefinirlo. El caso teórico más interesante fue el del multiculturalismo entre 1990 y 2010. Tesis abiertamente antiliberales sobre la cultura y la ciudadanía, como las del filósofo canadiense Will Kymlicka, se hicieron pasar como liberales (3). No es exageración afirmar que se trató de una tarea de subversión de esa tradición política.
El populismo no siempre destruye la democracia desde fuera; a veces la usa para amputarle sus límites liberales.
De la democracia liberal a la democracia “iliberal”
La crisis financiera de 2008 permitió que la oposición al liberalismo fraguara en la crítica al “neoliberalismo” y todas sus funestas consecuencias. En esa denuncia confluyen críticos de izquierda y derecha. Extraños compañeros de cama. Sin embargo, el peligro más grande para el liberalismo hoy es la activación de una falla geológica: el punto de unión entre “liberalismo” y “democracia”. Lo notable es que esta actividad sísmica no es un fenómeno nuevo, sino muy viejo. Es propiamente fundacional de ese continente que hoy llamamos “democracia liberal”. Es la reactivación de un movimiento telúrico entre dos placas tectónicas que jamás han estado fusionadas y que periódicamente chocan. El terremoto que hoy las hace colisionar se llama populismo.
Una de las ventajas del breve siglo XX —como lo llamó el historiador Eric Hobsbawm— fue que sus conflictos geopolíticos se resolvieron de tal manera que la democracia quedó por un tiempo unida al liberalismo. Entre 1920 y 1989 tanto el fascismo como el comunismo intentaron apropiarse del término democracia y escindirlo del liberalismo —también, por cierto, lo hizo el Partido Revolucionario Institucional (PRI) en México—. Ahí está el origen de las “democracias” de los regímenes burocráticos autoritarios de Europa del Este. Había democracias burguesas, formales, y otras auténticas: socialistas, proletarias o simplemente populares. El resabio de ese empeño es la República Popular Democrática de Corea (RPDC), más conocida como Corea del Norte. Sin embargo, el intento fracasó. La democracia hegemónica durante décadas fue entendida como un régimen fundado en el gobierno de la mayoría, pero que debía proteger al individuo del poder arbitrario mediante el estado de derecho, la división de poderes, los derechos civiles y la tolerancia religiosa. Su entramado político era el gobierno representativo. Por décadas las versiones de la democracia que omitían o combatían estos componentes liberales fueron consideradas ilegítimas. Por otra parte, los elementos liberales requieren forzosamente de la democracia: un régimen donde exista la separación de poderes, rija el estado de derecho y haya una economía de libre mercado, pero donde no impere la soberanía popular ni haya elecciones libres y justas, no puede considerarse democrático.
La democracia liberal es un régimen injertado: una planta compuesta de dos organismos vegetales distintos, unidos artificialmente, pero cuyos tejidos orgánicos se han imbricado funcionalmente. En botánica, la planta que aporta la raíz y recibe el injerto se llama portainjerto o pie, y la que forma la parte aérea es la púa o variedad. La zona de unión entre ellas se denomina cambium. Mientras el implante no sea rechazado podemos discutir al infinito si la democracia es el patrón y el liberalismo el injerto o al revés; el punto es que unidos han constituido por 200 años un organismo que numerosos actores han querido separar. Periódicamente, el pie y la púa se rebelan contra su unión y pretenden destruir el cambium o al menos volverlo una zona desmilitarizada. Tal vez la teoría optimista del injerto es que habiéndose integrado ambas partes, su divorcio se vuelve impensable: una simbiosis política, institucional y filosófica que no puede ser rota. Los vasos conductores del cambium hacen que ambos organismos se conviertan en uno solo. No podrían sobrevivir escindidos. Sin embargo, en el mundo donde supuestamente el liberalismo quedó como único vencedor, algunos actores políticos apuestan a que el injerto de la democracia liberal fracase. El patrón, la base, es la democracia, y montada en ella está un parásito: la variedad liberal, un tejido innecesario, un lastre que impide el crecimiento y florecimiento democrático. La democracia puede sobrevivir perfectamente sin la púa liberal. Y eso es exactamente lo que los populistas de todas las estirpes se han propuesto: reventar el cambium de la democracia liberal. Algunos liberales, es cierto, también desean divorciarse de la democracia, pero esa empresa ha sido mucho menos exitosa.
La pregunta decisiva del siglo XXI no es si habrá elecciones, sino si esas elecciones podrán convivir con libertades, derechos y contrapesos.
El 26 de julio de 2014, el entonces primer ministro de Hungría, Viktor Orbán, pronunció un discurso en la Universidad Libre de Bálványos en Rumania (4). Ahí apareció por primera vez el término democracia iliberal. Orbán afirmó en esa ocasión que los cambios mundiales tras la crisis financiera de 2008 definían una “carrera por encontrar la manera de organizar las comunidades, un Estado que sea lo más capaz posible de hacer que una nación sea competitiva”. El liberalismo era un estorbo en esa tarea. Después de todo, existían en el mundo “sistemas que no son occidentales, ni liberales, ni democracias liberales, ni siquiera democracias, y que, sin embargo, logran el éxito de las naciones”. Para Orbán era necesario aclarar que “una democracia no es necesariamente liberal” y que “probablemente, las sociedades fundadas sobre el principio de la organización estatal liberal no podrán mantener su competitividad mundial en los próximos años”. La conclusión era clara: “tenemos que abandonar los métodos y principios liberales de organización social, así como la visión liberal del mundo”. El principio liberal de que “somos libres de hacer todo aquello que no viole la libertad de otra persona” había llevado inexorablemente a que los más débiles fueran “pisoteados”. “La nación húngara no es una simple suma de individuos, sino una comunidad que necesita ser organizada, fortalecida y desarrollada. En este sentido, el nuevo Estado que estamos construyendo es un Estado iliberal, un Estado no liberal.”
En México los ecos de esta lógica se escuchan por doquier desde hace años. Demeritar a la democracia liberal llamándola “democracia neoliberal” y aplaudir dudosos entes ideológicos supuestamente alternativos como la “democracia plebeya” o “mayoritaria” son muestras de esta tendencia. A quienes les interesa preservar el injerto democrático-liberal tal vez les convenga recordar que el accidentado matrimonio entre libertad y democracia no fue primariamente una empresa filosófica, sino un proyecto político. Es la historia situada de una simbiosis institucional llamada “gobierno representativo”. Como explica Bernard Manin en Los principios del gobierno representativo, ese régimen fue inventado como un dios Jano bifronte: un sistema mixto de elementos tanto democráticos como aristocráticos en una circunstancia histórica concreta. Durante dos siglos sus componentes han coexistido en tensión; sin embargo, se trata de una relación de mutua conveniencia, y eso es lo que la explica y la sostiene. Los populistas quieren destruir ese sistema. Y ahí es donde los liberales, de todas las persuasiones, deben cavar su trinchera.
* Profesor investigador del CIDE.
(1) Moyn, S. (2024). Liberalism Against Itself. Yale University Press.
(2) Holmes, S. (2024). “Radical Mismatch”. London Review of Books, vol. 46, n. 7, 4 de abril de 2024.
Recuperado de
https://www.lrb.co.uk/the-paper/v46/n07/stephen-holmes/radical-mismatch
(3) Aguilar Rivera, J. A. (2024). “Genealogías imaginadas: Kymlicka, el multiculturalismo y el liberalismo”. Foro Internacional, LXIV (1).
(4) Discurso de Viktor Orbán en la Universidad de Verano de Bálványos, 26 de julio de 2014.
Recuperado de
https://www.almendron.com/tribuna/wp-content/uploads/2016/01/discurso-viktor-orban.pdf































